Inicio > Libros > Poesía > Efraín Bartolomé: Paz blanca de la jungla

Efraín Bartolomé: Paz blanca de la jungla

Efraín Bartolomé: Paz blanca de la jungla

Dos mil años de historia lo contemplan. Cada piedra, plástica, se doblega ante el paso del poeta. Es hermoso, enigmático, un imán, un mesías felino, la paz tumbada al sol del invierno, un adversario de la grandeza de Augusto. El poeta es en el centro del teatro romano de Cartagena. Blancas sus ropas —así se imagina también su alma—, sus ojos iluminan la Historia. En la orchestra del teatro, el sol de mediodía es ámbar que baña la perfecta barba del vate, su melena recogida y exacta. Entonces, Efraín Bartolomé (Ocosingo, 1950), el escritor de sangre de jungla, el autor de ojo de jaguar, salvaje placidez, abre sus labios. Y Homero abraza a Roma, que, una vez más, es poderosa, magnífica, verdad. El ámbar que es el sol no puede brillar tanto y se enfada. La poesía se resbala por cada roca, por cada año desde lo antiguo. Sucede el milagro:

La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles,
maldita, que causó a los aqueos incontables dolores,
precipitó al Hades muchas valientes vidas
de héroes y a ellos mismos los hizo presa para los perros
y para todas las aves —y así se cumplía el plan de Zeus—,
desde que por primera vez se separaron tras haber reñido
el Atrida, soberano de hombres, y Aquiles, de la casta de Zeus.

—¿Qué es la poesía?

—Escribí un texto en tiempos recientes que dice esto: “Poesía: arte con aire, aire que se hace carne, carne que danza ante mis ojos impuros que se hacen agua, agua que quema y arrastra”. Dicho con otras palabras, todo poema tiene origen en una emoción. Y tiene un destino: otra emoción. La emoción es previa al poema en el poeta, y es posterior al poema en el lector. En medio se ha tendido un puente de oro hecho con palabras que tienen un cierto tipo de magia almacenada para que, cuando entran en contacto con el alma, con el espíritu, con el ojo apropiado, se produzca un estado emotivo similar al que generó el poema.

Dos mil dieciséis. El escritor mexicano camina por las calles de Murcia de la mano de su Diosa. Ella también acumula años, que cada día se le abrazan a los ojos, pero es bella. Su cabello negro de crines salvajes reluce, es otra forma de diamante. Blancos los vestidos, se aman, y aman así cada espacio en el que posan la mirada. Dos mil dieciséis. Ahora es la ciudad como antes fue la jungla: “Una de las cratofanías fulgurantes de mayor densidad ante la que ha estado expuesto mi espíritu es la mirada del jaguar. Su poder magnético, a un tiempo seductor y paralizante, parece estar brotando de los ojos mismos de la Gorgona. La corpulencia del corazón del monte avanza entre los árboles con elegante silencio; su piel, manchada enigmáticamente, cubre y aprieta una masa de músculos con rayo. Y frente al cielo estrellado de su piel se balancea la poderosa cabeza, en la que flotan los ojos como dos astros repletos de luz líquida”.

El escritor de hablar pausado, de sonrisa brillante en los ojos —los labios, parapetados por el denso vello, no son nunca una certeza en él—, creció junto a la entrada de la gran selva Lacandona, en Chiapas, México. Las leyendas de esos elegantes animales de “músculos con rayo”, que entraban en las chozas a robarse niños entregados al sueño, le obsesionó hasta el punto de regalarles su primera gran obra, Ojo de jaguar, cuya primera entrega es una humilde publicación que, en 1982, acogió la editorial estudiantil de la Universidad Nacional Autónoma de México. Más de treinta años después, 25.000 copias de esos primeros poemas han salido de las imprentas en un total de 12 ediciones, y Ojo de jaguar es uno de los títulos más celebrados del pasado siglo en el país hispanoamericano. Lo es por versos como los que forman la anatomía de RÍO NOCTURNO:

Nada se puede hacer contra la lluvia
Nada contra el río negro
que baja hasta alcanzar el fondo lodoso del pueblo

Nocturno río que cae
grita    azota   quema    tiembla     hace ruido
y abofetea al viento y a la tierra
a octubre que acaba de nacer
y a la memoria
bocanada de aguardiente
estallando en la hoguera del insomnio

Hubo otros años en que el cielo venía
igual    a tocar el tambor de los tejados
y el mango frondosísimo del patio sonaba a selva
como un antiguo caracol cuando recuerda el mar

Era la misma lluvia que ahuyentaba los sueños
hacia largos días
y nos traía el río hasta la puerta

Veinte años después nos encontramos
Sabe que estoy aquí
No ha envejecido su terquedad
su furia           su desgarrado grito

Pero todo es distinto

Se transformó en jardín la selva de la casa
Uso lentes y barba
Tengo veintinueve años y dos hijos
Asfaltaron las calles

Pero todo es igual

Otra vez el insomnio
El mismo viento que agitaba el mango
Y estoy inquieto y tiemblo
Y me digo que cuando el agua pase
cuando todo se calme
sacaré mis recuerdos a la calle
a jugar a los barcos

Nada se puede hacer

Soy otro
y soy el mismo

El río nocturno suena

La noche sólo piensa en caer
y caer.

El libro no ha parado de crecer en estas tres décadas, y edición a edición Bartolomé ha ido añadiendo “poemas que se siguen produciendo” y que a él le parece que son “de la misma familia espiritual de los que han armado el libro a lo largo de los años”. Pero ¿qué es Ojo de jaguar, qué la obra en Efraín? Firmemente enraizada en una de las más hondas tradiciones de nuestra poesía hispanoamericana —pienso en Rubén Darío y Pablo Neruda, pienso en Carlos Pellicer— la poesía de Efraín Bartolomé quiere —y lo consigue— convertirse en vibración, quiere cantar con un mundo que no acaba de nacer, quiere ser el pulso de un estremecimiento”. Son palabras que Jorge Esquina publicó en La jornada semanal en 1991. Pero no solo son sus versos una tendencia hacia la vibración: se configuran como una mano que mece, un vals de ritmo y contundencia, la caricia de una mano herida por los cactos, una forma de vencer el dolor, la fuerza de una erección matutina —tan excelsa como dolorosa—, un sosiego distante, el llanto de una madre, la paz del que mastica la hostia ante la mirada yacente de un Cristo de escayola.

Él filtra la vida, que se le antoja un bruto torrente, para crear belleza que conecte su alma con la de los lectores. Es un proceso místico: “Domesticamos lo salvaje con lo reflexionado, porque cuando nos entregamos a los poemas hablamos de un producto artístico. Es importante que venga toda la energía de lo salvaje, que brote de donde tenga que brotar, pero justo convertirte en artista significa que con el paso del tiempo vas logrando productos que son capaces de almacenar la magia. Eso solo lo puede conseguir el artista”, reflexiona el mexicano.

La poesía, el arma que sana

Formado en psicología por la Universidad Autónoma de México, el autor de Partes un verso a la mitad y sangra dedica su vida profesional a la psicoterapia y entrega el resto de su biografía a la creación lírica, al viaje, al arte entendido como oxígeno, al romper las horas con aquellos que quiere —a los que trata, lo sé, con un cariño reverencial— y, en especial, a amar a su Diosa, Guadalupe Belmontes, una mujer que, según cómo la escribe, debe descender directamente desde algún tipo de Olimpo, un animal sagrado al que, en algunos momentos, tienes la suerte de contemplar.

Efraín Bartolomé une de un modo muy particular el arte lírico a su práctica profesional. “Si lo resumo mucho, diría que en la formación de los antiguos bardos era importante que este, el aspirante, llevara a cabo una labor curativa en la sociedad”, apunta el creador. “Esta podía ser la de intérprete de los sueños, intérprete del oráculo o la de médico físico”. Por tanto, para el poeta, siempre vestido de alba, ambas disciplinas, ambos roles, el del creador de versos y el de terapeuta, son “la forma de estar en contacto con la emoción humana permanentemente”.

—¿Pero la poesía puede ayudar a sanar?

—Estoy absolutamente convencido de que es así. Si su propósito no es ese, ayuda en eso. Todo lo que Baudelaire nos ha enseñado sobre el alma humana ha servido para que, por lo pronto, un lector devoto de él como soy yo pueda mirar cosas que no veía antes. Su dolor me ha servido a mí, y creo que es lo que sucede: el dolor de los poetas, bien atrapado, puede ser instrumento para evitarlo o para disminuirlo, o para iluminarse también. “Ser como el sándalo que perfuma al hacha que lo hiere” es una enseñanza sufí de un poeta persa extraordinario, Mucharrid-al-Din Saad.

EL BARCO

Amarras la conciencia como un pequeño barco
y entras al sueño como quien ve pasar el río
recostado en la arena tibia de la ribera

Todo pasa
Todo navega en las aguas del silencio:
Crecen las plantas
Ovulan las mujeres
Madura el fruto y se prepara
para un nuevo golpe de sol
Crecen las uñas de los cuerdos
Crece el pelo en el cráneo de los locos
Palpa la embarazada —con cuánto amor—
al futuro asesino que se gesta en su vientre
Palpa su tumor el canceroso
Gime por amor el solitario
Gime por amor el ahíto que es amado por dos
Gira la Luna en su órbita
Gira la Tierra
Todos los corazones retumban con vigor
y hacen sonar el corazón del mundo

Despiertas
Subes de nuevo al barco: todo brilla

ya sabes por qué

                                    Alguien     desde la orilla     te ve pasar.

El poeta revela a las criaturas el nombre de su amada

Pasea el hombre cerca del mar. Es su transitar un tránsito calmado. Se demora, cada paso, lo que tarda en desvanecerse la espuma que generan las olas. La Diosa camina en su abrazo, su piel es del color del sosiego. En su pecho, el sol del ámbar. Blanca es también su ropa. Habla el poeta: “Por ahí se ha dicho que la Diosa suele revelárseme a través de la naturaleza, porque es naturaleza, y la naturaleza encarna mejor en mujer. Digamos por último que la mujer solo aparece cuando es invocada con palabras de poeta. Así que poesía, naturaleza y mujer son el rostro de la Diosa triple revelándose ante el más humilde servidor de vez en cuando”.

Su relación con la mujer, con la figura femenina, con el cuerpo desnudo de la amada, con la espesa selva que es el sexo, hace de sus poemas amorosos una experiencia absolutamente espiritual. Son sus versos dedicados al amor sexual una invocación de sacramento: el hombre, de rodillas, contempla la pasión encarnada, se empequeñece ante la majestad del útero caliente, lo disfruta y se ofrece a la común unión. La poeta española Noelia Illán escribió, en el epílogo de la antología amorosa Cabalgar en las alas de la tormenta (Balduque, 2015): “Cuando uno saborea (y uso este verbo con toda la intención) los versos de Efraín Bartolomé, no tiene más remedio que buscar ese licor que otorga las visiones antes del hundimiento. No queda más que convertirse en el animal más primitivo para saciar el deseo. No puede más que inclinarse como obediente girasol ante la fuente de luz. En definitiva: no queda más remedio que amar”.

No queda más remedio que amar.

No queda más remedio que entregarse a la Diosa, que convertirse en un alma que mira encendida.

No queda más que ser tierra devorada por el cielo, cielo que es tierra que se baña en la tormenta.

No queda más que ser deseo.

No más que convertirse en vapor de sexo.

“Yo caí fascinado por la figura femenina desde edades muy tempranas. Recuerdo mis temblores iniciales siendo un niño de primaria ante ciertas miradas, ante ciertas formas, ante ciertos movimientos no solo de niñas de mi edad, sino de jóvenes, adolescentes, mayores y señoras que me parecía que encarnaban un poder mucho más allá de lo humano”. Ese es su mejor prólogo al amor, a la entrega complaciente, de poder sumiso, a la Diosa.

CIELO Y TIERRA

Y las aguas de Arriba amaron a las de Abajo
y eran las aguas de Abajo femeninas
y las de Arriba masculinas…

¿Has oído, amada?

Tú eres la Tierra y yo soy el Cielo
Tú eres el lecho de los ríos y el asiento del mar
y el continente de las aguas dulces
y el origen de las plantas y de los tiernos o duros o feroces animales
de pluma o pelo o sin pluma ni pelo

Yo soy la lluvia que te fertiliza

En ti se cuecen las flores y los frutos
y en mí el poder de fecundar

¿Has oído, amada?

Nuestro lecho es el Universo que nos contiene

¿Has oído bien?

Tú eres la Tierra y yo soy el Cielo
Y mi amor se derrama sobre ti como la lluvia
o como una cascada que cae del sol
rompiendo entre nubes como entre peñascos
y entre los colores del arco iris y entre las alas de los ángeles
como entre las ramas espesas de una vegetación inverosímil

Tú eres la Tierra y yo soy el Cielo

¿No lo escuchas?

Y aunque digas que sí
tal parece que no porque ahora, Tierra,
cabalgas sobre mí (en el lecho que es el Universo)
y eres tú el Cielo y tu amor se derrama sobre el mío
como una lluvia fina

Y yo era la Tierra hasta hace unos instantes pero ya no lo sé
porque hemos girado y descansamos sobre nuestro costado
y los dos somos Tierra durante uno minutos deleitosos

Y ahora estoy en pie con los pies en la tierra y los ojos en el cielo
y tú no eres ni Tierra ni Cielo porque te hago girar
con los muslos unidos ferozmente a mi cintura
y eres el ecuador o yo soy el planeta Saturno
y tú eres los anillos que aprendimos en la escuela
y giras

Y ahora somos Cielo los dos y volamos
elevándonos más allá del Universo

Y en lo más alto del vuelo algo estalla en nosotros y caemos
vencidos por la fuerza de nuestro propio ecuador que se ha quebrado

Pero seguimos siendo Cielo aunque yazgamos en tierra

Derrumbados en tierra pero Cielo

Tierra revuelta y dulce pero Cielo

Cielo vencido cielo revolcado pero Tierra

Pero Cielo.

El viaje ha terminado. Toca regresar a la patria, aunque algún latido ya con ellos no vuelva. Pero quedan aquí sus poemas: los que ensalzaron la belleza de unas ruinas mediterráneas y, sobre todo, aquellos que se guardan como trémolos en sus libros; palabras que esperan, pacientes, la argamasa de unas manos que les permitan ser puentes entre su alma, la del poeta, y la tuya. Sea.

4.7/5 (3 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)