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El Chicle corriendo. Fuente: YouTube

La hija del asesino de Diana Quer, el pequeño ángel de El Chicle, es una víctima, una de las principales víctimas vivas, como los padres y la hermana de Diana Quer. Y como la primera víctima, quizá, de José Enrique Abuín, su cuñada —hermana gemela de su esposa—, que en 2005 le acusó de violación y se vio forzada a retirar la denuncia por presiones de la familia.

La hija del asesino tiene “entre diez y doce años” señala un periódico. Y “ocho años”, según otro diario.

Dejo de buscar. No quiero saber nada más sobre esa niña. No quiero hacerme más preguntas.

Ni siquiera estas preguntas:

¿A cuántos escritores les ronda por la cabeza parir un A sangre fría con la muerte de Diana Quer? ¿Cuántos editores y productores andan en busca de un autor que alumbre el libro, la película o la serie sobre Diana Quer y su asesino?

La tentación Capote vive arriba. En nuestra azotea, como todas las tentaciones. La tentación Capote puede saciarse de infinitas formas. El siglo pasado diríamos que puede saciarse abriendo la sección de sucesos de los periódicos, aunque hoy los periódicos no suelen contar con esa sección, no hace falta, las portadas mutan y se convierten en El Caso cuando los lectores así lo reclaman.

"¿Cuántos editores y productores andan en busca de un autor que alumbre el libro, la película o la serie sobre Diana Quer y su asesino?"

Un día cualquiera hay crímenes de sobra para emular a Truman Capote. Y no sólo sangre fría: también podemos seguir la senda abierta por el escritor norteamericano —uno de los escritores más influyentes del siglo XX, como Borges, Proust y Kafka— pariendo una nonfiction novel, una novela testimonio, sobre cualquier otro hecho. Y sobre cualquier persona. Incluso sobre nosotros mismos y nuestras apasionantes —lo digo sin sarcasmo— circunstancias.

Vuelvo a Ribeyro. A sus Prosas apátridas, el leitmotiv de este diario. En una de ellas, nos lanza una andanada de interrogantes:

“Espectáculo: por la larga calle desierta, en el mediodía canicular, cuando todos los negocios están cerrados, pasa un hombre distinguido, corpulento, calvo, con saco y corbata, corriendo a una velocidad vertiginosa para su masa, resollando, bañado en sudor y llevando un maletín en la mano. Los escasos transeúntes se detuvieron para mirarlo, pues se trataba de una carrera desesperada y, lo que es peor, sin destino ni objeto visibles. Por allí no habían estaciones de taxis, autobús o metro, ni nadie lo perseguía ni andaba tampoco tras alguien. ¿Era un loco? ¿un fanático de la velocidad? ¿estaba cumpliendo una apuesta? ¿se había impuesto una penitencia? ¿huía de algún demonio interior? ¿lo aguijoneaba alguna urgente necesidad corporal? ¿esperaba llegar a tiempo a una cita amorosa que iba a decidir su vida? ¿era solamente un farsante que quería dejar perplejos a sus eventuales testigos? Como dice Brecht en un poema famoso, “tantas preguntas, tantas respuestas”.

"Que el tipo corra, como yo, y como tantos otros, no importa. Es sólo una pincelada más de una persona, ya un personaje, que, según su madre, es un monstruo."

Toda vida es un filón. Y un alud de incógnitas. Termino esta anotación con un fragmento de Preguntas de un obrero que lee, el poema de Bertolt Brecht citado por Ribeyro:

“El joven Alejandro conquistó la India.

¿Él solo?

César derrotó a los galos.

¿No llevaba siquiera cocinero?

Felipe de España lloró cuando su flota

Fue hundida. ¿No lloró nadie más?

Federico II venció en la Guerra de los Siete Años

¿Quién

venció además de él?

Cada página una victoria.

¿Quién cocinó el banquete de la victoria?

Cada diez años un gran hombre.

¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias.

Tantas preguntas”.

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P.D.: Como en la entrada anterior de este diario, he añadido una foto de El Chicle corriendo. Que el tipo corra, como yo, y como tantos otros, no importa. Es sólo una pincelada más de una persona, ya un personaje, que, según su madre, es un monstruo.