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Katerina, de Aharon Appelfeld

Katerina, de Aharon Appelfeld

Aharon Appelfeld nació en la región de Bukovina, hoy parte de Ucrania, en una familia judía asimilada de lengua alemana. Cuando el ejército nazi ocupa su ciudad es recluido con sus padres en el gueto. Su madre es asesinada y él es deportado con su padre. En Katerina (Galaxia Gutenberg) recrea los años de entreguerras y la génesis del odio antisemita que se extendió por los pueblos permitiendo que sucediera el Holocausto mientras los vecinos miraban hacia otra parte.

I

Me llamo Katerina y dentro de poco voy a cumplir ochenta años. Pasada la Pascua, regresé a la aldea donde nací y a la granja de mis padres, pequeña y ruinosa, donde no quedaba ningún edificio en pie salvo esta casucha en la que estoy viviendo. Tiene una única ventana, bien abierta, que me permite recibir el hálito del mundo. Mis ojos, en verdad, se han debilitado, pero el deseo de ver sigue palpitando en ellos. Al mediodía, cuando la luz es más fuerte, se extiende ante mí un campo abierto que llega hasta orillas del Prut, cuyas aguas son azules en esta temporada vibrante de esplendor.

Abandoné este lugar hace más de sesenta años –‍sesenta y tres, para ser precisa‍– pero no ha cambiado mucho. La vegetación, aquella eternidad verde que envuelve las colinas, se eleva bien alta. Si mis ojos no me engañan, está incluso más verde. Algunos árboles de mi remota niñez siguen aún de pie, con hojas, por no hablar de aquel movimiento encantador, como de olas, de estas colinas. Todo permanece en su lugar, salvo la gente. Todos se marcharon y lo abandonaron.

En las primeras horas de la mañana descorro los pesados velos que ocultan tantísimos años y los examino en contemplación silenciosa, frente a frente, como dicta la Escritura.

Las noches de verano son largas y espléndidas, y no sólo se reflejan los robles en el lago sino que también las simples cañas extraen vigor de su agua clara. Aunque siempre me encantó ese lago modesto, me gustaba en particular durante las claras noches del verano, cuando la línea entre el cielo y la tierra se borra y todo el cosmos se baña de luz celestial. Los años transcurridos en una tierra extraña me distanciaron de estas maravillas, que quedaron borradas de mi memoria, aunque no, al parecer, del corazón. Ahora sé que fue la luz lo que me hizo regresar. ¡Qué pureza, Señor! A veces deseo estirar la mano y tocar la brisa que me sale al encuentro en el camino, porque en esta estación es suave como la seda.

Es difícil descansar durante las noches claras del verano. Parece a veces un pecado dormir en medio de este brillo. Ahora comprendo lo que dice la Sagrada Escritura: «El que extiende los cielos cual delgada cortina». La palabra «cortina» me sonó siempre rara y distante. Ahora puedo ver la cortina delgada.

Me cuesta mucho caminar. Sin la amplia ventana, abierta de par en par, sin ella que me lleve afuera y me haga entrar, me hallaría encerrada aquí como en una prisión; pero esta abertura, por su bondad, me conduce hacia fuera sin esfuerzo, y recorro las praderas como en mi juventud. Una vez entrada la noche, cuando la luz se oscurece en el horizonte, regreso a mi jaula, saciada ya el hambre y apagada la sed, y cierro los ojos. Al hacerlo, encuentro otros rostros, rostros que no había visto antes.

Los domingos bajo hasta la capilla haciendo un esfuerzo. La distancia desde mi cabaña a la capilla no es grande: un cuarto de hora a pie. En mi juventud la recorría de un salto. En ese entonces, toda mi vida era un único soplo de brisa, pero hoy, aunque cada paso resulta doloroso, aquella caminata sigue siendo muy importante para mí. Estas piedras despiertan mi memoria, en especial la memoria de antes de la memoria, y no sólo veo a mi madre, que partió, sino a todos aquellos que alguna vez recorrieron estos caminos, se arrodillaron, lloraron y oraron. Por alguna razón, ahora me parece que todos llevaban abrigos de piel. Tal vez por culpa de un campesino anónimo, que vino hasta aquí en secreto, oró y se quitó luego la vida con su propia mano. Sus gritos horadaron mis sienes.

El edificio de la capilla es viejo y desvencijado, aunque hermoso en su simplicidad. Los contrafuertes de madera que mi padre instaló siguen protegiéndolo. Mi padre no era escrupuloso en el cumplimiento de nuestra religión, pero consideraba que era su deber cuidar de este pequeño santuario. Recuerdo, en una especie de semioscuridad, los maderos que cargaba sobre sus hombros –‍estacas gruesas‍– y el modo como los clavó en la tierra con un gigantesco mazo de madera. Mi padre me parecía un gigante entonces y su trabajo era labor de seres como él. Aquellos maderos, aunque se han podrido, siguen bien anclados en su sitio. Los objetos inanimados viven una vida larga; sólo al hombre lo arrancan a destiempo.

¿Quién habría pensado que yo iba a regresar? A la manera de un animal, había borrado de mi memoria este primer regazo, pero la memoria de una persona es más fuerte que ella. Lo que la voluntad no hace lo hace la necesidad, y esta acaba por convertirse en voluntad. No me arrepiento de haber regresado. Aparentemente, así fue establecido.

En la capilla, me siento sobre una banca bajita durante una o dos horas. El silencio es imponente, tal vez a causa del valle que rodea el lugar. De niña solía correr por estos senderos, persiguiendo vacas y cabras. Cuán ciega y maravillosa era mi vida entonces. Yo era como uno de los animales que guiaba, fuerte como ellos e igual de muda. De aquella época no queda ninguna huella exterior, sólo yo, con los años de que estoy atiborrada, y mi vejez. La vejez hace que la persona se aproxime a sí misma y a los muertos. Los muertos queridos nos aproximan a Dios.

En este valle escuché por primera vez una voz de lo alto –‍en realidad fue en los más bajos declives del valle, justo donde se abre para desembocar en una amplia llanura‍. La recuerdo con gran claridad. Yo tenía siete años y escuché de repente una voz, que no era de mi madre ni de mi padre, que me dijo: «No temas, hija mía. Encontrarás la vaca perdida». Era una voz segura y tan serena que instantáneamente me quitó el temor del corazón. Me quedé petrificada y observé. La oscuridad se hizo más espesa. No había sonido alguno, pero de repente la vaca salió de la oscuridad y vino hasta mí. Desde entonces, cuando oigo la palabra «salvación» veo esa vaca castaña que se me había perdido y que regresó. Sólo una vez se dirigió a mí aquella voz, y nunca más. Jamás le conté nada a nadie acerca de ella. Guardé este secreto oculto en mi corazón, y me regocijo en él. En aquellos años tenía miedo de cada sombra. La verdad es que fui presa del temor durante mucho tiempo y sólo me liberé de él al llegar a una edad avanzada. De haber orado, la oración me habría enseñado a no temer. Pero mi suerte había decretado otra cosa, por decirlo así. Aquella lección me llegó demasiado tarde, muchos años después, inmersa en muchas y amargas experiencias.

Durante mi juventud no sentí deseos de orar ni de las Sagradas Escrituras. Las palabras de las oraciones que yo entonaba no me pertenecían. Iba a la iglesia porque mi madre me obligaba. A la edad de doce años, tenía visiones obscenas en mitad de mis rezos, que me ensombrecían el espíritu. Los domingos me fingía enferma, y como mi madre me golpeaba, de nada me servía. Tenía tanto temor de la iglesia como el que sentía por el médico del pueblo.

Sin embargo, gracias a Dios, no corté el vínculo con las fuentes de la fe. Hubo momentos de mi vida en los que me olvidé de mí misma, me hundí en el barro y perdí la imagen de Dios, pero aun entonces solía caer de rodillas y orar. Recuerda, Dios, aquellos pocos momentos, porque mis pecados fueron muchos y sólo Tú, con tu enorme misericordia, conoces el alma de tu sierva.

Ahora bien, como dice el proverbio, el flujo del agua ha regresado al río, el círculo se ha cerrado y yo he vuelto aquí. Los días son largos y espléndidos, y puedo pasearme a mis anchas. Mientras la ventana siga abierta y mis ojos estén despiertos, la soledad no entristecerá mi alma. Qué lástima que a los muertos no se les permita hablar. Tienen algo que decir, estoy segura de ello.

Una vez por semana, Jamilio el Ciego me trae provisiones de la aldea. Mis necesidades ahora son pocas –‍tres o cuatro tazas de té, pan y queso campesino. Hay mucha fruta aquí. Ya he probado las cerezas: puro vino.

Jamilio ya no es joven, pero su paso de ciego parece firme. Tantea con su grueso bastón, y el bastón jamás lo traiciona. Cuando se inclina, descubro una línea llamativa en su espalda. Me dijeron que, de muchacho, las mujeres lo perseguían. No es de extrañar; era buen mozo. Pero mire lo que le han hecho los años. Primero se volvió sordo y luego ciego, y ahora sólo quedan vestigios de él. Cuando se acerca a mi cabaña con el bulto sobre los hombros, por algún motivo se le ve pesado y sumiso, pero se trata sólo de una ilusión.

Cuando abandoné la aldea él acababa de nacer, aunque después fueron muchos los chismes que oí sobre él, no siempre a su favor. Pasados los años de soltería y de vida indómita, se casó. La esposa era bonita y rica, y trajo consigo una dote considerable, pero no le era fiel. Decían que aquel era su castigo por haber engañado tanto a las mujeres, pero también ella fue castigada por sus infidelidades: un enjambre de avispones la atacó en medio del campo y la mató. Por una vez me pareció que en este mundo habían hecho una repartición de premios y castigos, pero quién soy yo para juzgar aquel equilibrio misterioso.

Todos los jueves, Jamilio viene y me trae la comida. Dios sabe cómo encuentra el camino. A mis ojos es una criatura de otro mundo. Yo, sin él, yacería en el polvo.

–Gracias, Jamilio –‍digo en voz alta.

Dudo que pueda oírme. De todos modos hace una pequeña mueca, como si espantara un pensamiento. Cuando pongo algo en su palma enorme, da un golpe en el suelo con el grueso bastón, musitando algo; luego se marcha. Su ropa despide el olor de la hierba y del agua, pues por lo visto pasa casi todo el día a la intemperie.

–¿Cómo estás? –‍le pregunto, y enseguida comprendo la estupidez de mi pregunta.

Él realiza su trabajo en silencio y con constancia. Primero organiza las provisiones en la despensa, luego trae leña cortada y la coloca junto a la estufa, y lo hace todo de manera silenciosa y diligente. Trabaja más o menos por espacio de una hora. En aquella hora me llena la cabaña de los aromas del campo, un perfume que me acompaña toda la semana.

Me encanta sentarme y seguirlo con la mirada, a medida que se aleja caminando: una partida lenta que algunas veces tarda una hora entera. Primero baja hasta la capilla, se postra a la entrada y ora. A veces me parece escuchar su silencio. De repente, se anima sin aspavientos, como dando la espalda, se levanta y camina hacia el lago. En la orilla, sus pasos se detienen y los pies paran.

A veces me parece que se demora con el fin de inhalar el perfume del agua. En esta estación, el agua del lago desprende una fragancia. En efecto, se acerca hasta el borde y se inclina, pero no se queda allí, pues se desliza de inmediato por el camino hasta que se lo tragan los árboles.

Cuando ha desaparecido por entre los árboles, se hace presente de nuevo ante mis ojos, con una especie de claridad diferente, fuerte y bien parecido, y comienzo a echarlo de menos. La oscuridad hace que lo olvide por completo y sólo el jueves por la mañana llega su aroma cálido a mis fosas nasales y lo recuerdo, y un temblor de expectativa me recorre la espalda.

La mayoría de los días me recuesto en mi sillón, un sillón de madera tapizado, con cojines gruesos. Los años no lo han dañado; sigue teniendo piedad de mis huesos. Aquí solía sentarse mi madre los domingos, los ojos cerrados, toda la fatiga de la semana estampada en su rostro, el cabello delgado y gris. Ahora tengo cuarenta años más de los que ella tenía entonces. Se han invertido los papeles: la madre es joven y la hija es anciana, y así, según parece, habrán de ser las cosas para siempre. Lo cierto es que, cuando los muertos renazcan, ella se va a asombrar: ¿es esta mi hija Katerina? Sin embargo, cuando rezo por mi vida, también le ruego a ella. Tengo la certeza de que nuestras madres nos protegen, de que sin ellas y sus virtudes los malvados habrían acabado con nosotros hace ya tiempo.

La mayor parte del día me quedo sentada mirando hacia fuera. Ante mis ojos titila el lago en sus tonos intensos. En esta estación es de una luz deslumbrante. Hubo una época en que aquí bullía abundante vida; ahora sólo queda el silencio. Al escucharlo, surgen de las praderas visiones remotas que me llenan los ojos. Ayer tuve una visión muy clara: tenía tres años y estaba sentada sobre la hierba, y nuestro perro pastor, Zimbi, me lamía los dedos. Papá estaba sentado bajo un árbol, emborrachándose lentamente con una botella de vodka, feliz y contento. Padre, llamo por algún motivo. Está tan inmerso en su bebida que no responde. Sollozo y lloro, pero mis sollozos no lo apartan de su lugar. Mamá sale de casa como una tromba y al punto me quedo en silencio.

Mi madre, bendita sea su memoria, fue una mujer desafortunada, a la que todos temíamos, incluso mi fuerte padre. Ni siquiera las vacas se atrevían a desafiarla. Recuerdo que una vez dominó una vaca enloquecida a mano limpia. Sus manos, Dios me perdone, dejaron cicatrices en mi cuerpo hasta el día de hoy. Me golpeaba por todo, por lo serio o lo insignificante, con furia y sin piedad. La Pascua era la única época en que no me pegaba. En la Pascua se le transformaba el rostro y un silencioso temor reverencial penetraba en sus ojos, como un río torrentoso cuyas aguas se tornan plácidas. En la Pascua su rostro irradiaba luz por toda la casa: una clase de piedad que no pertenecía a este lugar.

Solía yo pasar la Pascua sobre un banco pequeño, junto a Zimbi. Conservo un cálido y agradable recuerdo de Zimbi. Era un perro fuerte. Le gustaba la gente y, en especial, los niños. Si hay algún calor en mi cuerpo, es precisamente el calor que yo absorbí de él. Su olor sigue prendido en mi nariz. Cuando me fui de casa lloró con amargura, como si supiese que no habría de regresar para verlo. Para mí, él sigue vivo, sobre todo sus ladridos, un ladrido reprimido que siempre me sonaba como un saludo amistoso. Mi alma, por así decirlo, se aferraba a la suya. Desde mi regreso, oigo a veces su llanto y echo de menos el cuerpo redondo y suave, la piel sedosa y el olor a río que se aferraba a sus patas.

También mi madre quería a Zimbi. Aunque su amor era diferente, encerrado dentro de sí, sin contacto. Pero aquella criatura muda parecía sentir que esta mujer desafortunada le tenía afecto, y le brincaba con cariño. En cambio a mi padre le tenía un pavor mortal. A veces me siento atada a mi difunta madre a través del cuerpo de Zimbi. Nuestro amor por Zimbi nos unía las almas con una fuerza oculta. Sólo Dios sabe los secretos del corazón y sólo Dios conoce lo que nos une en la vida y en la muerte.

Terminada la Pascua se apagaba la luz de su rostro y la ira volvía a nublarlo. Siendo yo pequeña aún, oía decir a la gente: «Es muy desdichada. Hay que tener compasión de ella. Sus hijos murieron muy pequeños». Yo tenía la certeza de que el ángel de la muerte no pasaría sobre mí. Todas las noches oraba por mi vida. Y, milagro de milagros, las oraciones hicieron efecto y mi vida se ha prolongado más allá de lo que le toca en suerte al ser humano.

Mi madre murió muy joven. Su rostro está tan claro ante mí como el día en que nos abandonó. Sobre todo veo el movimiento airado de sus largos brazos. Aún hoy, muchos años más tarde, la recuerdo con temor y con temblor, como dice la Escritura. Cada vez que pienso en ella, viene hacia mí con rabia. ¿Por qué, mamá, te pregunto, estás enfadada conmigo? Ya me han castigado por mis pecados y en el mundo de la verdad recibiré latigazos por mis transgresiones. Pero mi madre es obstinada. Es muy joven y seguirá siendo joven por toda la eternidad. Si ella hubiese vivido tanto como yo, su sangre habría sido más serena. A mi edad, nadie se enfurece ya.

A veces me parece que nos guarda rencor a todos nosotros porque la enterramos en el hielo. El cementerio estaba yermo y blanco, y los dos sepultureros excavaron su parcela con hachas. La gente, de pie a una cierta distancia del hueco, tiritaba. El sacerdote echaba rayos contra los sepultureros por su pereza, por no haber preparado la zanja a tiempo. Tenía un rostro gris y exhortaba a los sepultureros mascullando palabras que parecían insultos.

Luego, a oscuras ya, las oraciones cayeron como granizo. Me envolví la cabeza en una pañoleta para no ver el ataúd, que descendía al hueco con la ayuda de cuerdas, pero a pesar de todo, el frío penetró hasta mis huesos y ahí sigue hasta el día de hoy.

Poco después de la muerte de mamá, mi padre se dedicó por completo al alcohol. Descuidó la casa y la granja, vendió la ropa bordada e incluso el baúl de la dote de mi madre. Entonces Comencé a temerle, como si fuera un extraño. Regresaba a casa a altas horas de la noche y, acto seguido, se desplomaba sobre la cama, como un cadáver. Dormía la mayor parte del día y sólo hacia el anochecer retomaba la actividad y se dirigía a la taberna con presteza.

Durante la primavera él no salía al campo. Me ignoraba como si yo no existiera. A veces me amenazaba con el puño y me abofeteaba, distraídamente, como se mata una mosca. La muerte de mi madre le había dado libertad para beber a su antojo. A veces llegaba a casa con espíritu alegre, como un joven indómito.

Una noche se acercó a mí, que Dios lo perdone, y me habló con una voz que no era la suya:

–¿Por qué no duermes con papá? La casa está fría. –Sus ojos se veían vidriosos, y una especie de rojo lascivo brillaba en ellos. Nunca me había hablado con una voz como aquella‍–‍. Es bueno dormir con papá –‍me dijo de nuevo con la voz que no era la suya.

Mi corazón sentía que eso era pecado, pero no lo sabía a ciencia cierta. Me arrastré debajo de la cama como un perro y no musité palabra.

Papá se puso de rodillas y dijo:

–‍¿Por qué huyes de mí? Soy tu papá, no un extraño.

Enseguida apoyó sus dos enormes manos sobre mis hombros, me acercó hacia sí y me besó. Luego se puso de pie, y tras un gesto de rechazo, cayó sobre la cama dormido. Después de esto no volvió a mirarme.

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Autor: Aharon Appelfeld. Título: Katerina. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro