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A través de tus ojos he contemplado: José María Álvarez, topografía de la belleza 

A través de tus ojos he contemplado: José María Álvarez, topografía de la belleza 

El mundo miraba a Notre-Dame. Cánticos sagrados salían de las gargantas de decenas de franceses mientras las llamas apretujaban el cuello de la Historia hasta casi extinguirla. París, aquella noche, fue una oración. Se oía el llanto y el rechinar de dientes.

Yo no he visto Notre-Dame, mis ojos no han recibido el sol tamizado por el azul de sus vidrieras ni he guardado nunca la larga, extensa cola que me cuentan que hay que soportar en la capital francesa para acceder al templo que hoy, por fortuna, aún mantiene regios sus muros. Mas sin verla la he visto: otros ojos, de un azul intenso estos, se entregaron en un tiempo anterior a la belleza del solemne edificio; las manos que comparten anatomía con esos ojos —manos de escritor, dedos de poeta— han escrito algunos versos. Y yo, que los he leído como tantos otros, he estado en París, y he entrado en Notre-Dame, me he sentido rodeado por la danza del incienso y he creído creer, de nuevo, en Dios.

MILAGRO EN NOTRE-DAME

Esta mañana, como cada mañana, al salir

de la «Shakespeare», miraba las manadas

de turistas

delante de Notre-Dame. Un espectáculo

innoble. ¿Por qué vienen?

Entran en fila, es raro que alguien mire nada.

(Ni siquiera como aquella vez en Siena:

un japonés recorrió la catedral viendo sólo por el visor

de su cámara). Ya ni eso. Sólo andan

en fila,

entran por una puerta y salen por

la otra. 10, 15 minutos.

He seguido a unos jóvenes;

iban hablando; han recorrido

el itinerario establecido

y han salido sin alzar los ojos una vez.

El único que he visto

en cuyos ojos había asombro

era un anormal que iba con sus padres.

Él sí contemplaba.

 

Sin embargo, no es todo.

A veces puede suceder

lo extraordinario.

Y merece la pena.

 

Recuerdo que una vez… Serían las 4 y media

de la tarde. Un sol de gloria

inundaba el rosetón inmenso

del Sur. En la Capilla

de la Virgen de los estudiantes

había una señora

y un niño junto a ella.

Inclinada la madre sobre él, le

decía, señalando el rosetón:

 

Contempla –o date cuenta– qué grandeza.

Usó «majesté». No «merveille» o

«beauté», ¡Qué majestad!

Y entonces,

lo inolvidable. Y NO LO OLVIDES.

 

Con señoras así

no todo está perdido.

Imaginen una enorme sala llena de esencias. Recreen al alquimista, al doctor Frankenstein obcecado por dar vida a la criatura perfecta; miren su cuaderno, las notas delicadas bajo la palabra POETA: en equilibro están las proporciones de respeto, estudio, osadía, algo de vanidad, la excelencia, la contemplación, la búsqueda constante. Hilvanado todo, cosido con la máquina de una madre librera, el patrón resultante es el de un hombre mediterráneo con los ojos de hielo, el perfil de un hombre de otro tiempo —de esos que todavía portan el pañuelo en la solapa—, de mirada lúcida y sutilmente arrogante. Un nombre baste: José María Álvarez. Benditos los invitados a su mesa.

Dos delfines de oro se entrecruzan en uno de sus meñiques. Pequeñas piedras de alguna latitud extraña rodean su muñeca. Sobre la mesa, una pitillera. Contiene breves puros de olor intenso que fuma con la exactitud de un metrónomo, aprovechando las pausas en el discurso, mientras espera una respuesta de sus seleccionados interlocutores, con los que a menudo habla de poesía, de viajes, de lo Elevado y del fin de un tiempo mejor que, en su opinión y a su pesar, ya no alcanzamos.

Fotografía de Carmen Marí

José María Álvarez no es de ningún sitio, aunque divida la mayor parte de su tiempo entre París y Cartagena. Su patria es el viaje, y a él y a la escritura, así como al amor y a la contemplación de la Belleza —¿no son formas de llamar a lo mismo?— ha dedicado los 76 años que ya habita sobre la Tierra, una tierra que ama, pese a todos, y sobre la que escribe, oculto en su estudio, rodeado de libros y de recuerdos, cerca de su colección de pipas. En eso ocupa su tiempo, en vivir como le dicta la memoria de sus maestros, en disfrutar de los placeres y sobrecogerse con lo que es digno, con lo que le emociona, con lo que es capaz de trastornar un alma:

Pocos placeres bajo los cielos misteriosos

más elevados y serenos

que tú, tabaco. Siempre

aumentando la dicha, en la fortuna,

o consolidando el infortunio,

con la misma elegancia

con la que silenciosamente envuelves

el sueño de la lectura o de la música,

los secretos ritmos de la meditación

o el agradable conversar.

Tantos momentos perdurables van unidos

a ti, tantas horas

que tú acompañas y mejoras.

Enigma portentoso

del humo, al que nos entregamos

como a la sabiduría o a la suerte

que tampoco nunca entenderemos.

Noble compañero de la inteligencia,

de la alegría del vivir, del

amor, y de ese otro

favor, el vino

que alegra el corazón y la mirada.

Nunca nos faltes.

Fue poeta desde siempre. Ha creado un libro inmenso, Museo de cera, al que ha ido añadiéndole poemas hasta conseguir una galería de casi un millar de páginas en la que vuelca todo su imaginario. Conversa Álvarez con sus maestros, alude a los valores y a las traiciones de los personajes que imaginó William Shakespeare o imparte cátedra sobre aquello que le importa: el valor de la amistad, los viejos códigos de honor, el deseo impúdico y suntuoso.  Vive a través de sus versos y sus libros son una suerte de ficcionada biografía en la que, desde el mal llamado culturalismo de los novísimos entre los que se situó hasta la crudeza más directa, traza un sendero vital envidiable.

Él —y eso ha exigido sacrificios— ha vivido la vida del tocado por los versos, y seguir su rastro es andar tras los pies de las propias musas. “Escribir es un destino”, asegura, mientras asume esa especie de ‘misión’ para la que se sabe elegido. Y una vez que el poema está terminado, en el momento en el que sabes que “no lo puedes tocar más, porque te lo cargas”, lo ofrece, para que los lectores contemplemos a través de sus ojos, para que sintamos su piel en nuestra piel.

AMAR EL PERFIL DE UNA MUJER EN LOS ESCOMBROS DE UNA IGLESIA

Hay algo en el viejo poeta: es un imán sin polos que a todos atrae. Da igual que discrepes o no con su absoluto pensamiento liberal —“los liberales, desgraciadamente, somos una especie en peligro de extinción”, ha dicho—, la exquisitez de su presencia, su voz de proscenio, el oírle hablar con tanto amor de Pound, de Shakespeare, de Manrique, de Biedma, de Villena, de Callas o ‘la Piquer’, de Hölderlin, de Borges, de Kavafis… hacen de él una hoguera amable a la que cualquiera quiere acercar las manos en este invierno eterno.

Un café con él, el rato en el que tardan en desaparecer los dos cubos de hielo en su gintonic, es una clase magistral sobre aquello a lo que se ha entregado: la Belleza de la palabra poética, la poesía que acoge el mundo, que abraza el pelo enmarañado de la amante y lo retrata como en un cuadro hiperrealista, un óleo casi vivo, palpitante.

Y sobre todo. Y sobre casi todo, mejor, la mujer. El amor carnal, el sexo complaciente y complacido, el follar salvaje, la hembra que somete y se deja someter por el amante. José María Álvarez eleva la pasión a lo sagrado, es el papa que elimina el sexto mandamiento y nos obliga a todos, fieles partidarios de la vida, a ofrecernos sin pudor, a ser carne que suda, que se empapa. Lo escribe, y los ecos del poema suenan a libro sagrado, a ejemplar bendito: se atreve cualquier hombre, cualquier mujer, a amar a cualquier otra incluso bajo las ruinas de un Imperio:

Tener tus ojos, como aquella

siesta —agua de las orillas,

arena y conchas en la transparencia—,

después de haber amado,

rendida, ahí,

casi desvaneciéndote como la luz.

La mujer es un rompecabezas que el vate se empeña una y otra vez en completar. La fuerza de su sexo, la piel firme, el cabello indomado sobre la colcha… La Luna llena sobre la mar en calma completa la escena junto con un par de libros, los ecos de una música y el alcohol. Que todo lo demás se aparte, parece decir el escritor, que nada genere el más mínimo incordio: he aquí la llave que me da cuerda, aquello que insufla vida a este moderno Prometeo.

¡MANIÁTICOS! ¡LA HABÉIS DESTRUIDO! ¡YO OS MALDIGO A TODOS!  

A menudo lo dice a sus acólitos. Unas veces con la rotundidad de los desposeídos; otras, con la ternura y la nostalgia con la que una mano sostiene al pájaro pequeño y sin plumas que muere fuera del nido todas las primaveras. Las más, con la inolvidable mirada con la que Heston comprendió, al ver la Estatua de la Libertad hundida en esa playa de 35mm: el fin de este mundo, de la Civilización en la que él cree, está cerca o ya ha llegado. Desde luego, es imparable.

Por eso en Seek to Know No More, su penúltimo libro, dedica unos versos a la fidelidad que, durante toda su vida, se ha tenido: “Gracias a mí mismo. / Gracias por no dejar / que hayan envejecido / mis sueños. Gracias / porque pese a todo / lo que no me he entendido con la vida / sigo siendo un hombre libre”. Tiene claro que, ante el horror al que se enfrenta, solo queda el tratar de dejar algún que otro verso brillante, dárselo a un editor serio, de los que hipotecan su tiempo para andar entre maquetas y galeradas, y entregarlo al mundo.

Álvarez debió de horrorizarse con las llamas de Notre-Dame. Tal vez se dijo, en voz alta, algo así como que ya todo está cumplido. Y quizá se sumergió en alguno de los libros que relee y que son su último bastión. Es posible que sonara Mozart, o que algún manuscrito reciente se mojara con el sudor de la última copa de la tarde. Yo, y muchos otros, aquel día acudimos a sus versos, y vimos, una y otra vez, la belleza inmensa del templo. Y lo dijimos: “¡Qué majestad!”.

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