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Edoardo Albinati: “Escribo para olvidar las cosas, no para recordarlas”

Edoardo Albinati: “Escribo para olvidar las cosas, no para recordarlas”

Rosaria López y Donatella Colasanti fueron secuestradas a finales de septiembre de 1975. A lo largo de treinta y seis horas fueron agredidas sexualmente en numerosas ocasiones. Rosaria fue asesinada y Donatella tuvo que fingir que estaba muerta para sobrevivir.

Ocurrió en Roma. Hace más de 40 años este crimen —la masacre del Circeo— conmocionó a la sociedad italiana. Los tres agresores (“unos buenos chicos”) las violaron, las agredieron físicamente, las dieron por muertas y las encerraron en un maletero mientras iban a comer un helado. Sus cuerpos enrollados en cinta adhesiva fueron rescatados del coche de sus agresores. Guido, Izzo y Ghira fueron condenados a cadena perpetua. Ghira escapó a España, donde vivió escondido tras una nueva identidad. Guido consiguió la libertad condicional y asesinó, de nuevo, en 2005 a dos mujeres. Las últimas palabras de Donatella Colasanti, antes de morir a causa de un cáncer, fueron “luchemos por la verdad”.

El escritor Edoardo Albinati novela la cruda simiente que se esconde en los asesinos. El autor, periodista y profesor, coetáneo de los hechos, conoció en la adolescencia al hermano de uno de los criminales. Eran compañeros de escuela. La novela La escuela católica (Lumen, 2019) es el fruto de diez años de escritura obsesiva; es un fluir de conciencia trágica de los años que les hicieron hombres; es, también y sobre todo, la historia de una sociedad que cambiaba rápida y desesperadamente. En 2015, una década después de haberse empeñado en rescatar esta historia, Albinati puso el punto final. Esta novela, que es literatura y que es vida, obtuvo el Premio Strega en 2016, se tradujo posteriormente a varios idiomas y fueron comprados sus derechos para la adaptación cinematográfica.

La escuela católica relata los años que Edoardo Albinati y sus compañeros pasaron en el instituto San Leone Magnopone. La novela pone el dedo en la llaga de una sociedad infantilizada y lo hace con una calidad prosística que sobrepasa muchos de los límites habituales en la literatura contemporánea. Este título es un proyecto mastodóntico que combina ensayo, transcripción de informes policiales, ficción, diario personal, cultura popular y sentido del humor. Una obra en la que la gravedad de los hechos pesa en cada página pero cuyo ritmo interno agiliza (¡y alivia!) la lectura. La escuela católica es una novela que se saborea y que duele; un título que es, al tiempo, complejo y excitante; una lectura que abruma y acompaña; un ejercicio sublime de desnudez masculina.

En su estilo encontramos la esencia de la novela-río de Knausgård. Sin ser un texto puramente autobiográfico, en cada una de sus páginas se derrama la vida burbujeante de los quince años, el futuro a punto de escribirse, una sexualidad desbordante, la búsqueda de referentes vitales, la importancia de la familia, la pertenencia a un grupo social, la asunción de la masculinidad y la creación de una identidad. Si aquellos jóvenes lograron dejar de ser niños, en una sociedad que bullía como olla a presión, lo descubriremos en las páginas de esta novela, en esta obra que es un viaje al pasado y a la memoria.

Zenda se reúne con Albinati en el centro de Madrid. Recorremos junto al escritor las calles de su niñez, buscamos con él las respuestas que la literatura puede ofrecer a la vida. Nos encerramos tras las paredes del San Leone para conocer de cerca a aquellos jóvenes y acompañarles durante los años en que se convirtieron en hombres.

—En primer lugar me gustaría felicitarle por el premio Strega que ganó con esta novela en 2016. ¿Qué pensó cuando le concedieron el premio?

—Nada (risas), porque estaba inmerso en un tratamiento con psicofármacos en ese momento, y no sentía nada.

La escuela católica es una novela de calma y tempestades. Los capítulos se desarrollan en torno a grandes temas (escuela, familia, concepto de clase, amistad, sexualidad…) dispuestos a modo de anillos concéntricos en torno a un tronco de árbol. Se ven salpicados por súbitos resquebrajamientos, atisbos de un crimen, hachazos contra el árbol, tormentas que ponen de manifiesto la violencia. Desde las primeras páginas de la obra ya percibimos esa violencia, sabemos el hecho terrible que sacudió a Italia en 1975. ¿Por qué ha construido así la novela?

"El crimen en el libro ocupa 20 páginas, y está en el centro del libro realmente"

—Creía que no tenía mucho que decir sobre el crimen. No sabía nada más que lo que saben todos sobre ese delito concreto. Lo que sí sabía, y sobre lo que quería y podía escribir, era todo lo que rodeaba ese crimen: las familias de procedencia de los chicos —iguales que la mía—, la escuela —que era la mía—, el barrio burgués, tranquilo, anónimo donde vivíamos… Por eso, en efecto, el crimen en el libro ocupa 20 páginas, y está en el centro del libro realmente. Todo lo que quería contar antes y después son esos anillos, como dice usted, concéntricos del tronco de un árbol que crece o de una piedra que se tira a un estanque y que crea esas ondas alrededor de sí. Es verdad que está construido en ondas concéntricas.

—“Nacer hombre es una enfermedad incurable” es una de las frases más significativas de la primera parte de su obra, y desde ese momento toda esa parte se convierte en una reflexión y una defensa de la hombría. Se habla de la masculinidad como conquista. ¿Es La escuela católica la gran novela italiana sobre la masculinidad?

—Sí. “La gran novela italiana” (risas). Es una broma. Sí, seguramente sobre la masculinidad no se había escrito, creo. Porque hay otros grandes libros italianos, voy a recordar… dos libros de Brancati: Don Juan en Sicilia y El bello Antonio. Son dos novelas muy bonitas, ambientadas en la Sicilia de los años 40 y 50, sobre la masculinidad enmarcada en una sociedad muy tradicional. Tal vez mi novela es la primera en la que se cuenta el momento en el que ese modelo, de los años 70, entra en crisis. Y en el mismo período, en la misma época, conviven una concepción muy tradicional y una concepción, por el contrario, muy nueva. Conviven dos Italias: una del siglo XIX y la otra, muy moderna. Algo que creo que en España también sucedió de forma todavía más violenta y rápida.

—¿Qué es ser un hombre?

—[Risas] Un hombre masculino, ¿no? Alguien que no puede engendrar y alguien que tiene que responder al precepto de “sé un hombre”, a la orden de “sé un hombre” y que vive entre dos límites: el hecho de no poder dar la vida y tener que ser alguien que no es.

—¿Por qué ha emprendido este viaje a la memoria, al pasado?

—La memoria no es mi punto fuerte. Escribo para olvidar las cosas, no para recordarlas. Por eso recordar las cosas sirve para librarse de ellas.

—¿Cuándo dejaron los niños de La escuela católica de ser niños?

"Existe una continuidad perversa de la infancia, la adolescencia, en el varón adulto italiano, no sólo católico: católico y no católico"

—Nunca, nunca, porque existe una continuidad perversa de la infancia, la adolescencia, en el varón adulto italiano, no sólo católico: católico y no católico. Baste pensar en el hecho de que hoy se utiliza la palabra “chico” (ragazzo). A una persona que tiene 50, 60 o 70 años se le llama chico, ragazzo. Se dice: “¡Es un buen chico!”. Pero a ver, si tiene 70 años, ¡por Dios!

—¿Cuánto queda de esos niños en los hombres de la Italia de hoy?

—Creo que se ha alargado, no tanto la niñez, sino la adolescencia. Mi padre no… Por poner un ejemplo: mi padre y mi madre con 25 años eran un hombre y una mujer hechos y derechos. Si ves una foto de mi madre con 22 años dices «es que era muy joven», pero es una señora, una mujer completa. Hoy, como decía, hasta que te mueres casi eres un inmaduro. No sé si es la respuesta adecuada.

—¿Qué concesiones hicieron los jóvenes de su generación para que el mundo dejara de darles miedo?

—(Risas) Esta es una pregunta complicada. Muy difícil, no lo sé.

Passaparola! (¡Pasapalabra!)

— (Risas) No lo sé, de verdad.

—¿Cuánto le debe esta novela a Corazón (novela de Edmundo De Amicis)?

—Mucho, mucho, muchísimo. No tiene nada que ver, pero la estructura narrativa de Corazón es una estructura narrativa formidable. Siempre la he tenido en cuenta, también en otros libros que he escrito. Escribí un libro titulado Un año de escuela en la cárcel: es Corazón, pero en la cárcel.

—¿A qué ha sido más leal cuando escribió este libro: a los hechos o a un Edoardo Albinati quinceañero?

"Ahora el tiempo dura mucho más, las cosas duran mucho más. Entonces no, ¡se quemaba la novedad!"

—A los hechos en cuanto se refiere al delito: las actas, las denuncias a la policía, las sentencias de los tribunales, hechos objetivos en la medida en que sean objetivas las sentencias de los tribunales… Todo lo demás ha sido escrito por el Edoardo de catorce, quince, dieciséis, veintiún, veinticinco años. De hecho, escribiendo intenté recrear, aparte de mi sensación de aquellos años, ese ambiente musical, cinematográfico en que estaba inmerso un adolescente de aquellos años. Por ejemplo, los discos que salían, el primer concierto de Genesis en Roma, comprar discos, el hecho de que esperabas el día en que se lanzaba el disco…, y también la idea, que surge al final del libro, de que las cosas hoy día son muy rápidas. Pero es falso, ahora son muy lentas las cosas. Ahora la gente escucha música de hace 20, 30, 40 años. Sin embargo, entonces todo cambiaba continuamente al cabo de 3 o 4 años. No se escuchaba lo de atrás. Y ahora el tiempo dura mucho más, las cosas duran mucho más. Entonces no, ¡se quemaba la novedad! Se quemaba la novedad y la experiencia muy rápidamente, incluso de forma semanal. Por ejemplo, la salida de los discos de Pink Floyd con los años de salida: 3, 4, 5 revoluciones en el transcurso de 3 o 4 años.

—Decía Oriana Fallaci en La rabia y el orgullo: “Hay momentos en la vida en que el silencio se convierte en una falta, y el hablar una obligación”. ¿Por qué escribió esta novela 40 años después de que acontecieran los hechos aquí narrados?

—He escrito esta novela exclusivamente porque sucedió otra cosa en 2005, exactamente 30 años después de la masacre del Circeo. En 2005 uno de los autores del crimen del 75 volvió a matar a una mujer y a su hija adolescente de 14 años. Pensaba que aquello estaba totalmente enterrado, no digo olvidado, pero sí pasado. Era un pasado pasado. Sin embargo me di cuenta de que ese pasado no había pasado; y si no hubiera cometido ese segundo delito, yo no habría escrito sobre el primer delito.

¿Se puede escapar de una historia como esta, o cree que le habría perseguido hasta que la hubiera escrito?

—No, porque tres años después de la salida del libro estoy aquí en Madrid, estoy hablando aquí del libro. Así que mi idea de escribir para olvidar ha fracasado totalmente, de forma miserable.

—¿Qué precio ha pagado usted por haber escrito esta novela?

"He envejecido de repente. Y luego la gran depresión final: tenía ese tratamiento de psicofármacos al final del libro."

—He envejecido de repente. Y luego la gran depresión final: tenía ese tratamiento de psicofármacos al final del libro. Entendí que era un momento gozoso porque veía las caras de los demás: de mi editor, de mi novia, de mis hijos, de mis amigos… Veía que eran felices, que estaban contentos y, como los autistas, que tienen que ver a los demás y sus emociones, me dije: “Ah, pues mira, voy a sonreír yo también”.

—En La escuela católica se presenta el paso por el colegio como un teatro en el que se realiza un ensayo general de la vida. Siguiendo con la metáfora teatral, creo que su novela es “un pase a la italiana” de la vida para las próximas generaciones. Este título supone una inmersión en un mundo y en una educación, que esas generaciones es posible que ya no conozcan (filosofía, moral, mitología, historia, religión…) ¿Cómo quiere que recuerden esta novela las generaciones que le siguen? ¿Qué cree que debería trascender de ella?

—Voy a utilizar una imagen del escritor Alberto Moravia. Le hicieron una pregunta muy parecida a esta que me hace usted ahora: “¿En el futuro qué pasará con su libro?”. Moravia dijo que, durante un crucero en un barco, había visto a una francesa que leía libros, novelas, en una tumbona. Y cuando leía una página la arrancaba y la tiraba al mar. Moravia decía: “Cuando escribo pienso en ella”. Y yo también.

—¿Qué ha aprendido de sí mismo después de escribir La escuela católica?

—He aprendido que soy “capaz de”, que puedo lograr, que puedo terminar un trabajo. Una satisfacción que no es literaria sino existencial la que he sentido yo: de llevar a cabo algo. Esta sería la sensación de mayor orgullo.

—Habla en la novela de los límites que le ponían en su escuela a la creatividad. ¿Es, en este sentido, la novela un ajuste de cuentas?

"¡Este libro es mi Camino de Santiago de la literatura!"

—(Risas) Sí, seguramente sí. Me han dicho que es una expiación, me lo han preguntado. Y he respondido “sí”. Me han preguntado: “¿Es una venganza?”. Sí. Es un intento de comprenderme a mí mismo, no a los demás. Pues también. Pero sobre todo es un intento de atraer a un lector hacia algo largo, a veces pesado, a veces doloroso, también divertido, y hacerle vivir mi experiencia, la misma experiencia que yo he tenido escribiendo la novela: algo largo, fatigoso, difícil, pero al final es como los que hacen el Camino de Santiago. ¡Este es mi Camino de Santiago de la literatura! (risas).

—¿Qué revolución ha conllevado la publicación de este libro en su entorno?

—Una reacción ha sido especialmente interesante, a saber: una serie de personas, más o menos amigos, que han vivido el éxito de este libro como su propio rescate, su resarcimiento. Porque esperaban que yo hiciera esto, que escribiese este libro y lo publicase. De hecho, se pusieron muy contentos con el premio, y decían: “¡Es justo que te lo den! ¡Por fin!”. Yo no me daba cuenta de eso. Yo no pensaba que me lo mereciese. No pensaba que la gente me apreciara tanto como para ver esto como un logro propio.

—¿Cuándo sintió que podía poner punto final al manuscrito?

"Cuando pasó un año después del vencimiento de mi contrato. Tenía que entregarlo a finales de 2014, pasó otro año más y me dije: ¡Hasta aquí he llegado! Lo tengo que entregar"

—Cuando pasó un año después del vencimiento de mi contrato. Tenía que entregarlo a finales de 2014, pasó otro año más y me dije: “¡Hasta aquí he llegado! Lo tengo que entregar”. El editor estaba convencido de que yo estaba escribiendo —como Jack Nicholson en El resplandor (The Shining)— la misma frase una y otra vez. En italiano esa frase decía: Il mattino ha l’oro in bocca (“La mañana tiene oro en la boca”); en español se tradujo como “No por mucho madrugar amanece más temprano”; en inglés era Too much work and no play makes Jack a dull boy. Kubrick rodó en cada idioma una versión diferente. El escritor está escribiendo continuamente, pero se ha vuelto loco y escribe siempre la misma frase. Rizzoli decía: “¿Pero este libro existe, o estás escribiendo siempre la misma frase como en El resplandor?” Claro, tenía que demostrarle que sí, que la novela existía.

—Ha hablado en alguna ocasión de que su experiencia profesional previa en el ámbito del cine le ha ayudado a la hora de la escritura de la novela. Cuéntenos un poco más sobre este proceso.

—Una cosa concretamente, muy técnica. He aprendido del director Matteo Garrone (con el que escribí una película, Tale of Tales) a escribir el guion y el montaje de un film. Él emplea un sistema muy visual: cuelga un gran panel, un gran cartel de cartón, con muchas bolsitas de plástico transparente colgadas, y dentro de las bolsas va metiendo un papelito con la escena (un papel de un color diferente cada uno). Así lo va montando y ordenando. Comprendí que tenía que adoptar esa manera de trabajar para montar el libro. Me fabriqué en casa el panel con las bolsas. Eran 200 bolsas del tamaño de la palma de una mano. Utilicé tarjetas de cuatro colores diferentes con los cuatro hilos argumentales del libro.

—Esta novela es muy visual, muy cinematográfica, enseguida nos conduce emocionalmente a películas de Marco Tullio Giordana o Marco Bellocchio. La escuela católica será llevada al cine. ¿Qué espera de la adaptación a la gran pantalla de su novela?

—No voy a encargarme, no me voy a ocupar, no puedo (risas). No puedo estar en tantos frentes. No me preocupa, en el sentido de que no me voy a ocupar de eso. Es evidente que cualquier película o serie de televisión será una obra diferente de mi novela.

—Dice en La escuela católica que la literatura engrandece la vida. ¿Fue este el propósito al escribir esta novela?

—No, no. Es un efecto.

—¿Por qué o para qué escribir?

—Es lo que mejor sé hacer. Cuando era joven habría podido hacer muchas cosas: habría podido ser músico, ingeniero, psicoanalista… Sin embargo después se quedó todo en la escritura. ¡Demasiado tarde para hacer cualquier otra cosa!

***

Se suele decir que no es fácil encontrar una historia verdadera en una verdadera historia. Albinati lo ha conseguido con este ejercicio de purga personal y literaria, con este fluir de palabras que cosen y sepultan heridas, este pulso vívido a los recuerdos. La literatura de Albinati abraza las grietas que resquebrajaron la memoria emocional de la Italia del último cuarto de siglo. Las líneas de esta novela cosen y deshilan al tiempo ese horror para poder pasar página.

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