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Siente un nazi a su misa

Siente un nazi a su misa

Pues nada, por aquello del Tu regere imperio fluctus Hispane memento, porque la historia de España no se entiende sin la de su Marina, y porque estaba cerrada la colección permanente del Museo Naval en Madrid, forzoso era acudir al de San Fernando (Cádiz).

El museo isleño es moderno y bien planteado. Quince salas en tres plantas con buena ordenación temática y cómodo acceso. Dinero de impuestos bien gastado. Resulta grato ver reconocida en una de sus salas a Ana María de Soto, quien ya apareció en Zenda y, de paso, visitar varias estancias de la antigua Capitanía General del Departamento, lo cual supone un agradable chafardeo añadido.

"Dos cosillas chirrían, empero, durante la visita al museo isleño"

San Fernando (antaño Real Villa de la Isla de León) suma esta instalación —con personal muy atento y preparado— a otros atractivos que ofrecía a los amantes de la Cultura, pues la ciudad también acoge el Panteón de Marinos Ilustres y el Real Observatorio de la Armada, inmueble que atesora una soberbia colección de instrumental astronómico y científico.

Dos cosillas chirrían, empero, durante la visita al museo isleño. Primera, una copia del lienzo Defensa del Arsenal de La Carraca, atacado por los insurrectos cantonales (Rafael Monleón, 1873). Si bien la obra original, colgada en Madrid, no precisa allí de mayor comentario, la copia de San Fernando resulta un sarcasmo. Verán, esos “insurrectos” —a quienes la flota defensora del arsenal machaca a cañonazos— eran los propios vecinos de La Isla, alzados en armas cuando el Cantón de Cádiz.

Por tanto al César lo que es del César. Los museos están para recordar la historia,  grata o triste. No para crear supuestos héroes.

Diversas salas del museo.

A ver, Armada española, pasar sobre ese asunto aquí sin mención alguna del contexto queda chungo. Ni los cantonales fueron unos lipendis, ni el episodio se desarrolló con la serena audacia que emana el lienzo, cuyo fin es resaltar la fidelidad de la Escuadra meridional al Gobierno de la 1ª Republica. Otro cantar fue el de la que tenía base en Cartagena, cuyos navíos si se sumaron al bando cantonal.

"El problema de los enfrentamientos fratricidas es que el cuadro resultante adolece de áulica heroicidad"

Tampoco toda la flota de Cádiz obró igual. La fragata Villa de Madrid y un remolcador naval sirvieron al bando opuesto. Los cantonalistas contaron —amén de con amplio respaldo ciudadano y municipal­— con el del gobernador civil gaditano, Faustino Moreno Portela, y el de numerosos militares del Ejército, encabezados por el brigadier Pedro de Eguía y Lemonauria, a la sazón gobernador militar.

En fin, ni tanta la serenidad (en los enfrentamientos incluso pereció el propio alcalde isleño, Federico Mota y Francés, comandante del Batallón de Voluntarios local) ni tanta la audacia (esos 500 viejos fusiles Berdan que acabaron en poder de los cantonales, tras abandonar la Infantería de Marina el Cuartel de Batallones en plena noche y en “repliegue estratégico” para fortificarse dentro del arsenal).

El problema de los enfrentamientos fratricidas es que el cuadro resultante adolece de áulica heroicidad. Ya saben, aquella de la loa de Lope de Vega a Álvaro de Bazán: “El fiero turco en Lepanto, / en la Tercera el francés / y en todo mar el inglés / tuvieron de verme espanto”.

Además, Armada española, os la han colado pero bien en la sala de la antigua capilla de la Capitanía. Alguien, inspirado de seguro por aquella campaña franquista de “siente un pobre a su mesa”, os ha sentado un nazi a la misa. Me refiero a una de las dos placas alusivas al hundimiento del crucero Baleares.

Vaya por delante que deberían estar en los museos cuantas lápidas existan sobre nuestras variadas guerras intestinas (las tres carlistas y la incivil). Es su marco idóneo. Resulta, pues, lógico que figure aquí una placa con los nombres de los diecinueve flechas navales mallorquines muertos en el episodio.

"Alguien se ha tomado además la molestia de alterar la lápida original, adosando a posteriori una cruz naval teutónica "

Sin embargo, a su lado yace otra (en la foto que encabeza estas líneas) cuya dedicatoria reza: “A la memoria de Jürgen Jensen, perecido el 06.03.1938 con el crucero Baleares. Muerto por Dios y España”. A ver, kameraden, cómo os lo diría yo… Si ese perla murió por alguien fue por la Alemania del Tercer Reich.

El tal Jensen era un especialista de inteligencia, mediante detección electrónica con sónares hidrográficos, encuadrado en la Legión Cóndor que Hitler envió a España para ensayar futuras tácticas bélicas y, de paso, echarle una mano a su fiel aliadíasimo, Franco. Su condición de nazi se acredita, entre otros textos, en un bien documentado libro de Jeroni F. Fullana, Eduardo Connolly y Daniel Cota: El crucero Baleares (1936-1938).

Dicho volumen, con abundantes testimonios de supervivientes del navío, constata: “Tenemos noticias de la existencia de un tripulante alemán a bordo del Baleares, con funciones de asesor técnico de escucha submarina, que embarcaba y desembarcaba del buque vistiendo de paisano, a fin de evitar su identificación como técnico de una nación ajena al conflicto, cosa que habría supuesto un problema con el Comité de No Intervención. Su nombre era Jürgen Jensen y falleció en el hundimiento, como consta en el informe oficial del Consulado Alemán en Mallorca”. O sea, el tipo era un espía, cuando no un mercenario, pues los de la Legión Cóndor cobraban una pasta gansa, que les ponía a las nativas a punto de caramelo.

Alguien se ha tomado además la molestia de alterar la lápida original, adosando a posteriori una cruz naval teutónica sobre el punto donde primitivamente figuraría el Reichsadler (águila sobre esvástica), insignia de la marina de guerra hitleriana (Kreigsmarine). Pretender, pues, que la placa rinde tributo a un héroe es una cagada de manual. Especialmente porque la propia Armada española evitó incluir a Jensen en la relación oficial definitiva de bajas del crucero. Conocía sobradamente su condición y facilitó la diligencia consular germana, a pie de muelle en Mallorca, para registrar su fallecimiento.

"La lectura de Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie o de La Guerra Civil contada a los jóvenes ilustran más que cualquier heroicidad adulterada"

Si el museo isleño debe tributar algún reconocimiento al valor de entre quienes sirvieron en el Baleares, sería a Manuel Lois García. Ese infante de marina, con coraje y gallardía sobrenaturales, retiró con sus propias manos munición fulminante incendiada, para impedir la detonación de otros proyectiles con carga de combate. Derrochando abnegación y heroísmo, salió a cubierta envuelto en llamas, para arrojar al mar el proyectil incendiado empujándolo con su pecho, pues sus brazos ya no obedecían de puro carbonizados. Lois murió al día siguiente de su proeza, no sin que antes se le concediera la Medalla Militar y, póstumamente, la Cruz Laureada de San Fernando.

Por tanto, al César lo que es del César. Los museos están para recordar la historia, grata o triste, no para crear supuestos héroes. La lectura de Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie (Planeta, 2005), de Juan Eslava Galán, o de La Guerra Civil contada a los jóvenes (Alfaguara, 2015) ilustran más que cualquier heroicidad adulterada.

Por supuesto, querida Armada, no debe arrumbarse la lápida que cubrió los restos de Jensen. Tan sólo enviarla al Cementerio Alemán en Cuacos de Yuste (Cáceres), donde yacen los restos de militares germanos fenecidos durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial en tierras, costas, aguas, y cielos españoles. Las tarifas de Arrexprés (o como se llame) son módicas y yo pongo los primeros veinte euros.

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