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Aprende a escribir con… Luis Mateo Díez

Luis Mateo Díez concibe la escritura como una permanente iluminación de zonas oscuras. Dice que la primera frase de una novela es como la bombilla que alumbra el recibidor de casa: una vez encendida, sólo hay que recorrer las distintas estancias mientras se acciona el resto de interruptores. Así de sencillo… y así de complejo al mismo tiempo.

Ahora bien, si las frases son como lámparas dispuestas a lo largo de un pasadizo en sombra, el título es la farola que indica el lugar donde se encuentra la casa, que muestra la fachada del edificio, que anticipa las características arquitectónicas del mismo. Es, en definitiva, el resumen de la obra. Mateo Díez no empieza a escribir hasta que no lo ha encontrado, y si no lo hace es porque sabe que no se puede construir sin haber comprobado primero la calidad del suelo y porque, además, quiere que la mansión tenga un portal tan hermoso que todos los transeúntes se paren a mirarlo.

"Atrás quedaron los tiempos de sufrimientos, temores e inseguridades, y el único rastro que queda de aquellas turbulencias son las libretas"

Poca cosa más se puede decir en lo tocante a las técnicas narrativas del autor leonés. Vive con tanta naturalidad el oficio que, cuando le preguntan por sus secretos y trucos, se encoge de hombros y responde que el único consejo que puede dar a los alevines es el de sentarse a la mesa y escribir a diario. Así lo hace él, aunque recuerda que en sus épocas mozas, cuando trabajaba como funcionario, rascaba horas de donde podía y componía sus novelas de un modo fragmentado. Por suerte, eso quedó en el pasado. Ahora es un hombre de setenta y ocho años que sólo se dedica a lo suyo y que trabaja, cómo no, de una manera disciplinada.

Atrás quedaron los tiempos de sufrimientos, temores e inseguridades, y el único rastro que queda de aquellas turbulencias son las libretas en las que, a lo largo de su vida, ha ido anotando las ideas que le asaltaban de golpe. En su juventud, apuntaba todo lo que se le pasaba por la cabeza, no desperdiciaba ni una sola ocurrencia, temía que pudieran olvidársele y las guardaba como oro en paño. Nada de eso ocurre ya hoy. Sigue tomando notas en libretas, por supuesto, pero en el presente le basta con un garabato para luego, al llegar a casa y tomar asiento, sacar un puñado de párrafos. Antes era al revés: tomaba montones de notas de las que después apenas salían tres frases, mientras que en la actualidad sus apuntes son lo que él mismo llama «hojas volanderas», es decir, anotaciones sin importancia de las que, no obstante, luego extrae novelas enteras.

Pero hay otra cosa que diferencia al Luis Mateo Díez de antaño del de ahora: la capacidad de concentración. La edad no ha hecho mella en su intelecto; antes bien, lo ha fortalecido. Y esto se debe a que, con el paso del tiempo, se ha convencido de que su oficio es, además de solitario, solipsista, es decir, algo únicamente apto para quienes creen firmemente, y sin fisura alguna, que sólo existe cuanto ocurre dentro de su cabeza. Esta certeza, la de que su mundo interior es más rico que el exterior, le permite meterse en sus novelas con una facilidad asombrosa, llegando a sentirse tan identificado con sus personajes que, cuando a uno le duele la cabeza, él mismo ha de abandonar el escritorio, entrar en la cocina y tomarse una aspirina.

"Nunca ha dado importancia a las apariencias, ni ha ido por la vida contando las penurias de la vida de escritor"

Mateo Díez no tiene manías ni fetiches ni rituales porque siempre ha vivido el oficio con naturalidad. Nunca ha dado importancia a las apariencias, ni ha ido por la vida contando las penurias de la vida de escritor, ni tampoco ha dado la tabarra con los problemas de estructura de su última novela. Él no hace esas cosas y, de hecho, considera a quienes las hacen unos maleducados. Los autores que lloran por las esquinas o que alardean de sus cambios de humor durante el proceso creativo no son del agrado del leonés, quien considera que los únicos hombres que merecen tal nombre son aquellos que van bien vestidos tanto por fuera como por dentro.

El creador del reino de Celama da tanta importancia a las buenas maneras que sólo se codea con quienes también las practican. Su grupo de amigos de profesión tiene la discreción por bandera y ninguno alardea de sus éxitos y ventas. Son escritores pero también ejemplos de conducta y se manejan en la literatura con el mismo arte que en la vida: con elegancia y discreción. Y Mateo Díez se siente tan orgulloso de ellos que remata esta charla con una frase de las que hacen historia: «Es que los mejores amigos del mundo los he tenido yo». Y claro, nada se puede objetar a eso.

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La última novela de Luis Mateo Díez es Los ancianos siderales (Galaxia Gutenberg).

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