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Aprende a escribir con… Javier Cercas

Decía don Miguel de Unamuno que, a la hora de concebir una novela, unos escritores se comportan como animales ovíparos y otros, pues como vivíparos. Los primeros necesitan poner un huevo y empollarlo durante días antes de sentarse a la mesa y redactar el primer párrafo, mientras que los segundos sienten el germen de la historia en su interior y abren rápidamente las piernas para expulsarlo, verle la cara y ponerse a escribir.

Unamuno fijó esta distinción en el ensayito A la que salga, publicado originariamente en la revista madrileña Nuestro Tiempo de septiembre de 1904, y desde entonces ha habido multitud de narradores que se han agarrado a esta categorización para explicar su método de trabajo. Javier Cercas es uno de ellos.

"Por las tardes vuelve al escritorio o se entretiene leyendo, siempre según el grado de implicación que sienta con la novela que tiene entre manos"

El autor de obras ya tan distantes en el tiempo —y en la forma— como Soldados de Salamina e Independencia ejemplifica a la perfección la teoría de Unamuno. Y lo hace porque, si en su juventud fue un escritor vivíparo, en la actualidad se define como ovíparo. El paso del tiempo ha cambiado a este hombre por completo, pero no sólo lo ha hecho en el asunto del huevo o la gallina, sino también en el modo en que encara su jornada laboral. Hasta hace relativamente poco, Cercas tenía un estudio en el barrio de Gracia al que iba a escribir a diario. Lo alquiló porque la viuda de Roberto Bolaño le dijo a su mujer que no había nada mejor en el mundo que perder de vista al marido durante unas horas al día, y aquella misma noche su esposa le instó a que buscara un despacho. Pero esto ocurrió cuando vivían en Barcelona y no en Girona, que es donde residen en la actualidad. Ahora les rodea el campo, y el escritor sale a correr tan pronto como se despierta, sobre las 06:00 AM. Ha cogido el vicio del deporte y ya no puede desengancharse, motivo por el cual no enciende el ordenador hasta las 08:30. No cambia la mesa de trabajo por la de comer hasta las 13:00 y después echa una siesta que, si bien no es de «pijama, padrenuestro y orinal» —que diría aquel otro maestro por todos conocido como don Camilo—, sí que comprende unos treinta o cuarenta minutos, que tampoco está mal. Por las tardes vuelve al escritorio o se entretiene leyendo, siempre según el grado de implicación que sienta con la novela que tiene entre manos. Si está en los inicios, que es la etapa del proceso creativo que más difícil le parece, prefiere rematar el día con tareas poco creativas; pero, si ya se ha adentrado en la historia y sabe perfectamente hacia dónde se dirige, regresa al trabajo y continúa tecleando hasta que, según sus propias palabras, las letras le parecen cuadrados, que es una forma bastante gráfica de decir que lo hace hasta que cae rendido.

Cuando era más joven, Javier Cercas no practicaba ni el running ni el footing ni el jogging ni en verdad nada que le cansara demasiado, y tampoco sentía la necesidad de echar una cabezadita después de comer. Rebosaba energía y, en consecuencia, dejaba que fuera el instinto quien guiara sus pasos. Lógicamente, en aquella época era un escritor vivíparo. Las ideas manaban de su interior a borbotones y no necesitaba anotarlas para convertirlas en novelas. Así nacieron El móvil, El inquilino y hasta El vientre de la ballena, y aunque tuvo que reescribirlas en más de una ocasión, de tan desordenadas como salían al mundo, no puede decirse que fueran obras fracasadas. Antes bien todo lo contrario.

"Javier Cercas no quiere publicar una y otra vez la misma novela, así que ahora piensa antes de escribir. Ya no se conforma con las ideas que asoman por su cabeza"

Sin embargo, ahora Cercas es un escritor ovíparo. Cuando una idea estalla en su cabeza, coge papel y boli, la apunta en una libreta y la analiza con tanto detenimiento que acaba conociendo hasta la más diminuta de sus aristas. Los esquemas y los mapas y las listas y las flechas que suben y bajan y recorren el folio se han convertido en su forma de trabajo y, antes de transformar una ocurrencia en un párrafo, el autor le da tantas vueltas que incluso acaba mareándola. Y si alguien pregunta a Cercas si no añora la época en la que se dejaba llevar por la intuición, en que concebía la literatura como una explosión de libertad, en que pensaba antes con el estómago que con la cabeza, responde que no. Porque, según aclara a continuación, uno no puede pasarse la vida escribiendo siempre el mismo libro. En su opinión, cuando no sometes las ideas a un juicio implacable, acabas repitiendo fórmulas antiguas y te conviertes en una especie de Marcel Duchamp que, después de haber enviado su famoso urinario a la Sociedad de Artistas Independientes, hubiera dedicado el resto de su vida a plantar mingitorios por todos los museos del mundo. El artista francés podría haber ganado dinero a espuertas haciendo eso, pero prefirió explorar nuevas posibilidades, evitar la repetición, mirar hacia adelante. Y dos años después le pintó un bigote a la Gioconda.

Javier Cercas no quiere publicar una y otra vez la misma novela, así que ahora piensa antes de escribir. Ya no se conforma con las ideas que asoman por su cabeza, sino que las coloca sobre la mesa, las observa con atención y sólo las empolla si está seguro de que la criatura que habrá de romper el cascarón será diferente a sus hermanas. Y sólo hay que analizar la trayectoria profesional de este hombre para confirmar que, realmente, se ha reinventado cuando menos tres veces. Que no son pocas.

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La última novela de Javier Cercas es Independencia (Tusquets).

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