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Amigos con derecho a golpes

Si el actor Peter Martell no hubiera discutido con su novia durante una calurosa noche de primavera de 1967, ¡Más fuerte, muchachos! jamás se hubiera escrito. Pero esa no habría sido la consecuencia más dolosa de esa hipotética ausencia de conflicto.

Para entenderlo, lo mejor será comenzar por el principio.

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1967: EXTERIOR. DÍA.

Nos encontramos en Cinecittà, los estudios de cine más importantes de Italia; junto a los londinenses de Pinewood, los más icónicos de Europa. Tras un decorado aparece un joven director muy ilusionado. ¿Su nombre? Giuseppe Colizzi. ¿El motivo de su alegría? Está a punto de debutar como director con el spaghetti western El gato, el perro y el zorro.

La alegría de Colizzi se ve interrumpida por la llegada de un miembro del equipo de producción. Grita y agita las manos delante de su cara mientras junta todas las yemas de los dedos en apenas un centímetro cuadrado. Lo llamaremos Dino.

DINO —¡GIUSEPPE, GIUSEPPE! (Giuseppe, Giuseppe)

GIUSEPPE —Che succede? (¿Qué pasa?)

DINO —Ieri sera Peter ha rotto un piede e non sarà in grado di andare ad Almeria per sparare (Anoche Peter se rompió un pie y no va a poder ir a rodar a Almería)

GUIUSEPPE —Figlio di puta! (¡Vaya, hombre, qué fatalidad!)

***

¿Cómo se rompió el pie Peter Martell en una discusión conyugal? Eso nunca lo sabremos —por una cuestión de ritmo y metraje, no podemos retrotraer el flashback hasta ese momento—. El caso es que, tras esta escena, Colizzi corre como pollo sin cabeza por todos los rincones del estudio. No piensa renunciar a su sueño de debutar como director. Del mismo modo en que Diógenes buscaba a un hombre honrado ayudado por un candil, Colizzi busca a un actor protagonista que esté dispuesto a renunciar a todo de la noche a la mañana a cambio de iniciar inmediatamente un rodaje en España.

"En la película también trabaja Carlo Pedersoli. Carlo es alto, grande, fuerte y barbudo"

Termina dando con Mario Girotti, un nómada que ya ha rodado Locura de amor en España, El gatopardo en Italia o Los nibelungos en Alemania. Como es de maleta fácil, no pone ningún impedimento: apenas pasadas 48 horas, se presenta en Almería. Una vez allí, hace muy buenas migas con sus compañeros de rodaje. Especialmente con Lori Hill, una asistente lingüística y de diálogos con la que se terminaría casando y compartiendo el resto de su vida. Ella no sería, sin embargo, la única persona central en su vida a la que conocería a lo largo de aquellos días.

En la película también trabaja Carlo Pedersoli. Carlo es alto, grande, fuerte y barbudo. Acaba de regresar de un exilio autoimpuesto a Sudamérica, donde recaló seis años atrás harto de la dolce vita romana. Allí ha sido bibliotecario y vendedor de coches. También ha trabajado construyendo con sus propias manos parte de un tramo de la carretera Panamericana San Cristóbal – La Fría, concretamente aquel que une Venezuela y Colombia.

En ese momento, Girotti y Pedersoli no se conocen personalmente, pese a haber trabajado juntos —pero no revueltos: no llegaron a coincidir en ninguna jornada de rodaje— en Aníbal, un péplum de 1959. Mario admira la carrera deportiva de Carlo, que ha sido olímpico un par de veces y campeón italiano de natación durante diez años consecutivos. Y Carlo admira la carrera como actor de Mario. El primero se acerca al segundo y comienza a contarle anécdotas de cuando él también nadaba de forma semiprofesional. Ahí comienza a forjarse una amistad que duraría hasta la muerte de Carlo, en 2016.

Aquella película no se terminaría titulando El gato, el perro y el zorro, sino Dios perdona… yo no. De igual modo, sus protagonistas jamás volverían a ser conocidos como Carlo Pedersoli y Mario Girotti, sino como Bud Spencer —Bud por Budweiser, su cerveza favorita; Spencer por Spencer Tracy, su actor favorito— y Terence Hill.

***

Así fue como una riña de enamorados cambió para siempre el cine italiano —diez de las cien películas más taquilleras de la filmografía del país estuvieron protagonizadas por Spencer y Hill—, pero también la infancia de dos generaciones: las de los boomers que pudieron disfrutar de su trabajo conjunto en cines y las de los miembros de la generación X que lo redescubrieron en posteriores pases televisivos.

Bud Spencer y Terence Hill, juntos y, ahora sí, revueltos, fueron las estrellas más comerciales del cine europeo desde finales de los 60 hasta mediados de los 80. El éxito acompañó a sus películas en las carteleras de España, Italia y, sobre todo, Alemania.

Pero esa ya es otra historia. Concretamente, la historia que podréis encontrar en ¡Más fuerte, muchachos!: El cine de Bud Spencer y Terence Hill, un viaje que nació como un intento por reivindicar la felicidad que sentíamos viendo sus películas. En muchas ocasiones me encontré a mí mismo intentando explicar esa felicidad. Con el tiempo, acabé dándome cuenta de que la felicidad no se reivindica, tampoco se explica. La felicidad se siente. Y eso intenta ser este libro: una cápsula concentrada de felicidad, de sensaciones revisitadas.

Ojalá sea felicidad lo que os provoque a vosotros su lectura. Yo no he podido ser más feliz escribiéndolo.

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Autor: Daniel Lorenzo. Título: ¡Más fuerte, muchachos! El cine de Bud Spencer y Terence Hill. Editorial: Applehead Team. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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