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Un cambio de verdad, de Gabi Martínez

Un cambio de verdad, de Gabi Martínez

En pleno invierno, Gabi Martínez se instala como aprendiz de pastor en la Siberia extremeña para experimentar la forma de vida que su madre conoció de niña. Allí sobrevive en un refugio sin calefacción ni agua corriente, al cuidado de más de cuatrocientas ovejas. Pronto conoce a los habitantes de la zona y va impregnándose de sus diferentes maneras de entender el campo. Es entonces cuando decide afrontar un cambio aún mayor. Uno de verdad.

A través de una experiencia radical, este libro despierta nuestra conciencia ambiental, nos conecta con aquellos que nos precedieron y nos ayuda a comprender nuestro presente para transformarlo en un estilo de vida más sencillo, en armonía con la naturaleza.

Gabi Martínez convierte el género del nature writing en alta literatura en estas páginas que son la crónica de un autoaprendizaje. El legado de un comunicador y naturalista apasionado como Félix Rodríguez de la Fuente, los efectos del cambio climático en el entorno y la resistencia heroica de quienes proponen formas sostenibles de producción son algunas de las claves de este relato surgido del propio territorio. Esta lectura que apela a los sentidos nos acerca a agricultores, pastores, ecologistas, hombres y mujeres que subsisten en un paraje natural desconocido de la geografía española.

Zenda adelanta las primeras páginas de Un cambio de verdad, de Gabi Martínez, editado por Seix Barral.

Las condiciones

Cuando llegué a Extremadura como aprendiz de pastor, las noches enfriaban bajo cero y la sequía angustiaba a ganaderos y campesinos después de tres años prácticamente sin lluvia. Tenía la misión de supervisar a un rebaño de más de cuatrocientas ovejas en la finca que el amigo de un amigo de un pariente lejano había puesto a mi disposición al saber que intentaría vivir una temporada como lo hizo mi madre de niña.

Pude haberlo intentado antes, mucho antes, pero a los veinte años, cuando vivía en la ciudad y tuve la oportunidad de viajar, preferí alejarme de un entorno que creía demasiado conocido y explorar fuera de España. Durante algo más de una década, aproveché la era económicamente dorada del periodismo y la literatura para recorrer desde el Nilo a Australia. El panorama cambió en 2008.

Ese año la comunidad planetaria parecía cada vez más receptiva a las crecientes alertas sobre el cambio climático. De vez en cuando asomaban debates a propósito del tema y menudeaban las noticias que abordaban la cuestión incitando a pensar en las temibles y muy próximas consecuencias de la aceleración que habíamos imprimido a la Tierra. Políticos, actores o músicos influyentes presentaban documentales, organizaban conciertos, viajaban a lugares medioambientalmente amenazados si no ya muy depauperados para animarnos a poner granitos de arena en la lucha contra el cambio climático, insinuando un intento de retomar lo que Thomas Berry había llamado «la gran conversación» entre la especie humana y la naturaleza. Y entonces, como dicen los analistas, «la burbuja estalló» inaugurando una crisis económica de alcance mundial.

La primera medida tomada por el gobierno español fue retirar las ayudas a las energías renovables. El aparentemente crucial problema del cambio climático se volatilizó en un día de la agenda informativa y política. La debacle pronto reveló los engaños y ficciones comunes a cualquier burbuja, y grupos organizados de personas, entre las que se contaban mis padres, comenzaron a protestar en la calle por diversos motivos, aunque desde luego que casi nadie lo hizo por controlar las emisiones de dióxido de carbono o proteger al oso pardo. Realmente se podía llegar a creer que en medio de tamañas emergencias no había tiempo para pensar en qué ocurriría si los embalses se quedaban sin agua en verano.

El mundo se llenó, aún más, de números, de estadísticas, gráficos que, según analistas y científicos, señalaban los caminos de la «recuperación». Había que ser más eficaces, más prácticos, centrarnos sin contemplaciones en lo útil porque sólo así, nos contaron, saldríamos adelante. La naturaleza se relegó de nuevo a un plano tan al servicio de nuestras urgentes necesidades que denunciar los excesos contra ella, defender espacios vírgenes o pretender el rescate de animales te convertía en snob, iluso, en romántico trasnochado. Hubo a quien le llamaron poeta. ¿Qué utilidad tiene cantar a la hierba, al urogallo o al sol? Poeta. Asociado a lo inservible.

Sin embargo, cuando miles de consumidores empezaron a buscar en serio formas de vivir más barato muchos descubrieron, o recordaron, que unos cuantos de esos que pregonaban las bondades no sólo líricas del sol, se estaban autoabasteciendo de energía eléctrica gracias al uso de placas solares.

El 9 de octubre de 2015, otro gobierno español gravó a los usuarios de estas placas con lo que se ha denominado el impuesto al sol. Un canon para recaudar dinero según el sol consumido. Impresiona y aturde que alguien se atreva a colgar un valor de mercado a la estrella que nos da vida, a la vez que resume la relación que nuestra especie mantiene hoy con la naturaleza. El impuesto al sol es la guinda surreal de una crisis que liberó a los codiciosos para seguir contaminando, destruyendo selvas, multiplicando monocultivos aún más deprisa con el argumento de hacerlo por nosotros, los humanos. Alguien, un puñado de personas influyentes, supo extender la idea de que el objetivo era surfear la crisis por todos los medios posibles, y si para «salvarnos» había que esquilmar otro bosque o levantar un resort en la última playa desierta, qué se le iba a hacer.

La cuestión es que millones de personas admitieron este relato.

Ahora se leen números y estadísticas como antes se leía la Biblia, olvidando de forma asombrosa las consecuencias que ha traído creer tan religiosamente en ellos.

Y mi pregunta fue: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo alguien se ha atrevido a ponerle un impuesto al sol? ¿Por qué ya no se habla del lince?

Justo por eso, por el relato.

Fue lo que me respondí. La burbuja, cualquier burbuja, es un cuento que se cuenta a gran volumen para que no atiendas a ningún otro. La burbuja parece ocuparlo todo. Si no te mueves hacia un rincón silencioso, no escucharás nada más. Si la intuición no te advierte, no escucharás nada más. Y quizá tampoco quieras escuchar, porque hay que reconocer que es un cuento bien contado. Es tan bueno que ni siquiera percibes que es un cuento. Tan bueno que cuando el cuento dice Fin, también lo crees, aunque resulta que no ha acabado. Y el cuento que contiene todos los cuentos que nos hemos contado para llegar hasta aquí es la burbuja más grande de todas: la narrativa.

Cuando los micrófonos habituales notifican que la burbuja estalló en 2008, sólo hablan de economía, sin citar, porque no la ven o no conviene, a la burbuja narrativa. Que no está hecha de agua. La narrativa de los números, la ciencia y el aumento de velocidad ha copado nuestra imaginación. Alguien ha sabido contar que la tecnología es nuestra aliada ideal y que las dudas se responden con cifras. Ha sabido imponer la emoción de la tecla y el interruptor a la del viento y los grandes espacios. Y, escuchando a los flautistas de la tecla, entusiastas de la composición vertiginosa, nos hemos ido separando de la tierra y de su ritmo natural.

Por el relato.

Cuando cuentas algo, lo creas. El futuro se construye a partir de las historias que nos contamos, sean de robots o cigüeñas. No tendrían por qué competir, una historia puede hablar de los dos, pero desde hace años los robots han borrado a las cigüeñas de nuestros relatos. Durante el siglo pasado, la cigüeña se mantuvo más o menos presente en la fantasía gracias sobre todo a la fábula que contaba que ese pájaro traía a los bebés volando desde (la gran ciudad de) París. Pero hoy que ya no se cuenta esta historia a unos niños científicamente informados, ¿qué charla incluye cigüeñas? Mencionarlas, ¿qué tipo de emoción produce? Es una pregunta clave porque ahí es donde se juega el futuro. En la emoción. La burbuja narrativa también se infla con ella.

Hablar de números y robots nos familiariza con su mundo artificial creando un marco sentimental que genera emociones. Y éstas invitan a indagar en ese mundo binario y metálico, a adentrarse más y más en las historias preferidas de la gente que no cree en poetas.

Dime de qué hablas y te diré hacia dónde vas. Si tu boca pronuncia cigüeña, es posible que un día viajes para buscarla. Y no será pulsando una tecla. Viajarás de verdad. Si cuentas historias de águilas, un día el águila te sobrevuela. Si escuchas a un amigo imitando al grillo topo, deseas comprobar que no exagera su chillido. Y no sería raro que, después de la experiencia, contaras una historia a propósito. Será la historia de un cambio, porque las historias hablan de cambios. Lo que ahora importa es qué cambio nos queremos contar.

Hasta ahí me llevó pensar en el impuesto al sol.

Creí que, entre todos, nos habíamos estado contando un relato que nos permitía no sólo alcanzar sino también tolerar realidades ya sin duda delirantes. Ensimismados en nuestra presunta superioridad, los humanos hemos entrado en la lógica de lo artificial asumiendo que la naturaleza debe pagarnos peajes, de modo que nos otorgamos la licencia para acumular excesos y atropellos. La impunidad ha animado a muchos a destrozar la tierra que tanto dicen amar. En España, el ochenta y cuatro por ciento de las razas ganaderas autóctonas está hoy en peligro de extinción. Mientras los políticos agitan banderas proclamando su amor al país, esquilman su naturaleza esencial destapando día a día actitudes y valores que los sitúan en las antípodas de los de mis padres, una manchega de raíces extremeñas y un catalán.

He nacido y crecido en Barcelona y viajado mucho por España, sobre la que también he escrito, pero sintiendo siempre que estaba postergando la incursión que debía permitirme profundizar en las aún demasiado inciertas raíces de mi madre. Quizá porque, intuía, esa experiencia podría esclarecer alguna cuestión importante, y quería estar preparado, tener un cierto contexto mundano, antes de aquel viaje al fondo de nuestra tierra. Así que, si al fin me decidí a conocer las dehesas y estepas de su infancia, quizá fue por el deseo de obtener al menos una respuesta sincera lejos de unos meollos urbanos contaminados hasta hacer daño, con la polución, la injusticia y la hipocresía compitiendo por hacernos olvidar que existe un equilibrio natural.

Algo románticamente, de acuerdo, creí que la naturaleza aportaría un poco de aire puro, vi el hueco para respirarlo e imaginé que pastoreando ovejas me aproximaría a los orígenes de aquella parte de la familia, y que ahondaría en su historia y en nuestro vínculo observando cómo se relacionan otras madres con sus crías.

Hoy, con la piel atezada, una barba más larga de lo habitual y las manos morenas y robustecidas que hace medio año yo mismo habría atribuido a otra persona, el discurso natural se ha impuesto como de costumbre a la lírica fantasía y me ha traído hasta un corral estepario rodeado de avutardas y langostas. Cambio sobre cambio sobre cambio y cambio. Ésa es la realidad.

Ya es verano, los pastos han cambiado de color pero aún pienso cada día en la luz. En los efectos de su imperio y su ausencia. Hay buenos motivos y un rebaño para explicar semejante fiebre. A centímetros de mis pies desnudos cae el sol a plomo mientras recuerdo cómo la luz me cegó hace meses, aunque es ahora cuando entiendo que el deslumbramiento empezó con mi madre. Ella fue quien me enseñó que hay tanto color como seas capaz de ver. Que buscar la alternativa es una opción. Recuperar un pedazo de la naturaleza que ha inspirado su vida era un anhelo viejo que a lo largo de los años ha ido cobrando la dimensión de necesidad, como si en su forma de crecer y relacionarse con el mundo palpitara esa respuesta elemental que en realidad yo sabía, que todos sabemos, y sin embargo estaba perdiendo de vista.

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Autor: Gabi Martínez. Título: Un cambio de verdad. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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