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La biblioteca de Paco Gómez Escribano

La biblioteca de Paco Gómez Escribano

Como diría este autor, esto ha sido un flipe.

Retratar y conocer más a Paco, caminar por su barrio y conocer algunas bodegas clásicas que resisten ante la demoledora evolución urbanística de algunos espacios marginales de Madrid que están evolucionando hacia lo más parecido a las ciudades colmena, donde la gente se gasta una pasta por vivir en un piso nuevo hecho de pladur y con miradores en vez de terrazas.

Ver que hay sitios, locales y personas todavía auténticas a uno le saca una pequeña sonrisa y le hace no perder la esperanza en que la esencia de los barrios y la vida en la calle no se pierdan. Creo que es una cuestión generacional y sobre todo sociológica, relacionada con el lugar en que se ha criado cada uno y cómo ha crecido: en eso Paco y yo tenemos mucho en común. Por eso me pareció muy interesante retratarle para este blog.

Más allá de su talento literario y sus grandes novelas, es un tipo al que merece la pena conocer y, sobre todo, alguien con quien tomarse un botellín en una de esas bodegas de barrio junto a yonquis reciclados y buscavidas, para entender más su obra, de dónde venimos y tener presente que hay lugares que todavía resisten y mantienen intactas sus raíces.

Para saber más sobre Paco:

Nacimiento: 24/01/1966, Madrid.

Autor de nueve novelas: El círculo alquímico (2011); Al otro lado (2012); Yonqui (2014); Lumpen (2015); Manguis (2016, Premio Novelpol); #MadridPrisión (2017); Cuando gritan los muertos (2018, Premios Ciudad de Santa Cruz, Negra y Mortal y finalista del premio Hammett de la Semana Negra de Gijón y del premio Novelpol), Prohibido fijar cárteles (2019) y 5 Jotas (2020). Con Yonqui entra de lleno en el género negro. Junto al resto, las novelas comprenden un viaje físico, literario y social por distintas épocas del barrio del propio autor, Canillejas, situado al este de Madrid, que se complementa con los poemarios Versografía maldita y La vereda de la derrota (que se publicará en diciembre de 2020), de los que han dicho que son el reverso de su prosa.

Mis primeros recuerdos son muy efímeros, de cuando era muy crío. Recuerdo mucho tráfico y muchos transeúntes por las aceras. Y recuerdo un vecindario muy envejecido que me regalaba caramelos y lenguas de gato. Me sentaba en el portal de la portería en la que trabajaban y vivían mis padres en la calle Hortaleza, al lado de la Gran Vía, a flipar con lo que se plantaba ante mis ojos. Después, decidieron comprar un piso y me trajeron al barrio con tres años, así que verdaderamente mi barrio es Canillejas. El cambio fue muy brusco. Pasamos de vivir en pleno centro de Madrid con la Puerta del Sol a tiro de piedra a habitar un barrio en ciernes, con descampados, chabolas, miseria, oscuridad y tristeza. Aún estuvimos sin alumbrado público unos años y tuvimos que esperar un tiempo hasta que fueron asfaltando calles y poniendo aceras. Vivimos entre escombreras y ratas, entre barro y hierros oxidados, entre poblados chabolistas y viviendas baratas con el yugo y las flechas esculpido en piedra en cada portal. Vivimos entre las esperanzas de inmigrantes recién llegados de todas las latitudes de España y las ilusiones hechas añicos de los más antiguos, entre navajas y botellas de cristal rotas, entre la violencia y la frustración de quienes no terminaban de encontrarse a sí mismos. Mis padres y los de su generación eran gente con los cerebros bastante fritos por la guerra y la dictadura. Hicieron lo que sabían hacer, trabajar como mulas. Y el Sistema, en pago a sus servicios, les devolvió a sus hijos jóvenes recién salidos de la adolescencia envueltos en ataúdes baratos con los brazos agujereados por jeringuillas desechables con las carnes podridas de droga adulterada. Porque aquella fue otra, la heroína no la vendían en El Corte Inglés envuelta en papel de regalo con su garantía, no, qué va. La heroína y el resto de drogas la vendía gente muy chunga que habitaban chabolas en descampados oscuros llenos de ratas, perros y gatos callejeros, eso sí, con el Mercedes aparcado en la puerta. A más de uno que le dio un chungo, al despertarse, se encontraron con sus piernas y brazos mordisqueados, chorreando sangre.

Fue la época que nos tocó vivir y cada uno anduvimos nuestro camino como pudimos. Por eso ahora cuando veo a niñatos con la puta banderita votando a la ultraderecha se me revuelve el estómago, porque esos niñatos son nuestros hijos y nuestros nietos. Y, o les hemos enseñado poco, o no han querido aprender nada.

Yo tuve la suerte de caer en una familia estructurada que me ponía el desayuno, la comida y la cena cada día, me vestían y me llevaban al colegio, una buena base, aunque después, de forma cotidiana, estuviera rodeado de todo lo citado anteriormente.

Recuerdo grandes partidos de fútbol en descampados gigantes entre equipos de muchos niños. Recuerdo haber jugado a las cartas, a los cromos, a las canicas, a las chapas, al rescate, al pingüino… Y recuerdo haber empezado a leer tebeos y novelitas del oeste, de guerra y policíacas. Yo creo que adquirir el hábito de la lectura —que no fue precisamente gracias a los profesores y a esos gloriosos truños que nos mandaban leer— me salvó también de no andar por ahí junto a otros golfos haciendo el mal. Aun así, hice mis pinitos con el alcohol y los petas, y con algunas cosas más, pero la cosa no pasó a mayores, salvo que abandoné los estudios y me puse a currar.

Recuerdo haber elegido estudiar Formación Profesional, pese a que mis profesoras me recomendaban hacer Bachillerato, pero yo no veía que nadie de mi entorno fuera a la universidad y la efepé tenía más salidas. Las veces que me he arrepentido…

El caso es que finalmente volví a retomar los estudios. No solo aprobé la efepé, sino que me hice ingeniero industrial y aprobé dos oposiciones para profe. Vamos, un flipe. Así que ahí estoy dando clases ya desde hace más de veinticinco años, intentando enseñar algo a las nuevas generaciones y verdaderamente alucinando con los cambios que he ido viendo. No voy a extenderme, solo diré que cuando yo empecé a dar clase tenía alumnos punkis, heavys, rockers, jipis, mods y hasta algún crío normal sin ninguna inquietud cultural. Ahora, básicamente, todos son iguales, con el pelo rapado, pedazo de móvil que te cagas, pedazo de deportivas que te cagas, ropas de marcas que te cagas y con una ausencia de inquietudes culturales que asusta.

Lo de escribir vino más tarde, miles de libros leídos después. Tras varios devaneos de estilos y formatos, terminé por leer y escribir solo novela negra. Por varios motivos. El primero es que como lector la novela negra terminó por engancharme y cualquier otra cosa, acostumbrado al ritmo y la intensidad de lo negro, terminó por aburrirme. El segundo, es que, si quieres mantener el nivel e innovar, pero respetando los cánones, cada novela es un reto. El tercero es porque tras cincuenta y cuatro tacos pululando por este planeta, creo que no hay otra forma de afrontar la vida que bajo la percepción de la novela negra y la crítica social voraz, de esa que remueve los cimientos de la podredumbre y el fango sobre los que se ha asentado la humanidad. Últimamente también estoy publicando libros de poemas. Como podréis comprender, a estas alturas de la exposición, los poemas no son precisamente felices.

Nos recomienda estos libros a los lectores de Zenda:

Por último, voy a recomendar dos novelas que son exponentes muy sólidos de los dos géneros literarios por los que siento verdadera pasión: la novela negra y el realismo sucio. Son, respectivamente, Los amigos de Eddie Coyle (Libros del Asteroide), de George V. Higgins, y Última salida para Brooklyn (Anagrama), de Hubert Selby Jr. Higgins es un maestro que con esta novela revolucionó el género en 1970, influyendo en el resto de escritores que han venido después, con admiración reconocida de compañeros como Lehane, Mailer, Leonard o Grisham y de cineastas como Tarantino, que ha dicho en más de una ocasión que los diálogos en las novelas de Higgins son algo más que una inspiración para los diálogos de sus películas. Selby es uno de los escritores más ácidos, crudos y descarnados que uno puede echarse a la cara, cuya literatura desmonta de manera pasmosa todas y cada una de las pautas que inducen a creer en el sueño americano. Este libro es un conjunto de relatos que de por sí tienen significado individual propio, pero que en conjunto componen una novela que retrata de forma espeluznante la vida en la parte más salvaje de la jungla neoyorkina. Desde la más rendida admiración, la crítica la llamó «un Viaje al fin de la noche americana, despojado de grasa», evocando la magnífica novela homónima de Céline. Ambas novelas, las de Higgins y Selby, son una pasada.

Y hasta aquí hemos llegado. Esto es todo, colegas.

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