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Jaime Bayly y lo real farandulero

Es el tercero en una familia de diez hermanos. Fruto de la unión entre un banquero y una fervorosa devota del Opus Dei, Jaime Bayly emergió como una seta venenosa en el césped de los años noventa con No se lo digas a nadie, un retrato demoledor de los prejuicios y contradicciones de aquel Perú enclosetado en el que creció. Veinticinco años después, Bayly conserva el flequillo a lo Bill Gates con el que saltó a la tele, también el talante canalla con el que rasgó la membrana conservadora de la sociedad limeña, a la que le devuelve una nueva bofetada en Pecho frío (Alfaguara), una novela que convierte la carcajada en esputo.

A los trece años se fue de casa, pisó una redacción a los quince y aún no cumplía los treinta cuando se convirtió en una hecatombe literaria con aquella novela en la que sacaba filo a su bisexualidad y en cuyas páginas se arrancó a jirones el hábito que su educación pretendió, sin éxito, coserle a la piel. Ambiguo y subversivo, Bayly ha hecho de sí mismo su gran personaje, alguien promiscuo en sus veleidades, pero fiel a sus dos mayores guerras: la política y la literatura. Es justo con ese aliento con el que el periodista y escritor insufla vida a Pecho Frío, el personaje que da nombre a esta novela en la que deja en paños menores a los medios, los activistas, los políticos y las ONGs. En un mundo hipercomunicado, todo termina por ser una ficción. Lo real farandulero, como dice el propio Bayly.

Son las cinco de una tarde de verano y un gorrión picotea un cuenco de almendras, mientras Bayly desayuna un zumo de naranja. Para ser el escándalo, la provocación hecha persona, Bayly se comporta como un ser disciplinado, alguien a quien las formas lo irrigan hasta los tuétanos. Por eso no ha querido alterar su huso horario, el de Miami, ciudad en la que vive desde hace años y en la que sigue siendo el francotirador de siempre, sólo que con los galones de los años cumplidos. Así es Bayly, un señorito limeño que libra su propia guerra cavando trincheras con el teclado.

Jaime Bayly habla con lentitud. Es preciso y educado. A veces coge una almendra y alimenta a los pájaros que caminan sobre la mesa. Una elegancia natural se deprende de sus palabras. Por muy díscolo, conserva un aspecto casi británico. Viste una americana impoluta y la ironía recién perfumada. Dos cosas pueden ser ciertas a la vez, y en su caso se cumple, también en el del protagonista de esta novela. Pecho Frío, una especie de Bartleby limeño sin mayores pretensiones que su trabajo como cajero en un banco, se deja besar en un programa de concursos por un presentador que le enrosca la lengua hasta la garganta.

Después de ser repudiado por su mujer y apartado de su puesto de trabajo, un activista por los derechos de los homosexuales convence a Pecho Frío de emprender una batalla legal por discriminación. Él, que no es homosexual ni pretende serlo, comienza a descubrir que su nueva situación le hace ganar el triple de dinero: la prensa lo sorbe hasta sus huesos, al tiempo que lo enriquece y trasforma en un impostor, alguien que saltará a la política en nombre de un movimiento del que forma parte por conveniencia y en cuyo nombre cometerá unas cuantas tropelías.

Escrita con una prosa incisiva y rocambolesca, Pecho frío es una parodia mayúscula, una comedia esperpéntica en la que el lector se sorprenderá a sí mismo riéndose de las situaciones más demoledoras: desde el Papa Che Boludo, un populista de tomo y lomo, hasta una jauría mediática a la que la gente se arroja por voluntad propia. Es, pues, la fotografía de una sociedad conservadora y cínica que Bayly acomete con la precisión del francotirador que nunca dejó de ser.

—Pecho Frío es una ficción creada por los medios. ¿Qué género literario escribe la opinión publica?

"En los EEUU dicen que la política es el show de los feos y de los que no tienen talento… y es verdad"

—El género sería no lo real maravilloso, sino lo real farandulero. Pecho Frío, que no era famoso y no quería serlo, se convierte en un sujeto famoso a su pesar. Su identidad se va redibujando según cada periodista que lo entrevista. Las que ofrece, además, son entrevistas mercenarias. Le pagan por ellas. Él se convierte en lo que van reinventando sus escribidores y sus inquisidores. Pasa a ser un personaje de la farándula, y la farándula en estos tiempos lo abarca todo. Una vez que está cómodamente instalado en la farándula, se desprende casi naturalmente hacia la política, que es una ramificación de la farándula. En los EEUU dicen que la política es el show de los feos y de los que no tienen talento… y es verdad.

—Pecho Frío podría ser un personaje de este tiempo, pero en América Latina existe desde hace mucho.

—A mí me resultó arduo convencerme de que en estos tiempos, en nuestra América Latina, un hombre que va a un concurso de televisión y queda conminado a besar al animador en la boca podría sufrir las represalias que sufre Pecho Frío: que lo suspendan del trabajo y lo echen de su casa. ¿Eso sería creíble en la América Latina de hoy? Hace 25 años, cuando publiqué No se lo digas a nadie, la respuesta habría sido «por supuesto». Sin embargo, en la América Latina que yo vivo, que yo conozco, sería bastante probable. América Latina es menos homofóbica hoy que cuando saqué mi primera novela. La parte homófoba de nuestra sociedad es menos elocuente o menos visible.

—Todos sus personajes son excesivos, incluyendo su personaje Jaime Bayly, pero ese es otro asunto. ¿Por qué eligió la comedia esta vez?

—Tal vez porque 25 años después me puedo reír de todo aquello que antes me atormentaba. Empecé a escribir No se lo digas a nadie en esta ciudad. La homosexualidad era entonces un tema trágico para mí, una condena, una enfermedad terminal sin remedio. Eso me sumía en unas depresiones muy profundas. Me sentía devastado. Ahora me río de todo eso. Lo veo con una mirada risueña y me parece todo un malentendido. Antes ser gay era una maldición, ahora es un plus.

—Del que se aprovecha Pecho Frío para ganar más dinero, para saltar a la política.

"No sólo ser gay está bien visto, es que hay tanta culpa entre los que antes discriminaban que se la van repartiendo por cuotas"

—No sólo ser gay está bien visto, es que hay tanta culpa entre los que antes discriminaban que se la van repartiendo por cuotas. No importa que seas tonto, pero sólo por ser gay hoy puedes optar con más ventaja a distintas cosas. Lo que antes te cerraba puertas, ahora te las abre. A Pecho Frío lo convencen de que si finge ser gay va a ganar el juicio a Puto Amo, el dueño del banco donde trabaja, luego le convencen de que si quiere ganar más dinero finja ser homosexual. Es una farsa, un esperpento, y Pecho Frío se convierte en un impostor, es cierto, pero pone en evidencia una cosa: en estos tiempos ser gay te permite ascender en la escalera del éxito, lo que sea que ese éxito signifique.

—La verdad es la gran victima en esta novela. ¿Hasta qué punto usted ha escrito muchas más verdades en la ficción que como periodista?

—Cuando escribo ficción digo la verdad. Y en televisión, cuando finjo decir la verdad, hago ficción.

—¿Cómo es eso?

—Cuando uno miente a sabiendas, que es la literatura, la verdad se expone, subyace, se desnuda. En esta novela la verdad es la primera y principal víctima, porque ya nadie sabe en verdad quién es, que es lo que le ocurre a Pecho Frío. Todo es una falsificación, una caricatura. La verdad parece un estorbo para que los personajes puedan conseguir lo que desean: más dinero, un cargo público… En cuanto a mi trabajo como periodista de opinión, no siempre digo la verdad, porque la percepción que yo tengo de las cosas no necesariamente está anclada en la verdad, sino que es profundamente subjetiva. Hago opinión, así que no se me puede pedir que sea objetivo.

—Tuvo una columna llamada El francotirador, y en el fondo lo fue, al menos contra la sociedad en la que nació. ¿Sigue siéndolo?

—Los primeros damnificados de mis disparos han sido mis familiares. Ya no tanto. Por ejemplo, no están en esta novelita. ¿Por qué y contra quién lo hago? Disparo a todo aquel que me impide ser feliz.

—Nació en una sociedad conservadora, católica, socialmente vertical, en la que usted provenía de un entorno pudiente. Se rebeló contra eso siendo muy pequeño.

"Me fui de casa a los 13 años. A los quince ya trabajaba en un periódico. Eso me salvó la vida"

—Me fui de casa a los 13 años. A los quince ya trabajaba en un periódico. Eso me salvó la vida. El mundo de la prensa es caníbal. Y eso está reflejado en la novela, esa persecución no tanto al personaje, sino a su intimidad.

—Nadie lo obliga, él accede.

—Claro, y fija un precio, y lo cobra. Y lo vuelve a fijar y lo vuelve a cobrar. No es una víctima: él vende su identidad, pero al hacerlo desdibuja y se convierte en otros personajes. Al final ya no sabe qué quiere ni adónde va. Es un pobre hombre con una maleta llena de dinero que no va a ninguna parte.

—Si pudiera escribirle un correo electrónico al periodista y escritor que llego a España, ¿qué le diría?

—Le diría: «No dejes Anagrama». Eso fue un error. Publiqué mi primera novela muy joven, antes de cumplir treinta años. Planeta me ofreció mucho dinero para que me fuera con ellos y creo que me arrepentiré toda la vida. Anagrama era la editorial ideal. Ahí estaban Fresán, Bolaño, Vila-Matas. Era el lugar correcto. Herralde ha sido el mejor editor que he tenido. En otra línea, le diría, también: «No hables tanto de política».

—Pero si a usted le encanta.

—Ya. Es inevitable, pero le diría eso: «No hables tanto de política».

—¿Cómo quiere ser valorado? ¿Por su papel en el mundo de la literatura, o por el mundo político y del periodismo?

"Diez de cada diez lectores que se acercaron en la Feria del Libro de Madrid me querían por la política, no por mis libros"

—Es una pregunta que en cierto modo me atormenta. Diez de cada diez lectores que se acercaron en la Feria del Libro de Madrid me querían por la política, no por mis libros. Incluso te diría que compraban el libro sin saber nada de lo que he escrito. Quizá se lleven una decepción. Los políticos nunca hablan de literatura. ¿Por qué los escritores tenemos que hablar todo el tiempo de política? En mi caso no es una impostura. Está en mí. Y si no tuviera un programa de televisión, igualmente estaría pensando en política y hablando de política.

—El boom latinoamericano parecía obsesionado con la idea de quién escribía la novela más grande: la gran novela mexicana, la gran novela peruana, la gran novela colombiana… ¿Cree que eso influyó en la manera de contarnos?

—Y ahora se presume sobre quién la tiene más pequeñita. Por cierto, estoy terminando de leer Malaherba, que es muy sutil, al contrario del boom, en donde todos querían escribir la novela totalizadora.

—Jaime Bayly siempre ha jugado con la ambigüedad, excepto en sus posiciones políticas o en la escritura. ¿Qué significa eso?

—Para mí escribir es como respirar. También es cierto que en política nunca he sido ambiguo. Me gusta tomar partido. Cavo mi trinchera y me voy a la guerra. Creo que eso es un mandato genético. Viene de mi madre, que es aún más guerrera que yo políticamente. De ahí vengo. Y no me arrepiento. Creo en el mercado, en la oferta y la demanda, y en que el lugar que tú terminas ocupando no lo eliges tú, lo elige la gente.

—¿Qué quiere decir?

—Yo he hecho dos ofertas al mercado, una como escritor y la otra como un hombre de televisión. El resultado es que hay muchísima más gente que me compra en la televisión que lectores que me compran en las novelas. No me quejo, porque si es cierto que le habría escrito al Bayly de hace 25 años «no hables de política», en el fondo es lo que la gente me pide.

—Empezó en la tele…

—Y ahí terminaré.

—En la política, ya ve, todos los personajes tienen atributos novelables, así que tan lejos de la literatura no está.

"Los políticos son bestias salvajes y por eso están enjauladas. Pero a veces se escapan, como pasó en Venezuela o con Trump"

—Los políticos son bestias salvajes y por eso están enjauladas. Pero a veces se escapan, como pasó en Venezuela o con Trump. En cambio, los escritores, comparados con los políticos, somos loritos, papagayos, cotorras… Mucho daño no hacemos.

—Todos decimos «de ese agua no beberé», pero esperamos turno en el abrevadero…

—Vamos a suponer que yo ganara con los libros lo que me paga la tele, que eso es improbable, pero si ocurriera, a las seis de la tarde mi mujer estaría echándome de la casa. Muchas de las grandes novelas del boom saquearon de la política, bebían del abrevadero, por infecto que fuese. Mira a Vargas Llosa. La política es una zona enriquecedora.

—Casi erógena.

—Así es.

—¿Qué biblioteca había en su casa? ¿Cuál fue el primer libro que lo hizo lector?

—A sangre fría, de Capote. Mi papá solo leía libros de guerra. Tenía una vasta biblioteca. Era banquero, pero sentía una fascinación por las armas. Era tirador y cazador, tenía muchas pistolas, rifles y revólveres. Sabía mucho de armas. Su biblioteca contenía todas las guerras. Mi madre leía libros religiosos y nunca se aventuraba a leer un libro que no fuese aprobado por el Opus Dei. En la biblioteca de mis padres nunca encontré libros que removieran mi curiosidad. Pero en la casa de un vecino conseguí A sangre fría.

—¿Qué edad tenía?

"En La Prensa conocí un mundo fascinante, corrupto y lujurioso de gente que vivía borracha o visitando burdeles. Ahí comencé a ser escritor"

—Once o doce años. Ese libro me maravilló. No sabía quién era Capote ni que ese crimen hubiese ocurrido. Esa novela me cambió la vida. A partir de ahí, yo solito fui encontrando los libros prohibidos, los que jamás hubiese encontrado en la casa de mis padres. Nosotros vivíamos en un barrio llamado Los Cóndores, a una hora de Lima. Eran unas casas enormes, de diez mil metros cuadrados. A los vecinos los veías rara vez, pero fue en casa de este hombre tan culto donde conseguí a Capote. Tuve la suerte, a los 15 años, en las vacaciones de verano, de entrar a trabajar en La Prensa… y eso sí terminó de cambiarme la vida. Conocí un mundo fascinante, corrupto y lujurioso de gente que vivía borracha o visitando burdeles. Ahí comencé a ser escritor.

—¿Cuál fue su escritor de madurez, el que lo acompañó a cruzar la frontera hacia la literatura?

—Al comienzo fue Vargas Llosa y después fue Bolaño. Hubo tres novelas de Vargas Llosa que me hipnotizaron: La ciudad y los perros, porque yo también tenía aversión al mundo militar; Conversación en la catedral, que iluminó en mí la posibilidad de hacer literatura desde la herida con el padre, del hijo que lo detesta; y La tía Julia y el escribidor, que también era una novela sobre el deseo como forma de transgresión y sobre la absoluta certeza de que nunca te vas a enamorar de la persona que más te conviene. Esas fueron las tres novelas capitales de mi adolescencia. En mi caso no fue el Gabo, ni Borges, ni Edwards. El de Vargas Llosa fue mi triángulo de las Bermudas antes de entrar a la universidad. Años después conocí a Bolaño y fue para mí un deslumbramiento absoluto.

—Él mató a los padres, ya ve. Nos dio permiso de sepultar al boom.

"Bolaño se atrevía a escribir de una manera radicalmente distinta a nuestros padres, yo lo vi como un escritor subversivo"

—Bolaño se atrevía a escribir de una manera radicalmente distinta a nuestros padres, yo lo vi como un escritor subversivo. No perdía el tiempo hablando de política, tenía los cojones de burlarse de Vargas Llosa y de Gabo. Se burlaba de la propuesta ética y hasta estética de nuestros padres, y creo incluso que los superó y que pudo crear él solo una especie de boom personal, una corriente nueva. Luego le siguieron un montón de discípulos e imitadores.

—Y de plañideras.

—Y de viudas, lo cual es un gran peligro. Esto es algo que puede lastrar mucho a un escritor.

—Hay un cierto esnobismo que ve a Miami con sospecha, hay una aprensión cultural hacia esa ciudad, que es su feudo. ¿Vive ahí porque le gusta o porque su pelea con Lima no tiene tregua?

—Miami tiene mala reputación. No parece una ciudad literaria, pero lo es para mí. Nunca me he sentido tan solo en el mundo como en Miami, porque es una ciudad en la que no puedes caminar y hace tanto calor que aun si pudiera caminar no lo haría. El invierno es una ficción en Miami. Hace calor todo el año. Después de vivir tres años en Washington, dije: «Esta ciudad me va a obligar a escribir». Y así fue. Casi todo lo he escrito en Miami. En Lima no puedo. Me castra. Está mi mamá, están mis hermanos y las peleas familiares. Siempre hay un casamiento, un bautizo, una primera comunión… Miami, en cambio, es soledad y libertad extrema. Me siento muy solo y muy libre. Una vez que te acostumbras a la quietud y el silencio de Miami, no puedes marcharte.

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