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En busca del patriarcado – Capítulo 2 “El reino de las mujeres”

En busca del patriarcado – Capítulo 2 “El reino de las mujeres”

Flaqueo, agonizo, arrástrome por el fango hediondo de la flojera y no se ría que yo la estoy pasando más que fulero porque esto de querer entender a las feministas estaría siendo peliagudo, señoras. Las que pensé que me iban a putear por el capítulo uno me pusieron megusta o se llamaron a silencio así que así de desconcertada me ando y ya séééé, ya sé que el mundo se desmorona, los atentados abundan, la estupidez insiste y la gente está cada vez mas psicótica pero yo presumo de intelectual así que es mi deber entretenerlas con reflexiones al ñudo que poco tienen que ver con la realidad circundante.

Comenzaremos entonces, y no perdamos más tiempo, con mis impresiones sobre el libro El reino de las mujeres así se distrae un poco y no se deprime por lo que está pasando en Europa gracias a usted. ¿Gracias a mi? Sí, gracias a usted que acusa a los musulmanes de irracionales y la verdad, qué quiere que le diga (nada), yo veo irracionales en todos lados. Irracionales que caen como chorlos día a día en la trampa de los medios y sus noticias. El perrito apaleado, el bebito abandonado, el tironcito en el muslo de Di María… Cualquiera de ellas sirve para que usted se enoje y salga a insultar a su vecino, y así pasan los días, los años, los vecinos y de pronto el planeta es de los fanáticos religiosos ¡Oh! ¿Cómo es que pasó esto? Pues ya lo dijo John Lennon, pasó mientras usted y yo estábamos ocupadas escribiendo reseñas… Y ojo, eh… no me vaya a venir con la perorata de que el asunto es más complicadito porque no tengo tiempo para profundizar y mucho menos para informarme; lo importante no deja tiempo para lo urgente:

El reino de las mujeres es un viaje, literalmente. Un viaje que el periodista argentino Ricardo Coler escribe en el año 2005 tras haberse llegado hasta Loshui, en Yunnan, República Popular China. Ahí habitan los Mosuo, una comunidad de veinticinco mil habitantes que vive bajo el sistema matriarcal. “Ver cómo se mueven, cómo se relacionan, qué es lo que pasa cuando la sociedad no está manejada por hombres y son ellos los principales beneficiarios”. Eso llevó al autor a embarcarse en semejante travesía y agrega tras haber convivido con ellos: “Entender sus costumbres puso en jaque lo que para mí había sido lo lógico, lo deseable y el orden natural de las cosas. ¿Pensar que el hombre subyuga? No en esta aldea. ¿Que es propio de la condición de mujer querer casarse? Menos. ¿Que el padre debe ser respetado? ¿Cuál padre?”.

En esta comunidad ellas manejan la plata, son ellas las que dan las órdenes y también ponen el apellido. La propiedad está en manos de la mujer y, llegado el momento, sólo pueden heredar las hijas. Entre los Mosuo no hay dama que carezca de oportunidades, que no sea digna de consideración. Es imposible dirigirse a un hombre para hacerle un planteo y reclamarle un trato igualitario. El macho de la comunidad es un macho sin autoridad, subalterno y dominado. Y ya la estoy viendo ahí preparando las valijas de lo más contenta pero no se haga los rulos porque en la aldea Mosuo las mujeres tienen el poder, sí, gozan de todos los privilegios, también, pero el que quiere celeste que le cueste porque trabajan que da calambre. Una sociedad en manos de las mujeres no es el reverso de una sociedad con el poder en manos de los hombres y atenti, acá las mujeres parecen tener bien claro cuál es su rol y lo más importante: lo viven con alegría y orgullo.

"Cuando una Mosuo charla con un hombre da a entender que no espera un diálogo como el que puede tener con sus amigas, cuenta el autor. Se abstienen de intentar ser comprendidas, algo que muchas mujeres de Occidente demandan a sus parejas…"

Durante el día son matriarcas, se encargan de organizarlo todo, dan las órdenes a los hombres de la casa y supervisan que el asunto vaya sobre rieles pero a la noche, señoras y señores, dejan por un rato su rol de mandamases para seducir al muchacho. Las jefas de la aldea entienden que tanto privilegio no es funcional al deseo del hombre. Es mejor transformarse para que los hombres, aunque sea por unas horas, tengan la sensación de que algo tienen y que además con eso pueden ir a buscarlas. Las matriarcas juegan el juego sin sentirse ni inferiores ni perjudicadas. Quieren pasarla bien y saben que les sería imposible si tratan a sus pretendientes como fracasados.

Cuando una Mosuo charla con un hombre da a entender que no espera un diálogo como el que puede tener con sus amigas, cuenta el autor. Se abstienen de intentar ser comprendidas, algo que muchas mujeres de Occidente demandan a sus parejas… Las Mosuo profesan una sabiduría de lo que no hay… Una sabiduría que las preserva de ilusiones que al incumplirse las decepciona. Es como si no esperaran hallar en un hombre otra cosa que lo que encuentran. Otra tarea que no le dejan a ellos ni locas es la comida, son las mujeres las que velan por los comensales, agasajan a sus hombres de lo más orgullosas. Las tareas de la casa tampoco se dividen, prefieren hacerlo ellas porque es mejor y más rápido. Así las jefas y propietarias se reservan el servir al hombre para sí, es un deseo no un deber.

A ellos les toca descansar bastante, jugar a las cartas, fumar y esperar las órdenes. Podría decirse que aprovechan la volada. Son los encargados de salir a pescar, de trabajar la tierra, de los trabajos más pesados. La política se la dejan a ellos y también decisiones importantes como elegir un toro o establecer un lugar para vivir… Las mujeres consideran que son más aptos para eso. Otra cosa que hacen es cuidar a los hijos de sus hermanas. ¿Pero por qué no a los propios? ¡Porque no saben cuáles son!

Las familias Mosuo están compuestas por la matriarca, sus hijos e hijas, su madre, sus hermanos, tanto mujeres como varones. Viven también los hijos de sus hermanas y los nietos. No hay padres ni abuelos en el clan. Viven todos juntos en casas muy amplias y ven como algo poco práctico esto de irse a vivir en pareja. ¿Empezar de cero con alguien extraño? Consideran extraño a un miembro de otra familia, no cosanguínea. El resultado es una estructura familiar mucho más estable que aquella a la que estamos acostumbrados. Los divorcios no existen, la custodia de los niños no está en cuestión (los hijos pertenecen a la familia de la madre). La mujer cuida al bebé durante un año y luego puede volver a su vida de antes porque la abuela se ocupará de él y también las tías mayores. Así los ancianos no se quedan solos. No hay disputas por la herencia como en una relación y no hay distribución de los bienes materiales. La institución familiar parece más sólida y vital que en occidente, reflexiona Coler, es lo que impresiona al ver que no les hacen falta discursos morales para sostenerla.

"La sexualidad nunca funda un hogar, cuenta el autor, para practicarla deben ir fuera de sus límites. Esto les da la libertad de enamorarse sin correr el peligro de que, si les va mal, pierdan amor y familia al mismo tiempo."

Amor y pareja son situaciones incompatibles. Para mí el amor es el único lazo que puede unirme a un hombre, mi cultura me lo permite, cuenta Rugeshi Ana, una joven Mosuo a Ricardo en una entrevista, y concluye: yo creo que la mejor manera de tener una familia es no casarse. Las mujeres Mosuo no se casan porque quieren, justamente, vivir enamoradas. La forma de unión se llama axia (matrimonio andante), y esto consiste en cambiar de pareja tantas veces como les venga en gana. El hombre llega por la noche, deja su sombrero colgado afuera (para que se sepa que ella está ocupada), muy discretamente ingresa a la habitación de ella, ellos no tienen una habitación propia pero tampoco se les da por escribir libros sobre eso, pasa la noche ahí y de madrugada vuelven a casa de mamá. Solamente cuando ambos sienten algo especial es que resuelven no ver a alguien más, y se establece un vínculo exclusivo que durará lo que el amor.

La sexualidad nunca funda un hogar, cuenta el autor, para practicarla deben ir fuera de sus límites. Esto les da la libertad de enamorarse sin correr el peligro de que, si les va mal, pierdan amor y familia al mismo tiempo. Y como lo único que puede unirlas a un hombre es el amor cuando se acaba ya no hay razón para permanecer juntos. Es todo lo contrario a la obligación, a reglamentar el afecto. Ni siquiera el miedo a quedarse solo es en Loshui un tema a tener en cuenta. Uno de los grandes causantes de nuestras neurosis occidentales: ¿Quién nos va a alcanzar el orinal ya imposibilitados de movernos?

Y mire si le tendrán fobia al matrimonio que Tsunami Ana, una matriarca, amenaza a los hijos con eso. Si no me obedecen les digo que los voy a casar, le cuenta a Coler. Vivirían con una extraña, siempre con la misma. Además deberían trabajar con la responsabilidad de mantener la casa… Evidentemente para los Mosuo nuestro sistema es una tortura China (y para nosotros también, aunque mal pero acostumbrados…).

"No bastaría con modificar el sistema para que la cosa mejore porque el matriarcado es una cuestión de actitud. No alcanza con que las relaciones entre hombres y mujeres sean igualitarias o con que los reglamentos establezcan tal o cual cosa."

La diferencia molesta, da inseguridad y por esto el señor Mao, jerarca varón, en plena reforma agraria mandó la milicia para terminar con esta cosa incómoda que era la cultura Mosuo y establecer un régimen monogámico socialista. Obligaban a la gente a casarse y querían distribuir la tierra tomando como base el lugar de residencia del hombre. Pero suponer que las convicciones se pueden eliminar por decreto y que voluntariamente se generarán nuevas formas de sentir, es una tontería. Los hombres que se mudaban a la familia de ella eran considerados intrusos y las matriarcas se oponían a que les sacaran a sus hijas para hacerlas vivir con un extraño. Las jóvenes no entendían por qué tenían que dejar a sus madres para irse a vivir con un miembro de otra familia, por ejemplo, su marido. Así que todo eso duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. En cuanto los enviados de Mao se retiraron cada uno volvió a su casa.

No bastaría con modificar el sistema para que la cosa mejore porque el matriarcado es una cuestión de actitud. No alcanza con que las relaciones entre hombres y mujeres sean igualitarias o con que los reglamentos establezcan tal o cual cosa. Cuenta Coler que en otras culturas en donde las mujeres tienen derechos que las privilegian, a pesar de los derechos adquiridos su posición social poco difiere de los sistemas patriarcales clásicos. Los Kasi y los Jaintias son un ejemplo. Ellas tienen todas las ventajas sin embargo en varias ocasiones durante las entrevistas si había un hombre cerca este no las dejaba hablar y se ocupaba de contestar las preguntas que el autor le hacía a ellas. El sistema dice que las mujeres mandan, pero ellas no se lo han creído.

Y habiendo sacado nada en limpio, como para no variar, vamos a ir epilogueando porque sé que su atención no da para más acostumbrada como está a los 140 caracteres: En el capítulo anterior Quintana y Evita recitaban a coro que “…la mujer es el centro afectivo del hogar, de la sociedad entera y cuando deja de serlo todo tiende a perder motivación, todo se desmoraliza. Hoy la mujer rechaza ser el afecto y quiere ser la fuerza física, por eso hay cada vez menos valores y mayor violencia…”. Y mire usted, en las casas de esta aldea de mujeres al mando, en el centro de la sala principal arden a toda hora algunos troncos sobre el piso. El lugar del brasero es de capital importancia y son ellas las encargadas de que la llama del hogar nunca se apague… En la comunidad no existe la violencia.

Continuará…

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