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A través del cristal plateado

A través del cristal plateado

Decía el poeta Juan Ramón Jiménez que Platero era pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Con esa descripción empieza uno de los homenajes más emotivos a esos compañeros que se acaban convirtiendo, de alguna manera, en una prolongación de nosotros. En una sombra, que no es tal, pues lo único que reflejan es la parte más luminosa que poseemos. No hay lugar para la desconfianza, la traición, o la decepción, y por ello las preguntas descansan en su presencia.

"Su frágil mundo depende del rebaño intacto, construido por objetos, olores, posiciones y personas que deben estar ahí. Y cuando esas personas no están, cuida de sus zapatos"

Mi compañera de cuatro patas ya no tiene azabache en los ojos. Fija la mirada velada, pero atenta, siguiendo trazas del aire que revelan estados de ánimo, brío, aliento o pesar. Sondea el espacio invisible, identificando cada leve distorsión, cada hueco por colmar. La palabra invisible transmite un mensaje sencillo a sus sentidos. Secretos que solo ella conoce. En su caminar ladeado, torpe y tenaz, se empeña en tomar un recodo en el que yo no percibo nada, pero ella sí sabe descifrar. En su memoria breve no importan el desapego o la distancia, tampoco existen juicios o lastres. Ella recorre el camino más corto para ofrecer un incondicional soporte.

Su frágil mundo depende del rebaño intacto, construido por objetos, olores, posiciones y personas que deben estar ahí. Y cuando esas personas no están, cuida de sus zapatos con delicadeza en la puerta de la casa, esperando su regreso. Celebra el triunfo de que todo esté en su sitio con inequívocos gestos que empujan a contagiarse de la alegría sencilla. Correr, saltar, jugar con peluches. Misión cumplida. Qué fácil. Los humanos deberíamos desaprender para volver a estar en la casilla de salida. Es lo que hacemos cuando somos muy mayores. Tarde, quizá muy tarde.

"Los brincos de alegría han dado paso al suave aleteo y la mirada pausada, ese espacio cálido donde reposan las dudas y solo existe aprobación"

La pequeña bolita blanca ha cumplido dieciséis años y la lentitud se adueña, poco a poco, de todos sus gestos. Los brincos de alegría han dado paso al suave aleteo y la mirada pausada, ese espacio cálido donde reposan las dudas y solo existe aprobación. El amor es misterioso en sus formas y nítido en su certeza.

A través del cristal plateado contempla el perfil de la madre en su butaca, el de su dueña escribiendo mientras ella espera, paciente, las caricias diarias que indican que todo está en orden. Así de simple. Mi compañera de lecturas y paseos duerme sobre mi regazo. Yo la busco en el paisaje de mis rutinas, pues su mera presencia las dulcifica, y le hablo al silencio cómplice, comprendiendo las palabras del poeta:

Tiene acero. Acero y plata de luna al mismo tiempo…

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