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Jimmy Barnatán

Retratar a Jimmy ha sido un gran ejercicio para mí. El retrato de un actor nunca es sencillo si buscas mostrar su persona y no su personaje.

No es fácil definir a Jimmy, pero espero haberlo conseguido en estos retratos: artista multidisciplinar, su obra se basa sobre todo en la interpretación, la creación de historias y el juego con la literatura. Detrás de esa estética rocker encuentro a una persona, además de carismática y sencilla, muy sensible, con una gran cultura y muy creativa.

Disfruté mucho charlando con él acerca de amigos en común, inquietudes artísticas y nuevos proyectos.

Para saber más sobre Jimmy:

Jimmy Barnatán (Santander, 1981) es actor, cantante de blues y escritor. Es autor de tres novelas: Atlas, 2005 (Trama Ed.); New York Blues, 2012 (Unidad Editorial); y La Chistera de Memphis, 2016 (Huerga y Fierro); así como del libro de poemas Una noche en el St. Johns, 2018 (B&B Books N.Y.). Recientemente ha publicado su quinto libro, ¡Vosotros no sabéis! (Huerga y Fierro), una obra de teatro estrenada en 2019 en el Teatro Círculo de New York y en los Teatros Luchana de Madrid.

Ha escrito además numerosos artículos sobre cine y música en revistas especializadas como Fotogramas, Letra Internacional o Rolling Stone. Como músico ha publicado siete discos de blues; como actor ha interpretado diversos papeles en más de veinte películas y numerosas series de TV. En su faceta de director y guionista tiene en su haber varios cortos, como Macarra, o el documental Racing Blues: Historia de un sentimiento, sobre el Racing de Santander. Además ha trabajado como colaborador de radio en emisoras como Radio4G, Punto Radio o Cadena SER. Actualmente es el presentador e ideólogo del podcast El Bar Natán, para Podium Podcast.

Nos recomienda este libro a los lectores de Zenda:

Capital del dolor, de Paul Éluard.

Paul Éluard siempre me ha fascinado. El paseo, la inmersión en las palabras, en sus fonemas, las brazadas que nos brinda en su piscina artística y literaria se me hacen fascinantes, complejas y alejadas del convencionalismo surrealista, por muy paradójico que pueda sonar esto último. Para mí, infinitamente más enrevesadas y placenteras que las también bellas y truculentas del éxodo a los confines de la imaginación que ofrecen sus coetáneos y correligionarios Bretón, Tzara y compañía. Debe uno entrar en el juego de sus versos con la ingenuidad y la inocencia con la que uno debería presenciar el truco de un ilusionista, porque esa es la propuesta, ese es el reto que, sin serlo propiamente dicho, nos propone Paul Éluard.

Éluard, como un prestidigitador, nos engaña con sus figuras, con su uso del vocabulario, con su lírica. Y es precisamente a sabiendas de ese engaño cuando disfrutamos, exprimimos al máximo su universo agraciado y terrible, precioso y triste al mismo tiempo. Éluard es un patrón de embarcación ligera que nos invita a SU barcaza, que nos invita a SU trayecto navegando por SU literatura y SU mundo particular. Un capitán que decide meticulosamente cual es la ruta. Qué afluente nos conviene, a qué costa acercarnos, de cuál alejarnos camuflados en la bruma. En qué meandro del caudaloso río perdernos atónitos. Nos brinda con generosidad ese viaje fantástico y doloroso. Nosotros, los pasajeros, zarandeados por su vaivén, por el baile de esa marea buscada, perpetrada, debemos contemplar el paisaje y guardar sus imágenes en la retina. Y valorar tanto su historia como su poesía, su poesía y su historia como un viaje, como un extraño viaje a ciudades inexploradas, a sentimientos jamás sentidos, a capitales de reinos sin tronos y cetros, a la única de ellas que presume de ser la engolada y fascinante Capital del Dolor.

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