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Antes de llover chispea

La XVII edición del Premio Tusquets Editores de Novela va a pasar a la historia por haber sido, tristemente, el último que preside Almudena Grandes, que siempre ha estado acompañada por un jurado bien cualificado y de prestigio. La escritora madrileña recientemente desaparecida, que, desde hace décadas, publica con ese mismo sello, ha sido la mejor garantía de un concurso limpio que otorga su máximo galardón a relatos de alta calidad y, sobre todo, originales e innovadores en el campo de la narrativa española e hispanoamericana actual.

Y, una vez más, siguiendo la tradición que les avala, con nombres como los de Élmer Mendoza, Rafael Reig, Ginés Sánchez o Daniel Ruiz, no se han equivocado. Porque Leña menuda, la novela de Marta Barrio (New Haven, 1986), que, hasta hoy mismo, apenas había tenido una mínima incursión en este género, nos ofrece un trabajo digno, con un asunto subyacente de hondo calado, con un lenguaje ciertamente cuidado —aunque mejorable en algunos de sus términos— y, sobre todo, de una aplastante originalidad en cuanto a su composición y estructura, como si se hubiera servido de materiales de derribo que, con enorme destreza, ha logrado poner de nuevo en pie y dotarlos de una segunda oportunidad, como tendremos ocasión de explicar.

"Marta Barrio sabe tocar, y lo hace con no poca soltura, todas las teclas necesarias. Insinúa más que describe. Pone la música para que el lector elija la letra que mejor le parezca"

La originalidad de la obra de Marta Barrio reside, fundamentalmente, no tanto en la diversidad de materiales de los que dispone —desde páginas del diario El País, hasta fragmentos de conocidas obras de autoras como Maggie Nelson, Mary W. Shelley, Marguerite Duras, además de la letra de ciertas canciones—, cuanto por el hecho de saber en qué sitio colocar y cómo combinar cada uno de estos textos para evitar así una sensación de desorden, de pastiche.

La historia que aquí se cuenta, que atañe a una joven embarazada que, tras un incidente, no sabe qué camino tomar —las amigas, no sin cierta sorna, ya le habían avisado que, en los asuntos del sexo, antes de llover chispea— al exponerse al peligro de una malformación y un penoso proceso de gestación, resulta de un dramatismo que llega a lo más hondo de lector. Se saca a relucir cómo no,  asuntos anexos a este tipo de problemas, como el llamado “turismo abortivo”, que, aun hoy, sigue siendo un privilegio de clase, al alcance de unos pocos. Marta Barrio sabe tocar, y lo hace con no poca soltura, todas las teclas necesarias. Insinúa más que describe. Pone la música para que el lector elija la letra que mejor le parezca. Así sucede con cierta historia que, de manera muy parecida, fue recogida en su día por todos los medios de comunicación: la profanación de la capilla de la Complutense por parte de unos jóvenes, y la desorbitada petición castigo de los fiscales, así como la feroz condena de una sociedad aún anclada en el oscurantismo y en los mitos del pasado, que ni siquiera ha leído al Padre Feijoo.

"En estas trescientas y pico páginas de que se compone la novela aún hay espacio para abordar otro de los asuntos que tanto han seducido a casi todos los escritores que en el mundo han sido: la metaficción"

La mejor forma de demostrar que estamos ante una escritora con mucho futuro y un espléndido presente —es decir, su correspondiente prueba del nueve, dicho en un lenguaje más castizo— se produce en el capítulo decimocuarto de la parte segunda de la obra, titulada “Luciérnagas”, cuando nuestra autora, en escasamente tres páginas, es capaz de resumir, con una soltura, una agilidad y una destreza inusuales para una casi principiante, la vida de una persona entre los cinco y los veintidós años de edad.

Se ponen, asimismo, sobre el tapete las relaciones entre padres e hijos: un padre que no la llama nunca, con un amor distante, despreocupado, que abandona a su cachorro a su suerte al alcanzar la adolescencia, y una madre que hace alarde de un amor feroz, bestial, que “todavía me consideraba de su propiedad, como una extremidad de su cuerpo”. Pero eso no es todo. En estas trescientas y pico páginas de que se compone la novela aún hay espacio para abordar otro de los asuntos que tanto han seducido a casi todos los escritores que en el mundo han sido: la metaficción, la escritura sobre la escritura, el deseo de escribir un relato y, al mismo tiempo, dejar constancia, sin que se resienta demasiado el hilo conductor de la acción, de una poética que fluye por dentro, que justifica un estilo.

"Leña menuda es uno de esos libros que crece en intensidad conforme vamos avanzando en sus páginas"

De entrada, ya en las primeras páginas de Leña menuda, se deja bien claro que “una novela es una creación desigual”, por lo que siempre “quedan cabos sueltos y se cuelan banalidades, pero los autores conviven con la imperfección”. Juicio que hubieran firmado, de muy buena gana, autores como Galdós, Baroja, Marsé o Eduardo Mendoza. La escritura, de igual modo, como efecto terapéutico, según ella misma manifiesta. En ella encuentra “una trinchera en donde resguardarme del desasosiego que me invade mientras aguardo que transcurra el tiempo establecido por la ley belga para poder abortar”.

Leña menuda es uno de esos libros que crece en intensidad conforme vamos avanzando en sus páginas. Una novela en donde su autora se ha sometido a un ejercicio de domesticar y conciliar un material muy diverso y heterogéneo para darle la forma precisa que requiere un relato moderno, sugerente, duro en ocasiones, y, sin embargo, de una amenidad que no admite ningún género de dudas: “Después —la cita es de Marta Sanz y va al frente de la obra—, la vida sigue porque, al fin y al cabo, nada es lo suficientemente devastador”.

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Autora: Marta Barrio. Título: Leña menuda. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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