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Seguir escribiendo

Seguir escribiendo

Las historias, para mí, comienzan en las casas. Comparten estructura, edificación, cimientos, habitaciones. El proceso se inicia siempre con la proyección de una casa firmemente asentada en mitad de un paisaje desierto. Escribir no sólo consiste en abrir la puerta de entrada, también es avanzar por un largo pasillo, encender interruptores para esquivar penumbras, entrar en salas vacías, tropezar con muebles, descubrir armarios y cajones cerrados. Encontrar más adelante los ojos de la Rusa y percibir su sombra larga en cada umbral, cruzar la mirada con sus hijas, distinguir la silueta esquiva del niño que dobla corriendo una esquina, prestar atención a quien murmulla algo y se oculta. Pero el punto de partida es la visión de la casa. En primer lugar, hay que diseñar los planos, hay que medir con precisión milimétrica, hay que dibujar el alzado, pensar en la mejor distribución y dejar espacio a los huecos donde irán las ventanas para que entre la luz, hay que tener presente la altura de los techos y la longitud de los corredores, si su aspecto es gastado o no, si existen pasadizos secretos o un sótano lúgubre, si vemos grietas, si hay unas escaleras amplias o sinuosas hasta un segundo piso, un desván o una azotea. Hay que, sobre todo, elegir bien los materiales para que los pilares no cedan, para que los tabiques se mantengan en pie y no ardan con el fuego o sucumban bajo el viento de la desmemoria. Apoyar la mano en ellos será medir su pulso, llevar la cuenta de sus días a través del rumor de sus corrientes. Pero para que las paredes sean sólidas al tacto y resistan inclemencias, todo ha de estar pensado, aunque no todo pueda preverse y tal vez incluso nos sorprendan escenas que no habíamos planificado: las sombras en las paredes crecen bajo determinadas luces, los cajones quizá guarden misterios que desconocíamos, visitas inesperadas pueden llamar a la puerta de madrugada.

"Lo único que todas las casas comparten es que ninguna estaría levantada sobre cimientos de niebla o de agua"

Podemos diseñar una casa laberinto, con múltiples habitaciones interconectadas. O una sola estancia diáfana donde el eco resuena y el espacio parece no estar limitado. Tal vez nuestra casa la habiten muchas presencias igualmente necesarias, o quizá sea una sola figura predominante la que la gobierne. Tal vez sea nueva o heredada, de noche se levante alguien sin hacer ruido, a todas horas se escuchen voces y risas o sean los muertos quienes la guardan. Puede ser una casa puerto, una casa barco, una casa cementerio. Tal vez sea una casa circular de la que no podamos salir jamás aunque nos esforcemos, o una casa construida hacia abajo, en el subsuelo, una casa sin adornos o un lugar donde quedemos atrapados sin remedio al mirar los objetos y hundirnos en su historia. Hay miles de modelos, tantos como historias pueden relatarse. Lo único que todas comparten es que ninguna estaría levantada sobre cimientos de niebla o de agua.

"Las casas son puertas, pero también tumbas y templos"

Avanzo por el largo pasillo principal distribuyendo con mis dedos espacios y presencias. Las casas son puertas, pero también tumbas y templos. Respiran. Susurran. Saben de secretos y de ausencias. Lo conservan todo bajo el papel pintado de sus paredes, las cortinas, las alfombras. Tirar de ellas es descubrir fantasmas cuyas historias comienzan en las casas que habitaron, pero también reconocerlos y asumirlos, decidir relatarlos. Dotarles de presencia, designarles un espacio. Abrir otra puerta, con el recuerdo o la idea que sobreviene, contemplar otra estancia, atravesar de nuevo el pasillo. Seguir escribiendo.

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Autora: Gema Nieto. Título: Haz memoria. Editorial: Dos bigotes. Venta: Amazon

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