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Aventuras, desiertos y enigmas

Pérez-Reverte en la frontera del Sáhara con un grupo de soldados nativos, 1975.

Vuelve el sabor de la aventura clásica con la publicación de El Misterio del agua azul (Beau Geste). Percival Christopher Wren cuenta en su novela la historia de Michael, Digby y John «Beau» Geste y su viaje hasta África para alistarse en la Legión Extranjera. Un relato de suspense, traición, lealtad y valentía. Zenda reproduce a continuación el prólogo a esta edición, escrito por Arturo Pérez-ReverteAventuras, desiertos y enigmas.

Hay novelas que pueden marcar una infancia, una juventud e incluso un carácter, imprimiendo en éste una forma especial de entender la literatura y mirar el mundo. El misterio del Agua Azul, más conocido bajo el título Beau Geste, es una de esas obras. En mi caso, el del lector que fui y sigo siendo, el resumen de una larga vida vinculada a los libros puede simbolizarse, de algún modo, en esta historia que combina de manera asombrosa la novela policíaca, el relato de misterio y la narración de aventuras.

"El lector que fui y sigo siendo puede simbolizarse, de algún modo, en esta historia"

Cuando era un lector primerizo, los dos primeros géneros, misterio y policial, aún carecían para mí del interés que luego adquirieron con el tiempo y las nuevas lecturas. Es curioso —nunca antes lo había visto así—, pero al releer con casi sesenta y nueve años de edad El misterio del Agua Azul para su publicación en Zenda Aventuras, caigo en la cuenta de que yo mismo viví ese proceso en el recorrido natural, mi propia vida, que me llevó desde el gusto por la aventura, primero, hasta el misterio y lo policíaco, después: tres factores literarios que marcaron sin duda mi vida lectora, mi actividad profesional y mi trabajo como novelista. Y si hoy me cuento entre esos lectores y escritores incapaces de trazar líneas divisorias entre alta y baja literatura, para quienes tan obras maestras son Madame Bovary o La montaña mágica como El asesinato de Rogelio Ackroyd o La isla de coral, es porque esas primeras lecturas juveniles, su impacto y su huella, hicieron felizmente imposibles los límites y las etiquetas. En el mundo dichoso del lector que fui y sigo siendo, todo lo que narra con eficacia y seduce es bueno. Y El misterio del Agua Azul es realmente muy bueno.

A los chicos de mi generación nos fascinaba la aventura. Algunos de nosotros éramos muy afortunados por lo que teníamos: cine, libros e imaginación; pero sobre todo, y eso lo comprendo ahora, por lo que no teníamos. No existían videoconsolas ni había internet, y la televisión llegó a nuestras vidas lo suficientemente tarde —a los 12 años, en mi caso— como para que la infancia y un buen tramo de la primera adolescencia se nutrieran con las grandes aventuras de las bibliotecas y los clásicos de Hollywood. En las largas tardes después del colegio, en los fines de semana cuando no íbamos al cine, no había nada mejor que leer tebeos o libros, viajar a la isla de los piratas con Long John Silver, naufragar entre caníbales junto al perro Jerry, arponear ballenas a bordo del Pequod, escapar del Castillo de If, batirse con los esbirros de Richelieu, dejar naipes marcados por Rocambole o pasear con la bella hebrea Rebecca, hija de Isaac de York, por los bosques medievales de Inglaterra.Ahora, con los años, comprendo que esas aventuras leídas —casi vividas, de tanto imaginadas— actuaron como una especie de plantilla sobre la que se fue situando mi imaginario: paisajes, lealtades, reglas, mujeres, enemigos, desengaños, felicidad… Después, aquellos niños que navegaban con piratas se convirtieron en muchachos que fumaban cigarrillos a escondidas, escuchaban música en los tocadiscos e intentaban bailar con la rubia aprendiz de Milady en la penumbra de los guateques, pero seguían llevando libros en los bolsillos de sus trencas o sus mochilas. Y alguno de ellos, incluso, se trazaba como objetivo de vida los territorios en guerra de un mundo entrevisto en la pantalla en blanco y negro del televisor.

"En el mundo dichoso del lector todo lo que narra con eficacia y seduce es bueno"

Gracias a esos y otros libros, la aventura múltiple y abstracta de la infancia se fue concretando para mí en vivencias reales, y la guerra dejó de ser el juego de las tardes interminables de aquel grupo de colegiales imaginativos, de rodillas sucias y hambre de aventuras, para definirse como el destino al otro lado de un mar que separaba los sueños de la vida. Con el deseo de que me pasaran cosas para poder contarlas, equipado con una mochila llena de libros que me enseñaban a mirar y comprender, llegué al lugar que cambiaría mi mirada, curtiéndome como reportero y como hombre adulto: el Sáhara Occidental, entonces todavía español. Aquel desierto ardiente, aquel mundo colonial en el que entré con 23 años y donde estuve nueve meses, ha regresado ahora en la relectura de Beau Geste con la fuerza imparable de los recuerdos de juventud. La aventura de los hermanos Geste, el fuerte de Zinderneuf, la camaradería entre compañeros de armas, las mujeres de cabaret, las noches al raso, los campos minados, las arenas de plata, la luz lechosa de la luna, el sabor del té dulce como la muerte, todo lo he recobrado al recorrer, casi cincuenta años después, las páginas de El misterio del Agua Azul. Porque al fin y al cabo, de eso se trata. Leer en la niñez es vivir o aprender a hacerlo; pero leer o releer a ciertas edades, es proyectar en la lectura lo vivido.

"Leer en la niñez es vivir o aprender a hacerlo; pero leer o releer a ciertas edades, es proyectar en la lectura lo vivido"

Ese tiempo, esos años de aprendizaje —y también de extrema felicidad— en el desierto me permitirían reconocer a algunos de los personajes y situaciones que había leído en esta novela años atrás: hombres leales y aventureros como los hermanos Geste y sus camaradas, lunas rojas como una premonición o blancas como un sol nocturno bajo cuya luz podías leer coronado por la cúpula azul cobalto del cielo, guerrilleros cruzando los secos uadis en dirección al enemigo apretando los dientes para morderse el miedo, días interminables de arena y fuego donde la única sombra era la de tu sombrero,  silenciosa  y cálida camaradería en torno a una hoguera con olor a té y yerbabuena, o aquella noche peligrosa y veloz sobre un Land Rover, cuando la constelación de Orión me salvó la vida.

Incluso puedo recordar con ternura al muchacho que fui, esforzándose por reproducir los gestos, las actitudes, los sentimientos de lealtad, valentía y honor de Michael Beau Geste, el hermano mayor silencioso, aventurero, imaginativo, divertido, coherente hasta la patología, leal hasta la muerte, que para mí siempre tendrá el rostro de un jovencísimo Gary Cooper. Como él y sus hermanos, también yo tuve mi Zinderneuf; o al menos así lo sentí cuando en el invierno de 1980 regresé a Mahbes, un viejo fuerte construido por los españoles en el extremo nordoriental del Sahara: allí donde el Frente Polisario había proclamado la República Árabe Saharaui Democrática el 27 de febrero de 1976. Aquel Mahbes que yo había conocido con los españoles, que después encerró tras sus muros amarillos una guarnición marroquí, se me presentaba ahora como un lugar desolador, arruinado y vacío, rodeado por esqueletos de vehículos calcinados, donde solo se oía el aullar del viento y el aullido de los chacales. En aquel momento —tienen ustedes mi palabra de honor— no me hubiera sorprendido, en absoluto, descubrir a legionarios muertos custodiando sus almenas.

"La más fascinante aventura a la que puede enfrentarse un lector es la del enigma por resolver"

Una confesión. Cuando leí Beau Geste por primera vez me salté, o no supe valorar de modo adecuado, la parte inicial: la policíaca. Mi hambre de aventuras me hizo abalanzarme con toda la energía de la juventud hacia la segunda parte. Hasta el robo del Agua Azul me pareció un elemento menor; algo anecdótico que no tenía demasiado peso en la trama ni en mi vida. Un par de hombres charlando en un tren, un robo. Eso era todo, y era muy poco para mí, o para el lector que yo era entonces. No se podía comparar, pensaba, con aquel desierto peligroso, el silencio del fuerte, la Legión Extranjera, la lealtad, el bello gesto. Hoy, sin embargo, la mirada del lector curtido, pero sobre todo la del narrador de historias, se detiene con una sonrisa admirada en los primeros capítulos de la novela. Dedico esa complicidad a P. C. Wren desde los siglos que nos separan, porque ahora puedo ver cosas que antes no veía: el humor acerado, finísimo, sutil y muy inglés en el tono confidencial de los dos narradores, el guiño inteligente a Conan Doyle, el talento de iniciar una aventura con un encuentro fortuito entre desconocidos que mantienen una conversación misteriosa de muerte y robo mientras todo eso ocurre —como no podía ser de otra manera— a bordo de un tren, que ha sido durante mucho tiempo el medio de transporte predilecto de los novelistas anglosajones para ambientar los misterios más exquisitamente literarios.

El gran Percival Christopher Wren sabía muy bien lo que hacía. Cargado de medallas y cicatrices de guerra, con su porte elegantísimo de gentleman inglés, desde el otro lado de estas páginas me observa, tolerante y casi divertido. Creo que comprende estas líneas, pues ambos sabemos, en el filo de una larga vida, que las principales virtudes del ser humano son la lealtad y el valor; y que la más fascinante aventura a la que puede enfrentarse un lector es la del enigma por resolver.

Y ahora, si son tan amables, pasen esta página y resuélvanlo.

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Título: El misterio del Agua Azul. Autor: Percival Christopher Wren. ISBN: 9788412031058. Páginas: 478. Precio: 17.90 €. (papel) / 6,99 €. (ebook). Puedes comprarlo en: LibrosCC (papel) y Amazon (ebook)

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