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Aprende a escribir con… Soledad Puértolas

Cuando alguien pregunta a Soledad Puértolas qué es el estilo, ella responde «una forma de nadar». Sus interlocutores se quedan entonces en silencio, acaso reflexionando sobre la profundidad del símil, y sólo algunos esbozan una sonrisa conscientes de que, cuando esta mujer habla de nadar, no se refiere a otra cosa que no sea nadar. Es decir, desvestirse, ponerse el bañador y tirarse a la piscina. El estilo es para ella el crol, la braza, la espalda y la mariposa. Y lo otro, bueno, lo otro es literatura.

Soledad Puértolas se aficionó a la natación a una edad tardía, cuando sus hijos dejaron de ser niños y ya no tenía que desvivirse por ellos. Se apuntó a un gimnasio, probó suerte en la zona de aguas y se acostumbró a hacer cuarenta largos tres veces por semana. La escritora zaragozana descubrió que le gustaba ese deporte por motivos bien distintos: primero, porque le fascinó experimentar la sensación de que se pueden descubrir cosas nuevas a una edad ya avanzada; segundo, porque al deslizarse por la superficie sentía que su cuerpo se diluía; y tercero, porque le encantaba charlar con sus amigas en esos vestuarios donde, según dice, la desnudez hace que afloren las verdades.

Pero claro, inevitablemente llegó el momento en que narradora y nadadora se fundieron, y fue entonces cuando Puértolas comprendió que la mejor forma de escribir era también la mejor forma de nadar: con naturalidad, dejándose llevar, casi sin pensar en el cuerpo. La escritora se convenció de que el agua era como un folio en blanco, un lugar en el que sólo debes preocuparte por avanzar, un medio en el que uno ha de dejarse llevar, un espacio en el que hay que desprenderse de la realidad.

"Puértolas prefiere cocinar que viajar, coser que correr y recibir que visitar, pero no por ello ha perdido la rutina de escribir"

Soledad Puértolas ya no nada tanto como antes. Padece fibromialgia y, aunque todavía haya quien niegue la existencia de esta enfermedad, a ella le duele todo el cuerpo. La falta de salud siempre ha estado presente en sus textos, pocas escritoras han reflexionado tanto sobre el modo en que esa carencia nos afecta, y ahora es ella quien sufre sus consecuencias a diario. En la actualidad, Puértolas prefiere cocinar que viajar, coser que correr y recibir que visitar, pero no por ello ha perdido la rutina de escribir.

La escritora que se convirtió en la quinta académica de la historia de la RAE se levanta cada día bien temprano, da un paseo por el barrio y se pone a escribir normalmente hasta las 13,00 h. Evita el despacho porque le parece un lugar demasiado serio para que la imaginación salga a jugar y prefiere acomodarse en los otros rincones de la casa antes de ponerse el sombrero de escritora. Por cierto, cuando se instala en la cocina, suele escribir a la vez que guisar, y así, entre párrafo y párrafo, levanta la tapa de la cazuela y comprueba que todo hace chup chup.

Después se bebe una cerveza, se sienta a comer y se pega una siesta. La tarde la dedica a asuntos más livianos, como preparar una conferencia, leer un rato o estirarse en lo que llama «el sofá de corregir», donde se tumba a revisar lo que escribió por la mañana y donde espera a que la noche asome por la ventana.

"Así transcurren los días de Soledad Puértolas, con la tranquilidad necesaria para crear y con la disciplina de quien hace cuarenta largos a diario"

Así transcurren los días de Soledad Puértolas, con la tranquilidad necesaria para crear y con la disciplina de quien hace cuarenta largos a diario. De hecho, dice que no entiende a los escritores que se pasan ocho horas ante la pantalla. Le provocan admiración y perplejidad al mismo tiempo, y cuando les oye fardar de sus jornadas maratonianas, piensa que, en su opinión, el exceso de trabajo creativo nunca es, por paradójico que parezca, bueno para la creación.

Ah, y una cosa más: a Puértolas le divierte mucho que algunos narradores digan que, cuando están escribiendo intensamente, evitan leer a otros autores por miedo a que se les pegue el estilo. Ella se ha pasado media vida compartiendo piscina con otros nadadores y nunca le ha ocurrido eso de estar haciendo crol y, al pasar junto a un compañero de carril que haga braza, se descubra a sí misma moviéndose como una rana. Además, para que algo nos contagie, dice, tenemos que ser propensos al contagio. Vamos, que no se convierte uno en una persona elegante por el mero deseo de querer serlo, ni tampoco escribe uno como Nabokov simplemente por leerlo durante un rato. Más claro, agua. Y sin cloro.

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