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Caballero Bonald cumple años

Foto: Daniel Mordzinski

Pepe Caballero sintió desde su primer libro el temblor de Las adivinaciones. Igual que el gigante mitológico Anteo, ató con Pliegos de cordel los Desaprendizajes de la memoria. Realizó Examen de ingenios en Las horas muertas mientras se perdía en el Laberinto de Fortuna. Anotó en su Diario de Argónida durante Dos días de septiembre cuanto de verdad ocurría tras haber asistido al Descrédito del héroe. Miró fijamente a Ágata ojo de gato en El campo de Agramante, y En la casa del padre supo que todo había sido Tiempo de guerras perdidas. La costumbre de vivir la ha celebrado con 94 años.

Hace unos años escribí las siguientes líneas, que de nuevo brindo al poeta:

“¡Por Caballero Bonald! Con él, en la Residencia”. Este era el lema que reunió a amigos y lectores de Pepe Caballero. Con él, y con Pepa Ramis, pasamos una velada de gran contenido literario y buenas dosis de cariño hacia el poeta más longevo, disidente, y además, como conté en una breve biografía que escribí en Ciudades para a(r)mar, el libro de fotografías de Daniel Mordzinski al que puso prólogo Pepe Caballero:

Maestro del idioma y crítico con el poder, su obra poética y narrativa es un engranaje lingüístico contra el convencionalismo y la banalidad. Caballero Bonald concibe su poesía como un ejercicio crítico y contestatario a partir de la memoria. Irónico e inteligente, su itinerario está hecho de experiencias vividas y escritas; el flamenco, el mar, el buen vino, la amistad y los viajes son algunas de sus señas de identidad. Irrumpió en 1952 con Las adivinaciones y en 2013 fue galardonado con el premio Cervantes”.

"Llegó el poeta a la Residencia de Estudiantes tocado con un sombrero. Coqueto, distinguido, elegante, con su fraseo característico"

Llegó el poeta a la Residencia de Estudiantes tocado con un sombrero. Coqueto, distinguido, elegante, con su fraseo característico, fue investido de nuevo como gran maestro entre otra generación de poetas (Clara Janés, Antonio Lucas, Aurora Luque, Carlos Pardo, José Luis Rey y Javier Rodríguez Marcos) y celebrado por un grupo de amigos flamencos jerezanos: David Lagos al cante y su hermano Alfredo a la guitarra interpretaron varios palos con letras de Caballero Bonald, que fueron palmeados por Manuel Téllez y Noé Barroso y presentados por José María Velázquez-Gaztelu, sobrino mío”, en palabras de Pepe, y hermano menor”, según puntualizó el falso sobrino.

Pero la tarde también fue para celebrar a Pepa Ramis, su ineludible compañera”, de la que Caballero Bonald escribió en uno de sus libros de memorias, La costumbre de vivir:

Era muy rubia, de ojos muy azules, con la piel suavemente curtida por el sol (…). La placentera contemplación de aquella criatura acuática —luego supe que había sido campeona de natación de Baleares— como surgida de un mar boticelliano, se acentuó cuando empezó a hablarme con esa tonalidad melodiosa y un poco agreste de algunas mallorquinas…”.

Manuel Gutiérrez Aragón habló del último libro de Pepe Caballero, Examen de ingenios (Seix Barral), un volumen con 94 semblanzas de escritores y artistas españoles: Azorín, Cela, Vargas Llosa, Manuel Agujetas, Pío Baroja, Max Aub, Neruda, Joan Miró, Cortázar, Torrente Ballester, Delibes, Rulfo, Jorge Oteiza, Antonio López, Paco de Lucía

"Brindamos ahora, aunque sea en la distancia, por la felicidad de saber que Caballero Bonald cumple 94 años"

Ya de anochecida compartimos con ellos un cóctel bajo una luna lorquiana, con la temperatura perfecta para ver pasar el tiempo. Aquel lugar, que fue refugio en los años 30 de grandes escritores, pintores y cineastas —Lorca, Dalí y Buñuel—, tuvo también días gloriosos en los años 90, cuando el fin de la temporada cultural lo marcaba esta Residencia reuniendo al mundo de la cultura en sus jardines.

Hoy ni siquiera se podría haber celebrado ese homenaje al poeta, y por eso brindamos ahora, aunque sea en la distancia, por la felicidad de saber que Caballero Bonald cumple 94 años el 3 de noviembre, con este poema que siempre me ha parecido uno de los más intensos y melancólicos que se han escrito. Daniel y yo brindamos por él y por Pepa. Con el cariño y la admiración de siempre.

NOMBRE ENTREGADO

Tú te llamabas tercamente Carmen

y era hermoso decir una a una tus letras,

desnudarlas, mirarte en cada una

como si fuesen rastros iguales de alegría,

contiguos besos en mi boca reunidos.

Era hermoso saberte con un nombre

que ya me duele ahora entre los labios,

me sangra entre los labios como el moho de una fruta,

como algo que yo querría nombrar constantemente

y me estuviese amordazando con su olvido,

con su apremiante negación de ser,

porque es inútil repetir lo que termina en nada.

Es posible que ya no puedas tú tener un nombre,

encerrar en un nombre tu ternura,

tus verdes ojos dulces,

la dorada humedad de tu cabello,

que ya no puedas responderme si te llamo,

si te sigo llamando y nada me devuelve

la ilusoria constancia de que aún eres cierta.

Ahora es de noche y tú no tienes nombre,

a nadie pertenecen tu voz, tus adjetivos,

mientras cae la lluvia

mansamente y es más sorda la vida

cuando al llamarte sé que ya no tienes nombre.

¿Es verdad que te has ido para siempre,

que no podremos ya mirar los árboles mojados,

la lenta pesadumbre de las tardes calladas,

el nocturno temor que a nuestro amor se unía?

¿Es verdad que tu boca se irá deshabitando

sin responder a nadie ni siquiera en silencio,

que ya no cabré nunca en tu mirada,

en tus manos que guardan mi latido en su piel?

No puedo imaginar que alguien te llame

allí por ese reino donde ahora enmudeces

mordiéndote los labios como entonces

y tú vuelvas los ojos para ver si es posible

que tengas todavía un nombre en que esconderte,

un nombre que estacione la vida entre sus letras,

que sea vanamente igual que Carmen,

porque ahora es de noche y tú no tienes nombre.

Pero entonces he mirado la luz,

los péndulos furtivos del otoño,

los hombres que caminan y caminan,

las aves del regreso, torpes ya con el frío,

estos libros que ardieron con nuestros ojos juntos,

mis padres, mis hermanos, con sus sombras gemelas,

mi amigo Juan Valencia, que está a mi lado y no

me habla, y sé que que estoy viviendo,

he aprendido que son las cosas quietas

las que evidencia mi razón de cada día,

que eres tú quien te has ido a una gran soledad,

quien no puedes volver con aquel nombre tuyo,

con aquel cuerpo ajeno y transeúnte que tenías,

con algo que no sea caricia o beso o lágrima

y lo convoque todo en una historia única

donde decir tu nombre equivalga también a poseerte.

Porque es triste y es también preciso

comprender que eso es vivir: ir olvidando,

consistir en palabras que están llamando a nadie,

saber que es una sombra súbita

la que agrieta y corrompe la más cierta esperanza,

saber que es el desamor

quien detrás de lo más amado espera

para poder seguir viviendo

a pesar de la noche y tu nombre entregado.

                                   (De Las Adivinaciones, 1952)

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