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Cartas a Mateo VI: Baloncesto

Cartas a Mateo VI: Baloncesto

…y allá desde lo lejos
van llegando los viejos recuerdos en ráfagas lentas de viento.
Roberto Iniesta, «Pedrá»

Querido Mateo,

Hace poco escuché, en boca de un entrenador de baloncesto, una frase de autor no conocido por mí pero que, por su sonoridad e impacto bien podría formar parte de alguna obra maestra de la literatura: “La nostalgia y la esperanza son los dos más crueles asesinos que hay: matan la realidad, matan el presente». No seré yo quien le quite, de entrada, validez al planteamiento. Pero, hijo mío, después de unas cuantas entregas, ya has podido confirmar que tu padre forma parte del club de los nostálgicos, o digamos, para que no suene tan dramático, de aquellos a quienes no les desagrada la compañía de los recuerdos, sobre todo si son buenos y acuden a uno mecidos en esas ráfagas lentas, puede que incluso cálidas, de viento, que menciona el verso inicial.

"Hay pequeñas cosas que nadie conoce aún: como el día en que anotaste tu primera canasta en el aro de tela acoplado al pequeño parque de juegos del salón de casa"

Sé que tus tíos te dirían que soy el típico pesado, siempre evocando las mismas escenas de Los Simpson (espero, de corazón, que esto no sea un anacronismo…) o contando la misma historia, la clásica batallita una, otra y otra vez. Tal vez tengan algo de razón, no lo puedo negar. Pero mira, Mateo, por hablar de baloncesto, que es lo que quiero tratar en la carta de hoy, siempre hay pequeñas cosas que ni tus tíos ni nadie conocen aún: como el día en que anotaste, en el aro de tela acoplado al pequeño parque de juegos del salón de casa, con algo más de diez meses de edad y un poco de ayuda por mi parte, tu primera canasta: miércoles, 11 de noviembre de 2020.

Volviendo al tema de la carta, Mateo: resulta que en este mismo caluroso mes de julio, hace ahora 35 años, tenía lugar en Ferrol el primer partido (Australia 72 – Cuba 66) de los que se iban a celebrar en aquella sede de la Copa del Mundo de baloncesto. Era la primera vez que España acogía el evento, y sólo ha vuelto a hacerlo tiempo después, en el 2014. De este último Mundial tengo recuerdos más nítidos, pero menos agradables, así que los dejaremos para otro momento. El hecho de que la ciudad fuese sede del evento, ya de por sí un noticia bomba, era aún más notable debido a que la organización corrió a cargo del OAR Ferrol, es decir, no una federación o una ciudad, lo habitual, sino un “simple” club, circunstancia nunca antes vista y que, por el momento, no se ha vuelto a producir (hasta donde mi memoria llega…).

"En cada barrio había un colegio, una pista en su parque, o una simple esquina con la canasta y un grupo de chavales evolucionando a su abrigo"

Andaba yo por los 9 años, hijo, y aunque tengo algún recuerdo más o menos vivo incluso anterior a esa fecha (tu tío José Antonio levantándome de la cama para presenciar la histórica plata olímpica en la final de baloncesto de Los Ángeles en 1984), el caso es que de aquel Mundial sólo puedo escribirte lo que me han contado y lo que he leído sobre unos días que todos describen como una auténtica fiesta, con conciertos, actividades para los niños y los jugadores de las selecciones participantes ­ —Australia, Israel, Uruguay, Cuba, Angola y la todopoderosa (al menos en este deporte y en aquel tiempo) Unión Soviética— paseando, comiendo y comprando por la ciudad. Ha sido siempre muy comentada la afición al aire fresco nocturno de varios jugadores uruguayos, la estampa de los numerosos “entrenadores” del equipo de Israel, algunos de los cuales nunca se desprendían de una enorme gabardina, y también la famosa visita de Vladimir Tkachenko, uno de los techos del baloncesto mundial de todos los tiempos a un pequeño supermercado, donde pasó un buen rato eligiendo chanclas y artículos de hogar.

Hay unanimidad en calificar el acontecimiento como algo histórico, que ayudó a consolidar la afición a este deporte en una comarca donde siempre respiré baloncesto, y que vivió sus mejores años en los 80 y comienzos de los 90 con el OAR en la máxima categoría del baloncesto del país, hasta que la economía se lo llevó por delante. Tras el paso del Mundial se podía ver a infinidad de niños jugando a baloncesto, en muchos clubes de escuelas, agrupaciones deportivas o vecinales, que surgieron o se consolidaron al calor del evento. En cada barrio había un colegio, una pista en su parque, o una simple esquina con la canasta y un grupo de chavales evolucionando a su abrigo. Y esas hermosas raíces han ido fortaleciéndose con el paso de los años, al igual que las de los árboles que se plantaron en la ciudad para conmemorar el evento. Para dejar una huella visible, imborrable, que asegurase a las generaciones venideras que todo aquello no había sido un mero sueño.

"Lo mismo que las raíces de este bello jardín, que nos traen a la memoria aquel histórico julio de 1986, así la afición al baloncesto se ha ido haciendo cada vez más y más profunda en la comarca"

Y es que alguien tuvo la brillante idea (en este caso lo digo sin atisbo de ironía) de pedir a las representaciones de los equipos que plantasen un árbol con significado especial en su país, para que permaneciese en la ciudad como recuerdo de su paso. Los australianos, muy amables, ofrecieron además traerse un canguro para exponerlo en la ciudad, pero hubo que explicarles que no había zoológico y que iba a ser un poco complicado gestionar aquello, así que todos se conformaron con enviar a sus representantes, con embajadores y gente así, para dar vida a aquella especie de jardín internacional que acogería desde entonces un olivo (Israel), un abedul (URSS), una catalpa (Cuba), una cica (Australia), una acacia (Uruguay) y una yuca (Angola).

Lo mismo que las raíces de este bello jardín, que nos traen a la memoria aquel histórico julio de 1986, así la afición al baloncesto se ha ido haciendo cada vez más y más profunda en la comarca, como una hermosa costumbre, una tradición que pasa de padres a hijos, una parte más de nuestra pequeña historia que, para bien o para mal, no resulta fácil borrar. Y así, mezclando mis propias vivencias de la época con reportajes y libros sobre ese período de esplendor baloncestístico en la zona, o entrevistas con los jugadores del equipo local donde narran sus sensaciones, en aquellos años más que dorados, cuando iban a visitar colegios, hospitales, a participar en eventos con todo tipo de entidades, viendo las caras iluminadas de tantos niños y mayores, recuerdas con una mezcla de alegría y de inevitable nostalgia (siempre acechando, Mateo)  la frase de uno de los capitanes de aquel equipo legendario para un par de generaciones: “Éramos tan felices… pero aún no lo sabíamos”.

Muchos besos, Mateo.

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