“…los años habían sido como el correr de una sola noche, atravesada por un río de imágenes…”
Hermann Broch, La muerte de Virgilio
Querido Mateo,
Cuando llegó vuestro turno y salisteis a la pista, caminando juntos hacia el centro del parquet, algo cambió ligeramente de lugar. Algunos avanzabais con esa mezcla de timidez y orgullo que os produce llevar vuestras flamantes camisetas del equipo, mientras otros miraban alrededor con curiosidad como tratando de entender todo aquel despliegue. Y, sin embargo, más allá de la organización, de las indicaciones del fotógrafo o de las idas y venidas, lo que de verdad empezaba a ocupar mi atención era ya otra cosa, algo que aún te queda lejos. Ese pabellón en el que te disponías a posar junto a tus compañeros, no era un lugar cualquiera: el escenario, construido en su momento para albergar partidos de un Mundial de baloncesto, había visto ya correr, lanzar, caerse, levantarse, llorar y a veces reír, a miles de jugadores a lo largo de sus cuarenta años de vida.
Cuarenta años. Es una cifra que, de entrada, puede no significar demasiado, en especial para unos niños tan pequeños. Lo cierto es que no recuerdo lo que yo sentía o pensaba sobre el paso de los años, si es que algo como eso llegaba a ocupar mi mente, cuando tenía tu edad. Imagino que percibía el tiempo como algo elástico, una sustancia imprecisa que se estira o se encoge según la tarde se hiciese larga o corta, según en qué cosas uno tuviese que emplearlo. Apoyado en la barandilla que separa la grada del parquet, mientras os veía sonreír, jugar y correr por el recinto, yo no era capaz de recuperar mi propia emoción de entonces. Tal vez, como suele ocurrir, la explicación más sencilla sea suficiente: los adultos sufrían los partidos, los niños soñábamos con ellos, y la vida seguía adelante con esa naturalidad con la que avanzan los años cuando uno todavía no sabe que está viviendo recuerdos futuros. Entonces, seguramente nadie, y yo mucho menos, pensaba demasiado en el paso del tiempo: tu padre era apenas algo mayor de lo que tú eres ahora, querido Mateo, en aquel lejano 1986 sobre el que hoy aplicamos esta pequeña lupa.
Hay cosas que uno no puede evitar. Por ejemplo, intentar entender cómo trabaja el tiempo. Y así, en ese momento del viernes, cuando por fin llegó vuestro turno, mientras el fotógrafo os pedía caras sonrientes, y que mantuvierais vuestras posiciones, yo no estaba viendo sólo la imagen de tu equipo, esa primera y hermosa ocasión donde te reunías con tus compañeros en el formato clásico. Lo que creía percibir era, en realidad, algún tipo de movimiento suave, una especie de corriente invisible que atraviesa, silenciosa pero irrefrenable, los años. Un caudal que se encauza a través de gestos pequeños, como el del niño que aprende a botar su balón, o que intenta lanzar por primera vez en la canasta de los mayores, también en la paciencia del entrenador que enseña lo mismo que antes él pudo aprender de otros, y en el estoicismo imperfecto de padres que miran desde la grada tratando de no meterse donde no deben. La limpia y sencilla dinámica del deporte: primero aprender, luego jugar, finalmente enseñar.
Es probable que dentro de veinte años algunos de los niños que estaban contigo en aquella foto ya no jueguen al baloncesto. Otros seguirán haciéndolo de forma ocasional, en partidos entre amigos, y puede que alguno continúe vinculado al deporte de otra manera más profunda, tal vez hasta fuera de nuestras fronteras. También es posible que alguno vuelva a ese mismo pabellón ya como padre, apoyado en otra barandilla, mientras su hijo posa para una escena parecida, reflexionando sobre imágenes que podrían ser similares a las que yo te comparto en estas líneas.
No lo sé. Nadie puede saber hoy si el baloncesto será para ti una pasión duradera o simplemente una etapa bonita de la infancia. Eso es algo que el tiempo decidirá a su manera, como decide tantas otras cosas importantes por nosotros. Lo que sí sé es que aquella tarde sentí una emoción muy intensa mientras os veía posar. No era exactamente orgullo, ni tampoco nostalgia. Era algo más sencillo y más profundo a la vez: la alegría de ver tu propia ilusión. Quizá eso sea lo que uno aprende cuando se convierte en padre, o al menos así ha venido siendo en mi caso: las ilusiones de los hijos tienen una capacidad extraña de enraizar con las propias para intensificarlas. No es exactamente que uno vuelva a ser niño, como a veces se dice. Es más bien que descubre una forma nueva de mirar aquello que ya le importaba. Verte a ti disfrutar del baloncesto no me devuelve a mi propia infancia. Me permite contemplarla desde otro lugar, como si las escenas de entonces encontraran ahora una continuación inesperada en esa mansa corriente que va pasando de una generación a otra sin hacer ruido.
Y así es como recordaré aquel instante, querido Mateo: contigo ya dentro de ese fluir invisible, ocupando sin saberlo tu lugar exacto en él, mientras yo, apoyado en la barandilla, me limitaba a observarte.
Muchos besos, hijo.


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