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Cárcel, de Emmy Hennings

Cárcel, de Emmy Hennings

El Paseo Editorial presenta por primera vez al público lector en español la obra literaria de la escritora y actriz alemana Emmy Hennings (1885-1948). Zenda ofrece un adelanto de la novela Cárcel (1919), donde relató su estancia en presidio. El libro incluye una antología de su primera poesía, titulada Estrofas del éter, además de los bocetos del artista y cineasta Hans Richter para ilustrar la novela y un apéndice foto-biográfico sobre la autora.

 

Primera parte

Entretanto, han pasado tres meses.

Sigo sin recibir citación alguna para el juicio.

He regresado a M. No me atrevo a aceptar un contrato en el extranjero. Estoy preocupada por el hecho de que mi probable condena pudiese suponer un despido inmediato.

Guardo el asunto en secreto. ¿Por qué?

Tendría que explicarme; tendría que justificarme… Desde el principio… ¿Pero quién pregunta por mí? Si alguien preguntase por mí… ¡Oh, el interés! Confesaría absolutamente todo. Pero el miedo a no ser entendida me mantiene en silencio.

Si solamente se me escuchase y se aclarase todo. Eso es: que se me escuche. Creo que preguntaría sorprendida y feliz: «¿Me ama usted? No tiene usted interés; pues, ¿quién puede tener interés en escuchar las desgracias ajenas?».

¿Por qué no puedo hablar? Por las noches, canto; actúo en un local de variedades.

Me dicen a veces por la noche: «Tiene usted un repertorio de éxito». O: «Usted de verdad que se preocupa por ofrecer variedad en el programa».

De pronto, se presenta mi proceso. El programa; mi futuro. ¿Futuro? ¿No suena demasiado ambicioso? ¿Qué futuro puede tener alguien que se dedica a entretener al público? Ah, el futuro llegará. Pero, ¿qué futuro?

Quiero acelerar mi futuro. ¿Quiero abreviar mi adversidad? ¿Esquivarlo? ¿No puedo aplazarlo? ¿Tengo que pasar a través de él? ¿No puedo posponerlo? Quiero llevar mi vida tal como me place. Lo intento. Y escribo al juzgado Real la siguiente carta:

Muy honrado señor,

Ya que deseo viajar a París para una estancia de cuatro semanas, les pido cortésmente que me comuniquen si fuese posible que el juicio se celebre o bien en estos días o tras mi vuelta de Francia. Les estaría agradecida por una pronta respuesta.

Con el máximo respeto etc.

Espero haberlo resuelto. ¿No he encontrado un camino para acelerar o posponer mi proceso? Parece como si fuese la confusa situación la que determinase mi actuación, en lugar de mi propia voluntad.

No importa. Voy a preparar mis cosas. Viajaré a París. Tengo malas sensaciones.

Siempre me voy de viaje cuando tengo malas sensaciones. He recibido un telegrama. Se me espera en París para la semana próxima.

Pasan dos días. Estoy agotada de tanta excitación. Quizá tenga fiebre por viajar. Qué más da. ¿Por qué no habría de tener fiebre por viajar?

Me quedo en la cama. Aquí no puede pasarme nada, creo…

Son las ocho de la mañana. Llaman a la puerta. ¿Habré echado la llave? ¿Debería levantarme y asomarme? Hay alguien detrás de la puerta…

Vuelven a llamar. No respondo. Por nada del mundo. ¿Y si se trata de la respuesta del juzgado? No necesito pensármelo más. ¿Debo decir: «Lo siento, me acabo de volver loca»? O: «¿Estoy moribunda?». Mirando a la puerta, me arriesgo a decir a media voz:

—La muerte lo excusa todo. Entra un señor.

La llave no estaba echada. Por supuesto que no…

—Bueno, vengo de la policía. Buenas.

—Ah, bien.

Me incorporo con aire resuelto.

—¡Qué amable! ¿Me trae por casualidad la respuesta a mi carta? ¿Qué tal está el asunto?

—Bueno, lo desconozco. Venga usted un momento… dígame… antes de las diez en la comisaría. Despacho 144. Entonces podrá comprobarlo.

—Sí, podré… seguro… ¿por qué no? ¿A las diez, dijo usted? A las diez… bueno… sí, ¿no dijo usted a las diez en comisaría?

—Sí. ¿Sabe usted dónde es? Tome la línea 6, transborde en la plaza de la estación a la línea 9 y llegará directamente.

Comienzo a pensar… entonces, llego directamente…

—No sé dónde está, pero es lo de menos. Lo encontraré tarde o temprano.

El señor me dice, preocupado:

—Pero sea usted puntual.

—Por supuesto. De inmediato me pongo en camino.

—No, no es necesario. Sólo son las ocho y diez.

Lo encuentro maravilloso. ¿Sólo las ocho y diez? Calculo rápida y siempre erróneamente: sesenta minutos son un año, tres cuartos de hora para las nueve… pronto será Navidad; quince minutos… marzo… revuelo… incluso mis errores tienen reglas. Mis manos están sudorosas. Encojo los dedos de mis pies bajo las mantas. Puedo hacerlo muy bien. Si lo viese pensaría que es maravilloso. ¿Y si le pregunto por qué sigue ahí mientras mi despertador hace tic-tac de la forma más aterradora y despiadada posible?

Le doy cuerda al reloj de la manera más despreocupada. Vuelvo a poner el despertador en la mesita de noche. Allí se encuentran colocados de modo tan ordenado mis libros. Sí, tan ordenado… Pero la comisaría… Subo a la línea 9, llego directamente…

—Por favor, dígame usted, honestamente, si me van a arrestar. Me gustaría saberlo. Ninguna otra cosa me preocupa. Necesito saberlo. Tengo que estar preparada. Sería lo peor que me podría suceder. Por favor, siéntese. Sí, ve usted, no podría soportar que me detuviesen… No se lo puedo explicar a usted a la ligera…

—Ya, la entiendo perfectamente, señorita.

Las palabras brotan solas:

—No quiero ser desconfiada, pero cuéntemelo. Dígame si me van a arrestar. Quizá no sea tan importante para usted como para mí. Perdóneme, no pretendía molestarle. Piense que usted que va a ser detenido… Perdone, si resulta imposible… en cualquier caso… Sólo era por saber. Siempre pensé que no hay nada que sea imposible. Sí, mire usted: incluso es posible que me detengan. ¿Incluso? Yo no soy nada especial, no soy nada, una persona, no, no es verdad. Debo ser otra cosa. Dígame usted: ¿a otros también se les saca de la cama para ser detenidos? ¡Que nunca haya pensado en ello!… ¿No tiene usted tiempo para charlar? Sí, lo entiendo, pero esto no es una charla, créame… ¿Por qué no se para a ver mis retratos en postales? Bromuro de plata. Cuestan 30 céntimos cada uno.

—¿Es usted cantante, señorita?

El señor hurga en mis imágenes, que están sobre la mesa. Huele el aroma de las rosas medio marchitas. Rosas que me regalaron ayer.

—¿Dónde actúa usted, señorita?

Se sienta y cruza las piernas.

Siento un hormigueo en las puntas de los dedos.

—¿Dónde actúo? Bueno, no lo sé. Perdone usted, ¿no carece eso de importancia? ¿Baladí? ¿Me van a detener esta mañana? Por favor, dígamelo de inmediato.

El señor hojea un libro y dice, al tiempo que me contempla, despacio:

—¿Por qué iba usted a ser detenida?

—Bueno, yo tampoco lo sé…

De pronto se levanta y se dirige hacia la puerta.

—No va usted a ser detenida, señorita. En ningún caso

. —¿Por qué no me lo dijo desde el principio? Mire usted —tengo que sonreír—, ya tenía miedo, mucho miedo…

El señor también sonríe:

—Vaya, vaya.

—Sí, tenía miedo, pero ahora parece estar bien. Seré puntual, por supuesto, y muchas gracias.

—Adiós. Me visto de inmediato.

Apenas he terminado de arreglarme, vuelven a llamar a la puerta.

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Autor: Emmy Hennings. Título: Cárcel. Editorial: El Paseo Editorial. Venta: Amazon

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