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Aventuras y desventuras de una editorial

Aventuras y desventuras de una editorial

Capítulo 1. Entre el idealismo y la puta realidad

Las socias [1] de esta editorial comparten a pies juntillas la afirmación que allá por el año 1996 Gabriel Zaid enunció en su obra Los demasiados libros, y como él, vivimos en la contradicción —y cierta culpa— de añadir varios títulos a esos demasiados libros que inundan de manera obscena las librerías.

Fundar una editorial no deja de ser una aventura fútil, vana, predestinada a la insatisfacción, porque la humanidad escribe más, mucho más, de lo que los editores pueden publicar, y las editoriales publican más, mucho más, de lo que la humanidad puede leer. Somos grifos abiertos de los que no dejan de fluir palabras que anegan el mundo y lo ensordecen. Y cada vez más, internet mediante, la biblioteca borgiana de Babel se nos va haciendo más posible y menos elucubración alegórica.

"Rosita y Amparo surge de esa pulsión idealista, no del interés empresarial (me atrevería a decir que la casi totalidad de proyectos editoriales nacen del mismo impulso altruista)"

Cuando proyectas montar una editorial, y más una literaria, además de salvar la contradicción de la que hablaba Zaid, has de enfrentarte a una segunda gran contradicción. Porque, por un lado, estás planteando un proyecto empresarial cuya razón de ser, por definición, es generar beneficios, crecer, expandirse, etcétera. Y por otro lado, estás arrancando un proyecto cultural cuyos pilares fundamentales son un criterio literario y artístico, los propios, y una función, digamos, social, lo que en ciertos —muchos— aspectos es contrario a la lógica mercantil y capitalista. La contradicción no es insalvable, pero hay que aprender a negociar con una misma, se ha de trasvasar algo del romanticismo de la vocación literaria al pragmatismo empresarial y viceversa. Es decir, es importante saber, aceptar y consentir que durante toda la travesía vas a tener que guardar un equilibrio precario entre esas dos fuerzas, en muchas ocasiones antagónicas, que son el idealismo y la puta realidad.

Rosita y Amparo surge de esa pulsión idealista, no del interés empresarial (me atrevería a decir que la casi totalidad de proyectos editoriales nacen del mismo impulso altruista). Por eso es muy importante tener claro que en caso de contradicción —y las habrá y las hay a paladas y a diario— uno de los dos principios ha de prevalecer frente al otro, y estar preparado para, en alguna ocasión, sacrificar los sentimientos más puros en favor del pragmatismo.

"Quedas con ellas para tomarte una cerveza, te relatan sus inicios y vas apuntando cosas en una libretita. Cuando acaban te pides un vino, luego te cuentan su día a día, ya te has pedido un gintonic"

Después, basta con echar un vistazo a los datos de los estudios anuales de la Federación de Gremios de Editores de España (los miles de títulos que se publican al año, las medias de tiradas y las medias de venta según género). ¿Eso que sientes es un mareo, la boca seca, la debilidad de las piernas, ese cosquilleo en el suelo pélvico? Informarse sobre las ayudas a la edición y traducción de las diferentes administraciones públicas (muchas exigen haber publicado el año anterior un número determinado de novedades para poder solicitarlas, ja); buscar financiación (ja), y, sobre todo, charlar con colegas que antes que tú han emprendido la aventura.

Quedas con ellas para tomarte una cerveza, te relatan sus inicios y vas apuntando cosas en una libretita. Cuando acaban te pides un vino, luego te cuentan su día a día, ya te has pedido un gintonic, y siguen: las facturas que deben pagar, el trabajo administrativo, las redes sociales, ¿eso de ahí es un Jägermeister? Todas y todos, sin excepción, tratan de impedir que hagas lo que te has planteado hacer.

"Le das vueltas, vuelves a hacer las cuentas infantiles y deprimentes en el Excel, te engañas a sabiendas y añades un cero en todas las casillas de la columna Estimación de ventas"

Le das vueltas, vuelves a hacer las cuentas infantiles y deprimentes en el Excel, te engañas a sabiendas y añades un cero en todas las casillas de la columna «Estimación de ventas», no cuentas con que has de pagar el IVA, el impuesto de sociedades y algunas partidas más (es una mentirijilla que te permites), te convences de que las colegas editoras que tanto te han desanimado en realidad son unas zorras a las que les va genial y que te mienten para no compartir el suculento y jugoso pastel de la literatura contigo, las comparas con un sindicato criminal e incluso piensas que sus humildes viviendas y sus ropas de temporadas pasadas son simplemente una tapadera, son como aquellos capos de la mafia que vivían en cuevas vestidos de pastores, pero que tenían toneladas de dinero. Te haces un autocoaching en tu cabeza —¡hostias, se te da bien!— y te convences de que no solo eres lista, sensible y que tienes un gran criterio literario, sino que además te lo mereces, coño. Te crees, ¡te crees!, repito, ¡te crees!, que quien se lo curra logrará todo lo que se proponga, y empiezas a mirar al hombre ese que parece un cruasán, el Llados ese que hace burpees en las redes, como un tío con mensaje.

Dudas, pero abres Google y tecleas esa palabra, «duda», en el buscador: «La duda es el origen de la sabiduría», René Descartes; «La duda es uno de los nombres de la inteligencia», Jorge Luis Borges; «Si comienza uno con certezas, terminará con dudas; mas si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas», sir Francis Bacon; «Duda siempre de ti mismo, hasta que los datos no dejen lugar a dudas», Louis Pasteur. Joder, si tantas grandes mentes han ensalzado la duda, bienvenida sea, te dices, aunque secretamente dudas. Ja, te dices, eso mismo demuestra que eres una experta de la duda. A decir verdad, dudas incluso de que esas frases que has encontrado en internet pertenezcan a esos autores. El «ja» que antes has pronunciado triunfante y en voz alta ahora se ha hecho pequeñito, casi es un murmullo.

"Y a pesar de las grandes contradicciones: ¿por qué seguir publicando libros, como se preguntaba Zaid?"

Pero no necesitas más: la suerte está echada. Si Julio César pudo cruzar el Rubicón —¿dónde coño estará el Rubicón?— tú puedes montar una editorial, vamos, digo yo. Y a pesar de las grandes contradicciones: ¿por qué seguir publicando libros, como se preguntaba Zaid?, ¿por qué lidiar la batalla entre las lógicas literarias y capitalistas y ensuciarse las manos con el repulsivo tacto del dinero?, ¿por qué ignorar todos y cada uno de los consejos que te dan, los datos que has leído…? ¿Por qué traer al mundo una nueva editorial?, te preguntas solemne. Un silencio dramático se instala en tu salón, giras la cabeza y ves en la librería, apoyadas en los lomos de los libros, las fotos de tus hijos, las fotos de tus padres cuando eran jóvenes, y piensas que la respuesta es fácil: por lo mismo que se traen nuevas mujeres y hombres al mundo.

Ya no hay vuelta atrás: te acabas de lanzar, como don Quijote, contra los molinos de viento.

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[1] Entre los socios de Rosita y Amparo Editores hay mujeres y hombres, pero como son mujeres la mayoría se opta por el femenino.

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