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Aristos frente a la cultura de la mediocridad

Aristos frente a la cultura de la mediocridad

Vivimos tiempos inciertos, no por falta de talento ni de recursos, sino por el debilitamiento progresivo de la cultura del esfuerzo intelectual y personal. La confusión contemporánea no nace del exceso de pensamiento, sino de su abandono. Se ha extendido una forma de conformismo cómodo que invita a no complicarse, a no destacar y, sobre todo, a no asumir el riesgo que implica pensar con rigor y sostener una posición propia. Personalmente me asusta pensar que llegue a ser inamovible la idea de que es comprensible e incluso aconsejable ser una persona mediocre.

Este repliegue no es inocente. Tiene su origen en una renuncia colectiva a la exigencia: exigir a los demás, pero también exigirse a uno mismo. Poco a poco se pretende normalizar la mediocridad, no como una fatalidad inevitable, sino como una elección cultural. Se prefiere no incomodar, no discrepar, no fracasar, no mostrarse ni destacar. En ese contexto, la excelencia deja de ser un horizonte compartido y pasa a percibirse como una amenaza o una arrogancia. Creo que lo peor de todo esto es que está impulsado por los políticos a través de leyes educativas cada vez más retrógradas y sometidas a una interpretación rígida de lo políticamente correcto, fomentando así la medianía.

"La meritocracia auténtica no nace de ocurrencias improvisadas ni de ideas brillantes destinadas a deslumbrar durante un instante, sino del conocimiento profundo que proporcionan disciplinas como la literatura, la historia y la filosofía"

Las consecuencias son visibles. Cuando el mérito deja de ser criterio, el ruido ocupa su lugar. La visibilidad se confunde con la valía, la insolencia con la inteligencia y la opinión rápida con el pensamiento elaborado. Sin exigencia no hay progreso; sin pensamiento analítico no hay individuos críticos; y sin referentes sólidos la convivencia se fragmenta.

Frente a esta deriva, el concepto de aristos, término griego que significa «lo mejor» o «lo más excelente», no debe entenderse como una consigna elitista ni como un reproche moral, sino como una aspiración común. Aristos no excluye: convoca. Señala un camino basado en el trabajo, el estudio y el razonamiento honesto, accesible a todos aquellos dispuestos a esforzarse y mejorar.

La meritocracia auténtica no nace de ocurrencias improvisadas ni de ideas brillantes destinadas a deslumbrar durante un instante, sino del conocimiento profundo que proporcionan disciplinas como la literatura, la historia y la filosofía. Estas no son adornos ni pasatiempos: constituyen la estructura del pensamiento crítico y enseñan a comprender la realidad con criterio.

"El conocimiento aislado tampoco es suficiente. Para transformarse en sabiduría debe ponerse a prueba mediante el razonamiento compartido"

La literatura educa en la complejidad y previene contra las simplificaciones groseras; la historia impone disciplina intelectual y humildad moral, recordándonos —como advirtió Santayana— que los errores se repiten cuando se ignoran los precedentes; y la filosofía enseña a razonar con método, a distinguir argumentos de consignas y verdad de conveniencia, en resumen, enseña a pensar. Sin ellas, el estudio se convierte en una acumulación estéril.

El talento, por sí solo, no basta. El mérito exige trabajo: constancia, disciplina y esfuerzo sostenido en el tiempo. No es un destello ni una ocurrencia, sino la capacidad de perseverar, errar, corregirse y mejorar.

Sin embargo, el conocimiento aislado tampoco es suficiente. Para transformarse en sabiduría debe ponerse a prueba mediante el razonamiento compartido. Y aquí aparece una de las carencias más graves de nuestro tiempo: la renuncia al debate. Evitar la confrontación de ideas se ha presentado como prudencia, como tolerancia o incluso como un modo de aislar a quien no comparte determinadas posiciones, mediante actitudes de corte dictatorial como los llamados «cordones sanitarios»; y, por último, como una posible forma de protesta. En realidad, esta renuncia suele responder al miedo a equivocarse, a fracasar en el propio razonamiento o a descubrir que una posición aparentemente sólida se resquebraja ante argumentos mejores.

"Solo desde el esfuerzo consciente por romper con los convencionalismos y aspirar a ser mejores es posible avanzar, fortalecer la convivencia y dignificar la sociedad"

Hoy, en un mundo donde la necedad campa a sus anchas, nos comunicamos como a través de un teléfono escacharrado: el altavoz emite sin que se le entienda y el receptor escucha sin comprender. Este bloqueo alimenta debates destructivos, basados en consignas y descalificaciones, fomentados por quienes carecen de conocimiento y están alejados de los fundamentos de la meritocracia. Romper y fragmentar resulta siempre más fácil que construir y dar razones para convencer.

Frente a ello, el debate debe recuperarse como herramienta esencial del avance intelectual y social. El progreso no nace del pensamiento aislado, sino del contraste respetuoso entre perspectivas distintas. Cuando el debate es honesto y constructivo, eleva el nivel de todos y permite alcanzar soluciones más sólidas y compartidas.

La sociedad debe recuperar y potenciar a quienes han demostrado ser buenos en lo que hacen y poseen aptitudes especiales, con independencia de su naturaleza: intelectuales, artísticas, técnicas o manuales. Este esfuerzo colectivo exige abandonar la comodidad del concepto epicúreo de «vive, no te compliques» para pasar al «da lo mejor de ti e implícate». Pensar exige esfuerzo; debatir exige valentía; aceptar los propios límites exige madurez.

"La meritocracia auténtica se apoya en el conocimiento, el trabajo, la honradez, la justicia, la verdad, el respeto y en la defensa sincera del diálogo y el debate"

Hoy, más que nunca, debe importar el fondo de las cosas y no su envoltorio. Alejarnos de los montajes estéticos extravagantes y vacuos al servicio del personaje y la publicidad —donde solo importa la foto— es una exigencia social y moral. Solo desde el esfuerzo consciente por romper con los convencionalismos y aspirar a ser mejores es posible avanzar, fortalecer la convivencia y dignificar la sociedad.

Quienes poseen talento tienen la responsabilidad de ponerlo al servicio del bien común. Liderar no es imponerse, sino elevar el nivel del conjunto. Reconocer méritos ajenos, aceptar limitaciones propias y saber callar cuando es necesario son actos de inteligencia superior. La meritocracia auténtica se apoya en el conocimiento, el trabajo, la honradez, la justicia, la verdad, el respeto y en la defensa sincera del diálogo y el debate.

Como colofón, me gustaría remarcar algunas de las ideas expuestas a lo largo de este comentario. Hoy, más que nunca, resulta imprescindible recuperar la cultura del esfuerzo, del trabajo intelectual y del debate honesto como herramientas de construcción colectiva. Sin exigencia no hay mérito; sin mérito no hay referentes; y sin referentes una sociedad se disuelve en el ruido, la complacencia y la mediocridad. Defender el conocimiento, el estudio riguroso y el contraste de ideas no es un gesto elitista, sino un acto de responsabilidad cívica. Porque solo una sociedad que se atreve a pensar, a debatir y a reclamar lo mejor de sus mentes puede aspirar a modernizarse. Renunciar a la meritocracia y al debate es abandonar a la inteligencia; una sociedad que permite que alguien lo haga nos condena a que todos perdamos.

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