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A favor de la tristeza

A favor de la tristeza

El martes pasado fui al mercadillo que hay junto a la rambla. Antes se celebraban las fiestas del pueblo en aquella hondonada de cemento, pero luego, después de unas inundaciones devastadoras, decidieron cambiar de sitio el campamento de los berberiscos y mover el centro neurálgico a un lugar más apropiado y menos peligroso. Allí era donde se celebraba la manifestación pro-tristeza. Y parece increíble que lo de estar triste sea algo a reivindicar, pero es que la situación lo requiere. He dudado cuando he atravesado el meollo de si me sumaba o no, porque yo mismo, antes de los acontecimientos recientes, ya tuve mi crisis de tristeza necesaria. Entonces, un grupo de personas, por ignorancia y sobreprotección, trataron de negarme mi derecho a llorar la pérdida. No era tan fácil como sonreír cuando te decían que lo hicieras o, peor aún, ser exageradamente feliz cuando te pedían que lo olvidaras todo —cosa imposible— y lo fueras. «¡Sé feliz! ¡No estés triste! ¡Vive la vida!!». Aún recuerdo aquel mantra y ese positivismo tóxico que no hacía sino enfurecerme y avivar las llamas de la ira sobre una capa de desazón que ya estaba ahí pero no me dejaban exhumar.

Yo era joven. Tenía la mitad de la edad que tengo hoy. Tal vez menos. No sabía cómo asimilar la ruptura. No entendía. No encontraba explicación y, quién debía darme un motivo, hizo mutis por el foro y se escabulló en evasivas que, de haber ido de frente, con la verdad por delante, quizá me hubieran ayudado a sobrellevarlo mejor. No fue así. Al final, hostigado por esa obligación de ser feliz a toda costa, no tuve más remedio que emigrar. Sí, me largué a Inglaterra. Puse mucha tierra de por medio. No sé si fue del todo necesario, pero sí sé que fue un alivio. Resultó. Poder abrazarme a mi tristeza y asimilar que no todas las preguntas tienen respuesta, que la vida sigue a pesar de todo y que hay experiencias que se pueden perder si uno no avanza, fue positivo para mí. Y, por eso, creo que lo que hace esta gente es muy valioso.

"Como tampoco sabía que la tristeza era algo fundamental, necesaria; porque nos obliga a reflexionar"

Carl Gustav Jung construyó su teoría sobre el arquetipo de la sombra. Lo había soñado. Ese arquetipo representa todo aquello de nuestra personalidad que el Yo consciente suprime, desconoce o rechaza, porque lo considera indeseable o incompatible. Todos los rasgos negativos, nuestros miedos, nuestros impulsos, nuestros talentos no desarrollados. No solo lo malo, sino también aquello que obviamos, que no miramos. Él decía que, al hacerlo, al abrigar todo eso bajo la sombra, esta se hacía más poderosa y, o bien se proyectaba de forma negativa hacia otros, o bien se desarrollaban en nosotros patrones negativos. Como un cáncer. Por eso, él también decía que lo adecuado era la integración, que de ese modo podríamos ser individuos completos y valernos del autoconocimiento, un proceso que, según él, requiere valentía moral. Necesario para enfrentarnos a la oscuridad y encontrar el equilibrio, una psique más completa, más auténtica. Él no lo veía únicamente como un proceso individual, sino también colectivo.

Yo no sabía nada de eso entonces. Lo supe más tarde, cuando regresé de mi periplo por la Gran Bretaña y empecé Psicología. Como tampoco sabía que la tristeza era algo fundamental, necesaria; porque nos obliga a reflexionar, a adaptarnos al entorno y procesar nuestras pérdidas, sean de la índole que sean. Gracias a ese proceso hacemos los cambios que nos ayudan a avanzar. Como he leído por ahí: «nos obliga a buscar apoyo social, fortaleciendo vínculos y permitiéndonos aprender y reconstruirnos tras experiencias adversas, siendo un motor de crecimiento personal y autoconocimiento». Algo que averigüé por mi mismo en aquel período en el que me forcé a romper con todo, a salir de mi zona de confort y a hacer algo que nunca me hubiera atrevido de no ser motivado por el dolor y el sufrimiento. Fue positivo. Mucho.

"Ahora todos son ligeros como una pluma. Cuanto más felices, más flotan. Por eso no se atreven a estar tristes y evitan los conflictos y el duelo"

Uno no tiene que mantener una actitud positiva en todo momento. No es nada saludable invalidar o reprimir este tipo de emociones negativas. No solo la tristeza. También al ira o la ansiedad. No solo lo positivo es aceptable. Por eso lucha esta gente. No solo por la tristeza que se nos quiere negar a tenor de la ingravidez generalizada. Ellos sujetan las pancartas y lanzan sus arengas con el ceño fruncido, airados por la censura que evita las malas noticias, por toda esa gente que les da palmaditas en el hombro y les dice que todo está bien, que todo irá bien. Porque es mentira. Y ellos lo saben. Los que gritan por su derecho a estar tristes y los que miran hacia otro lado obviando todo aquello que nos pesa y nos oprime. Y es por eso que quienes sostienen esos lemas de «Merezco estar triste», «La realidad no es dulce»,  «Miénteme desde el cielo» y cosas así tienen los pies bien puestos en la tierra. No como esos otros que caminan flotando –el que menos a uno o dos centímetros del suelo– como si no sucediese nada.

Me acuerdo entonces de aquel juego de niños que no sé siquiera si puede llamarse juego. «Ligero como una pluma, rígido como una tabla». Cuatro niños alrededor de un quinto de cúbito supino sobre una mesa –o las baldosas del colegio– al que introducían un dedo bajo los hombros y los tobillos, a veces un par más con sus índices bajo la cintura, a ambos lados, y decían aquella frase, la repetían con los ojos cerrados como si fuera un hechizo y, entonces, al unísono, todos los niños elevaban a la víctima sobre sus cabezas con una sonrisa en los labios, creyendo que habían logrado algo inverosímil, inaudito, mágico. Ahora todos son ligeros como una pluma. Cuanto más felices, más flotan. Por eso no se atreven a estar tristes y evitan los conflictos y el duelo. No quieren regresar al suelo, sino volar y volar hasta que se pierdan en el infinito de la bóveda celeste, quizá hasta más allá de las nubes y las estrellas. Son los de las pancartas los que saben que la felicidad, esa que todos intentan forzar con sonrisas Panam, amabilidad exagerada y gestos de generosidad indeseada, no es el camino. No así. Porque ellos, en su lucha, también sienten esa alegría, se dejan llevar por la euforia, pero no hay impostura. Es real. Por eso su lema grita tristeza, ira y desazón, porque es a través de esos procesos en marcha que piden alcanzar la catarsis necesaria para hallar el equilibrio.

"No es un rapto. No tiene nada que ver con ninguna profecía bíblica. Es la omisión de la verdad que les lleva a un falso nirvana"

Se oyen rumores. Los periódicos los omiten por miedo a que la gente ponga los pies en el suelo desde un lugar demasiado alto. Se dice que ya hay gente flotando a varios metros de la superficie. Incluso que hay algunos que han superado la altura de los edificios más altos. Los rumores hablan de los testimonios de esos pilotos que ven peligrar la integridad de la tripulación y los pasajeros cada vez que se cruzan con uno de esos felices y ellos mismos, por miedo a un descenso abrupto, se obligan a mantener esa sonrisa ancha y forzada que les duele en los carrillos. La felicidad se está llevando a la gente. No es un rapto. No tiene nada que ver con ninguna profecía bíblica. Es la omisión de la verdad que les lleva a un falso nirvana. Y, mientras esa otra gente grita y agita sus carteles de protesta, las noticias y los gobiernos siguen mintiendo, porque ya es demasiado tarde para volver atrás; porque ¿qué pasaría si de repente todos fueran conscientes y dejaran de flotar? La verdad acabaría aplastándolos. De forma literal. Les haría papilla.

Eso fue el martes. Durante las horas de mercadillo. Pasado mañana, como cada semana, regresarán y puede que yo lo haga con ellos. Por si acaso, ya voy preparando mi pancarta.

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