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América por un péon (y 2)

Santa Fe, 4 de Febrero de 1492

Querido amigo:

Nunca he olvidado lo que Antonio de Nebrija nos dijo en una de sus últimas lecciones: «No despreciéis a la ligera las circunstancias accidentales, ya que aunque inútiles en apariencia, conducen a menudo a los más asombrosos resultados». En la corte sobre todo se debería recordar siempre esta importante máxima, ya que allí continuamente hay oportunidades para aplicarlas. En esta carta te daré una sorprendente demostración  de la máxima del buen Antonio; y si no me equivoco, el mundo podrá ver no dentro de mucho un maravilloso ejemplo de ello..

La afición del rey por el juego del ajedrez, como tú sabes, es  muy grande, y como todos los buenos jugadores, da una gran importancia a ganar  una partida, no perdonándoselo nunca si pierde. Su habilidad y su destreza sobre el tablero de ajedrez son grandes en extremo, y si yo no es­tuviera hablando de Su Alteza (2), diría que casi equivalen a la perfidia. A menudo deja una pieza sin protección y aparentemente en poder de su ad­versario, pero antes de que su mano se apodere de ella, él la coge, haciéndole creer que la presa está segura, pues nunca está el rey más complacido que cuando sus planes, dispuestos con astucia, son coronados por el éxito.

Ayer, a la hora de más calor, en lugar de entregarse a su ha­bitual siesta, nos invitó a seguirle a los aposentos de la reina. Desafió a Fonseca, una de sus víctimas cotidianas, a una partida de ajedrez, asis­tiendo nosotros naturalmente como jueces del encuentro. El Conde de Tendilla, Ponce de León y Gonzalo de Córdoba estaban presentes. Las damas de ho­nor de la reina, sentadas alrededor de un bastidor, trabajaban en un magnífico bordado como ofrenda a nuestra Sra. del Pilar.

La antigua dama Beatriz Galindo, tan versada en las ciencias antiguas que se la conoce con el sobrenombre de «La Latina», estaba senta­da cerca de la reina, con la que conversaba en latín en voz baja; mientras, el rey, enteramente absorto en la partida, estaba enredando al pobre Fonseca en uno de sus planes diabólicos.

De repente se corrieron las cortinas y un paje anunció a Su Excelencia el Arzobispo de Toledo, D. Pedro González de Mendoza, Gran Cardenal de España. Después de que el santo prelado hubo hecho su reverencia al rey, se aproximó a la reina, y respetuosamente le preguntó lo que había decidido finalmente respecto al genovés Cristóbal Colón. Al mismo tiempo anunció que éste, triste y decepcionado, se había despedido de sus amigos y dirigido al Convento de La Rábida, en Palos  «En mi opinión», dijo Beatriz Galindo, después de que el Arzobispo hubo dado su encargo,»si lo que se pide fuera solamente una suma de dinero, yo alegaría por conce­dérsela, ya que como dice Dionisio Cato en uno de sus dícticos:

«No dubites cum magna petas, impedere parva».

«Pero ésta no es cuestión de dinero. Se exige un título, y las dignidades y los títulos no están para despilfarrarlos de este modo sobre todo el que llega. Realmente, mi opinión de lo absurdo de su doctrina ha sido reforzada últimamente, y sostengo que es demasiado extravagante el tener que puedan existir países en línea recta bajo nuestros pies, donde ­los hombres caminen cabeza abajo, lo mismo que vemos a las moscas en los relieves del techo».

Mientras hablaba, el tono de la Latina se iba elevando cada vez más. Había olvidado que los jugadores de ajedrez no deben ser distraí­dos. Su voz llega a sus oídos. La partida estaba decididamente a favor del rey, y Fonseca, anheloso, aprovechó la oportunidad de la interrupción del silencio en el que el rey había jugado hasta aquí, con la esperanza quizás de distraer la atención de su inexorable antagonista.

«Por mi parte», dijo, «me inclino hacia la teoría de Cosmas Indiclopeustes*: el mundo es cuadrado, y como este tablero de ajedrez, li­mitado. Es más aplastado, rodeado de agua por todas partes, y, más allá del agua el abismo. Por eso la Geografía Arábiga en sus mapas y gráficos, pre­senta al extremo del gran océano una negra y descarnada mano, emblema de la garra del demonio, lista a arrastrar al fondo de la sima a los, imprudentes­ mortales que se atrevan a  aproximarse a sus límites».

«Extraña doctrina ésta, señor Fonseca», contestó el arzobis­po; «extraña doctrina que se opone a las deducciones verdaderamente cien­tíficas de Colón. En realidad, casi estoy tentado a repetirle lo que Alfonso el Sabio acostumbraba a decir en similares ocasiones: «Si el mundo es­tuviera construido así, y sin pecar de impío, puedo decir que yo, pobre mortal, podría haberlo imaginado mejor».

Mientras tanto, nuestra buena reina se había aproximado al rey. «Mi Senor», dijo, «¿no vamos a conceder a este intrépido hombre el tí­tulo que pide? No puede haber ningún riesgo, creo, en otorgárselo para los países que él promete descubrir. Permitámosle señalar el camino hacia un nuevo mundo, y cualquier dignidad que nosotros podamos conferirle será más que merecida. ¿Qué ocurrirá si su proyecto resulta ser un sueño? Su título, sin base donde apoyarse, se convertirá en un nombre vacío».

«Lo pensaremos», dijo Fernando, arrugando el ceño, pues muy a su pesar su atención estaba alejada de la partida. Fonseca, aprovechando hábilmente la ventaja que le daba la distracción del rey, se había reco­brado rápidamente e incluso llegado a tener ventaja.

«La dama de su alteza ha seguido el ejemplo de los navegan­tes temerarios. El bando negro está contra ella. La dama de su alteza está perdida»«Que no se me hable más de ese genovés», respondió el rey.

«Voy a perder una magnífica partida». Y enojado prosiguió: «¡Almirante! ¿Sabeis  lo que significa la palabra Emir-al- ama o príncipe de las olas? Un título demasiado noble para ser concedido a un aventurero. Tu genovés no será Almirante «.

El rey hizo algunas jugadas más, pero a cada jugada su posición era cada vez más crítica y su semblante más y más sombrío. La partida parecía próxima a su fin. Yo le envío la posición:

posición

 

«La batalla pronto estará decidida», dijo Fonseca frotándose las manos. «Su Alteza doblará las torres para evitar el mate. Entonces le daré jaque en la casilla de TD, y si no me equivoco esta partida es mía».

Fernando no contestó, y no acostumbrado a la derrota, quedó caviloso ante la que parecía inevitable revés. En este momento, yo exa­miné la posición más atentamente, y de repente me pareció por un instante que la partida de Fernando no era tan desesperada como había parecido a los espectadores e incluso a él mismo. En voz baja susurré a la reina Isabel: «Si su Alteza juega correctamente gana, y Fonseca no durará más de cuatro jugadas».

Isabel se acercó más al rey y apoyándose en su hombro detuvo su brazo cuando, después de larga meditación iba a levantar su mano para jugar la torre de la cuarta a la quinta casilla. «¿No ganáis, mi señor?», le dijo. «¿Ganar?, repitió Fernando, y volviendo la mano a su anterior po­sición, reanudó sus meditaciones. Pero la amenaza de mate parecía ocultar la solución a sus facultades de razonar. En este crítico momento, sus ojos se tropezaron con los míos, y viendo probablemente algo en mi expresión co­menzó a calcular de nuevo. De repente, una sonrisa apareció en sus labios.

«¡Fonseca, amigo mío, estás mal!».

«Pensad, mi señor», interrumpió la reina, «¿puede ser una equivocación conceder este título al genovés?».

«¿Qué pensáis vos del asunto, Latina?», dijo Fernando medio irónico.                                                   

“¿Persistís todavía en vuestra opinión?».

«Nadie puede jactarse de ser infalible», respondió Beatriz Galindo, y como dijo Plinio, «Nemo mortalium omnibus horis sapet».

«Después de todo», añadió su Alteza, «poco nos puede perju­dicar el designarle navegante de los nuevos mares sin navegar».

Apenas la decisión final se había escapado de los labios del rey cuando la reina hizo una seña a un paje: «Isidro», le dijo, «monta a caballo inmediatamente. Cristóbal Colón va camino de Palos; no puede haber caminado mucho más allá del Puente de los Pinos. Apresúrate, alcánzale y dile que le hemos hecho Almirante del Océano».

Y ahora, querido doctor, podemos repetir lo que Antonio de Nebrija nos ha dicho tan a menudo: «Las causas más insignificantes pueden ejercer una maravillosa influencia sobre los grandes acontecimientos». Si Cristóbal Colón descubre un nuevo mundo, como sinceramente confío que ocu­rra, ¿no se deberá, quizás, al avance de un peón?.

 *    *   *

La victoria a partir de la posición del diagrama se alcanza así: 1. T8C+, TxT; 2. T8A+, TxT; 3. P7A+ y mate en dos.

(2) El título de Majestad fue adoptado por primera vez, entre los monarcas españoles, por Carlos V.

 * Cosmas Indicopleustes fue un marino griego de Alejandría que viajó a Etiopía, la India y Sri Lanka en la primera mitad del siglo VI. Posteriormente se hizo monje, quizá nestoriano, y hacia el año 550 escribió un extraño libro, llamado Topografía cristiana, que ilustró profusamente. El libro de Cosmas prueba la existencia de tráfico comercial entre el Imperio Bizantino y la India. También recoge valiosas informaciones acerca del reino de Aksum, como la Inscripción de Adulis (Monumentum Adulitanum), sobre Zanzíbar y sobre Sri Lanka. Son interesantes también los datos que proporciona acerca de la difusión del cristianismo en la India.

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