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Buñuel en el laberinto de las tortugas

Buñuel en el laberinto de las tortugas

Buñuel en el laberinto de las tortugas se estrenó en nuestras pantallas el 26 de abril. Tuve la fortuna de asistir a la première un día antes —aprovecho para agradecer a Manuel Cristóbal, uno de los co-productores, la invitación—, de modo que pude ser testigo de esa emoción apenas contenida que precede al lanzamiento de una obra. El equipo, cercano, modesto, se reunió en el cine Doré para presentar ante un público que abarrotaba la sala este trabajo de animación que está arrasando en cada festival por el que pasa.

"Buñuel en el laberinto de las tortugas cuenta las aventuras (y alguna que otra desventura) durante la realización del documental Las Hurdes, tierra sin pan"

Antes de entrar en materia —que no es tanto un análisis cinematográfico como una reflexión a caballo entre lo literario y lo filosófico—, no está de más apuntar algunos datos sobre esta producción en la que han participado Sygnatia, Wanda Films, RTVE, Movistar + y un largo etcétera. Dirigida por Salvador Simó y producida por Manuel Cristóbal y José Fernández de la Vega, cuenta las aventuras (y alguna que otra desventura) que Buñuel y su reducidísimo equipo corrieron durante la realización del documental Las Hurdes, tierra sin pan (1933). Y lo hace incorporando un novedoso punto de vista: el de Ramón Acín, amigo íntimo del director aragonés, convertido en productor accidental tras ganar la lotería.

La película, elaborada con una enorme sensibilidad, cuenta con la envolvente música de Arturo Cardelús (deliciosa, por cierto), y opta por un estilo de ilustración que evoca a otros trabajos como Chico y Rita (Trueba y Mariscal, 2010), pero con trazos más depurados y suaves.

Hasta aquí este escueto «análisis fílmico», ya que, como habrás podido imaginar, no es sólo de cine de lo que yo quería hablar en esta nota. A todos aquellos interesados en ahondar en estos aspectos les invito a bucear por la Red, donde encontrarán análisis más sesudos que los que yo pudiera llevar a cabo.

"Lejos de las posturas apocalípticas que abogan por el fin de la literatura, o su papel residual en la escena cultural, lo cierto es que la gente sigue y seguirá necesitando historias, con independencia del formato"

Volvamos, pues, al 25 de abril de 2019, cine Doré, Filmoteca Española. Tras la amable intervención de Elena S. Sánchez, presentadora de Días de cine, el equipo sube al escenario, relajado, alegre, sin aspavientos, lejos de cualquier estereotipo sobre alfombras rojas y egos artísticos. Después de una ronda de miradas cómplices, el productor Manuel Cristóbal toma la palabra y cuenta cómo surgió el proyecto. A manos de Fernández de la Vega llegó la novela gráfica homónima, firmada por Fermín Solís, y éste se la presentó a Manuel Cristóbal, mencionando que quizá de ahí pudiera salir un cortometraje. Cristóbal no pudo evitar sonreír al recordar sobre el escenario la «jugada» de su compañero, ya que sospechaba que éste tenía muy claro que la respuesta sería algo así como: «¡¿Un corto?! ¡De aquí sale un largometraje!» (no es cita textual, dicho sea de paso).

Pause. Detengámonos un momento. No corramos tanto. Estudiemos un instante la sucesión de acontecimientos: novela gráfica… película de animación española… éxito internacional… Admitamos que aquí hay mucho material para la reflexión y mucho espacio para el «pensamiento lateral», out of the box —que dirían los angloparlantes—.

Al igual que la televisión en streaming ha supuesto una «segunda vida» para directores, actores y (sobre todo) actrices, y constituye un laboratorio en el que experimentar con narraciones diferentes de las que el cine convencional suele ofrecernos, el audiovisual puede llegar a convertirse en otra segunda vida para las novelas, gráficas o convencionales, más allá de la mera adaptación de novelas al cine —algo poco novedoso—. Y es que, lejos de las posturas apocalípticas que abogan por el fin de la literatura, o su papel residual en la escena cultural, lo cierto es que la gente sigue y seguirá necesitando historias, con independencia del formato, y el sector audiovisual se perfila como un nuevo territorio para los escritores y escritoras (algo que algunos de los más hábiles creadores, no diré nombres, tienen claro desde hace bastante tiempo y no tienen pudor en alternar novelas al uso con otros trabajos que verán la luz en forma de cómic, serie, película, etc.). Que nadie se lleve a error: no estoy planteando que a partir de ahora toda literatura tenga que estar orientada al cine y sus derivados, sino que, en lugar de desaparecer, se diseminará, amplificándose, a través de diversos formatos.

Añadamos ahora el éxito internacional de obras como La casa de papel o Después de la tormenta (Oriol Paulo, 2018), la cual ha arrasado en China tras pasar casi desapercibida en nuestro país, así como la mayor inversión de gigantes como Netflix o HBO en producciones nacionales (algunas de ellas basadas en novelas firmadas por autores españoles), y podremos afirmar sin temor a equivocarnos que corren buenos tiempos para el audiovisual nacional y la cultura española en general.

"Sirva esta reseña/crónica/reflexión para plantar cara a los escépticos y los quejicas, a quienes piensan que no hay esperanza para la cultura española"

Buñuel en el laberinto de las tortugas certifica este marchamo, aúna los distintos elementos que he señalado y abre la puerta a otras exportaciones como, por ejemplo, Dragonkeeper (Ignacio Ferreras, 2020), que constituye una nueva colaboración entre el director Ferreras y el productor Manuel Cristóbal —quienes ya trabajaron juntos en Arrugas (Ferreras, 2012)—, un nuevo ejemplo de conexión entre literatura y cine (la película está basada en la serie homónima de libros escritos por Carole Wilkinson), y una muestra de la buena salud creativa que goza nuestro país —a decir verdad, la película es una co-producción chino-española, una verdadera superproducción con un coste de 20 millones de euros, gesta que ya supone un éxito incluso antes de su estreno—.

Sirva esta reseña/crónica/reflexión para plantar cara a los escépticos y los quejicas, a quienes piensan que no hay esperanza para la cultura española, a quienes opinan que las letras están heridas de muerte, a quienes creen que el séptimo arte termina en Hollywood. A todos ellos les invitó a ver Buñuel en el laberinto de las tortugas. Quizá así cambien de opinión o, en cualquier caso, pasen un rato agradable, dado que la película es una maravilla.

 

P.D.: No olvidéis llevar un pañuelo, aunque sea escondido bajo la manga. Lo vais a necesitar.

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