No puedo dormir sin pensar en ellos, ni apenas puedo escribir ninguna otra cosa: sueño o palabra son ofrenda para los encerrados de La Guaira.
Escuchan sin embargo, ahora mejor que nunca, lo que dicen los rescatadores: brigadas de otros países, gente de los barrios con las uñas llenas de sangre. Saben, aunque ya no importa.
Han escuchado el corazón de los que tuvieron que derribar las barricadas gubernamentales para correr desde Caracas a La Guaira con palas y alimentos, madres, abuelos, motoristas contra los escudos policiales, señoras sin sombrero bajo el polvo aterrador.
Han escuchado a la madre que había salido cinco minutos antes del terremoto para comprar un deseo para sus hijos, y que cuando volvió ya no había nada: ni edificio, ni hijos, y un deseo para nadie en las manos.
Pero la han visto cavando con un gran agujero en esas manos, con un doble punzón en los ojos, con la cabeza desollada, sola. La han visto sus hijos, que ahora son como una sombra de leche cortada.
Han visto a los muchachos que se empeñan en levantar una a una las piezas de las ruinas, pesadas y cortantes; muchachos y hombres con camisetas en la cabeza para no respirar el polvo; para no respirar el olor de los muertos; su propio olor; el olor de los que miran sabiendo que ya no huelen; que lo que huele es ese cuerpo machacado que no ha tenido rescate.
Pero lo peor fue para esos otros: para los que todavía lo conservaban en un agujero entre dos vigas mirando la oscuridad con esperanza en cuanto oían el más mínimo ruido, un ruido del que solo quedó un vapor irrespirable.
Por eso están enfadados. No con esos hombres que tienen la piel pegada a la calavera de comer mal durante décadas y que sin embargo se empeñan en abrir huecos en los derrumbes; no con esos ciudadanos chupados por décadas de carencia, vaciados por la calima vampírica del chavismo que se ha extendido, llena de autocomplacencia y de molicie, por todo el país.
Los muertos están furiosos contra aquellos que ya no pueden gobernarlos. Los que les construyeron un catafalco de cartón piedra. Los que llegaron con sus uniformes a las montañas de escombros para impedir que los voluntarios removieran los cascotes por los que podrían haber respirado. Furiosos contra los que sestearon cerca de los agonizantes o los que se fotografiaron sobre los gemidos remotísimos que todavía resonaban en la oscuridad.
Ya no suenan. Los días de la dejación los han apagado. Pero el sonido de la furia hacen temblar todas las catacumbas de Venezuela. Furia y compasión y todavía desconcierto.
Se buscan los encerrados unos a otros, se reconocen, una sombra blanca levanta a la otra. Se abrazan en la penumbra densa aunque todavía no saben dónde ir.
Están esperando a que el gobierno levante todas las ruinas donde hasta hace solo un día respiraban. Están esperando una disculpa, una purga, un funeral, una resurrección de la voluntad, una carne cuajada en lágrimas puesta en pie y clamando justicia.
Porque Venezuela es, en efecto, un país Job, y Job ha aprendido que solo puede ser sanado quien ama la justicia.
Escuchad, gobernantes aliados: la injusticia nos ha enseñado a amar la justicia.
Los amamos a ellos, los encerrados. Los señalamos con su nombre, les ofrecemos nuestro reconocimiento, nuestra escucha.
Y poco a poco se ponen en pie. Allí hay una columna de luz. Están dispuestos a cruzar las sombras. Y algunas palabras no bastan. Hacen falta muchas palabras verdaderas y acciones reparadoras para que ellos encuentren una liberación.
Los encerrados nos miran, nos esperan.
Esperan una amor que llene cada resquicio y disuelva el engrudo que los aplasta: un amor que desentierre y honre a los muertos.
Pero más que amor: aguardan una conciencia activa, una conciencia absoluta que les libere del encierro.
El terremoto ha venido solo a señalar, desde lo más profundo de la tierra, a los que todavía respiran sobre ella. Hades extiende su índice hacia los vivos. Mudo, insoportablemente mudo, nos está hablando.


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