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Los que saben latín, de Francisco García Jurado y Javier Espino Martín

Los que saben latín, de Francisco García Jurado y Javier Espino Martín

De Luis Vives a Valle-Inclán, de Francisco de Quevedo a Antonio Muñoz Molina, de Saavedra Fajardo a Juan Manuel de Prada, la figura del «profesor de latín» ha marcado la memoria de nuestros más ilustres escritores. En Los que saben latín (Guillermo Escolar Editor), Francisco García Jurado y Javier Espino Martín proponen un repaso por la literatura española, desde el siglo XVI al XX, a partir de uno de sus más singulares personajes: el profesor de latín. Unas veces llamado «gramático», otras «dómine» o también «pedante», esta figura literaria ha pervivido en la imaginación de los alumnos españoles en calidad de personaje normalmente cruel, si bien también se encuentran emotivos retratos repletos de humanidad.

Zenda publica un adelanto con las primeras páginas de esta «Historia de un personaje literario».

Introducción

Características de nuestro estudio

1. Literatura e historia de la educación

Para quienes nos sentimos interesados por la relación entre literatura, historia y sociedad, pocas relaciones nos parecerán tan apasionantes como la que se plantea entre la creación literaria y la historia de la educación. Se trata de una relación rica y compleja que da lugar a un continuo diálogo entre la formación académica de quienes escriben y su bagaje literario. Los contactos entre literatura y educación son recíprocos, pues la literatura puede convertirse también en parte inte­grante del sistema educativo mediante las lecturas escolares, y estas, asimismo, servir de acicate para formar nuevos autores y lectores. Uno de los aspectos más evidentes de esta relación entre educación y literatura nos lo ofrecen los textos que recuerdan el paso de los autores por las escuelas. Dentro de este marco, hace ya tiempo que nos pare­cía muy interesante el estudio de una figura literaria de extraordinaria riqueza, como es la del preceptor de latín. A los lectores de la litera­tura humanística les vendrá rápidamente a la memoria el autor quizá más universalmente conocido a este respecto, François Rabelais, quien tanto en su Gargantúa como en su Pantagruel describe magis­tralmente el método de enseñanza de los grammatici y magistri, espe­cialmente el de maese Túbal Holofernes. En la literatura española es, sin duda, el licenciado Cabra de Quevedo, conocido popularmente como el «Dómine Cabra», el que ha configurado el retrato más cono­cido y arraigado en nuestras letras. De esta forma, el profesor de latín, llamado también «gramático», «preceptor», «maestro» y, en otras ocasiones, «pedante», si bien el nombre de más larga y oscura tra­dición ha sido el de «dómine», constituye un retrato significativo de la literatura española que todavía sigue vivo en nuestro imagina­rio popular, como podemos ver en la vitalidad que tiene aún hoy la expresión «poner como chupa de dómine». Los profesores de latín son amados unas veces, odiados otras, admirados y temidos, y suelen dejar una huella indeleble, para bien o para mal, en los autores que los retratan. El asunto hunde sus raíces en la propia literatura clásica latina y puede seguir rastreándose hasta los autores más actuales de la literatura española, como es el caso de Antonio Muñoz Molina y Juan Manuel de Prada.

El retrato, naturalmente, no se agota en la literatura en lengua española, y sería muy interesante poder llevar a cabo una historia del profesor de latín en diversas literaturas. Sin salir del siglo XX, vemos cómo la obra James Joyce no podría entenderse sin el paso del autor por un colegio de jesuitas. De esta forma, en su Retrato del artista adolescente no podía faltar el personaje del profesor de latín, el Padre Arnall, caracterizado por su carácter colérico. Asimismo, alguno de los personajes más inquietantes de la historia de la literatura universal es profesor de latín, como ocurre con el personaje de Naphta, encar­nación de nuevos y oscuros valores que definirán buena parte del siglo XX, y que sirve de contrapunto al humanista Settembrini en La mon­taña mágica de Thomas Mann. La primera impresión que obtenemos de Naphta es la de un sujeto desagradable, como después podemos terminar de comprobar cuando, frente a lo que sería esperable en un latinista, emprende un demoledor ataque contra los estudios clásicos y Virgilio. En otro ámbito bien distinto, podemos también recordar un peculiar personaje de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez: la figura de aquel sabio catalán, otrora profesor de lenguas clásicas, que con su insólita biblioteca de libros raros hace leer a Ovidio y Séneca en un lugar donde no se había pasado de la escuela primaria. Las posibilidades que nos ofrece este marco de estudio de las relaciones de la literatura con la historia de la educación son, pues, prometedoras, y nos sirven, asimismo, para tener una perspec­tiva valiosa acerca del propio profesor de latín a lo largo de la histo­ria. A quienes somos profesores de latín nos hará reflexionar, y a los que alguna vez estudiaron la lengua latina les invitará a identificarse con alguno de los testimonios. En cualquier caso, queremos dedicar este libro a las personas que enseñan lenguas clásicas, como merecido homenaje a su esfuerzo y desvelos.

2. Aspectos estudiados del retrato del profesor de latín

Cuando nos propusimos llevar a cabo este estudio, partimos de una hipótesis de trabajo que consistía en presuponer la existencia de un retrato literario característico, el del profesor de latín, dentro de un retrato más general que concierne a la figura del docente en la literatura. Nuestra atención al profesor de latín en particular respondía al hecho de que su enseñanza había tenido un carácter básico dentro del sistema educativo hasta hace relativamente poco tiempo, y este carácter central y obligatorio de la materia había dado lugar a un tipo de docente espe­cífico que no aparece como tal en otras materias. A medida que los sis­temas educativos se han ido articulando, el profesor de latín ha pasado del carácter casi genérico de «gramático», «dómine», o «pedante», a la figura más específica de profesor de lengua y literatura latina, conce­bida la enseñanza de esta lengua, ya en época moderna, desde una pers­pectiva predominantemente filológica, es decir, de un latín entendido ya como una lengua que nos abre las puertas al conocimiento de una cultura antigua. Asumiendo, pues, tales transformaciones históricas, la tradición del retrato, básicamente desde Quevedo, fue confirmando nuestra hipótesis de la existencia de un personaje bien constituido que hemos podido estudiar, configurado como tal retrato, hasta Antonio Muñoz Molina.

Después de una cuidadosa lectura de los textos seleccionados, los distintos aspectos que se recogen en ellos nos fueron dando las claves para elaborar una suerte de itinerario que nos ha permitido poner de relieve las características comunes y las diferencias entre los diferentes testimonios. El itinerario se articula en torno a tres aspectos básicos, como son las características del profesor retratado (a), las referencias al sistema educativo y la pedagogía (b), así como, finalmente, la aparición de autores latinos dentro del retrato (c). Veamos estos aspectos con un poco más de detenimiento

a. Características del profesor

En este apartado atendemos tanto a los aspectos físicos como de carác­ter que presenta el profesor. Según iremos viendo, el «profesor de latín» puede tener características diversas, tales como:

  1. Que sea real o ficticio. Esta diferencia es sutil, pues en muchas ocasiones el profesor imaginario tiene como motivo de inspiración un profesor real, de carne y hueso, que forma parte de la biografía del autor.
  2. Que el profesor sea laico o religioso supone una diferencia que, en más de un caso, resulta muy relevante para el testimonio, sobre todo a la hora de apreciar en su justa medida ese conocido tópico de que el latín es «cosa de curas». Sin ir más lejos, los famosos dómines no tenían por qué ser religiosos necesariamente, y Federico Rubio nos habla de un dómine que era nada menos que «laico, casado y liberal». Cuando el profesor es religioso, a menudo resulta muy relevante su pertenencia a una orden, como es el caso de los jesuitas.
  3. Que el profesor pertenezca a la enseñanza secundaria (bachille­rato) o al nivel universitario. El personaje dominante es el de enseñanza media, concebida esta de manera amplia como el período intermedio entre las primeras letras y la enseñanza propiamente superior. Sin embargo, hasta 1821 no se dividió oficialmente la enseñanza en los tres niveles educativos que hoy conocemos (Cantón Mayo 1999, p. 29), por lo que antes de esa fecha no podemos hablar propiamente de una enseñanza secundaria.
  4. El profesor puede aparecer en ocasiones como una persona indi­vidual, pero en otras se difumina y la referencia acaba siendo general para todos los docentes. También se da el caso de un profesor que, siendo individual, encarna un tipo de docente determinado, como es el caso del quevedesco Cabra.
  5. El retrato físico del profesor y su vinculación con el carácter. Suele haber en los retratos significativas alusiones a los aspectos físi­cos, en algunos casos muy caricaturescos, del profesor. Su larga nariz, su vejez o su ceguera son algunos de los rasgos más característicos que lo definen. Tales rasgos, de acuerdo con la idea popular de que «la cara es el espejo del alma», y que tan bien estudiara Caro Baroja, pueden tener, asimismo, una vinculación directa con el carácter del profesor. Este carácter es, asimismo, muy variado, aunque el talante colérico sea probablemente el más representativo.
  6. Otro aspecto de gran interés es el del nombre propio, que en el caso de relatos explícitamente autobiográficos puede ser el nombre real del profesor, y también su apodo o mote. Pero lo más singular, cuando se trata de profesores ficticios, es el nombre carnavalesco que define a alguno de los más singulares, como el dómine Cabra, Fray Gerundio, o Don Supino. Asimismo, la manera de referirse al profesor nos ha resultado de especial interés por lo variada que resulta; desde forma, a partir de la simple cita del apellido, indicio de familiaridad, llegamos a peculiares usos que distancian el nombre del profesor en el tiempo y en el afecto, como es, por ejemplo, el empleo del artículo indefinido.

b. El sistema educativo y la pedagogía

Aquí atendemos a las impresiones, reflexiones y alusiones que los auto­res hacen acerca de diferentes aspectos relativos a la educación, y que pueden verse reflejados en el retrato:

  1. Son muy reseñables las impresiones generales, anímicas e incluso sensitivas, a las que está ligado el retrato, tales como el frío, la oscuridad o, muy al contrario, la alegría y el entusiasmo, que son algunos de los términos que hemos encontrado para definir la impresión triste o agra­dable del paso por la clase de latín.
  2. Son pertinentes las referencias a los sistemas educativos y los pla­nes de estudio, que van desde el pupilaje de los preceptores de latín hasta las épocas modernas donde aparece ya una legislación educativa al respecto. Las críticas a la educación atañen a aspectos tan diversos como el de la responsabilidad de los padres, la crítica a la vetusta edu­cación escolástica, la función del latín en el contexto de la educación, alusiones concretas a órdenes religiosas, las oposiciones a cátedra, o los planes de estudio. En este apartado, también resulta pertinente a veces el tiempo de estudio que se emplea en aprender latín, desde varios años en los sistemas tradicionales hasta los pocos meses que, al menos en teoría, prometían algunos métodos modernos en el siglo XVIII.
  3. Por otra parte, también resultan muy pertinentes las referencias a los métodos pedagógicos concretos del profesor, como el uso –o abuso– del aprendizaje memorístico, los castigos físicos, el recurso a los juegos, a veces bárbaros, la elección de una gramática determi­nada (Nebrija, Álvarez, Hornero…), o un diccionario (Raimundo de Miguel). Estas referencias a los usos pedagógicos concretos pueden suponer un contrapunto a los sistemas educativos de carácter general, pues los males de la enseñanza a veces se atribuyen bien a docentes concretos, bien a las legislaciones educativas.

c. Autores latinos en el retrato. El canon escolar

Al tratarse de profesores de latín, hemos observado que en muchas oca­siones la semblanza va unida a la cita de autores latinos generalmente asociados al recuerdo escolar. Este hecho, por lo demás, está lejos de ser una mera anécdota, pues, para empezar, puede ser relevante a la hora de estudiar el poso que el estudio del latín ha podido dejar en la obra literaria de un autor moderno:

  1. La cita de autores latinos en el texto dependerá tanto del nivel de enseñanza que se evoque como del modelo de enseñanza del latín; en este caso, tal modelo de enseñanza puede ser bien de tipo humanís­tico, o cercano a los autores latinos antiguos, bien de carácter barroqui­zante, es decir, alejada de los modelos clásicos. De esta forma, la propia ausencia de autores clásicos latinos en el retrato puede ser, asimismo, muy reveladora. Por tanto, mientras una enseñanza de corte humanís­tico atenderá básicamente al mejor conocimiento de los autores clási­cos, encontraremos otros modelos que pretenden enseñar un latín más cercano a lo macarrónico.
  2. Por otra parte, cuando se citan autores latinos lo esperable es que estos pertenezcan al canon clásico y escolar. Este canon, sin embargo, no ha sido uniforme a lo largo de la historia de la enseñanza del latín.
  3. La intención con la que se hacen estas alusiones a los autores lati­nos es diversa, pues puede ser evocadora, crítica, e incluso cómica.

Así las cosas, iremos analizando cada retrato según estos tres crite­rios comunes, lo que nos permitirá establecer unas coordenadas preci­sas para el comentario concreto de cada texto, además de facilitarnos la visión conjunta. Pongamos un ejemplo de nuestro propósito a partir de un interesante testimonio tomado de Gonzalo Torrente Ballester:

La educación que recibí en aquel colegio de frailes no fue mejor ni peor que la que hubiera recibido en otro del mismo pueblo o de cualquier ciu­dad gallega, incluidos los caros, aunque quizá, alumno de los jesuitas de El Palo, habría salido, como Ortega (y como Pérez de Ayala de otra institu­ción de la misma Compañía), sabiendo a fondo griego y latín. Mis frailes, de Humanidades, me enseñaban lo indispensable para sacar adelante los dos cursos programados, como quien dice, las fábulas de Fedro y la pri­mera Catilinaria. El bachillerato vigente, bien estudiado, según Unamuno, bastaba para hacerse una idea del mundo, si bien un poco angosta y bas­tante incompleta (Gonzalo Torrente Ballester, Dafne y ensueños, Madrid, Alianza, 1998, p. 266).

En lo que a este texto respecta, de acuerdo con las pautas estableci­das para el comentario, podemos señalar las siguientes características, de manera sucinta:

a) En lo que a la figura del profesor respecta, no estamos ante un profesor específico, sino que se nos habla en términos de «mis frailes». Son, en todo caso, profesores reales, de carácter religioso, y es signifi­cativa la manera de referirse a ellos con el posesivo («mis»), acorde con un tono que, si bien no es admirativo, tampoco cae en el desprecio a sus docentes, aunque el autor lamente en parte que tales profesores no hubieran sido jesuitas para haber aprendido bien latín. En este caso, son muy pertinentes las referencias que se hacen en el mismo texto a Pérez de Ayala y Ortega, que muestran la conciencia de una literatura previa al respecto:

Ramón Pérez de Ayala me envía un libro que acaba de componer: se titula A.M.D.G.: La vida en los colegios de jesuitas. El autor ha sido dis­cípulo de estos benditos padres: yo, también. El autor es de mis amigos más próximos, y nos une, sobre todo, análoga sensibilidad para los pro­blemas españoles. ¿No son estas razones suficientes para que me permita anunciar al público la aparición de este volumen? Por si algo faltara, he de apuntar otra feliz coincidencia: Ayala fue emperador en las clases del colegio de Gijón: yo también fui emperador en el colegio que los jesuitas mantienen en Miraflores del Palo, junto a Málaga (José Ortega y Gasset, Personas, obras, cosas, Madrid, Alianza Editorial-Revista de Occidente, 1993, p. 531).

b) En lo que a la pedagogía concierne, resulta muy interesante la alusión al bachillerato de la época, con una significativa referencia a Unamuno. Puede añadirse al texto citado, además, un interesante comentario al latín como «cosa de curas» («Los estudios humanísti­cos, propios, al parecer, de curas, garantizaban el menosprecio a quien los eligiera, y mantenían sin altibajos la reputación de inútiles: choca­ban con el cuerpo social, no parecían asimilables» [Gonzalo Torrente Ballester, c. p. 261]). La pedagogía concreta de aquellos frailes parece quedar, a juicio del autor, algo corta de miras en relación con esa con­cepción ideal del bachillerato.

c) Los autores latinos citados en la semblanza son el fabulista Fedro y Cicerón, del que el autor estudió la primera Catilinaria. Se trata claramente de autores escolares, por lo que Torrente Ballester lamenta no haber podido ir más allá en el estudio de otros textos.

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Autores: Francisco García Jurado y Javier Espino Martín. Título: Los que saben latín: Historia de un personaje literario. Editorial: Guillermo Escolar Editor. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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