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Abajo

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, LXXII: ABAJO

—… y nada, básicamente eso es lo que hay —resumió Aurelio, sentándose en el destartalado sillón del fondo. Apoyó una mano sobre la barriga y señaló con la otra los monitores—. Doce cámaras, doce pantallas. Normalmente no pasa nada en el turno de noche, y más vale así. Aburrirse es buena señal, lo que yo te diga. El televisor ese de ahí detrás tiene más años que Charlot, pero pilla algún canal. Yo soy de la vieja escuela, siempre tengo la radio puesta. Hay pilas en el cajón.

Gonzalo calculaba mentalmente la cantidad de podcasts que podría escuchar.

—Supongo que no vendrá mucha gente a estas horas… —indagó.

—Uy, no creas —contradijo Aurelio—. Estos pijos son más raros que la madre que los parió. La del 7C siempre llega a las mil quinientas. Según ella, “toma baños de luna en Las Peñas”. Vamos, que se baña en pelota viva en la cala. El médico del 5F sale a correr a las once de la noche, que hay que tener una pedrada muy gorda. Los niñatos del 4E andan de fiesta continua. Hacen vídeos para internet, dice ella, toda seria. Ya te digo yo de qué son esos vídeos, si se pueden permitir un piso en este bloque…

—Pagar semejante dineral para vivir en una conejera —declaró Gonzalo—. Edificio de lujo, gimnasio, spa y piscina en la azotea, sí, pero imagínate aguantar a tanta gente…

Su primera noche fue, en efecto, tranquila. Las rutinas de los residentes se llevaron a cabo con exactitud. Ninguno de ellos le dedicó más que un “buenas noches” y un somero vistazo. Gonzalo dio por sentado que el personal de servicio les tenía sin cuidado. “Mejor así”, se dijo. “Sin confianzas”. Hizo algunos esquemas, vio un par de capítulos de una serie nefasta y hasta tuvo tiempo para leerse entero uno de los diarios de incidencias que atestaban la repisa de la garita. Jugó a adivinar la personalidad de toda la plantilla de vigilancia, pero nada habría podido prepararle para el estilo de Aurelio. Tenía un modo tan descacharrante de describir incluso el hecho más anodino, que Gonzalo pasó más de hora y media a carcajada limpia, gozando de aquella maravilla narrativa.

“Se pierde el perro de Doña Justina, para variar. Vuelve cuando le da la gana y trae una faja en la boca. Sin comentarios”. “Otra vez sin luz en el portal. Que lo arregle el Rafa, que tiene estudios. Doña Nélida puso cuatrocientas velas. Esto es una comedia”…

El relevo llegó a las seis menos diez, como un clavo. Se presentó, le preguntó qué tal la noche y poco más. Era un tío alto, rubio, de esos que caen mal de puro guapos. Según Aurelio, recibía infinidad de ofertas de los residentes, y no para ir de paseo.

—Dice que está enamorado de su mujer y que no concibe la infidelidad. El zopilote.

No tuvo queja durante las primeras dos semanas. La tercera, justo después del descanso, empezó a verlos. Era sábado, pasadas las dos de la madrugada. Gonzalo no tenía ganas de estudiar, se había ventilado otro más de los cuadernos de incidencias y estaba a punto de disfrutar de una reposición de La gata sobre el tejado de zinc. Empezaba a dar cabezadas, mientras el bello y arisco Brick acariciaba en secreto el camisón de Maggie, cuando una especie de destello le hizo despertar. Frunció el ceño. La silla se había girado noventa grados, así que ya no estaba encarado al televisor, sino a los monitores. Bostezó, intentando resistirse a la tentadora llamada del sillón. Sabía que, si cedía al impulso, se dormiría sin remedio. Parpadeó y se restregó la cara con las mangas. Examinó los monitores, tratando de sacudirse la modorra. Todo parecía tranquilo. Notó el movimiento a su derecha, por el rabillo del ojo. Se centró en el monitor del garaje. Vio a una pareja joven surgir a ambos lados del sedán plateado del 2B. No tenía mucho sentido, ya que aquel coche era de Grimau, el abogado, que vivía solo. Aquella gente no le sonaba de nada. ¿Parientes de visita, a semejantes horas? La pareja se detuvo un momento junto a una de las columnas. Ella parecía estar buscando algo en su bolso. De pronto, el chico se desplomó, y su acompañante levantó la cabeza, mirando a la cámara. Gonzalo pegó un grito y saltó de la silla, que se puso a dar vueltas sin control.

—No tenía cara —le espetó horas después a su compañero. Aún le temblaban las manos al recordarlo. Resultaba raro compartir semejante historia con un tío tan seco, pero, sencillamente, no había podido contenerse—. No tenía cara, joder, era un borrón negro. Luego la imagen parpadeó y desaparecieron los dos.

Rafael le miraba con el mismo gesto inexpresivo que parecía lucir siempre.

—No me crees… —aventuró Gonzalo.

—No he dicho eso.

—… y que conste que no he bebido ni voy colocado…

—Tampoco he dicho eso.

—Que sepas que bajé al garaje y lo registré de una punta a la otra, y allí no había ni Dios, así que no entiendo cómo coño…

—No lo hagas —interrumpió el otro vigilante, con calma.

—¿Que no haga qué?

—No vayas nunca abajo. Nunca, a no ser que haya alguien real allí y te necesite.

Gonzalo hizo una mueca.

—¿Qué puñetas significa “alguien real”?

Rafael señaló el monitor sin mirarlo.

—Ellos no son reales. Lo eran, pero ya no.

—Pero ¿de qué hablas, tío? ¿Se te va la olla? ¿Cómo que no son reales?

—Pregunta a Aurelio. Ahora vete y duerme algo, si puedes.

Pudo, aunque gracias a las trampas de la farmacopea. Aurelio no tenía ganas de hablar de aquello. Se limitó a chasquear la lengua con disgusto. Después, cabeceó hacia una caja en lo alto de la estantería.

—El diario está ahí. Busca hacia la mitad. El resto viene en los periódicos. Ya lo verás. Mira, yo no creía en estas cosas, pero desde aquello… cualquiera sabe.

Se llamaban Elio y Beatrice. Habían venido de Génova. El padre de ella era armador y estaba forrado. Los dos se dedicaban al arte. No tenían pinta de ricos, siempre vestían de mercadillo. Eran educados y discretos. La noche del 14 de mayo, siete años atrás, un encapuchado se había colado por las pistas de tenis, había ido directo al garaje y los había sorprendido allí, recién llegados de una exposición. Se fue primero a por Elio, degollándolo desde atrás, mientras ella, que se había parado a buscar las llaves, miraba hacia la cámara, suplicante. No gritó, no intentó huir. Se quedó bloqueada, observando la escena con incredulidad. Retrocedió unos pasos hasta dar con una columna. El asaltante la agarró por el cuello y le asestó siete puñaladas, huyendo al momento sin llevarse nada. Beatrice resbaló despacio y quedó sentada en el suelo. Estaba embarazada. Lo llamaron “El crimen de Torre Blanca”. Nunca atraparon al asesino. Se habló de líos con la mafia, de ajustes de cuentas, y hasta de un exnovio celoso, un actor de medio pelo, de Nápoles. Al vigilante de guardia lo despidieron de manera fulminante. Ni siquiera estaba en su puesto durante el ataque. Había salido a fumar y a darse una vuelta hasta la verja de la entrada. Apareció muerto en su casa y los rumores señalaron al armador.

—El siguiente que vino quiso ir de médium heroico, bajó una noche y dejó el trabajo ese mismo turno. Los vas a ver a menudo moviéndose por el garaje. Tú, ni caso. No bajes. Pase lo que pase, no bajes, porque ella te hará daño, seguro.

Gonzalo dio un respingo, sin poder evitarlo.

—¿Hacerme daño? ¿Cómo? ¿Por qué?

Rafael se encogió de hombros, lacónico. Se esforzaba en parecer tranquilo, pero estaba pálido.

—Creo que sigue enfadada con nosotros —murmuró—. Por no aparecer, por no hacer nada. Debieron sentirse invisibles. Al final, estaban solos. Nadie los vio morir.

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