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Ataque de cuernos nacional

Ataque de cuernos nacional

Érase una vez un rey, apasionado de las monterías, los toros y las queridas. Sí, exacto… Felipe IV siempre tuvo más debajo (cientos de amantes y dos esposas) que encima. Eso encandilaba a la peña.

La Plaza Mayor de Madrid contemplaría cómo El Rey Planeta apiolaba a tiros a las reses lidiadas, entre vítores del buen pueblo. Ese mismo lugar vería también cómo la reina Isabel de Borbón mandó desalojar de un palco a la amante del monarca, la actriz María Inés Calderón. Un ataque de cuernos acabado en nada, pues el egregio marido otorgó luego balcón propio a su entretenida, desairando a la esposa. Y es que Felipe IV  siempre degustaba sus apetencias —amatorias, taurinas y venatorias— en el mismo guiso.

No todos los monarcas saldrían tan taurófilos. Alfonso X el Sabio calificó a los toreros de “infames” en sus Partidas, y prohibió a los clérigos acudir a las lidias. Más tarde, Isabel la Católica asistiría en Arévalo a un lucido festejo, donde los astados “mataron dos ombres e tres o quatro caballos, e hirieron muchos más”, según relata Fernández de Oviedo en su Libro de la cámara real del príncipe don Juan. A su Católica Majestad aquello le pareció una soberana gilipollez. Se andaba en guerra contra la morisma y le indignó que los mozos prefiriesen hacerse matar por cornúpetas antes que diñarla degollando agarenos.

"A lo largo de la historia, han menudeado antipatriotas opuestos a las corridas y siempre prestos a denostar la fiesta nacional"

Mosqueada, la reina ordenó que, en adelante, los pitones de las reses de lidia se enfundaran en las vainas huecas de astas de bueyes sacrificados en mataderos. Así se las arromaba, ensanchando longitud y envergadura. De esta guisa, si el astado corneaba a alguien, sólo le propinaría un varetazo en vez de ensartarlo a la moruna. Esta decisión real contrarió al respetable, y especialmente a ciertos nobles, que sisaban lindos dineros públicos del costo de esos eventos. Dichos notables convencieron a la reina de que la medida era innecesaria. Bastaría con aplicar a los festejos un impuestillo a beneficio de la corona. De las fundas nunca más volvió a hablarse. Asimismo, tanto Carlos III como Carlos IV prohibirían las corridas, salvo las de beneficencia organizadas en el coso de Madrid. Lo cual, en efecto, beneficiaba a los listos de rigor.

A lo largo de la historia, han menudeado antipatriotas opuestos a las corridas y siempre prestos a denostar la “fiesta nacional”. Uno fue el ministro Gaspar Melchor Jovellanos, quien cuestionó incluso tal denominación, pues las lidias, dado sus grandes costes, eran cuño de villas postineras, y en la mayoría de pueblos se desconocían.

La relación de taurófobos comprende también a Juan de Mariana, José Cadalso, Mariano José de Larra, Emilia Pardo Bazán, Cecilia Böhl de Faber (alias Fernán Caballero), Pío Baroja, Ramón de Mesonero Romanos, Joaquín Costa, Giner de los Ríos, o Miguel de Unamuno. Especialmente crítico se mostró el marino de guerra José Vargas Ponce, quien ofició como capitán de fragata, político, poeta, historiador, académico y erudito en general. Este personaje escribió en un epítome que las corridas sólo gustaban a “una juventud atolondrada,  tan falta de educación como de luces y experiencias, los preocupados que encanecieron sin hacer uso de la facultad de pensar, los viciosos por hábito, hambrientos siempre de desórdenes y, en una palabra, la hez de todas las jerarquías”.

Pero los genuinos patriotas experimentan un ataque nacional de cuernos si alguien arremete contra sus intereses. Tal ha sido el caso de un inglés acelerado —algo habitual en un piloto de Fórmula 1— que retuiteó una campaña pidiendo no subvencionar las escuelas taurinas con fondos públicos. El peticionario, un tal Lewis Hamilton, parece atribulado por la salud moral de los españolitos. Tal vez por haber nacido él en la cuna de los vándalos futbolísticos y los borrachos suicidas.

"Salvo el circo romano, ningún otro espectáculo alcanza la barbarie cenital de las celebraciones taurinas. Dichos festejos son un culmen de decadencia"

Rápidamente, el ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes, replicó al británico que: “Ese tipo de afirmaciones son ofensivas. Atacan a personas que tienen una afición y un sentimiento positivo hacia una práctica que en nuestro país tiene consideración cultural”. Ahí estuvo fino el ministro. La voz “cultura” tiene un uso santificador por estos lares. Ligada a cualquier concepto infame, le otorga altura y dignidad. Así se habla de “cultura dictatorial”, “cultura coprofágica”, “cultura flamenca”, “cultura carnavalesca”, y hasta de ministros de Cultura.

Claro que Rodríguez Uribes fungió como profesor de Filosofía del Derecho —el batallón disciplinario de la Epistemología— y es gran conocedor de Rousseau, pensador sobre quien escribió su tesis doctoral (Los discursos democrático y liberal sobre la opinión pública: Dos modelos: Rousseau y Constant) y un opúsculo (Sobre la democracia de Jean-Jacques Rousseau). Se deduce pues que el ministro suscribe esta afirmación del citado polímata: “Las corridas de toros han contribuido no poco al sostenimiento del vigor en la nación española” (aunque suene a choteo, dicha cita figura en sus Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia).

Pero Rousseau tenía un perdigonazo mal dado. Para excitarse sexualmente llamaba “mamá” a su amante, la baronesa de Warens, así como “tita mía” a su manceba y a la postre esposa, Teresa Levasseur. Esa inclinación incestuosa y sadomasoca se la inculcó en su infancia, a fuerza de jarabe de palo, su preceptora mademoiselle Lambercier. Mejor soslayar por tanto la espinosa cuestión del “vigor” rusoniano.

A ver, Hamilton, las escuelas taurinas son la obra culmen del más meritado monarca español: Fernando VII, El Deseado. Este rey —acérrimo de las queridas, los cornúpetas y la caza— creó, en 1830 y en el apogeo de la Década Ominosa, tales entidades como únicas referentes del saber patrio. De paso, prohibió y cerró las universidades. Desde entonces, nadie las favorecería tanto excepto el PSOE. Especialmente en Andalucía, donde diputaciones, ayuntamientos y mancomunidades patrocinaron 23 de las 44 escuelas existentes. ¿Cómo se te queda el cuerpo, Lewis?

Salvo el circo romano, ningún otro espectáculo alcanza la barbarie cenital de las celebraciones taurinas. Dichos festejos son un culmen de decadencia: crueles con el hombre, el caballo, el toro, el elefante, el león y el tigre, aunque a comienzos del siglo pasado las tres últimas bestias mentadas dejaran de ser obligadas a luchar contra los astados, para que una afición brutal y ávida de sangre abarrotase los tendidos.

"La empresa de esa plaza de toros organizó una lucha entre un tigre y un morlaco, que atrajo a lo más granado de la sociedad"

Abunda por ahí variada cartelería sobre tan española práctica, que incluso llegó a copiarse en Francia. Numerosas reseñas periodísticas detallan también esos eventos, como el acontecido en San Sebastián, en julio de 1904. La empresa de esa plaza de toros organizó una lucha entre un tigre y un morlaco, que atrajo a lo más granado de la sociedad. Fue un éxito. Tanto el felino como el toro escaparon de la jaula y los migueletes de la diputación foral donostiarra les dispararon con sus máuseres. En fin, que el evento acabaría por todo lo alto, con un muerto y dieciocho heridos por rebotes de balas.

Podría decirse también que las corridas de toros en España fueron inclusivas desde antiguo. La biógrafa y ensayista Antonina Rodrigo refiere cómo ya Goya ensalzó a Nicolasa García, retratándola en su obra Valor viril de la célebre Pajuelera en la plaza de Zaragoza. La animosa María Salomé, (a) La Reverte, asombró al público en los ruedos y, más aún, al retirarse del toreo en 1934, convertida ya en Agustín Rodríguez, guarda jurado de una mina en Vilches (Jaén).

La Reverte como María Salomé, con traje de luces y como el guarda Agustin Rodríguez

Caso aparte sería Martina García, torera de dilatada trayectoria, a quien el propio Curro Cuchares elogió, precaviéndola: “Martina, si lo que te sobra de valentía lo tuvieras de conocimiento, serías tanto como yo”. El dramaturgo y crítico taurino Federico Mínguez Cubero, la rememoraba así en la revista La Lidia: “Recuerdo a la infortunada «matadora» Martina García. Una mujer anciana, casi decrépita, que todas las veces que salía a torear, si no tenía la suerte de matar por cualquiera parte el becerro, caía al suelo con la cara tinta en sangre y en brazos de cuatro asistencias, que la trataban como si fuera un caballo herido, sin respetar la menor de las conveniencias, era conducida a la enfermería de la plaza y acostada como un saco en uno de los hules de los catres”.

¡Toma ya inclusión y sentimiento positivo, Lewis Hamilton! Y recuerda, como dijo Antonio Machado: “En España, de cada diez cabezas nueve embisten y una piensa”.

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