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Ángel Guache: la poesía desde un nuevo punto de risa

Ángel Guache: la poesía desde un nuevo punto de risa

Tal vez no haya hoy poeta con más caras —quizá tampoco lo haya con más cara, dicho sea de paso y en el mejor de los sentidos— que Ángel Guache. A la faz neosimbolista que había consolidado en sus libros de los años ochenta, se han venido sumando —desde que, en 1990, con Canciones para interpretar con maracas, diera un sorprendente giro a su trayectoria— una sucesión de múltiples rostros que lucen como rasgos distintivos y denominadores comunes un impulso creativo anticonvencional y provocador y la inyección de un humor a veces corrosivo, a veces delicado, que bascula entre la chanza más gamberra e inflamada y la más perfilada e infalible ironía. Todo ello sin perjuicio de que también se dejen notar de cuando en cuando, con mayor o menor grado de exhibición, algunos visajes expresionistas o ensoñados (muestra de lo que él ha calificado como “misticismo psicodélico”), junto con gestos modelados por la herencia más opulenta de los ismos o adornados con las más ocurrentes máscaras neopopularistas. Con semblantes tan dispares, pero siempre con sabia mano gobernados, Ángel Guache ha ido ensanchando, hiperactivo y polifacético, una desbordante escritura caleidoscópica para la que resulta muy difícil encontrar equivalentes en una tradición o en una tendencia únicas y definidas.

Cantos para ballet bufo presenta una selección de la veta menos traviesa de su obra, en la que se incluyen piezas procedentes de libros como Su realismo (2004), Antimundo (2007), Umbro (2009), La mirada del geómetra (2010), Tangas, tangos y otros mangos (2011) y Ruido cósmico (2014). Estos, como la mayor parte de sus títulos, hospedan la enunciación y la defensa, aunque sea mediante un quiebro oblicuo, de una opción estética, pero también una advertencia metapoética para el lector, de signo afirmativo o polémico (aunque casi nunca unívoco, pues tales rótulos están dotados, por lo común, de una acusada polisemia). Al mismo designio programático responde la nota que va al frente de la antología, que consigna una sugerencia de “lectura” que entraña la articulación oral de los textos, pensados para ser reproducidos “en voz alta, o entre el canto y el recitado, de una forma enloquecida, por un actor o cantante tragicómico”. Esa suerte de espectacularidad que se postula para la recepción ideal es la que desde hace unos años pone en práctica el poeta, que ha editado, con la colaboración de músicos como Marcelo Pull, Dani Loma o Adán Latonda, varios discos en los que canta, dramatiza, murmura o grita sus textos (como ha hecho, asimismo, en memorables actuaciones públicas), volviendo así físicamente presente esa voz «chirriante, ronca y bruna» (Umbro), ese decir “cacofónico, afónico, ligero” (Veinte erosonetos y una declaración desesperada) que proclama a menudo como rasgo identitario. Si es frecuente que los libros de Guache vayan acompañados de chispeantes ilustraciones (obra suya o de artistas como César Fernández Arias u Olaf), que remueven de forma patente la sustancia de contenido de los versos, en los últimos tiempos los registros sonoros se han convertido en materiales clave para abrazar en todo su perímetro la naturaleza y el alcance de su producción escrita.

"En el mundo de Ángel Guache, las estrellas están acatarradas, los pianistas son mancos o tocan con la nariz o ladran en los antros, como ladran los zapatos de los transeúntes en las calles"

En el mundo de Ángel Guache, las estrellas están acatarradas, los pianistas son mancos o tocan con la nariz o ladran en los antros, como ladran los zapatos de los transeúntes en las calles; hay seres humanos cuadrados y con hermosas pezuñas, Jesucristo no lleva una cruz —“como nos contaron”— sino una bombona al hombro, el Paraíso es un cabaret en el que Adán y Eva hacen streaptease, se puede estar amablemente casado con una carretilla y es posible amar como se aman las arañas y los pétalos; las noches son peludas, como lo son las palabras, las habitaciones, los ojos y las bocas, pero también las alucinaciones y los delirios. Nada, en el fondo, que no hubiésemos sido capaces de imaginar, nada que no hubiéramos querido o podido vivir; nada, en suma, que no hubiésemos deseado que nos recordasen los poemas que leemos y que solo aquí y ahora, en estos que Guache nos entrega extraídos de su copiosa cosecha, encontramos formulado. Este es, en última instancia, el signo de “su realismo”. Quizá no esté de más reproducir aquí este aviso para caminantes que debemos a Gabriel Ferrater: “el surrealismo, usado / con talento, es más realista / que el realismo academicista”.

No en vano, el autor de Disonancias antárticas ha hecho declaraciones como esta: “El reto principal es no repetir lo que ya está hecho […]. Y experimentar. Siempre”. Y esa propuesta experimental —que no vacuamente experimentalista— y antipoética —o contrapoética— trata de dilatarse eludiendo lo previsible, lo solemne, lo acartonado, lo grumoso. Y todo ello en aplicación de la “creatividad sin clichés” (“Poeto”) y de la renuncia al uso de “palabras casadas por la iglesia, / formalizadas, medidas, institucionalizadas” (“Libertad de la palabra”) que se agitan sin descanso en su sonajero lírico. El eje medular de esta aireada libertad es el humor, “una forma de opinión” que posee una poderosa “función desmitificadora”, según ha escrito en “Anotaciones de un poeta que vendió su alma al humor” (¡Que venimos del mono!). Por ello, no es de extrañar que contenga una notable carga crítica que se reparte entre la propia poesía (como experiencia, como género literario y como institución) y lo que Nicanor Parra dio en llamar “los vicios del mundo moderno” (ya lo decía Guache en uno de sus Torpedos flamencos: “Me gusta disparatar / por si el mundo está mal hecho / y es preciso reformar”).

"Como un Lope de Vega de nuestra época, encierra los preceptos con seis llaves, convencido de que la mezcla de lo grave y de lo cómico absorbe y encarna la incontestable variedad de la naturaleza"

Este desprejuiciado humor procede de factores como la manipulación del lenguaje (mediante ingeniosos juegos de palabras, rupturas de sistema o reformulaciones de frases hechas y de citas literarias), el carácter insólito y a la par estimulante y revelador de las imágenes, la excentricidad de los personajes y las situaciones, la parodia autodegradante y a un tiempo propulsora de un protagonista lírico ostensiblemente despojado de aura, las inversiones genéricas y la caricatura (de tópicos y moldes literarios y musicales, de todo tipo de manifestaciones culturales del presente y del pasado), el tratamiento irreverente de temas “graves” (como “las cositas del querer”, en los tan singulares poemas amorosos, o las ideologías, Dios y la religión o la literatura y el arte). Y, en fin, y por cerrar una lista que podría prolongarse mucho más, las deliberadas discordancias y desajustes formales, métricos y rítmicos, entre los que cabe destacar el uso exhibicionista del ripio, que, en sus manos, interviene no solo como un poderoso desencadenante de la risa, sino también como una herramienta para percibir y expresar la realidad que somos y la que nos rodea de una forma más ágil e incontaminada. De ese modo, lo que para otros es adiposidad, saturación, atrofia, para Guache es incentivo, médula, nutriente estético.

Convertido en un incombustible abanderado de la incorrección poética, Ángel Guache potencia el ripio, como proyecta otros mecanismos de distorsión de las inercias líricas, sin complejos, sin eufemismos, sin paliativos; con coraje, con impúdica independencia. Como un Lope de Vega de nuestra época, encierra los preceptos con seis llaves, convencido de que la mezcla de lo grave y de lo cómico absorbe y encarna la incontestable variedad de la naturaleza. Y ahí, en la variedad, está el susto que nos sacude y nos despierta, que nos hace ver lo que nunca habíamos visto o percibir de otra forma lo que, a fuerza de tenerlo ante nosotros, como una carta robada, apenas alcanzamos a advertir. El resultado es un programa creativo versátil, incluso contradictorio, que tiene en la irregularidad una de sus más concluyentes señas de identidad. Pero en esta poesía la irregularidad no es accidente, sino sustancia, estrategia, principio constructivo. La pieza titulada precisamente “Irregular” podría esculpirse como una de las más certeras poéticas del autor: “La forma de mi cabeza / es irregular, / como lo es / la forma de mis ideas, / como mi respiración, / que es, también, irregular; / por eso es irregular / la forma de mis poemas”.

"Ángel Guache ha creado una poesía jovialmente díscola; bufonesca, como presume el título de esta antología, inequívocamente revulsiva"

Los numerosos textos en los que el poeta se autorretrata y se interroga —jocosa, pero juiciosamente— acerca de su identidad (como “Befa y retahíla…”, donde publica, convincente, que “Ángel Guache se parece a Ángel Guache pero no es Ángel Guache”) entran en relación con este entendimiento del ser humano y de la poesía como algo inestable e indefinible y, por tanto, fatal y radicalmente antiheroico. Quizá eso explique, por lo demás, que estos versos se desenvuelvan agitados de personas y de personajes, de figuras reales (históricas, culturales, literarias) o inventadas, para fundar finalmente una poesía coral y aristada, en la que conviven Carlos Marx y el tío Gilito, Maria Callas y Pedro Picapiedra, Sherlock y la novia de Popeye, y en la que el lector se ve duplicado en su misma inseguridad vital, emocional, intelectual. Frente a quienes confunden el yo poético con el oh poético, Guache vierte, a través del señuelo del disparate, de las celadas ocultas tras la más sonora carcajada o de las réplicas retumbantes de la sonrisa más liviana, un buen aporte de oxígeno que, al tiempo que nos reconforta, nos empuja a pensar y a pensarnos. Porque, como una y otra vez insinúa o expresa abiertamente, la del humor es, a fin de cuentas, la apuesta más seria: “Yo me río de la vida, / y la vida, amada mía, / aunque parezca de coña, / siempre, siempre me la lía” (“Tango del reidor”).

Con todas sus caras —con toda su cara…—, Ángel Guache ha creado una poesía jovialmente díscola; bufonesca, como presume el título de esta antología, pero inequívocamente revulsiva; una poesía que aloja, sobre la base de la supuesta facilidad, de la productiva dejación retórica y del engañoso despojamiento, de la comisión festiva de alguno de los más aborrecidos pecados formales, uno de los más insaciables e inagotables cancioneros de burlas —pero también de veras, y cuántas, y con qué desenvoltura y exactitud descubiertas— de nuestro tiempo.

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Autor: Ángel Guache. Título: Cantos para ballet bufo (Antología). Editorial: Hiperión. Venta: Casa del libro

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