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La bruja Leopoldina, el cuento inédito del Delibes más joven

La bruja Leopoldina, el cuento inédito del Delibes más joven

Hace veinte años ya que vio la luz la que fuese la última obra que Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) publicase en vida, El hereje. A ocho años de su muerte este año se cumplen también sesenta desde que viese la luz Diario de un emigrante, cincuenta de La primavera de Praga y cuarenta de El disputado voto del señor Cayo. Un año cargado de aniversarios que habría pasado, sin embargo, sin pena ni gloria en lo que a la memoria del escritor pucelano se refiere de no ser porque el autor, exigente hasta niveles extremos con la propia obra y pudoroso con lo privado, olvidó quemar un cuaderno de juventud con ilustraciones y un cuento infantil en verso. Escrito a los 18 años, en 1939, ha sido publicado por la editorial Destino, la encargada de hacernos llegar toda su obra desde que en 1948 ganase el codiciado Premio Nadal con La sombra del ciprés es alargada.

Presentado en Madrid cuando en la capital comenzaba a brillar el sol y un ejército de meninas tomaba las calles, la Biblioteca Nacional fue el escenario escogido para que una de las hijas del escritor y responsable de su legado, Elisa Delibes, presentase a la prensa La bruja Leopoldina y otras historias reales. No duda en reconocer que tanto ella como sus hermanos, que veían en la publicación un homenaje, estaban seguros de que a su padre “le habría dado un ataque”. “Todo lo que no quería ver publicado lo tiró o lo quemó”, asegura. “Si esto aún existe es porque era una libreta tan inocente, de 1938, con cuatro o cinco hojas ya arrancadas, con quizá tan poca importancia que por eso ni la quemó, pero para mí estrecha aún más la entrañable relación con mi padre, a la que este libro rinde homenaje. Él hubiera detestado ver esto publicado, porque era muy exigente con todo lo que había hecho de joven».

Poco se parece este cuaderno rescatado del fuego —el autor era tan perfeccionista que solía quemar aquellos escritos que no consideraba lo bastante buenos— a lo que conocen ya los lectores de El camino (1950), Las ratas (1962), Cinco horas con Mario (1966) o Los santos inocentes (1981). Estas páginas de un Delibes de apenas 18 años no sólo tienen un inusual componente autobiográfico, sino que son aptas para lectores mucho más jóvenes e incluso niños.

Con 256 páginas, el libro incluye La bruja Leopoldina, un breve cuento infantil en verso y con ilustraciones propias, sobre una hechicera que entra por la chimenea. Le acompañan otros textos sobre la vida en el campo o sobre cómo aprender a montar en bicicleta, además de las ya publicadas Mi vida al aire libre y Tres pájaros de cuenta, dos relatos autobiográficos donde habla de su padre y sus hijos. Son historias de experiencias felices porque ocurren al aire libre, en el campo, en contacto con la fauna, y por diversas circunstancias eran textos difíciles de encontrar, aunque la editorial Destino siempre ha querido, desde 1948, tener en publicación continua, tanto en tapa dura como en bolsillo a través del sello Austral, al gran clásico de las letras españolas del siglo XX.

Son estas, pues, las tres partes del volumen presentado en ese día que, según dijo Elisa Delibes «no habría sido feliz para mi padre, ya que si él no había publicado algo era porque no quería». Entrañable, a caballo entre el niño y el adulto, rodeado de amigos y familia, en estas páginas descubrimos a un Delibes joven y optimista, y vemos el campo o los deportes a través de su mirada. No en vano hablamos de un autor que siempre declaró ser lo más opuesto a un “intelectual al uso, encerrado en su despacho entre libros”.

Emili Rosales, editor de Destino, destacaba el hecho de que el cuaderno fuese “una década anterior a su obra literaria conocida” así como su “gran importancia biográfica, porque es muy distinto de lo que escribió luego. Además de escritor, Delibes fue un caricaturista notable hasta que el escritor pasó por delante del dibujante, por así decirlo». El cuento fue escrito durante los meses que el Delibes pasó en San Fernando (Cádiz), donde ejerció como voluntario en la Marina hacia el final de la Guerra Civil, primero en el Galatea y luego a bordo del crucero Canarias, que operaba en aguas de Mallorca. Ocupa doce páginas de una libreta con tapas de hule, y está reproducido en facsímil en el libro, para así poder apreciar no solo el texto, sino también las ilustraciones, la composición de la página y hasta la cuidada e inusual caligrafía.

Según su hija, los dibujos y el cuento de este cuaderno demuestran la vocación de Delibes por el dibujo y la pintura, que desarrolló profesionalmente poco después, cuando empezó a trabajar en 1941 como caricaturista de El Norte de Castilla, periódico en el que fue ascendiendo hasta llegar a dirigirlo entre 1958 y 1963, año en que finalmente dimitió, cansado de enfrentarse a la censura del Ministerio de Información y Turismo, dirigido por Manuel Fraga. A partir de entonces se centró exclusivamente en la literatura, pero la afición por las caricaturas le duraría toda la vida. Las dibujaba en los márgenes de los periódicos y durante las reuniones de la Real Academia Española, sentado en su silla “e”.

Elisa, ya jubilada de su empleo como profesora de educación secundaria, justificó la publicación de todas formas: «Quizá él hubiera detestado ver esto publicado, porque era muy exigente con todo lo que había hecho de joven, aunque a mí me parece que son unos dibujos estupendos. Los rimados son regulares, pero es que tenía 18 años. Yo viví 59 años con mi padre en la misma casa y podría contar cosas de él hasta el infinito, bueno, malo y regular».

—¿Hay algo en La bruja Leopoldina que deje entrever al autor que después sería? ¿Cómo se mezcla el Delibes ilustrador con el narrador?

—Literariamente no hay aquí ningún embrión futuro de su carrera. Ni las ficciones de brujas ni el verso se le ocurrieron jamás después para sus obras. No es que no valga nada, porque a mí me parece que a los 18 años vale todo, pero sí que está ya ahí el Delibes dibujante, porque solo dos años más tarde entraría como caricaturista en El Norte de Castilla. Además de los versos, en esta libreta solo existen dibujos y bocetos. Él siempre decía que creía que habría sido un buen dibujante si hubiera tenido formación, porque consideraba que para eso no se podía ser autodidacta, pero en cambio para ser novelista sí. Hacía caricaturas hasta en los márgenes de los periódicos del día e incluso durante los consejos de administración del diario cuando se aburría un poco: dibujaba a empleados de la redacción, o a Juan Pablo II, o a Gorbachov… Y más tarde también durante las sesiones de la Academia, aunque ya no las publicaba ni las firmaba. Su afición siempre estaba ahí.

—¿Puede contarnos un poco la «arqueología» de este descubrimiento? ¿Dónde estaba esa libreta, cómo apareció, qué fue lo primero que pensó cuando la vio, puede haber otros inéditos similares…?

—Mi padre era muy ordenado, pero tampoco era muy guardador de cosas. Ni siquiera conservamos todos los manuscritos originales de sus libros. Cuando le preguntábamos no se acordaba de lo que había hecho con ellos. Y cuando encontramos esta carpeta en concreto tampoco nos llamó mucho la atención. De repente aparece este cuentito como una mancha de color en medio del cuaderno, y empezamos a intentar recordar si él nos contaba cuentos de pequeños. Y qué va, si tenía muchísimo que hacer, no nos contaba nada. Pero es que los padres de entonces no contaban cuentos. Entonces, al ver que tenía principio y fin y que estaba completo, pensé que alguna vez podíamos hacer algo con él. Se lo enseñamos al patronato de la Fundación, les gustó bastante y así surgió, sin más. Creo que si no se saca ahora no saldría nunca, aunque tampoco pasaría nada, porque no va a ganar un premio Nobel con esto, ni añade nada a su carrera literaria. Para mí es un regalito, una pequeña joyita. En cuanto a si puede haber otros inéditos suyos, no creo, no. Mi padre decía que siempre le sacaba mucho jugo a lo que escribía, porque primero eran artículos de periódico, luego un libro que los recogía, y luego una película o una serie, así que cada texto lo exprimía bien, porque lógicamente necesitaba el dinero. Pero no hasta el punto de publicar algo que no le gustara de verdad.

—¿Se hablaba de literatura en casa?

—No, nada. Pero sí tenía muchísimos libros. Como a nosotros nunca nos puso tele, ni había ordenadores ni nada, pasábamos muchos ratos leyendo no ya libros, sino los lomos de los libros de casa. Con madre sí que hablaba algo de lo que estaba escribiendo, pero poco. Al revés, éramos más los hijos los que le contábamos lo que nos decían en clase sobre Juan Ramón Jiménez, o lo que fuera.

—En los relatos que acompañan al cuento en este libro se ve que lo que le gustaba recordar iba ligado al deporte, el aire libre, la caza, nadar… La actividad física y el campo, ¿no?

—Sí, sí. Eran los recuerdos maravillosos de la niñez. Su padre no estaba por ahí con los amigos yendo a los toros o tomándose cocidos, puros y cafés en el casino, sino que les enseñaba a nadar, a pescar, a montar en bici, a ir por ahí a caminar, y después él también trató de inculcárnoslo a sus hijos, aunque luego no a todos nos gustara tanto. Él además estaba convencido de que eso era una herencia francesa, porque su padre era hijo de francés.

—¿Hablaba usted de la obra de su padre a sus alumnos de secundaria?

—Jamás. Y menos mal, con todo lo que hay hoy en día de tráfico de influencias y tal. [risas] La mayor parte de mis 35 años como docente estuve en un instituto en un barrio bastante malo de Valladolid, donde predominaban mucho los alumnos inmigrantes y también de etnia gitana, así que no era un centro fácil. Pero Miguel Delibes tampoco se llevaba en mi época, y menos aún a medida que pasaban los años, cuando se empezó a quitar la literatura del currículum y se dio más énfasis a la gramática. Había quien pensaba que como mi padre era escritor, él era quien había escrito todos los libros que se usaban en el colegio, hasta los de matemáticas, y que entonces sería millonario. [risas] Cuando murió, todos los centros de Valladolid le rindieron algún tipo de homenaje.

—Y sin embargo, es uno de los autores que más se manda leer en los institutos.

—En el 68 o por ahí mandaban leer Cinco horas con Mario. Hoy día eso es impensable. A mí nunca se me ocurriría. Como mucho, El camino o Los santos inocentes, o ahora este nuevo, porque son nueve capítulos, uno dedicado a la natación, otro al tenis, otro al fútbol, etcétera, y sería divertido. Él decía que si hubiera dedicado a otra cosa todo el tiempo que le dedicó al fútbol habría sido un auténtico genio. Es un libro más optimista, más jovial, y siendo autobiográfico resulta más real que lo inventado, con esos veranos observando pájaros como el cárabo o el cuco, que eso sí que lo pueden leer los niños ahora. Pero por alguna razón sus libros de este tipo, de ensayo, de caza, se vendían siempre peor que las novelas.

—¿Qué le parecían las adaptaciones de sus obras al cine?

—Estaba bastante contento, aunque con el tiempo se fue apartando un poco más de los detalles, porque son realidades distintas y era mejor no meterse. De La guerra de papá, por ejemplo, dijo que había que darle un premio o al niño, o al director por dirigirlo tan bien.

—¿Cómo fue la etapa de Miguel Delibes tras la muerte de su esposa?

—Mi madre murió en 1974, y ahí empezó una época horrible para mi padre, porque de la misma manera que dije que los hombres de entonces no contaban cuentos, tampoco estaban preparados para ser viudos con hijos pequeños. Estaba muy triste, porque había perdido a la mujer de su vida, con la que había tenido siete hijos. No es que no lo esperara, es que a él lo justo le parecía que él se hubiera muerto antes que ella. Fue una época mala, no escribía siquiera y los hijos adolescentes le ponían bastante nervioso, porque daban bastante guerra. Yo hice lo que pude, pero me acababa de casar justo antes de morirse mi madre, empecé a tener mis propios niños y el lío de la casa aumentó aún más. Pero eso no le vino mal tampoco. En sus últimos cuatro o cinco años, ya muy mayor, cuando estaba más desorientado, me llegó a decir «la culpa es de tus hijos, porque ellos eran los que me decían cuándo era de día y de noche», porque con los años ellos también se fueron casando y se fueron yendo. Así que fue una mala época, pero a los 80 revivió otra vez.

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Autor: Miguel Delibes. TítuloLa bruja Leopoldina y otras historias realesEditorial: Destino. Venta:  Amazon, Fnac y Casa del libro

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