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Ana Merino: “La literatura es fundamental para construir empatía”

Ana Merino: “La literatura es fundamental para construir empatía”

El pasado 6 de enero se falló el Premio Nadal. Una novela ubicada en el medio oeste americano, de Ana Merino, se llevó uno de los más prestigiosos galardones de nuestra literatura. No le tiembla el pulso a Ana Merino al mezclar la belleza de la poesía con la cotidianeidad de la vida americana de clase media. Esa mezcla es El mapa de los afectos, la novela con la que la escritora se abre paso estos días en las librerías. Esta cartografía de las emociones protagonizada por un variado grupo de personajes, de la misma localidad americana, llega al lector de la mano de la editorial Destino. En las páginas de este libro encontramos amores, desencuentros, muertes, desilusión, madurez, desencanto… Al comienzo de la novela un niño, Samuel, otea desde la copa de los árboles una historia de amor clandestina. El niño es testigo —antes de que la vida se descorchase, antes de dejar atrás la niñez plagada de felicidad— de un amor que no tiene espacio propio y asume que todos guardan secretos a los ojos de los demás.

La novela de Merino es un canto coral a la vida. En esta suave melodía, que recorre los caminos azarosos de la poesía, varios personajes vecinos de la misma localidad cruzan sus biografías y dibujan, de manera inconsciente —aunque premeditada para la autora—, una cartografía emocional que parece cosida a la tierra. Ana Merino se abre paso en la narrativa tras un extenso y afortunado tránsito por la poesía. La escritora abraza en esta obra las palabras y las deposita con esmero sobre esta diáspora de personajes que en muchas ocasiones parecen peregrinos de la felicidad.

El mapa de los afectos es el Short Cuts de nuestra literatura. No es sólo que tenga un estilo americano, es que la prosa de Merino dialoga directamente con Raymond Carver, bebe de los grandes relatos de James Salter y se deleita con Lorrie Moore. Hay inteligencia, elegancia y claridad en la atmósfera que recrea la prosa de Ana Merino, en esta novela que aúna todos los ingredientes de la buena ficción. El mapa de los afectos no es sólo una buena obra, es un refinado ejercicio de estilo.

Nos reunimos con la autora en un hotel de Madrid. Hablamos con ella del territorio literario sobre el que camina, del estilo que ya es su seña, de bondad y de sus muchos referentes literarios, entre los que destaca el universo del cómic.

—Felicidades por el Premio Nadal que acaba de conseguir. ¿Qué representa para usted este premio?

—Representa un espacio de diálogo con los lectores ligado a una trayectoria increíble de libros que me han marcado, porque el Premio Nadal es literatura consolidada, literatura en el espacio de las librerías… Es algo formidable.

—Abrir El mapa de los afectos es mirar la vida a través de un caleidoscopio. ¿Qué encontramos cuando miramos a través de esa lente?

—Encontramos que hay literatura en todo lo que nos rodea, que las vivencias de las personas, cuando se proyectan a través del proceso creador, invocan a los demás, recrean un conjunto de emociones en el que todos tenemos espacio.

—¿Qué esconde Ana Merino en el hueco de los troncos de los árboles?

"He sido una niña muy feliz y ese espíritu infantil sale de vez en cuando, pero lo tengo que esconder en el hueco de un árbol"

—¿Qué cosas escondo en ese hueco? Escondo la infancia, que es a la que vuelvo siempre, y me subiría a contemplar un tesoro, la infancia feliz. He sido una niña muy feliz y ese espíritu infantil sale de vez en cuando, pero lo tengo que esconder en el hueco de un árbol.

—¿Cómo surgió la historia de El mapa de los afectos?

—Surgió de vivir en América, de tener que entender ese paisaje, esa atmósfera, la atmósfera americana. Llevaba tantos años que transpiraba Estados Unidos y necesitaba verbalizar ese lugar y lo que para mí significaban las personas que me acompañaban.

—Se está hablando de que esta es una novela sobre la bondad, y en efecto, la bondad vertebra las historias de su novela. ¿Dónde encuentra hoy día Ana Merino momentos de bondad?

—Creo que al estar en compañía de las personas hay bondad. Creo que el ser una comunidad, el compartir, el celebrar una vida con los demás, el estar rodeado de personas… son sinergias de bondad. La encuentro en muchos sitios: en la amabilidad de la gente, en la calidez, en el día a día, la verdad, en cómo explicamos el mundo y que el mundo siga funcionando… Es porque hay un germen de bondad en las personas que hacen su trabajo bien, personas que se comprometen con los demás. Ahí está la bondad.

El mapa de los afectos es un puzle de personajes en un territorio común. ¿Cómo construyó sus historias?

"Hay un recorrido sobre cómo la sociedad construye y obliga a un determinado tipo de masculinidad a través del espacio bélico"

—Fueron apareciendo de forma intuitiva. Es interesante, porque la intuición es un poso muy importante y debe ser que mi primer lenguaje fue el lenguaje de la poesía. El primer lenguaje en el que plasmo… (Bueno, primero escribí muchos diarios, soy una niña de diarios). Pero la poesía consolida una vertiente pública de mi escritura, y al tener un universo de diarios, esa es mi vertiente privada. Pero la poesía consolidó una vertiente pública. El teatro me ayudó a construir diálogos. La experiencia de escribir teatro me ayudó muchísimo a construir diálogos, y aquí fue, un poco, retomar la pulsión de la poesía, la necesidad de hacer dialogar a los personajes y la necesidad de recrear esa atmósfera que me rodeaba. Fue muy interesante el proceso, porque me fui dando cuenta de que en toda la novela están todas mis preocupaciones y todas mis reflexiones. Reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre la niñez, sobre la adolescencia, sobre la juventud, sobre la madurez y sobre la vejez. Hay un homenaje a todos los momentos de la vida. Me interesa mucho la masculinidad. Hay un recorrido sobre cómo la sociedad construye y obliga a un determinado tipo de masculinidad a través del espacio bélico. Me interesa mucho el lugar desde el que se construyen las mujeres. También hay un espacio para mujeres que viven solas, que son mujeres muy independientes, pero cada una lleva un equipaje distinto. La verdad es que la novela me permitió profundizar sobre el espacio de la fe y cómo la fe está presente en muchos periodos del ser humano y hay diferentes formas de interpretar esa espiritualidad. El tema ecológico me interesa mucho: vivo en una zona rural donde esa realidad la tenemos muy presente. Realmente fue como si todas mis preocupaciones se metieran en una novela y fuesen parte de la vida de unos personajes.

—¿Cuáles son los principales retos a los que se enfrentó al escribir la novela?

—Tener tiempo. Ese fue el principal reto. Tener tiempo para asentar todo el mundo narrativo que tenía en la cabeza. En 2009 publiqué El hombre de los dos corazones. Era una novela juvenil que apuntaba hacia la pulsión narrativa, y ya me apuntaba a mí hacia la construcción de la ficción. Pero me metí en la realidad de montar el MFA de escritura creativa en español en la universidad de Iowa y eso conllevó muchísima gestión, muchísimo desdoblamiento gestor, de comunicación, de escribir proyectos, de conseguir financiación… Todas mis pulsiones, todos los textos que empezaba se paraban, se quedaban congelados, porque estaba metida en esa gestión, en el día a día, en trabajar con gente, buscar equipo, buscar estudiantes, etc. Era muy complejo. Una novela requiere una concentración muy especial, y si tienes una carga de gestión, de mucho trabajo, cuando llegas por la noche estás derrotado. Eso es lo que me pasaba, me ha pasado mucho tiempo. Estaba siempre con manuscritos, porque escribo a mano, con ideas, con borradores, con el work in progress, pero no terminaba de consolidarlo porque no tenía el espacio que necesitaba. Podía hacer proyectos pequeños, ensayos académicos, teatro (porque el teatro es otra pulsión en el texto narrativo), poemas… pero a la hora de querer sentarme, la voluntad de “tengo una novela que es un universo de personajes”, ¡necesitaba tiempo! Hasta que cerré la faceta de gestión, me quedé como miembro, como catedrática de escritura creativa (sin la gestión), me fui a Suiza y puse tierra por medio y me pude concentrar, no pude fraguarla. En realidad es una novela que lleva mucho tiempo haciéndose pero lleva mucho tiempo, diríamos, con los ingredientes. Pero la pude cocinar en el último año y medio. Cuando ya tuve el tiempo, porque en narrativa, es verdad, se necesita muchísimo tiempo de concentración para poder engarzar todos los elementos. ¡Eso es lo que yo necesitaba!

—Cada uno de los capítulos muestra un pequeño conflicto inserto en la cotidianeidad de un personaje. Funciona prácticamente como relato individual que camina a favor de la historia al integrarse en una novela coral. ¿Por qué escribió de esta manera la novela (focalizándose en un personaje prácticamente por capítulo)?

"Me interesaba construir al ser humano desde la pulsión de muchas voces respirando"

—Me interesaban muchas voces. Me interesaba construir al ser humano desde la pulsión de muchas voces respirando. Eso es algo que me gusta mucho, soy un ser social. Cuando jugaba de niña con los juguetes, la casita de muñecas, la granja, tenía muchos muñecos. ¡Sigo coleccionando Legos! Soy un animal social y me gusta la gente, me gusta lo que me transmite cada uno, las distintas edades, las miradas… Soy muy curiosa. El arranque de la novela en el árbol, el niño que mira, que se va haciendo adolescente (porque son tres años de idilio los que tienen Tom y Valeria) es también el narrador omnisciente, que soy yo, y quiero que también sean los lectores. Estamos arriba, haciendo una mirada en picado y luego nos vamos con cada uno de ellos, porque todos los de ese primer capítulo se van desarrollando, van creciendo, van sufriendo. Algunos sufren mucho e intentan buscar consuelo en la interpretación del mundo. Es un ritmo natural en el que está el árbol plantado, estamos nosotros en las ramas, está Sam en las ramas, y por debajo crecían las raíces, crecían las ramas y todo le daba vida a esa construcción de novela.

—“Me gusta escribir con la mente abierta, pensar lo que sucede en el mundo y contárselo a mis lectores de forma positiva», dice uno de los personajes de la novela. ¿Es igual para Ana Merino?

—Creo que sí. Cuando he hecho columnismo pedagógico soy así.

—¿Quiénes fueron sus referentes a la hora de escribir esta historia?

"Soy comiquera total, una forofa del cómic alternativo y los de la vertiente literaria del cómic alternativo, que son Jaime y Gilbert que crearon la serie Love and Rockets"

—Me gusta decir, y es verdad, que cuando llego a América, toda ilusionada, hace 24 años, llevaba en la maleta un poeta que me encanta, que es Edgar Lee Masters, la Antología de Spoon River. Spoon River es una localidad imaginaria y los habitantes hablan desde las lápidas de sus tumbas. Ese poemario me fascinó y me fascinó ese dialogo. Ahora cuando empiezo a recordar… hay algo de Mark Twain. Antes no me había dado cuenta. Cuando estábamos haciendo el pack de prensa pensaba en otros referentes. Pero me doy cuenta de que sí hay la fascinación juvenil, el que observa, el que interpreta el mundo. ¡Está ahí! También están los Hermanos Hernández. Soy comiquera total, una forofa del cómic alternativo y los de la vertiente literaria del cómic alternativo, que son Jaime y Gilbert que crearon la serie Love and Rockets que se vendía en cuadernillos y luego ha sido publicada en volúmenes. Comparten cabecera de una revista que crearon y cada hermano desarrolla una historia de personajes corales. Una la resume Palomar, la otra la resume Locas, pero bueno, son dos mundos: uno que pasa en los alrededores de Los Ángeles (el mundo de Jaime) y el mundo de Palomar es más un pueblo en algún lugar de América Latina. El imaginario de ese cómic maravilloso de estos dos hermanos, que arranca en los 80 y que me fascina, esa forma de generar historias, fue una gran inspiración. Otro autor que pienso que está ahí, en la conversación, es Turgueniev. Es de los rusos el que condensa. Los otros escriben extensísimas obras y éste tiene una precisión en su prosa, en cómo construye un personaje… ¡Me encanta! Ahora mismo esas podrían ser algunas referencias.

—En su novela los personajes van entrecruzando sus biografías a lo largo de quince años. Su novela comienza prácticamente con la historia de la boda-huida de la profesora Valeria y concluye con el encuentro de esa profesora y un maravilloso homenaje al amor. Durante toda la novela parece que la autora nos ha ido preparando hacia un final como este. ¿Era algo que tenía claro cuando comenzó a escribirla?

"Hay un tema que me interesa mucho en la novela: la impunidad"

—Tardé en encontrar ese final. Hay un tema que me interesa mucho en la novela: la impunidad. La impunidad está muy presente en la novela. Como lectores sabemos que hay un problema en el que una sociedad se equivoca. Esa impunidad también está en el momento en que Marcela va a velar a la tía Claire y empieza a pensar en los que se han ido. Los que se han ido no se han ido de una forma armónica, se han ido por una frontera, de forma trágica. Lo mismo el mundo de Valeria. El mensaje que nos está mandando es una cosa que se cierra desde el dolor. Para no destripar la novela: hay un momento de plenitud, de creer en la humanidad, en las personas que te han transmitido esperanza y te han hecho ser mejor persona, personas que te han reconfortado. El dolor, la pérdida, el vacío, lo llevas siempre, pero que haya buena gente que te reconforte… La influencia de Valeria la vemos en el día que Adam está tirando los cohetes. ¿Qué quiere buscar? Un mundo mejor. Adam representa el futuro, la intención de escapar del apocalipsis. Hay muchos guiños hacia la posibilidad de redención, de un mundo mejor. También somos conscientes de cuál es el trabajo de Valeria: ¿qué arrastra todos los días?, ¿qué está viendo todos los días? Cifras de muertos. La microhistoria de esta familia nos debe hacer reflexionar sobre el mundo en el que estamos. El mundo es complicado, doloroso, se ha llegado a situaciones complicadas, injustas; en esas situaciones son las personas individuales, uno a uno, los que generan voluntad de amor. Detrás de esa voluntad de amor van a venir las construcciones políticas, pero pienso que ese primer gesto de la voluntad de amor hacia los demás viene de uno a uno, uniéndonos y tratando de construir un mundo mejor.

—Existe una clasificación de los escritores en cuanto a su metodología de escritura, de proyectos de cierta extensión, que los define como “escritores brújula” o “escritores mapa”. ¿En qué categoría estaría usted?

—Soy más bien de brújula. Por lo menos esta vez ha sido brújula, intuición.

—Ganó el Premio Adonáis con Preparativos para un viaje, un libro de poesía con el que inició una andadura en el género que ya dura veinticinco años. Además es licenciada en Historia Moderna y Contemporánea, dramaturga —ha escrito numerosas obras para el teatro—, catedrática, comisaria de varias exposiciones, impulsora del estudio académico del cómic y fundadora del MFA de escritura en español en la universidad de Iowa. ¿Cómo ha afrontado la escritura de El mapa de los afectos?

—¡La he afrontado buscando huequitos para escribirla con todo eso! Pero con un guiño a esos Preparativos para un viaje. Porque me voy de “preparativos” y consigo un “mapa”. Siempre ha habido una sensación de dinámica de recorridos, de lugares. Hay mucha curiosidad. Esta vez lo he afrontado con madurez, con mucha experiencia de vida. Por esa curiosidad hacia los demás, de pronto he necesitado construir personajes, he necesitado reflexionar sobre sus vivencias y llevarlo al lugar de la ficción.

—¿Cómo influye su experiencia como poeta en la escritura de una novela como esta?

—Creo que en la precisión y en la concisión de la prosa. Tendía más a buscar la palabra precisa. Si podía tener una palabra y no cinco, me iba con una palabra. Digamos que ha habido una condensación poética, a detenerme en las emociones, a querer dejar que los personajes respiraran y transmitieran emoción en los instantes. Creo que viene de la poesía. Por eso hay muchos momentos de plenitud, de estilo, de ritmo cuidado.

—Sus personajes se enfrentan a tornados reales, pero también a tempestades emocionales: la muerte, la guerra, la agresión sexual, el despido laboral, el maltrato animal… ¿Cómo combinó dentro de su novela tantos elementos de peso sin que se indigeste su lectura?

"Hay que ser preciso en la problemática, desarrollarla y luego dejar que los personajes sigan viviendo con naturalidad"

—¿Verdad? Yo también estoy sorprendida [risas]. Pero es una realidad que está alrededor de nosotros, pasa todo el rato. El problema se podría hacer indigesto cuando empiezas a darle vueltas y vueltas. Creo que aquí la palabra es «precisión». Hay que ser preciso en la problemática, desarrollarla y luego dejar que los personajes sigan viviendo con naturalidad. A lo mejor ha sido esa la técnica. Creo que ha sido la precisión: he sido precisa y he seguido arrastrando la historia, no me he quedado dando vueltas. Si te fijas, en 15 años pasan muchísimas cosas.

—¿Cómo dibuja la literatura el mapa de los afectos, nuestra cartografía de emociones?

—La literatura es fundamental para construir empatía. El tiempo de lectura es un tiempo de percepción, es un tiempo de conocimiento activo. Es distinto el tipo de conocimiento que tienes cuando estás viendo una película, pero la literatura es un conocimiento activo que te obliga a estimular la mente y que te obliga a construir pensamiento. Creo que la literatura es fundamental, es el espacio fundamental de conocimiento. Es un espacio que te permite aprender a empatizar, aprender a mirar desde otro lugar, aprender a contemplar otras experiencias vitales… Por eso me parecía muy importante que viésemos todas las edades, distintas situaciones, el espacio de género, pero también juntar distintas experiencias. Por ejemplo cuando Diana consigue trabajo en el otro periódico y se va con Eloy (Eloy es de otra generación) y les toca armonizar, porque es lo que tienen, es la vida. Sin embargo hay momentos en los que te das cuenta que sí. Vemos que es un alivio poder ir, era la persona precisa. Eso me interesa: lo que tiene la literatura de aprendizaje sobre los demás.

–¿Cómo nació en usted la pasión por los libros?

–He tenido la suerte de tener la literatura en casa. Mi padre es un escritor maravilloso, José María Merino. Además la experiencia literaria en él no es solo el libro, el texto escrito. Venimos de una tradición muy importante: la oralidad, contar. Eso lo he tenido en casa: una librería formidable y una colección de cómics. Crecí con la literatura y me ha hecho una niña superfeliz.

–Decía recientemente Juan Madrid: “La literatura es la que cuenta el mundo y nosotros conocemos el mundo por la literatura”. ¿Qué es la literatura para Ana Merino y para qué sirve?

–La literatura sirve para potenciar la inteligencia y para empatizar.

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Concluye la conversación y Ana Merino posa ante el objetivo de Victoria Iglesias. El día está a punto de finalizar y en la mirada de la escritora perdura el vínculo con las palabras. Hay en ella un fulgor que solo se puede reconocer cuando se lee, ese brillo de quien ha sido capaz de fundir una veintena de historias en una única novela. Hija de la tradición oral, Ana Merino sabe que las historias se vuelven reales para todos cuando escribe sobre ellas, cuando les concede ese deseo de inmortalidad, cuando cose esa trama, esas palabras, a la tierra.

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