El libro que nos ocupa responde al género de la autobiografía, en su vertiente intelectual (aunque no sólo). Y, dicho en términos toscos —y acusatorios: una lamentación o incluso una denuncia, cuando no directamente un insulto—, es la crónica de una derechización, en la línea de lo que le ha sucedido a un Fernando Savater o un Félix de Azúa o al late Mario Vargas Llosa. Son los malditos, como los poetas de la lista de Paul Verlaine. O, en México, un Enrique Krauze: lo peor de lo peor.
Asunto diferente es el contenido de lo que en cada momento se introduzca en esos dos recipientes. Desde un punto de vista geográfico, por ejemplo, sucede que con la izquierda (lo bueno) se identifica lo catalán —todo ello, sin matices— y con la derecha lo español, y no sólo lo madrileño, también en su integridad, entendidos ambos espacios como si no tuvieran ninguna zona secante o punto en común. Y con una valoración carente de tonalidades de lo que fue el régimen político dictatorial de Franco y también la sociedad de entonces. Y no digamos (el contrapunto: el Edén redivivo) la Segunda República y los acontecimientos de octubre de 1934 en Asturias y la propia Cataluña.
A ello se añade otra asociación de ideas, en esta ocasión importada de la vecina Francia: la religión es de derechas (de ahí que debe seguirse aplaudiendo la laicité y la ley de separación de 1905), pero sólo la cristiana y en particular la católica, porque el islam, pese a todo lo arcaico que arrastra sobre la concepción de la mujer, resulta ser de izquierdas. De hecho, si acaso alguien lo pone en cuestión merece ser calificado de islamófobo, voz que, como hemos visto en los últimos años hablando a grito pelado de Palestina o ahora, por contraste, guardando un silencio clamoroso sobre Irán (un silencio muy elocuente, como el de la canción de Simon & Garfunkel), resulta casi tan grave como la de negacionista climático. O —ya lo último— revisionista. No son palabras, sino auténticas flechas: lo propio del Santo Oficio, es decir, sin andarse con miramientos.
De Estados Unidos —de sus Universidades— puede decirse lo mismo o más aún: lo woke, ya sabemos.
Todo eso, insisto, si es que nos movemos en el ecosistema de los intelectuales: los que leen los periódicos y, en singular, los que frecuentan El País, o La Vanguardia, que son pocos, sobre todo entre las jóvenes generaciones. Pocos pero, insisto, con gran capacidad de elaborar relatos. Ya se sabe que quien define, manda.
Así las cosas, resulta que a Andrés Trapiello —un desengañado y, antes que eso, un veterano de Vietnam: nació en el remoto 1953, de suerte que pudo votar en 1977 (al PCE, por cierto) y que ha dejado atrás la curva de los setenta— le encargaron un libro sobre la tal hegemonía de la izquierda en el mundo de la cultura: por qué nació, en qué consiste y cuál es la causa de que haya aguantado, cultural y electoralmente, todo lo que sabemos. Un empeño (algo que formaría parte de la historia de las mentalidades, para emplear el conocido concepto francés: asunto ciertamente dificilísimo) no al alcance de cualquiera y menos aún si quien se pone a la tarea es precisamente uno de los del banquillo de los acusados y su discurso pudiera entenderse como una autodefensa.
Para aceptar la invitación había que ser Andrés Trapiello (o los citados Fernando Savater o Félix de Azúa, puestos a completar el abanico de candidatos), dicho así de claro. Hay que disponer de una memoria elefantíaca —hoy imposible con los métodos pedagógicos al uso—, al grado de acordarse de un artículo (de Rafael Sánchez Ferlosio, eso sí) de 1984, o al menos un archivo enciclopédico. Hace falta haber también sido dispensado por la naturaleza con otro don aún más infrecuente: la capacidad de usar la ironía o, en general, el sentido del humor.
Y, ya el remate, tener capacidad de contención, para no caer en lo fácil, que es ensañarse con los del otro bando hasta dejarlos reducidos a escombros o, en lo humano, piltrafas. Trapiello sólo se desborda, lo que se dice desbordarse, hablando de Francisco Rico —los hay que lo ponen a huevo—, pero en los demás casos, incluso siendo de la Universidad de Barcelona, se abstiene de expresar por escrito todo lo que tiene en la cabeza (y en las tripas, por supuesto). Un motivo de singular aplauso.
Otra cosa que el lector agradece: pese al subtítulo del libro (“una vida política”), lo cierto es que a los que se dedican alimenticiamente a ese oficio apenas hay menciones —ni tan siquiera a aquellos a los que confiesa votar ahora—, y además sin ensañarse con ellos: habría sido, conociendo el paño, demasiado fácil. No conviene malgastar el papel —con la desforestación del Amazonas hay que andarse con cuidado con la dosis—, y menos aún el tiempo de los lectores.
Son un total de 452 páginas y sin desperdicio. David Jiménez Torres, en Letras Libres, ha escrito “Cómo se hacen unas memorias (políticas)”, subrayando que en quien Trapiello se inspira es en Unamuno (“Cómo se hace una novela”) y que siempre será, sobre todo, el autor de Las armas y las letras, el libro suyo por excelencia, con sus sucesivas ediciones y reescrituras (muy mejorado, como dice Anna Caballé en otra reseña), sobre la literatura de los que vivieron y sufrieron la guerra civil. Comentarios en efecto ha habido muchos (el texto ahora comentado salió en septiembre de 2025, es decir, hace ya varios meses) y ahora no es el caso repetirse.
Baste señalar lo que el autor cuenta de la atmósfera literaria madrileña —la pandilla, por así llamarla— de estos últimos treinta años: recuerda lo que sucede, y me quedo en los aspectos más positivos, de lo que sabemos de la envidiada París de los premios Goncourt. No tenemos de qué acomplejarnos.
De su adolescencia y juventud, Trapiello rememora escenas entrañables de su familia (sobre todo, de su padre, García de apellido, luchador con las tropas franquistas en la batalla de Teruel en el crudísimo invierno de 1937), y sin embargo echa pestes de su época de estudiante, que incluyeron —con militancia ciega en grupos antifranquistas— una estancia de tres meses en el Seminario y cuatro años, en la primera mitad de los setenta, en la Universidad de Valladolid. La impresión que uno obtiene es que aquello —todo aquello— debía de ser siniestro a más no poder. Unos y otros sentimientos, los buenos y también los malos, se expresan con sinceridad y gran belleza. Una gozada de lectura.
Mención aparte merecen las menciones a las personas más próximas. A Miriam por supuesto (y a la casa de Conde de Xiquena y a la finca de Las Viñas, en Cáceres), también al citado Rafael Sánchez Ferlosio, a Ramón Gaya y, cómo no, y vuelvo a ellos, a Fernando y a Félix. Que Andrés Trapiello los considere un lujazo —hermanos mayores, pudiera decirse— se comprende perfectamente.
Un libro también, hay que decirlo, oportuno. Los cambios del viento de la opinión pública (de la opinión ilustrada, que es siempre minoritaria en cuanto elitista) son lentos y resultan difíciles de detectar pero de vez en cuando se acaban produciendo —los corsi e ricorsi de Giambattista Vico— y, dicho sea con todo el subjetivismo que tienen estas cosas, tal vez haya datos para pensar que la España actual esté dejando de compartir lo que hasta ahora ha sido la tal hegemonía cultural. De las leyes de memoria histórica de 2007 y 2022 cabe predicar, dicho sea con todos los matices, que han terminado por producir un efecto contrario al pretendido por sus autores. Los planteamientos que hasta ahora marcaban el territorio están empezando a generar no sólo hartazgo, sino incluso rechazo. Tal vez a eso se refiere el autor con su referencia en el título al viento y a que ahora pasa a ser próspero.
Los del Santo Oficio han dispensado a este libro lo que en mi asignatura se llama el silencio administrativo. Lo hacen porque siguen instalados en su Zeitgeist, es decir, continúan creyendo que así deprecian el producto. Pero lo cierto es que, por lo que se acaba de indicar, para muchos lectores es hoy la mejor de las recomendaciones posibles: un comentario suyo, aunque no se hubiese mostrado del todo entusiasta, habría tenido el fatal efecto de disuadirlos de arrimarse a esta nueva obra de Trapiello. ¡Qué bien que, aunque sea por motivos espurios, se hayan abstenido! La tercera España, cada vez más poblada, se lo agradece. Y no digamos la séptima o la octava, que a estas alturas ya debemos andar por ahí.
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Autor: Andrés Trapiello. Título: Próspero viento. Editorial: La Esfera de los Libros. Venta: Todos tus libros.


Pues utilizando también la ironía: ¿Pero cómo se le ocurre al autor del comentario sacar a colación a Simon & Garfunkel, que con su banda sonora en El Graduado, se atrevieron a poner música a una película donde, primero, se embauca sexualmente a una pobre señora casada ya entradita en años, y luego permite, el día de su boda, el prácticamente rapto de una jovencita con las ideas poco claras? Es algo asombroso que se permitan todavía textos así, con tan flagrantes atentados al colectivo feminista tan bien representado en nuestro maravilloso Gobierno.
Y para mayor enjundia, siguiendo con el relato, esa segunda mención de los silencios en el texto, con un carácter absurdamente objetivo, desde el punto de vista jurídico. Todo el mundo sabe que no se puede ser simplemente silencio. O es positivo o es negativo, no cabe el centro -un absurdo ideológico- y hay que tomar postura por conceder beneficios a la ciudadanía (a la futura ciudadanía votante, hoy todavía emigrante extranjera, en especial) con el silencio positivo; aunque a ello equivalga la existencia de unos plazos (para verificar documentación y ausencia de falsedad) tan exiguos que se conceda casi automaticamente el permiso de residencia con sólo una mera declaración responsable (aunque la treta sea irresponsable), tal y como se pretende en el próximo procedimiento masivo de regularización de extranjería en España.
No. Ya no cabe invocar los silencios en los textos. Siempre hay que tomar postura, la del Gobierno, se entiende. Aunque sea falsa, trapacera o imposible de cumplir; que para eso el progresismo es dueño de la calle, del jaleo, del tumulto y la verdadera presión. Mecanismos que la derechita cobarde jamás empleará a fondo, no sea que la vayan a confundir con una escuadra fascista o de las SS.