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Abecedario de lector, de Adolfo García Ortega

Abecedario de lector, de Adolfo García Ortega

«Este es un libro subjetivo», explica su autor en el prólogo. «Quizá todos lo sean, pero este, si cabe, lo es más».

Zenda adelanta algunas de las páginas del Abecedario del lector (Paidós), una guía personal de Adolfo García Ortega para compartir con los lectores estas llamadas sobre libros, temáticas y autores «que conforman una literatura de calidad, y cuya lectura es una fuente de placer y conocimiento».

Adolfo García Ortega es colaborador habitual de Zenda, y junto con Ernesto Pérez Zúñiga desarrollan, cada primer miércoles de mes, en la sección Dos cabalgan juntos un doble punto de vista sobre el mismo tema.

Prólogo

Este es un libro subjetivo. Quizá todos lo sean, pero este, si cabe, lo es más. Responde a la idea de compartir con un público, cuanto más amplio mejor, una serie de sugerencias sobre libros, temáticas y autores que conforman una literatura de calidad, y cuya lectura es una fuente de placer y conocimiento. He elegido la forma de un abecedario porque permite organizar y parcializar la información de un modo ordenado que es, a su vez, aleatorio, lo cual aporta un grado más de sorpresa a la inclusión de las entradas elegidas.

Sobre la lectura ya se ha dicho todo a lo largo de la historia. Cabe resumirla como la práctica interpretativa de un texto, de cualquier texto. Práctica que deriva hacia la imaginación si ese texto contiene determinados elementos que atrapan la atención y el deseo de progresar en el conocimiento de lo que se cuenta en dicho texto. Si el interés por textos así se prolonga en el tiempo, una persona se puede considerar lector o lectora perseverante, incluso contumaz.

Susan Sontag decía que «la lectura es una vocación, una capacidad en la que, con práctica, se está destinada a ser más experta». No cabe duda de que esa vocación ha de ser estimulada y alimentada. Se empieza a ser lector o lectora a partir de una predisposición causada por diversos factores, uno de los cuales, y no menor, es tener a mano, desde la infancia, una biblioteca adulta (no bastan las infantiles o juveniles). Sin embargo, no hay un orden en la lectura; esta es arbitraria y va en todas direcciones. Da igual por dónde se empiece a leer en la adolescencia o la juventud, seguro que en la madurez se acaba leyendo con refinamiento.

Tal refinamiento se fortalece con la posibilidad de comparar y de relacionar obras y autores y de vivir la lectura como una exploración inagotable. Lo mismo que una pasión. En este sentido, hay que dar rienda suelta a esa pasión y hacer que vague en libertad por el inmenso océano de los libros y de las épocas. Es muy enriquecedor saber leer lo contemporáneo y lo clásico desde una misma perspectiva de rigor y disfrute. Lo contemporáneo y lo clásico son categorías demasiado académicas, poco reales, ya que todos los textos están unidos en un mismo tejido celular sin tiempo y sin espacio, solo con forma: la forma suscitada por las palabras que prenden en la imaginación una nueva realidad, paralela, propia y duradera.

Cuando se alcanza la destreza en esa práctica, de la que habla Susan Sontag, se puede considerar la lectura literalmente como un vicio. Valery Larbaud, tan generoso escritor como generoso lector, alude a la lectura como una adicción irrefrenable en un famoso ensayo titulado Ce vice impuni, la lecture. Toma esta noción de un poema de Logan Pearsall Smith en el que se habla de «la sutil felicidad de la lectura, vicio refinado e impune». Larbaud se refiere a la lectura como «un vicio que nos da la ilusión de llevarnos a una alta sabiduría, la que nos permite imaginar». Esto es para mí la lectura y esto es lo que he querido transmitir en este Abecedario.

Tengo la lectura asociada a un placer especial que no se parece a otros placeres salvo en su condición de placer, de satisfacción, de recreo. También la asocio al refugio íntimo, al consuelo en la adversidad y a la excitación por conocer. Quizá por todo ello, la lectura forma parte de algo que es, en realidad, anormal, en el sentido de que, como todos los vicios, es minoritario, si se aspira a ser exigente. A este respecto, comparto de nuevo las palabras de Larbaud cuando dice que «existe la gran mayoría de los que saben leer como saben montar en bicicleta, usar el teléfono o conducir un coche, y existe una minoría de personas que son los lectores, como otros son, también en minoría, los jugadores o los avaros». No me parece errada la asociación de los tres conceptos: lectores, jugadores (leer es abrirse a un universo lúdico sin fin) y avaros (leer es codiciar más y más lecturas, que es como decir más y más historias).

Es sabido que los buenos libros tardan mucho tiempo en darse a conocer y en toda época sucede que los mejores escritores no son los más conocidos. Probablemente este Abecedario aporte al lector/a nombres o libros que no conocía. Otros que, tras conocerlos, no le interesen como a mí o sobre los que discrepen abiertamente de mi criterio. No está mal, pues, que la lectura genere controversias y debates, porque, al fin y al cabo, de lo que se trata es de refinar un gusto propio, y todo gusto es, en definitiva, arbitrario, por mucho que trate de afianzarse sobre criterios objetivos y comparativos. No hay un solo canon, sino muchos cánones.

Remata Larbaud su breve ensayo sobre la lectura diciendo que los lectores son una aristocracia abierta a todo el mundo. Una aristocracia invisible y poderosa que yo veo plebeya y democrática y que tiene por motor la curiosidad, detrás de la cual vienen en tromba el conocimiento, la diversión, la aventura, la emoción y, en general, el deseo de satisfacer la absorbente «necesidad de saber» lo que sea que vaya a suceder en la página siguiente. Porque siempre hay una página siguiente.

Creo, pues, que los lectores exigentes son una élite extremadamente democrática, los verdaderos cosmopolitas de la cultura. La formación del gusto lleva a cierto nivel de apreciación, a un «particular sexto sentido conocedor», mediante el cual se logra discernir qué es lo que tiene un gran valor, qué es lo que tiene un valor medio, o un valor menor, e incluso lo que no tiene ningún valor, por muy leído que ello sea.
La lectura es el placer de descubrir, de asombrarse, de dejarse poseer por la historia leída. Encierra riesgos (el Quijote y Madame Bovary, entre otras obras, dan buena cuenta de ellos), pero tal vez se asuman si el resultado es la efervescencia de una vida imaginariamente intensa.

Al final del libro se anexa un listado de todos los títulos citados en las diversas entradas del Abecedario. Creo que el conjunto compone una muy buena biblioteca. Espero que el lector y la lectora salgan de estas páginas con apetito por leer lo que aún no han leído, se adentren así en la «sutil felicidad» de la lectura y a continuación corran a contárselo a los demás.

Madrid, enero de 2020

Abecedario de lector

A

Abecedario: Este que empiezo ahora, por ejemplo, es uno entre tantos. Hay abecedarios para dar y tomar. Los hay personales, propios (por raros), ocurrentes, metódicos, casuales… Pero, sobre todo, arbitrarios. La arbitrariedad es lo que más gusta de los abecedarios privados. Son una forma de conocimiento aleatorio y sorpresivo. Porque todo puede caber en un abecedario y un abecedario lo puede contener todo. Entonces se convierte en una especie de enciclopedia particular (como la Nueva enciclopedia, de Alberto Savinio). Los abecedarios parten de una convención, pero en realidad son un mundo selvático y frondoso, ordenado solo por el azaroso inicio de una palabra. Y este orden cumple la ley por antonomasia de cualquier abecedario: nada va a llegar antes que lo que tiene que llegar después. Por eso se parecen tanto a la vida.

Agee, James: De este periodista y escritor norteamericano (1909-1955) cabe destacar dos obras imprescindibles: el retrato de la miseria en la Depresión del 29 titulado Elogiemos ahora a hombres famosos (1941), que se publicó con las ya inmortales fotos de Walker Evans, y una novela extraordinaria, Una muerte en la familia (1957), premio Pulitzer póstumo en 1958, ya que Agee falleció en 1955 a los cuarenta y cinco años. La ternura por los recuerdos y el dolor por la pérdida del padre en un accidente desencadenan un mosaico de cambios en el entorno del fallecido, su mujer y sus dos hijos, que se convierte en un retrato de la sociedad americana, pero también de la transformación interior ante la pérdida. Agee está a la altura de Salinger, o este a la de Agee, tanto da; además los dos hicieron de sus vidas mitos, aunque diferentes. Una muerte en la familia es una de las grandes obras clásicas americanas de la que ha bebido la literatura de las generaciones posteriores.

Alegría: Hay un delicioso cuento de Chéjov que se titula así, «Alegría». Es muy breve y verdaderamente contagia al lector un atisbo de entusiasmo, de esos que le dejan a uno el rictus torcido. El mismo que acaba teniendo la madre del protagonista del cuento cuando su hijo le transmite la inmensa alegría de haber visto publicado su nombre en el periódico en una insignificante noticia donde se informa de un accidente del que él ha sido una de las víctimas.

Amor: Leer la novela de David Grossman Véase: amor. Admirar un cómic maravilloso titulado Un océano de amor, de Lupano y Panaccione. Sonreír ante lo que del amor decía Balzac: «Entre los amantes, ellas acaban sufriendo y ellos terminan aburridos». Quizá del amor lo mejor que se puede decir es que se trata de una deliciosa enajenación de duración variable cuyos implicados terminan hablando idiomas distintos.

Antaño: A medida que pasa el tiempo, y me refiero al paso inmisericorde de los años, la palabra antaño cobra todo su sentido. Todo lo que uno piensa o recuerda está tamizado por una enorme cantidad de tiempo acumulado, y ese tiempo acumulado pasa a ser un lugar que se convierte en lejanía. Antaño es la lejanía donde vive lo que ya está muy deformado por la memoria pero aún es añorado. La palabra antaño remite a François Villon y a aquella balada suya en la que se repite el estribillo de «Pero ¿dónde están las nieves de antaño?» con melancólica ironía.

Árbol: El ciprés de Delibes cruza la novela con su sombra y se queda a vivir en nuestra infancia. Las palmeras de Paul Bowles fluctúan en la noche marroquí y amparan siempre oscuros momentos de deseo huidizo. El olmo de Machado y los pinares de Pavese inducen a volver la vista atrás. En La acacia, de Claude Simon, una de sus novelas más impresionantes, el árbol sale al final y parece que se despierta, se agita y se despereza. Como la memoria. En la literatura, los árboles suelen remitir al pasado, quizá porque los árboles son grandes y viejos y, desde su inmovilidad, son testigos de la movilidad del mundo.

Arendt, Hannah: Una de las grandes sabias del siglo XX. Leerla y releerla da criterio, explica verdades y permite comprender sin prejuicios. Nos ha dejado el análisis definitivo para entender el totalitarismo y sus derivados represivo-criminales en el fascismo, el nazismo y el comunismo (Los orígenes del totalitarismo). Sus obras son una reflexión sobre el ser humano atrapado en la mecánica de la acción política y el devenir de la historia. Fue una pensadora crítica, valiente y certera, como demuestra en el impresionante libro Eichmann en Jerusalén, punto de partida de la visión real del Holocausto. Escribió sobre judaísmo desde su ateísmo. Escribió sobre las guerras desde su pacifismo filosófico. Su obra es inmensa, variada, y aún sigue vigente. Su importancia crece con los años porque fue una pensadora para el siglo XXI. Como filósofa, hace que Heidegger parezca un metafísico perdido en su retórica de vía muerta y fin de viaje. Ella tiene grandeza, mucha grandeza.

Atlas: Julian Gracq escribió un atlas urbano de Roma en En torno a las siete colinas, y otro de Nantes en La forma de una ciudad, libro este en el que le encuentra un parecido con Madrid. El breve opúsculo de Georges Perec Tentativa de agotar un lugar parisino es un esfuerzo por hacer un atlas pormenorizado de una parte de París. Describe hasta la extenuación todo, absolutamente todo cuanto sucede en una calle parisina en un momento dado, como si se tratara de una instantánea congelada de la realidad. Los libros sobre ciudades son una variante de los mapas.

Atwood, Margaret: La obra de esta escritora canadiense es amplia y variada. Desde luego, la fama le ha llegado con las adaptaciones televisivas de su famosa novela El cuento de la criada (1985), cuya culminación ha sido en 2019 con Los testamentos. Menos conocidas, pero tal vez más sólidas son Alias Grace (1996) y El asesino ciego (2000). En 2002 publicó un ensayo sobre la práctica de la escritura que no tiene desperdicio por el magisterio que encierra: On writers and writing.

Aub, Max: El laberinto mágico, de Max Aub, es una cumbre narrativa sobre la Guerra Civil española. Aglutina los títulos de Campo cerrado (1943), Campo de sangre (1945), Campo abierto (1951), Campo del moro (1963), Campo francés (1965) y Campo de los almendros (1968). En este ciclo narrativo, el clima denso y testimonial permite al lector vivir de primera mano la violencia, la contradicción y la ansiedad de seres humanos como nosotros. Aub es un novelista, en este sentido, de una grandeza excepcional a la hora de situar a los personajes atrapados en un engranaje ideológico y sin ninguna perspectiva de futuro. Son novelas de un presente inmediato, cercenador, que me llevan a pensar en Koestler o en London, y que no tienen la superioridad heroica de un Malraux porque, sencillamente, no tienen tampoco la teatralidad del francés. Aub, por eso mismo, impresiona, ya que su realismo, cercano a Barea, causa sobrecogimiento y reflexión. Despreciará todo cuanto se aparte de una literatura cuya esencia es el hombre interior y no los meros hechos. Así, Aub definió sus libros como «realistas en su figura e imaginados por los adentros». Pero no significa esto que Aub sea un escritor convencional. Experimentó con la narrativa; sus novelas están abiertas a cuantas formas logren el fin de dar luz a ese «hombre interior». Abunda en el tono moral de la existencia y en el diálogo, que en sus obras ocupa una parte considerable, fruto sin duda de la gran influencia que el teatro ejerció en él. Así, la novela se convierte en representación, en cúmulo de voces que actúan, y, mediante el estilo indirecto libre (tan flaubertiano), el narrador se introduce a sí mismo con entera libertad de exposición. Aub siempre vuelve para recordarnos quiénes somos y cómo somos los españoles. En tiempos de vuelta a los ardores patrióticos de los nacionalistas, leer a Aub es andar por el camino de la sensatez.

Auschwitz: En Polonia, concretamente en Wrocław (Breslavia), estuve en un acto en que alguien me reprendió por decir la palabra «Auschwitz». «En Polonia nunca ha existido ese término. Nuestro término es Oświęcim. No podemos consentir que se llame a nuestro pueblo como lo llamaban los alemanes», me dijo muy airado. Era un hombre bastante mayor. Recordé entonces Shoah, la película de Claude Lanzmann, en la que los polacos se delatan a sí mismos, ellos solitos, como cómplices de los nazis en materia de exterminio judío. Miraron para otro lado, se quedaron con sus posesiones y no movieron ni un dedo por salvarles la vida. Para saber de Auschwitz hay que leer el cómic (ya universal) Maus, de Spiegelman. Para saber de Polonia, hay que preguntar a un psiquiatra.

Autopista: Las autopistas alejan de las ciudades, aun cuando parezca que las unen. Dejan a las ciudades fuera de los viajes, porque no hacen posible que los vehículos entren en ellas: tan solo las circundan. Las autopistas prescinden de la detención. El único caso de anulación de la autopista («era un rumor en la distancia») lo protagonizaron Julio Cortázar y Carol Dunlop, quienes, en 1982, invirtieron treinta y tres días en recorrer la autopista París-Marsella deteniéndose en cada estación de servicio, en cada área de descanso y en cada pueblo que les interesaba. De su lento viaje nació ese raro libro de viaje y fiesta que es Los autonautas de la cosmopista.

Azathot: Título del fragmento de un extraño libro de Lovecraft quizá perdido. Así llama «al hombre que viajó más allá de la vida en busca de los lugares a los que habían huido los sueños del mundo». Son solo dos páginas, pero está todo Lovecraft en ellas. Y todos nosotros también.

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Autor: Adolfo García Ortega. TítuloAbecedario de lector. Editorial: Paidós. Venta: Todos tus libros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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