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¡Habrá grandes señales en el cielo!

¡Habrá grandes señales en el cielo!

La ciudad nunca vivió tiempos mejores. Todos fueron pésimos. Contaba la ciudad con un barrio que no era marginal, porque no tenía ni márgenes. Allí se apareció Dios. En un desconchón en la fachada de un bloque de pisos, para ser exactos.

Un sitio raro para apariciones divinas. Pero, ya se sabe, los designios del Señor son inescrutables y no los entiende ni Dios. Convino al milagro que El Colilla, descuidero de pro, sufriera una fuga de aceite en su ciclomotor. Tras un breve chapuz, contuvo el derrame pero se pringó las manos a modo. Sin titubear, las restregó contra el muro próximo y así se obró el prodigio.

Tras retroceder un paso, aquel perla vio que sus refregones bosquejaban algo similar a un rostro. Nada raro. Él siempre fue un artista. De crío, dibujó un retrato de Butragueño donde el madridista era clavado a Naranjito. Claro que también hubo quien garabateó a Cobi —un bicho con nombre y pinta de pandemia— y pegó el pelotazo.

"Recapitulemos. Un barrio tan deprimido como para ir al psiquiatra y un episodio de pareidolia colectiva. ¿Qué podía salir mal…?"

El Colilla invitó a sus compis a fumar una trócola para admirar su talento. Esa gentil academia, congregada frente al muro, alabó los sutiles detalles del trazo y abundó en elogios al autor.  El Maoliso —una autoridad en estética, pues fungía de chapero— sentenció incluso: “¡Tronco, le has pastao la jeta a Cristo!”.

Cierto. Visto en perspectiva, aquellos manchurrones podían sugerir la faz del divino redentor. También un mapa en relieve de la cordillera del Cáucaso. O un tilonorrinco de Nueva Guinea, captado en plano cenital. Pero el gentío que se unió al corrillo se decantó por las facciones sacras, pues era gente poco versada en ciencias.

Tanta peña reunida hizo que una lechera policial se acercara a indagar qué sucedía. Tras la pasma, apareció Fernet Bronca, fotógrafo del diario local y bochinchero a partes iguales. El Colilla y sus adláteres, “en viéndole llegar, salieron al campo, convidándole”, como bien anotase fray Iván de Pineda en su tercer tomo de Los treinta lybros de Monarchia Ecclesiástica o Historia Universal del Mundo. Fernet aceptó el envite y sugirió al artista postrarse en oración ante el dibujo. Accedió éste y algunas marujas lo secundaron, componiendo un fervoroso cuadro viviente.

Recapitulemos. Un barrio tan deprimido como para ir al psiquiatra y un episodio de pareidolia colectiva. ¿Qué podía salir mal…? Pues que era agosto y la actualidad tenía menos pulso que Tutankamón. De modo que el cosmos convulsionó, cuando Fernet Bronca le puso la imagen ante los morros al subdirector del periódico. Rápidamente, el capillita del diario fue comisionado al lugar de autos. Debía reunir material para elaborar la doble página que abriría la sección local. Al día siguiente, la foto de los orantes reinaba en la primera.

Si un medio otea carnaza, el resto se lanza en tropel. Radios, televisiones y cotidianos nacionales dedicaron pronto espacio al tema. Esa general pérdida del oremus supuso la irrupción en escena de Jeta Jeta Fulánez, ovniólogo y paranormalista. El quídam apareció como estrella invitada en Astralidad indiscontinua, programa del ramo esotérico, conducido por el doctor Ibáñez-Azeloso. Lo que el dúo perpetró en pantalla esa noche oscurecería para siempre el buen hacer profesional de Bonnie & Clyde y los Siete Niños de Écija.

"El lunes por la mañana, sin embargo, en la redacción del diario local hubo una malhadada idea: enviar a alguien de sucesos a seguir la cobertura. Feo asunto"

La ciudad de los prodigios vivió luego momentos tensos. Tras un fin de semana soportando vozarrones y risas de ociosos, que mataban la noche frente a la supuesta faz, los vecinos del bloque encalaron la fachada. Craso error. Los devotos les pusieron a parir. El barrio y sus moradores salían de continuo en las teles, cosechando minutos de gloria. Además, un aguaducho cercano, cuyas ventas se dispararon, se resistió a perder mercado y su dueño impetró al artista que rehiciera la obra. El Colilla accedió, mejorando  su versión primigenia, gracias a un uso magistral del titanlú y el lubricante SAE-30.

El lunes por la mañana, sin embargo, en la redacción del diario local hubo una malhadada idea: enviar a alguien de sucesos a seguir la cobertura. Feo asunto. Esos tipos eran chacales agnósticos y de colmillos retorcidos. Cuando una de esas hienas llegó al barrio, reconoció a El Colilla como cliente habitual de la trena y de sus crónicas. Por otra parte, el espectáculo mejoraba a ojos vistas.

A olor de los magacines televisivos, una afamada pitonisa había llegado desde Úbeda. La dueña venía con una sobrina de gran bullarengue, musa del poema “Niña, tu ere de comé” del colectivo rapsódico Los Hijos Secretos de Lola Flores. La peña abrió paso a ambas mujeres, incensándolas con una fumarada que no era incienso, ni tampoco de mirra tú por dónde. Ya en primera fila, la vidente ejerció su don. Le bastó un vistazo al patio para saber que triunfaría.

La sibila musitó una salmodia, puso ojos en blanco, y clamó al cielo: “¡Como dice el libro de los Jueces, te invoco, Dios, ante la cruel opresión de Sidonios, Amalecitas y Maonitas!”. Al oír lo de «jueces», el gentío ovacionó. Bastante harto estaba ya de que los árbitros le robasen partidos al equipo de sus amores.

La arúspice aulló luego: “¡Gracias, Señor, por mostrarnos tu rostro! ¡Gracias por aparecerte aquí en este… marco incomparable! ¡Agradecida y emocionada, sólo puedo decir: gracias por venir!”.

"La oráculo y su adlátere, al verse descubiertas, enfilaron hacia los cerros de Úbeda, coalescentes al máximo con su patria chica"

Aplausos atronadores de un público entregado, cautivo y desalmado. Varias comadres solicitaron a la augur que les predijese el futuro, a lo cual accedió a cambio de la voluntad… De la voluntad de tales ingenuas para aflojar treinta euros por cabeza. Mientras, la sobrina —encarnación rediviva de la Venus de Willendorf— distribuía estampas religiosas al módico óbolo de cinco pavos. Cierto es que dichas imágenes representaban al santo más propicio a la ocasión: San Auxencio. Pero al genuino Auxencio de Bitinia, el eremita del monte Scopas. No a Auxencio de Mopsuestia, mártir. Ni tampoco a Auxencio de Milán, obispo. Ni por supuesto a Auxencio de Durostórum, vulgar diácono. No, el suyo era el Auxencio más auxente de entre los posibles.

Estos detalles, y otros que el decoro impide repetir, fueron transcritos en una sarcástica crónica del juntaletras, que pinchó el globo del misterio, entre la rechifla general. La oráculo y su adlátere, al verse descubiertas, enfilaron hacia los cerros de Úbeda, coalescentes al máximo con su patria chica. Antes de abandonar la plaza, la adivina lanzó una maldición: “¡Habrá grandes señales en el cielo y conoceréis el sufrimiento!”. Lo clavó. En los años siguientes surgirían Belén Esteban e Isabel Pantoja, sembrado devastación y arrasando todo a su paso (la última en Marbella, especialmente).

Respecto a Jeta Jeta Fulánez ya había desaparecido para escribir un nuevo libro: Rostros de la ultradimensión. Otro éxito pleno. De rostro, él iba sobrado.

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