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Carl Sagan, 25 años después

Hace poco un querido amigo me regaló las Meditaciones (Gredos) de Marco Aurelio. “Estamos ya —me dijo— en la edad adecuada para leerlo”. Tenía razón, aunque también otros muchos deberían leer las sentencias que contiene, comenzando por los profesionales de la política, a ninguno de los cuales —los españoles especialmente— imagino siendo capaces de reflexiones como las de aquel sabio emperador y filósofo romano del siglo II. De esas sabias sentencias ahora quiero recordar parte de dos: “¡Cómo en un instante desaparece todo: en el mundo los cuerpos mismos, y en el tiempo su memoria!”. Y: “El hombre que se desvive por la gloria póstuma no se imagina que cada uno de los que se han acordado de él morirá también muy pronto; luego, a su vez, morirá el que le ha sucedido, hasta extinguirse todo su recuerdo en un avance progresivo a través de objetos que se encienden y se apagan”.

Otro querido amigo, éste ya desgraciadamente desaparecido, Carlos Castilla del Pino, expresó ideas parecidas: “Uno sobrevive sólo en el recuerdo de los demás. Cuando éstos desaparecen, uno ha desaparecido también”, pero, añadía, “no hay muerte si no hay olvido”.

"25 años después de su muerte todavía recordamos al astrofísico, profundo pensador y divulgador Carl Sagan. Lo recordamos, o lo deberíamos recordar"

A pesar de que para los que todavía viven puede ser pobre consuelo, efectivamente, en un sentido profundo, “no hay muerte si no hay olvido”. Sucede, claro, que el recuerdo es avaro al pasar el tiempo. Marco Aurelio fue uno de los que escaparon de ese desolador destino, como también lo son otros que aún permanecen en la memoria de la humanidad que, esperemos, no termine siendo sustituida por la del poderoso disco duro de algún dispositivo electrónico. Son, entre otros, Homero, Euclides, Platón, Aristóteles, Dante, Cervantes, Shakespeare, Galileo, Newton, Darwin, Pasteur o Einstein.

No es una escala temporal lo suficientemente significativa como para pensar que su recuerdo se grabará en la memoria del futuro —seguramente no—, pero 25 años después de su muerte todavía recordamos al astrofísico, profundo pensador y divulgador Carl Sagan (1934-1996). Lo recordamos, o lo deberíamos recordar, tarea —¿misión civilizadora?— ésta que han asumido dos editoriales que se han coordinado en la reedición de dos de sus libros: La diversidad de la ciencia (Península) y Los dragones del Edén (Crítica).

"Tanto la astrofísica como la astrobiología, disciplinas a las que Sagan dedicó la mayor parte de su tiempo como científico, han cambiado bastante desde su fallecimiento"

Los lectores de estas páginas recordarán que he expresado en varias ocasiones mi admiración por tres científicos que dedicaron parte de su tiempo a escribir textos en los que transmitían, con un noble estilo literario, que la ciencia no es ajena a todo aquello genuinamente humano, como son la cultura, la historia o las emociones: el paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould (1941-2002), el neurólogo Oliver Sacks (1933-2015) y Carl Sagan. Gould y Sacks, por cierto, todavía esperan a que alguien se ocupe de sus biografías, mientras que Sagan dispone de una espléndida: Carl Sagan: Una vida en el cosmos (Akal, 2015).

Tanto la astrofísica como la astrobiología, disciplinas a las que Sagan dedicó la mayor parte de su tiempo como científico, han cambiado bastante desde su fallecimiento pero, aun así, libros como los dos ahora reeditados merecen ser leídos. En ellos encontramos profundas reflexiones, sostenidas por hechos, acerca de cuestiones que nos han ocupado y continuarán ocupando. Ayudado por los conocimientos paleontológicos, prehistóricos, químicos, biológicos, y sin desdeñar, pero sometiéndolos a juicio crítico, relatos como pueden ser los incluidos en la Biblia, Sagan se preguntaba —es el tema de Los dragones del Edén— cómo han podido obtener los miembros de nuestra especie la inteligencia que indudablemente poseemos.

O, y esto fue muy importante para él (no olvidemos que estuvo muy involucrado en el programa SETI, siglas inglesas de “Búsqueda de Inteligencia ExtraTerrestre”), qué sentido y posibilidades de éxito tiene la búsqueda de vida extraterrestre, lo que le llevó, como explica en La diversidad de la ciencia, a analizar los muy numerosos casos en los que se ha pretendido haber observado la presencia de seres extraterrestres en la Tierra, cuestiones estas que, inevitablemente, le condujeron a considerar un asunto recurrente en la historia de la humanidad: el origen, naturaleza y justificación de las religiones.

"Como en la famosa frase de Terencio, a Carl Sagan nada de lo humano le fue ajeno"

Desde hace ya algún tiempo abundan los científicos autores de libros de divulgación. Y los hay excelentes. Sus textos amplían nuestros conocimientos científicos, pero pocos se acercan a una visión tan plural, cultural, científica y humanística como la de Sagan. A lo que un científico tiene que dedicarse, por encima de todo, es a generar la mejor nueva ciencia de que sea capaz. Como persona, por supuesto, debería también involucrarse en el mundo en el que vive, pero es difícil, y no demasiado frecuente, que un científico que no había tenido nada que ver con el Proyecto Manhattan, que produjo las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, se involucrase tanto y de forma tan informada en el mundo sociopolítico como lo hizo Sagan.

Quiero recordar en este sentido un libro que escribió en colaboración con otro científico, Richard Turco, y que Plaza & Janés publicó en 1991: Un efecto imprevisto: El invierno nuclear. Todavía recuerdo la profunda impresión que me produjo su lectura. En él, Sagan, apoyándose en lo que había expuesto en su tesis doctoral (1960), en la que explicaba cómo en Venus se ha producido un efecto invernadero asociado a la presencia en su atmósfera de una gran cantidad de dióxido de carbono, prevenía sobre las consecuencias que acarrearía una guerra nuclear. Como en la famosa frase de Terencio, a Carl Sagan “nada de lo humano le fue ajeno”. Nada de lo humano y nada de lo cósmico.

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Artículo publicado en El Cultural.

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