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El asesino de Diana Quer

El asesino de Diana Quer tiene una hija. Salgo a pasear a la perra con la correa en una mano y, en la otra, como tantas otras veces, el móvil. Allí leo que el 28 de enero del año pasado colgó esta amenaza en Facebook, 159 días después de arrojar a un pozo el cadáver de Diana Quer: “Advertencia. No importa la edad, lugar u ocupación. Mi hija siempre será mi pequeño ángel. Si la lastimas acabaré con tu vida”.

Por las calles, hoy 1 de enero de 2018 a las nueve de la mañana, hay cafres y borrachos, hay un par de corredores —como El Chicle, el asesino confeso de Diana Quer, que colgaba en las redes sociales fotos trotando, escalando árboles y construyendo muñecos de nieve para su “pequeño ángel”— y hay, parando el tiempo, dos enamorados.

"A pesar de la rasca mañanera, ella apoya la espalda en una pared de piedra, junto a una joyería, con los ojos cerrados. Él la besa, pegado a su cuerpo y mantiene el equilibrio pegando las manos a la fachada."

Los encuentro al doblar una esquina. A pesar de la rasca mañanera, ella apoya la espalda en una pared de piedra, junto a una joyería, con los ojos cerrados. Él la besa, pegado a su cuerpo, y mantiene el equilibrio pegando las manos a la fachada. El semáforo cambia de color y los dejo atrás, pero cuando estamos a punto de llegar al jardín me giro para contemplarlos, sin dejar de caminar porque la perra empuja hacia el césped, y entonces piso una mierda. Dicen que da suerte, ojalá.

Piso charcos, restriego la bota contra los bordillos y, qué remedio, continúo paseando a la perra. Saco de nuevo el teléfono. El padre de Diana Quer dice que ha tenido la “mala fortuna” de que le tocase a su hija. Y deja caer: “Nos podría haber pasado a cualquiera”.

Volvemos a casa. Antes de entrar me descalzo, dejo las botas en el baño y comienzo este diario. Un diario apátrida, a la manera de Julio Ramón Ribeyro.

"Creemos que todos nuestros actos, sobre todo los que se repiten, tienen una significación escondida y deben dar algún fruto. Pero no es así."

Después de escribir las líneas anteriores, abro al azar, como tantas otras veces, las Prosas apátridas del gran escritor peruano. Y leo:

“Durante diez años, mientras trabajé en la Agencia, fui casi todos los días a los jardines del Palais Royal, a caminar por sus arcadas unos minutos, antes o después del almuerzo y, cuando no tenía dinero, en vez del almuerzo. ¿Y qué queda en mí de estos paseos, santo cielo, qué queda en mí? ¿Para qué me sirvió esa inversión de cientos y cientos de horas en mi vida? Para nada, aparte de dejar en mi memoria algo así como el dibujo necio en su precisión de una tarjeta postal. Nosotros tenemos una concepción finalista de nuestra vida y creemos que todos nuestros actos, sobre todo los que se repiten, tienen una significación escondida y deben dar algún fruto. Pero no es así. La mayor parte de nuestros actos son inútiles, estériles. Nuestra vida está tejida con esa trama gris y sin relieve y sólo aquí y allá surge de pronto una flor, una figura. Quizás nuestros únicos actos valiosos y fecundos han sido las palabras tiernas que alguna vez pronunciamos, algún gesto de arrojo que tuvimos, una caricia distraída, las horas empleadas en leer o escribir un libro. Y nada más”.

Y nada más, apenas nada más, como cantaría Aute.