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A pájaros

Dos personajes sin nombre, desorientados. Un parque, o mejor dicho, el refugio que ambos encuentran en el hueco del árbol de un parque los días de la semana en que ella falta al instituto y él sale en busca de los pájaros que tanto ama. Una adolescente que sufre a causa del mote que arrastra como un sambenito por culpa de una compañera de clase excesivamente ingeniosa. Un hombre viejo y solitario que nunca supo relacionarse y que siempre lleva unos prismáticos y el mismo traje raído por el uso. La chica que hace pirola sabiendo que más pronto que tarde será descubierta. El inadaptado que no tiene adónde ir ni nada más que hacer que deambular entre los árboles. La extraña inocencia de las relaciones que surgen entre dos desconocidos que no son tan distintos como puede parecerle al operario que arregla el césped, a la vecina que espía a lo lejos, desde su perspectiva de personas normales y corrientes, integradas en la sociedad. Capaces de formar parte de un grupo, de acudir al trabajo todos los días, de mirar a los ojos a los que se cruzan en su camino. Incapaces, por otro lado, de pervertir la ruta obligatoria que conduce al deber impuesto por los demás. O de recordar los nombres y costumbres de todos los pájaros, cada detalle de la vida de Nina Simone, las letras de todas sus canciones.

"En Cara de pan otro par de raros, de seres desdibujados para los que los rodean, inventan su paraíso al margen, su jaula verde en un jardín público en el que, misteriosamente, nadie parece reparar en ellos"

Sara Mesa, una de las grandes voces de la narrativa española contemporánea, se ha especializado en contar historias protagonizadas por seres así de incómodos. Cuentos de parejas insólitas, novelas breves y afiladas, de esas que nos hacen plantearmos los límites de nuestros propios prejuicios, el estrecho margen de libertad que concedemos a los otros en el acto, que debería ser siempre inviolable, de vivir la propia vida. En Cicatriz ya abordaba la relación poco convencional entre una mujer aparentemente normal y su imprevisible corresponsal, alguien con quien intercambia cartas acerca de libros y autores, pero con quien comparte también un gusto por lo sórdido, una dependencia adictiva que los une tanto como el amor a la literatura. Mesa exploraba en esa novela la naturaleza contradictoria, ambigua, de sus personajes. Las idas y venidas de Sonia, la joven aspirante a escritora que desea ser una mujer con trabajo y pareja estable, pero también una auténtica desconocida para sus seres más cercanos. Alguien que solo encuentra un reducto de honestidad consigo misma en Knut, un tipo al que conoció en un foro literario, que vive en una ciudad lejana y que le envía valiosos regalos que roba especialmente para ella. En Cara de pan otro par de raros, de seres desdibujados para los que los rodean, inventan su paraíso al margen, su jaula verde en un jardín público en el que, misteriosamente, nadie parece reparar en ellos. Casi y Viejo no se llaman así. Aceptan de buen grado el nombre que les pone el otro y la máscara privada que ese nombre implica. En su vocabulario secreto ser el “casi” de algo, asumir que no se está completo o que se tienen más años de la cuenta no es algo negativo, forma parte de un juego que solo ellos dos comprenden. Ambos son los débiles de la manada, dos inadaptados que se buscan cada día de un otoño, simplemente para acompañarse. Pero a diferencia de lo que sucedía en Cicatriz, la relación que surge entre ellos es inocente. Se basa en la curiosidad que suscita en Casi el excéntrico hombre de los pájaros y en la necesidad de conversar con alguien capaz de no juzgarlo que siente el Viejo. Paradójicamente esa inocencia llega a convertirse en motivo de sospecha, genera incomodidad y la sensación de que hay algo inadecuado en el vínculo que une a la joven y al hombre que ronda la tercera edad. Viejo parece permanecer ajeno desde siempre a esa actitud mayoritaria de prevención excesiva, injustificada. Está incapacitado para guardarse del otro, de la suspicacia ajena. Casi, en cambio, se encuentra en esa etapa de formación en la que se nos enseña a desconfiar, a fingir para ponernos a salvo si es necesario.

"Sara Mesa explora o nos invita a explorar en este cuento que le creció entre las manos y echó a volar por sí solo"

En Cara de pan se narra el preciso momento en que Casi y Viejo aún están en disposición de entenderse y reconfortarse mutuamente en su jardín secreto. La metáfora de los pájaros sin patas que solo tocan el suelo cuando mueren define con precisión la imposibilidad de los seres humanos en general y de los dos personajes, en particular, de alzar el vuelo, de vivir sin ensuciarse con la tierra que deben pisar a diario. Nina Simone es otro de los símbolos claves en la novela, en tanto artista extraordinaria, rebelde y talentosa, pero también, no lo olvidemos, mujer enferma, que fue juzgada y reducida a escombros por la sociedad racista y mediocre en la que le tocó vivir. La hipocresía del coro que rodea a cada cual en su micromundo, la ineficacia de los mecanismos de control social a la hora de proteger y reinsertar a aquellos que no son culpables, sino víctimas, así como el peligro (cada vez más frecuente en el mundo en que vivimos) de confundir o identificar la ficción con la realidad, de negarle a la imaginación su necesaria y saludable autonomía y de interpretar literalmente, mancillándolo, el contenido del espacio vedado que todos necesitamos para exorcizar nuestros demonios, son algunos temas que Sara Mesa explora o nos invita a explorar en este cuento que le creció entre las manos y echó a volar por sí solo.

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Autor: Sara Mesa. TítuloCara de panEditorial: Anagrama. VentaAmazon