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La piscina. Fuente: Pixabay

Pocos, muy pocos son los que cuando terminan de vestirse se miran al espejo y se peinan, despacio, sin prisa alguna, repasándose con la mano izquierda las ondas o los cabellos lacios y mojados de su pelambrera. Como si fueran pintores, se alejan, se giran a un lado y otro para ver cómo les ha quedado los laterales, la patilla, la caída de los cabellos detrás de las orejas, seguramente con gotas de agua todavía. Se miran y se remiran. «Espejito, espejito…». Y seguro que no se explayan más porque hay gente delante, que aunque parezca que no les miramos no dejamos de pensar que qué presumidos son, que dónde irán, que a la vejez viruelas. Igual debiera ser así y los que no lo hacemos es porque estamos calvos o no estamos en eso, no sé, allá cada uno.

–Mi nombre es Javier.

–Yo Eliseo, encantado.

"No aguanto su bañador: rojo, ceñido, muy ceñido, con la tripa oronda y grande repartida por el costado también, aunque es de las que terminan un poco en punta"

Nunca, claro, había estrechado la mano a alguien dentro del agua. El tal Javier hablaba mucho y parecía que quería hacer amigos. Aquí se viene a nadar y punto. Pero a saber. La culpa quizá la tuve yo porque aunque no le seguía la mínima conversación que quería establecer con comentarios tipo «vaya paliza la que nos están metiendo hoy» o «yo a braza es que no puedo» y yo le contestaba con un «Ya» o «Ni yo», un día sí que le alabé que casi llegara hasta la mitad buceando y con sólo el impulso inicial de la pared. Y no es que nos tiráramos de cabeza y siguiéramos nadando, no: salíamos desde el suelo, metíamos la cabeza y hasta donde llegaras. Él llegó hasta la mitad y se lo comenté. «Es que yo nadaba antes en la de Príncipe de Vergara, al lado de Jumbo, que es de 40 metros”.

No aguanto su bañador: rojo, ceñido, muy ceñido, con la tripa oronda y grande repartida por el costado también, aunque es de las que terminan un poco en punta. Se parece al caparazón de las tortugas. Y encima la llave de la taquilla se la prende de un lateral. A nadie he visto hacerlo, ni aquí ni fuera. Nos está diciendo «es que cogí la costumbre en…».

Y ese afán de hacerse amigo, de acercarse al grupo de las chicas antes de empezar.

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