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Feria del Libro 2018: La fiesta y el papel mojado

Feria del Libro 2018: La fiesta y el papel mojado

La 77ª edición de la Feria del Libro de Madrid ha sido una edición atípica. Y no, no porque un Nobel como el sudafricano J. M. Coetzee se pasease por sus casetas durante los primeros días tras publicar un libro en español, Siete cuentos morales (Random House), sino porque libreros, editores, autores y asistentes han cambiado los sombreros, los abanicos y los botes de protector solar por el paraguas y el chubasquero. Viento y agua, dicen, han sido los principales enemigos de las cifras de ventas de una feria que, sin embargo, recobró fuelle durante el último fin de semana, con dos días apoteósicos en los que apenas se podía deambular por el recinto y en los que no pocas casetas aseguraban haberse recuperado del impacto en caja de los días previos.

Si bien la tormentona de la Feria del Libro, como la llamaba el gran Forges, es un clásico, lo cierto es que esta vez la amenaza de la climatología pasó de anécdota a convertirse en la culpable del cierre temporal del Parque del Retiro debido a la alerta roja provocada por vientos de más de 90 km/h y, de paso, a cargarse la tradición de la cita inaugural. Con ella llegó la incertidumbre. Los días previos a la apertura los pasó el personal encargado de montar casetas y colocar libros mirando al cielo.

No ha sido la única sorpresa. Si bien el programa puesto en marcha por Manuel Gil, director de la Feria del Libro, y su equipo ha funcionado a la perfección —imprevistos aparte no ha habido incidentes en las más de 400 actividades previstas entre Coetzee, Mike Shatzkin, las actividades relacionadas con bookstagrammers y booktubers, el congreso sobre propiedad intelectual, el pabellón infantil…—, esta edición ha estado aderezada también por el nombramiento de un nuevo ministro de Cultura, Màxim Huerta, que tras cancelar a última hora la firma de su última novela —Firmamento (Espasa)— se presentó sin previo aviso el sábado a mediodía. Prevista para el domingo, la visita supuso una adaptación de los protocolos de seguridad y del equipo directivo de la feria improvisada en apenas minutos.

Por lo demás, el público le acogió con cariño y el autor reconvertido en ministro recorrió la feria al completo, parando en casetas de compañeros y amigos del sector, como Carme Chaparro, y tras el baño de multitudes aprovechó para dejar un puñado de declaraciones a unos periodistas de cultura que llevan unos días un tanto frenéticos: a mediodía del sábado saltaban los titulares del próximo nombramiento de una mujer al frente de la Secretaría de Estado de Deporte. Entre las recomendaciones literarias del nuevo ministro, no faltaron menciones a figuras a autores reconocidos —y presentes este último domingo de feria— como Antonio Muñoz Molina o Almudena Grandes.

Superado el impacto del incipiente sanchismo en los libros expuestos en las casetas y en el espíritu habitual de la cita, hay que destacar que si el domingo inaugural fue efervescente, el de la clausura ha sido casi frenético. No en vano el Parque del Retiro muta durante diecisiete días en la librería más grande del país. Actividades de todo tipo y pelaje, youtubers y premios Nobel, eruditos y blogueros, autores best seller y autores que si no cuentan con la ventaja de jugar en casa apenas firmarán una docena de libros o dos —con suerte— se mezclan en un singular patio de juegos, literatura y vanidades. Pero también de descubrimiento.

Para muchos esta feria es su primer contacto con el libro no impuesto desde la escuela. Para muchos es el campo de juegos donde se escogen las lecturas de juventud y se estrechan las manos de los primeros ídolos. Aquí, lo crean o no algunos (en especial quienes insisten en hacer de esta fiesta un evento menos popular sin entender que no hay Feria del Libro que no deba ser popular), se hacen lectores. Lectores que llegan en los carritos de sus padres, que rebuscan los primeros libros en los stands de editoriales como Kalandraka o librerías como El Dragón Lector. Lectores de los que comienzan a caminar y suben los escalones portátiles, casi de juguete, para poder verle la cara a un señor barbudo y afable —de profesión maestro— que firma sus libros como El Hematocrítico. De los que vienen de excursión con el colegio o rebañan los céntimos ahorrados en carteras juveniles para llevarse el que quizás sea su quinto o séptimo libro comprado en la Feria de Madrid. Y es que el público de esta fiesta de los libros es eminentemente femenino y mayoritariamente joven. Quien ha (hemos) trabajado en sus casetas, lo sabe. Lo corroboran además las cifras año tras año.

Cifras y Ferias se escriben en femenino

Más verde, más feminista y más enfocada a un público más joven. Ya el cartel de este año, diseñado por Paula Bonet, aspiraba a recordar a autoras olvidadas, y parece que esa es la senda que piensa seguir recorriendo la feria. Hay motivos para ello. De los 2,2 millones de visitas que ha recibido la feria, el 64% del público es femenino. Además, un 25% de los visitantes la pisaban por primera vez. Un 27,8% eran menores de 25 años. Otro dato positivo es el incremento en el número de público que acude de fuera de Madrid, un 27,4% (un 7% más que en la pasada edición).

Si en todas las estadísticas de lectura están por delante las mujeres, también en los libros, y en su temática se comienza a reflejar esa presencia, que ha crecido de forma exponencial en los últimos meses y que parece haber llegado para quedarse. Las autoras más desconocidas de las generaciones del 27 o del 98 resucitan literariamente, y se llenan las mesas de debate de Gloria Fuertes. Las ‘Voces femeninas de la literatura rumana’ –con Ioana Parvulescu, Iona Nicolaie y Adina Popescu–, la presencia del movimiento Mujeres del Libro, o la conferencia ‘Quién teme a Úrsula K Le Guin’ han sido actividades que han despertado tanto interés en el público como el espacio dedicado a los más jóvenes, por el que han desfilado booktubers y bookstagrammers. Los compradores y la estructura del sector cambian, y pese a los tambaleos, la cita anual en el Retiro cambia con ellos.

Al tiempo, parece comenzar a fortalecerse la vocación internacional. Este año Rumanía ha sido el país invitado, y entre sus 50 autores destacaban Mircea Cărtărescu, uno de los eternos candidatos al Nobel de Literatura con libro recién publicado, Solenoide (Impedimenta), y Ana Blandiana, la disidente del régimen de Ceauscescu que es hoy una de las escritoras más reconocidas del país. También se afianzan poco a poco los lazos con Latinoamérica, con eventos como el Encuentro de directores de Redes de Bibliotecas Públicas, organizado por Acción Cultural Española (AC/E), en el que los directores de seis bibliotecas de México, Perú, Chile, Colombia y Argentina compartieron e intercambiaron ideas.

También ha crecido el tiempo de estancia en las casetas, un 46% de los asistentes pasó más de cuatro horas en el recinto, en su mayoría atraídos por las firmas. No en vano más de 2.000 autores han desfilado estos días por las 363 casetas instaladas de 700 sellos (a menudo se comparte caseta). Sin embargo, y aunque los chubascos a última hora se quedasen en agua pasada, su efecto, como el de las ventas de gigantes como Amazon, dejan su huella en el sector: las ventas se han cifrado en 8,2 millones de euros, un 7% menos que el pasado año. Una caída leve, según algunos, pero importante para un sector que tiene en esta cita y en Saint Jordi un porcentaje importante de sus ventas anuales. Para contrarrestar la mala noticia, Gil destacaba otra cifra que sí batía récord, los 35,2 millones de euros en los que se estima el valor del retorno informativo, el valor publicitario del espacio que ha ocupado el evento en medios de comunicación.

Las firmas: 2.000 autores en 17 días

Si hubiese que definir con un único rasgo esta cita literaria, ese sería su espontaneidad. Su carácter temporal, lúdico y fresco es único en el mundo. Es la feria popular de referencia, el gran escaparate en el que el sector exhibe el trabajo de todo el año, el lector lo mismo busca una rareza que un típico bestseller (el 10% de descuento nunca hace daño) y además puede estrechar la mano, conversar y llevarse la firma de los autores que pueblan sus estanterías. Con Rosa Montero lo mismo hablan de cuentos que de tatuajes, Jorge Molist estrecha manos y escucha historias familiares, Manuel Rivas dibuja ojos en las dedicatorias mientras conversa con voz suave y hasta Javier Sierra encuentra tiempo para compartir risas mientras firma pese a la imponente cola de lectores con El fuego invisible (último premio Planeta) en las manos.

 

Nuria Gago firma emocionada su premio Azorín, Quiéreme siempre, con peludo en brazos y ojos brillantes mientras Mikel Izal —son dos de las apuestas fuertes de Planeta— se estrena con Pescar en las nubes. Poco más allá una Cristina López Barrio asediada por cámaras de televisión y lectores firma ejemplares de Niebla en Tánger (Finalista del premio Planeta) y de la nueva edición ilustrada de La casa de los amores imposibles (Plaza & Janés).

Manuel Vilas pregunta de buen humor si va en serio lo de que todo el mundo se ha comprado ya Ordesa, Sonsoles Ónega se sube a la mesa para abrazar a algunos de sus lectores, genios como Andrés Trapiello o Juan José Millás hacen gala de su serenidad habitual y Lorenzo Silva sonríe a la nutrida cola de lectores que aguardan con Lejos del corazón (Editorial Destino), la última entrega de la popular saga protagonizada por los guardias Bevilacqua y Chamorro bajo el brazo. Esto es un domingo de cierre de feria.

Cristina Fallarás charla con entusiasmo con los lectores de Honrarás a tu padre y a tu madre (Anagrama), hay filas aguardando a un Boris Izaguirre que llegó apenas cinco minutos tarde a la caseta de la Librería Méndez mientras la gente ya se le impacientaba, Alejandro Palomas recomienda libros propios y ajenos en el tono cercano que le es propio pese a la mirada cansada y Martínez de Pisón —si algún nombre se ha consolidado con maestría en las letras españolas en los últimos años es el suyo— firma con la misma soltura de otro de los grandes, Antonio Muñoz Molina, al que lo mismo le ponen por delante para rubricar El jinete polaco o Sefarad, que Un andar solitario entre la gente (Seix Barral).

A la misma hora, en el otro extremo, Edurne Portela llega a la caseta de Mujeres & Cia, Elvira Lindo se hace fuerte en la caseta de Librería Muga y Mikel Ayestaran, con Las cenizas del califato (Planeta) recién salido de imprenta, firma también ejemplares de Oriente Medio Oriente roto a algún que otro joven fotoperiodista.

Al otro lado del paseo César Pérez Gellida atiende a su legión de gellidistas y en la caseta Atenas Chani Henares ataca el último día de feria firmando La canción del bisonte. 

El futuro y el aire popular

Esta feria, la nuestra, es directa, no quiere ser un salón profesional, ni disfrazarse de Frankfurt o Guadalajara, donde se cierran contratos, se compran y venden derechos y se negocia a puerta cerrada. Unos reclaman un espacio y una programación más intelectuales y menos lúdicas. Otros aseguran que para los contratos ya está Liber y que, de faltar algo, no es el robo del carácter popular de la cita, sino la ebullición cultural que caracteriza a muchas ferias hispanoamericanas como las de Buenos Aires o Bogotá, con conferencias y debates de renombre en espacios paralelos.

El del futuro, más o menos incierto, de una feria del libro que lleva 50 años en el parque del Retiro es un tema recurrente. Este año la conjura del mal tiempo, las nuevas limitaciones impuestas por la dirección del parque (debido a nuevas normativas en Parques y Jardines), las tensiones entre el gremio de libreros y el de editores —algo en lo que llueve sobre mojado— se han conjugado con el nuevo interrogante, el del valor o la precariedad cultural de esta cita y el de si seguirá en el parque o no.

"Falta preguntarse si realmente es preciso cambiar el carácter de una feria amada por quienes cada año la visitan o tan sólo dejarla crecer"

A la segunda pregunta han dado respuesta tanto la alcaldesa de la capital, Manuela Carmena, como el director de la feria, Jesús Gil: la feria se queda en el Retiro. La respuesta ha sido rotunda. Tal vez sólo falta preguntarse si realmente es preciso cambiar el carácter de una feria amada por quienes cada año la visitan o tan sólo dejarla crecer. Cada vez hay más sellos que quieren espacio y los 1.305 metros de paseo que cede el Ayuntamiento no pueden estirarse más. Tal vez habría que buscar sedes secundarias, expandir actividades por la Fundación Telefónica, las sedes de las librerías, las bibliotecas, La Casa Encendida, la Casa de América… Por otra parte, los sellos que sólo publican en digital están excluidos de la cita, un tema que se ha planteado los últimos años sin alcanzarse ningún consenso. Frente al proceso de redefinición, eso sí, están los 1,2 millones de presupuesto (de los que sólo un 8% proviene de fondos públicos). Y las ferias, las buenas ferias, son caras.

Eso sí, nada de esto parece detener al visitante. Hoy, a la hora del cierre a mediodía, cuando empezaban a caer unas gotas, y a la hora del cierre nocturno, la feria rebosaba vida. Y quienes salían por las puertas a las calles aledañas al parque lo hacían con bolsas en la mano, libros en el corazón y sonrisas en el rostro. Hasta el próximo año. Feria del Libro de Madrid, 2019. En el Retiro. Mientras, nos quedan las librerías y las bibliotecas.