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Evita que hable

En la extensa “Nota de la autora” con la que concluye este volumen, que, aunque por poco, supera en número de páginas al de El tiempo entre costuras, María Dueñas explica con detalle esa inevitable presión, por parte de muchos de sus lectores —los puede contar por millones en más de medio mundo y en casi todos los idiomas conocidos—, sobre si habría o no una continuación, una segunda parte, una secuela de aquel relato, publicado hace ya doce años, en el que un personaje, Sira, nos sedujo a todos con su humildad y, sobre todo, por su manera tan valiente de enfrentarse a las adversidades y saber buscarse la vida en terrenos inhóspitos, desconocidos, hasta entonces, para ella. María nunca dio un no radical por respuesta, aunque asegura que “Sira Quiroga y yo necesitábamos distanciarnos”.

El reencuentro se produce, pues, más de una década después, con una Sira que, en parte, ha dejado de lado el primitivo guion y ya no se conforma con ser tan solo un viejo y grato recuerdo. No sé con certeza si la obra es una continuación que ahora pone María Dueñas en nuestras manos. Aunque está ahí, nuevamente, la joven costurera, ya de camino de la madurez, mucho más hecha, más resuelta, menos ingenua, menos confiada, dueña de sus propios actos, deleitándonos con nuevas aventuras, lo cierto es que Sira sabe a producto nuevo, a reinvención, con el empleo de un tono diferente, quizá más reposado, una atmósfera distinta, y con un estilo que, acaso, haya perdido algo de la frescura de aquel tiempo, pero que presenta nuevos matices, con mayor atención a la estructura y con unos personajes, al margen de la propia Sira, que rebosan vida, que no son la voz de su amo, sino que parecen actuar por su cuenta y riesgo.

"Esta nueva y espléndida entrega atesora en sus páginas cuantiosos aciertos y, sobre todo, esa rara virtud y la deslumbrante habilidad de la escritora manchega para enhebrar historias dentro de la historia principal"

Lo que sí une a una y otra novela, la de hace doce años y la presente, es, desde luego, la soberbia labor de documentación que las sustenta. Imprescindible cuando se manejan datos reales, personajes auténticos, espacios reconocibles para muchos de los lectores del siglo XXI. En El tiempo entre costuras, creo recordar, María acude a una extensa “Bibliografía” en toda regla, como pudo haberlo hecho en sus tiempos de profesora e investigadora en la universidad. Ahora, más libre de aquellas ataduras, mucho más madura y preparada para este difícil reto, la bibliografía, que, por otra parte, es ineludible, la incorpora con cierto disimulo, sin alarde exhibicionista, en la propia “Nota de la autora”.

Esta nueva y espléndida entrega atesora en sus páginas cuantiosos aciertos y, sobre todo, esa rara virtud y la deslumbrante habilidad de la escritora manchega para enhebrar —ya que hablamos de costuras— historias dentro de la historia principal, como hicieron en su día los principales novelistas europeos del siglo XIX, sin olvidar a Galdós y a Baroja, a los que Dueñas conoce y reconoce cada vez que tiene ocasión.

"Los tres grandes personajes femeninos de la novela de María Dueñas ensombrecen un tanto al resto de los que aparecen en estas páginas"

Logra, pues, esa atmósfera imprescindible para poder degustar más aún el relato en los principales escenarios que se proponen: Madrid, Londres y Tánger. Salta a la vista que a la autora parece importarle aún más todo lo relacionado con nuestro país y ese ambiente, que tan cabalmente retrató Cela en La colmena, de posguerra en el que compiten, para llevarse la palma, el hambre y el miedo. La España del vaso de leche aguada, del café tramposo a base de achicoria o del simple chusco de pan duro. En las cosas del comer se notan más aún las carencias. Es la primera necesidad de todo ser humano. En un simple cocido ya no se aprecian ni la morcilla, ni el chorizo, ni la carne de gallina, que se han vuelto, por arte de magia, en invisibles, sino tan solo un puñado de garbanzos hervidos, casi viudos, acompañados de un pedazo de patata y un trozo de zanahoria. Se trata, en suma, como aquí mismo se anuncia, del “gran océano plomizo de la posguerra”.

Esa ambientación, que Dueñas nos transmite con todo detalle, como si ella misma lo hubiera podido contemplar con sus propios ojos, se extiende a los exiliados españoles cuando la acción del relato se traslada hasta tierras británicas y saca a la luz las vidas de nuestros principales escritores: “Desprovistos de sus cátedras y puestos de responsabilidad, despojados de sus quehaceres profesionales o su público”, en tiempos inciertos, viven como pueden. O malviven, por mejor decir. Como sucede con Chaves Nogales, Luis Cernuda, Jiménez Fraud, Salazar Chapela, Arturo Barea o el pintor, paisano de la propia María Dueñas, Gregorio Prieto, quien presenta en las galerías inglesas los incomparables atardeceres de su tierra.

"Una modista que ya no cose... excepto cuando es preciso para que el guion se cumpla como debe"

Los tres grandes personajes femeninos de la novela de María Dueñas ensombrecen un tanto al resto de los que aparecen en estas páginas. Como el marido de Sira, Marcus, que se esfuma quizá demasiado pronto de la escena, así como su pintoresca suegra, Olivia —una excéntrica inglesa, un espécimen surgido tras la Guerra Mundial y que nos recuerda a alguna de las criaturas de Dickens—, que podían haber tenido un mayor desarrollo en la obra, aunque se corriera el riesgo de que se alargara en unos cuantos centenares más de páginas.

La protagonista de la novela, es decir, Sira; Eva Perón, que visita España por aquellos años cuarenta; así como la no menos singular y extravagante Barbara Hutton, la pobre niña rica que termina por establecerse en Tánger, son más que suficiente para darle consistencia a un relato que, repleto de curiosas anécdotas, en ningún instante decae ni desfallece en las manos del lector. Sira es, ya transcurrido un tiempo, “una mujer cuajada, con cicatrices en el alma, mundo a las espaldas y una minúscula familia a su cargo”. Una modista que ya no cose… excepto cuando es preciso para que el guion se cumpla como debe, y siempre con esa especial capacidad innata, casi fatalista, para complicarse nuevamente la vida tras su aventura con Ignacio y, sobre todo, con Ramiro Arribas, que, de nuevo, vuelven a escena, sacando a relucir los “ecos tristes de otros tiempos”.

No sé si se trata de una leyenda urbana, una historieta o un chiste inventado por el poder imaginativo del pueblo, pero, en todo caso, fue algo que se difundió hace unos cuantos años. Puede, incluso, que esté recogido en alguno de los libros de Vázquez Montalbán, cuyo chascarrillo le pega mucho al escritor. En cualquier caso, se llegó a contar que el mismísimo Franco le exigió —iba a escribir “le rogó”, pero ese verbo no le pega en absoluto al dictador— a cierto gobernador civil de alguno de los lugares —Granada, Sevilla o Barcelona— que visitó la Perona que hiciera todo lo posible para que la dicharachera, caprichosa y encantadora mandataria argentina no dijera ni pío a lo largo del itinerario durante sus comparecencias públicas, para no comprometer al Régimen, con el envío de un curioso telegrama en el que se advertía: “Evita que hable”. Lo cual, dado el doble sentido del mensaje, dio lugar a que se consiguiera el efecto contrario. Se non è vero…

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Autora: María Dueñas. Título: Sira. Editorial: Planeta. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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