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Antoine de Saint-Exupéry, una filosofía intemporal (y III)

Antoine de Saint-Exupéry, una filosofía intemporal (y III)

En ciertos casos, el vínculo entre continente y contenido resulta difícil de calificar. Cuando Antoine de Saint-Exupéry se decidió a escribir un cuento para niños, sabía que así podía explicar cosas que no serían escuchadas de otro modo. Sabía que nadie le criticaría por abusar de metáforas y que llegaría directo al corazón de un lector que, una vez dejada de lado la coraza del adulto influenciado por la sociedad, podía asimilar las enseñanzas que él mismo había extraído de una agitada existencia.

El Principito (“Le Petit Prince”, 1943) supone el triunfal regreso de su autor a la ficción. En este cuento filosófico encontramos todos los elementos que caracterizan la obra de Saint-Exupéry. El concepto de inmediatez, reflejo de la modernidad que el escritor descubrió gracias al avión, toma la forma de ese pequeño planeta en donde se pueden ver hasta cuarenta y cuatro atardeceres en un día. El fenómeno de los “hombres-isla”, producto de una sociedad desligada que ha perdido su sentido original, no puede ser explicado de mejor manera que a través de ese viaje interplanetario en donde descubrimos la soledad de cada individuo, único habitante de su particular roca. La importancia de la infancia, cuyo recuerdo siempre está presente en el escritor y ha salido a su rescate en las situaciones más complicadas, será el eje del relato, que nos obliga a ver el mundo con la mirada de un niño, la única que puede distinguir lo importante del resto. Porque la búsqueda de lo esencial, eso que es invisible a los ojos y solo se ve con el corazón, es lo que siempre persiguió el aviador que transportó el correo para comunicar continentes y participó en la Segunda Guerra Mundial para ayudar a una sociedad en peligro de desaparición. Y todo lo hizo para encontrar a un Principito en medio del solitario desierto, el que tanto le fascinó y que casi le mató.

"Su experiencia y sensibilidad le permitieron encontrar la llave que abre el corazón de todo ser humano"

Con este icónico libro, el lenguaje poético de Saint-Exupery, inseparable de sus delicadas acuarelas, alcanzó niveles a los que, tal vez, el autor nunca pensó llegar cuando escribió Vuelo nocturno. Su experiencia y sensibilidad le permitieron encontrar la llave que abre el corazón de todo ser humano. La piel se eriza al leer sus páginas, mientras las frases se escriben con fuego en la memoria del lector. El libro condensa todas las enseñanzas que su autor atesoró durante su vida, desde que dejara una cómoda existencia para aventurarse en una peligrosa búsqueda de lo esencial, que descubrió en el regreso a la infancia, a ese momento en que sabemos distinguir lo que es realmente importante, porque “solo los niños saben lo que buscan”. Partir para volver y valorar lo que ya se tenía, dándole a cada cosa el sitio que le corresponde.

Pero no hay que olvidar que se trata de un libro escrito durante su exilio en Nueva York: un cuento para tiempos de guerra. Saint-Exupéry, hombre de acción y eterno exiliado (porque volar también significa exiliarse del propio planeta), no será capaz de soportar la inactividad y volverá a Francia para preparar el desembarco aliado en el sur del país. Su avión desaparece durante un vuelo de reconocimiento en 1945 y, a los cuarenta y cuatro años, encuentra la suerte de los protagonistas de sus novelas. Ni pudo ver el final de la guerra, ni el éxito que alcanzaría El Principito.

En la habitación que ocupó Antoine de Saint-Exupéry en Córcega, de la que saldría para subirse a un avión por última vez, se encontró un manuscrito de 985 páginas dactilografiadas. Un texto que le acompañaba a donde iba y que completaba con las reflexiones que salían a su paso. Se publicó por primera vez en 1948 bajo el nombre de Ciudadela (“Citadelle”). Se trata de las divagaciones de un caíd sobre el pueblo que gobierna: una ciudadela erigida en medio del desierto. El texto se nutre de las tradiciones con las que el autor se familiarizó durante sus incontables estancias en el Sáhara. Reconocemos en el narrador a un Saint-Exupéry solitario y meditabundo, siempre preocupado por la importancia del lenguaje y de sus efectos en el lector. La figura del caíd es utilizada para criticar las formas de gobierno autoritarias de la época, como el nazismo: “el hombre cuenta más que el imperio”.

"Saint-Exupéry ha trascendido en sus escritos, se ha transformado en ellos y nos ha dejado una profunda reflexión sobre la vida, que nadie debería olvidar"

Vuelve a aparecer la idea de la colectividad, que da sentido a las acciones de cada individuo, como cuando las piedras dejan de ser bloques tallados para convertirse en una catedral, algo mucho más complejo que ellas mismas. La metáfora de la catedral, que no podría existir sin cada una de las piedras que la forman, es una de las muchas que ilustran el relato. Dentro de las complejas relaciones de la comunidad se encuentra la idea de trascender, pues cada individuo trasciende a través del oficio que realiza, con el que contribuye a la colectividad, con una moraleja clara: el trabajo y el esfuerzo otorgan la inmortalidad.

Saint-Exupéry ha trascendido en sus escritos, se ha transformado en ellos y nos ha dejado una profunda reflexión sobre la vida, que nadie debería olvidar. Lyon ha honrado su memoria dando su nombre al aeropuerto de la ciudad. Además, una sobria escultura le recuerda a escasos metros de la casa que le vio nacer. Así que, si alguna vez se animan a visitar esta hermosa ciudad, no olviden pasar por la plaza Bellecour, por un tranquilo rincón alejado de la muchedumbre. Allí, haciendo gala de la discreción que caracterizó al homenajeado, se encuentra un alto monolito de piedra que nos obliga a alzar la mirada al cielo para descubrir a Antoine de Saint-Exupéry sentado junto al Principito, observando la inmensidad del firmamento, que solo tiene sentido porque allí, en alguna parte, se esconde un pequeño planeta con una sola rosa.

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