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En busca del patriarcado 6 – “La píldora roja”

En busca del patriarcado 6 – “La píldora roja”

Parapente. Eso. Si tanta necesidad de adrenalina tenía, ¿por qué no me dediqué a algún deporte de riesgo, como la gente normal? A ser asesina en serie, ladrona de viejas a la salida del cajero, emblistadora de Prozac, pirata coja, maja desnuda… ¡Tantas cosas hay! Pero no, se me da por ponerme a escribir sobre feminismo. Y lo peor, no me interrumpa, lo peor es que lo hice ¡con la intención de entender! Freud, me dije ayer noche con la cerveza a mi lado, porque a algunos libros feministas sin la ayuda del escabio no sobreviviría, Freud murió sin saber qué cuernos quiere la mujer ¡Mirá si vas a entenderlo vos, Marina! Y es cierto que no me entiendo ni a mí, señora, pero nací con ese karma sagrado de querer entenderlo todo, con esa maldición de culo inquieto que no me permite quedarme tranquila en casa, como aconsejaba Pascal. Querer entender es un camino de ida, no lo intenten en sus casas, sirve mayormente para hacerse mala sangre, pero ya llegamos hasta acá, un esfuercito más y quién le dice no salimos airosamente suicidadas, como casi le pasa a Cassie Jaye.

"Cassie se autodenominaba feminista hasta que los conoció, los escuchó, se empapó de sus historias y así pudo comprenderlos"

La joven cineasta, nacida en Oklahoma en el año 1986, pecó de curiosa, y haciendo caso omiso a la frase del gato que terminó finiquitado por metiche, quiso saber más sobre un grupo del que se hablaba muy mal en internet, sexista, odiamujeres, homofóbico, “A Voice for Man”, fundado por Paul Elam. Cassie se autodenominaba feminista hasta que los conoció, los escuchó, se empapó de sus historias y así pudo comprenderlos. Porque eso es lo que pasa si uno se acerca a alguien con genuinos ánimos de escuchar, sobre todo al “peor de los enemigos”, algo se transforma, algo afloja. Lamentablemente unos poquísimos tienen esa virtud, sacarse de encima la propia manera de entender al mundo para mirar, aunque sea por un rato, con los anteojos del otro, ese es el remedio para la violencia, por eso no tiene cura.

La intención de la joven cineasta era hacer un documental en el que escracharía a los malvados machistas, dejaría bien claro que ellos eran quienes debían cambiar sus actitudes, pero… si querés hacer reír a dios contale tus planes. Cassie tuvo la fortuna, buena o mala, depende desde dónde miremos, de nacer con el don de la idea no fija, así que en medio del rodaje decidió tomar la píldora roja, renunciar a la ingenuidad, a la seguridad que se siente con lo malo conocido. Supo aceptar que estaba equivocada, al menos en lo que refería a su idea sobre estos hombres, entendió al patriarcado desde otro lugar, pudo verle la otra cara al monstruo, una menos horrorosa que la que nos han instalado los medios de comunicación. Y bueno, ahí se le complicó la vida: cuando la película vira el rumbo en favor de los derechos de los hombres, las feministas, que ya sabemos están muy enojadas y el enojo no gusta de razonamientos, estigmatizaron a nuestra joven cineasta, le retiraron todo apoyo e intentaron impedir que la termine, cosa que no ocurrió. La píldora roja se estrenó en 2016 en Nueva York.

"Sí, señora, parece que las mujeres no tenemos el monopolio del sufrimento, ni el de la violencia de género, aunque feministas de pocos pelos en la lengua (lamentablemente) intenten imponerlo a gritos"

Cassie empieza contando por qué se hizo feminista: era aún una niña cuando su mamá la anotó en un curso de teatro, allí se entusiasmó y se fue a Los Ángeles a por más. Pero hete aquí que sólo conseguía papeles poco interesantes, “la rubia que siempre muere”, nos explica, y agrega que no sólo en su trabajo se sentía cosificada: en la calle la acosaban, productores casados le echaban los perros, los fotógrafos le decían que perdiera peso… Tenía 18 años y se hartó, se compró una cámara y desde entonces no para de hacer películas. “Esta es la primera y única película sobre los derechos de los hombres que se ha hecho”, dice la joven. “Fue la primera vez en mi vida que comencé a mirar hacia los problemas de los hombres. Creía que iba a hacer una película sobre hombres que odian a las mujeres. Estaría allí con una o dos cámaras, esperando no ser lastimada. Creía que estaba haciendo una película fabulosa sobre ese subterráneo movimiento de misóginos. Acabó siendo algo muy diferente”.

En el camino hacia “la madriguera del conejo” Cassie entrevista a gente de todos los colores y así se va enterando de cosas que ignoraba por completo: descubre que estos señores tienen poco de misóginos, son amorosos y sufren espantosamente. Sí, señora, parece que las mujeres no tenemos el monopolio del sufrimento, ni el de la violencia de género, aunque feministas de pocos pelos en la lengua (lamentablemente) intenten imponerlo a gritos. Si un hombre se anima a hablar sobre sus problemas lo tildan de llorón, de maricón, explica un miembro del grupo, y qué decir si hace una denuncia por maltrato. ¿Usted creía que hay más denuncias de mujeres porque hay más maltrato doméstico en contra de las mujeres? Pues no, hay más denuncias porque ellos no pueden denunciar, son hombres, cómo van a ir a lloriquear a una comisaría. Además no les creen, se asume que los criminales son ellos. “Si ella te golpea de nuevo, salí de ahí lo más rápido que puedas porque si se rompe una uña pegándote te arrestamos a vos”, le respondió un policía cuando fue a denunciar a su mujer por violencia doméstica.

La Coalición Nacional por los hombres aporta también datos interesantes: muerte de varones en combate 99,9 %; muerte de varones trabajando 94 %; muerte por homicidios 76 % varones; suicidios 75 % varones. Por el mismo crimen los hombres reciben sentencias seis veces más largas; aunque las tasas de mortalidad por cáncer de mama y cáncer de próstata son casi las mismas, se gasta seis veces más en la investigación del cáncer de mama en los EE.UU. En 2014 The Center of Public Concern revela que 5.4 millones de varones sufren violencia doméstica mientras que 4,7 son mujeres. Sin embargo en Estados Unidos hay dos mil refugios de violencia doméstica y aceptan solamente mujeres, aunque los hombres pagan la mitad de los impuestos. ¿No es eso discriminación de género? Erin Pizzey, editora general de Una voz para los hombres, funda en Londres el primer refugio para mujeres y también uno para hombres. Entiende que la violencia doméstica es un ida y vuelta, a veces abusa uno, a veces el otro. “Las mujeres son tan violentas como ellos”, pudo verlo en sus refugios.

"Katherine Spillar, de la Fundación Mayoría Feminista, dice que las mujeres ganan las custodias porque está instalado que cuidará mejor del chico 'por naturaleza'"

Así que llegado el minuto 36, Cassie está desconcertada, confiesa que por ser mujer creía estar en desventaja pero cuanto más los escucha más siente que gracias a dios no nací hombre. Se pregunta por qué había escuchado infinitos casos de violencia de género en contra de mujeres pero nada sobre las cuestiones injustas en las cortes de familia, por ejemplo. Michael Messner responde que como durante el vínculo las mujeres se encargan de los hijos y el hogar, al divorciarse la corte falla en favor de ellas. Suele decidirse que la madre es más apta para la custodia y los padres para poner la plata. Describe casos de varones que se suicidan por perder la custodia, mujeres que deciden dar a sus hijos en adopción sin consultar al padre. El caso de un varón que estaba por perder un juicio e ir a la cárcel por no pagar la pensión de un hijo que no era suyo. Luego si el hombre pide el test de ADN sin autorización de la madre puede ir preso. Fred Haydward, miembro del grupo, acepta que las mujeres son rechazadas en trabajos por ser mujeres, que ganan menos, aclara que no es comparable, pero el hombre pierde la custodia de su hijo por ser hombre y de esto nadie dice nada. Ella puede ir a buscar otro trabajo, él no puede decir: OK, entonces tendré la custodia de otro chico. La gente no se enoja por los problemas de los hombres porque no los ven como seres humanos.

Katherine Spillar, de la Fundación Mayoría Feminista, dice que las mujeres ganan las custodias porque está instalado que cuidará mejor del chico “por naturaleza”, y agrega que el movimiento de los hombres surge cuando las mujeres empiezan a obtener ganancias: ellos temen quedarse sin trabajo, temen tener que competir con más gente, no poder ingresar en las mejores escuelas, a lo que uno de los miembros del grupo responde: «Claro, porque a los hombres nos crían para ser proveedores, si no no valemos nada». El varón dominaba los gobiernos y la industria porque era su rol, su obligación. Ellas reproducción, ellos producción. Las mujeres creen que ser político es divertido, no saben a todo lo que se renuncia. Los varones están en los libros de historia y los galardonan para justificar sus muertes, que han sido esclavizados y utilizados para el progreso de las sociedades. El recolector de basura no se levanta a las tres de la mañana para tener más poder sobre su esposa, lo hace porque debe hacerlo, por su familia, esa es su forma de amar.

"Pero así y todo las feministas siguen creyendo que tienen que ser agresivas, no abandonar la lucha, que es cruenta y mucha, y a eso le llaman sabiduría..."

Se dice que el que tiene más plata tiene más poder, que el que tiene las leyes a su favor es el que gana, pero no es así. El poder está en el inconsciente, ya lo dijeron varios, y el de la mujer en su afectividad, nos lo han demostrado las mossuo con su llama que nunca se apaga en el centro del hogar, de la que se ocupan ellas, porque saben que son buenas para eso. Carácter y afectividad, de nada sirve lo otro. Si respondemos a la violencia con violencia, la cosa va in crescendo y no terminamos más, nos lo estamos demostrando. Pero así y todo las feministas siguen creyendo que tienen que ser agresivas, no abandonar la lucha, que es cruenta y mucha, y a eso le llaman sabiduría… Y mire usted, yo creo que si fuéramos sabias usaríamos los besos, las tetas, la afectividad. Con esa tríada tenemos al ejército de tipos que queramos a nuestros pies, pero no, insistimos con la guerra, la emocionalidad y la puteada, siempre la puteada.

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