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Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke

Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke

Cartas a un joven poeta es, posiblemente, la obra que contiene el mensaje más profundo para todos aquellos que sientan de un modo u otro la llamada de la poesía y del arte. Rilke da forma en sus cartas a su concepción de la vida, la literatura, el arte y la religión, y lo hace estimulado por la correspondencia con Franz Xaver Kappus (1883-1966), un joven cadete de la Academia Militar de Wiener Neustadt, aspirante a poeta, que le recuerda mucho a sí mismo. Las cartas verán la luz en 1929, tras la muerte del poeta, en un volumen separado del resto de su correspondencia, y muestran a los lectores la modernidad de su autor en unos momentos en los que ideologías tan nocivas para la individualidad como el comunismo y el nacionalsocialismo iban ganando cada vez más terreno.

Zenda adelanta las primeras páginas de la versión ilustrada editada por Nórdica Libros.

***

INTRODUCCIÓN

Fue a finales del otoño de 1902… Yo estaba leyendo un libro en el parque de la Academia Militar de Wiener Neustadt, sentado bajo unos vetustos castaños. Estaba tan absorto en la lectura que apenas me di cuenta de que se había acercado a mí el único de nuestros profesores que no era oficial, Horaček, el erudito y amable capellán de la Academia. Me quitó el libro de las manos, miró la cubierta y meneó la cabeza. «¿Poemas de Rainer Maria Rilke?», preguntó pensativo. Luego lo hojeó por varios sitios, leyó por encima algunos versos, miró reflexivo a lo lejos y asintió finalmente. «Así que el joven René Rilke se ha convertido en poeta».

Y me enteré de la existencia de aquel chico delgado y pálido, al que sus padres habían enviado hacía más de quince años a la Escuela Militar de Sankt Pölten para que más tarde fuera oficial. En aquel entonces Horaček era capellán de aquella institución y recordaba aún muy bien al antiguo pupilo. Lo describió como un joven callado, serio, muy bien dotado, al que le gustaba mantenerse apartado, que soportaba con paciencia las obligaciones de la vida del internado y que, al concluir el cuarto año, pasó con los demás a la Escuela Militar Superior, que estaba en Mährisch-Weisskirchen. Allí, como es natural, su constitución se reveló demasiado débil, por lo que sus padres lo sacaron de la institución y le dejaron que siguiera estudiando en casa, en Praga. Qué había sido de su trayectoria a partir de entonces, eso Horaček ya no supo decirlo.

Tras escuchar todo esto, es perfectamente comprensible que ya en ese mismo momento me decidiera a enviarle a Rainer Maria Rilke mis intentos poéticos y pedirle su opinión. Sin haber cumplido aún veinte años y muy próximo a pisar el umbral de un ámbito profesional que sentía como todo lo contrario a mis inclinaciones, esperaba encontrar comprensión, si es que podía encontrarla en alguien, en el autor del libro En mi honor. Y sin que yo en realidad lo hubiera pretendido, surgió una carta que acompañó a mis versos, en la que yo me expresaba sin reservas, como nunca lo había hecho antes ni volví a hacerlo después frente a otra persona.

Pasaron muchas semanas hasta que llegó una respuesta. El escrito, con un sello azul, llevaba el matasellos de París, pesaba mucho en la mano y mostraba en el sobre los mismos rasgos claros, hermosos y seguros con los que estaba redactado el texto desde la primera hasta la última línea. Con él empezó mi correspondencia regular con Rainer Maria Rilke, que duró hasta 1908 y luego, poco a poco, fue diluyéndose porque la vida me empujó por caminos de los que precisamente la preocupación cálida, tierna y conmovedora del poeta había querido protegerme.

Pero esto no importa. Lo único importante son las diez cartas que siguen a continuación, importantes para conocer el mundo en el que vivió y creó Rainer Maria Rilke, e importantes también para muchos que están creciendo y formándose hoy y para los que lo harán mañana. Y allí donde alguien grande y único habla, los pequeños han de guardar silencio.

Berlín, junio de 1929
Franz Xaver Kappus

***

París, 17 de febrero de 1903

Estimado señor:

Su carta me ha llegado hace tan solo unos días. Quiero darle las gracias por su confianza, grande y afectuosa. Apenas puedo hacer otra cosa. No puedo entrar en el estilo de sus versos, pues nada queda más lejos de mí que cualquier intención crítica. No hay nada con lo que menos pueda rozarse una obra de arte que con palabras críticas: al hacerlo siempre surge algún malentendido más o menos afortunado. Las cosas no son todas tan palpables ni tan expresables como querrían hacernos creer la mayoría de las veces; la mayor parte de los acontecimientos son indescriptibles, se desencadenan en un espacio que jamás ha pisado una sola palabra, y lo más indescriptible de todo son las obras de arte, existencias misteriosas, cuyas vidas perduran junto a la nuestra, que acaba por desaparecer.

Enviando de antemano este apunte, lo único que puedo decirle es que sus versos no tienen un estilo propio, aunque sí son un silencioso y oculto principio de lo personal. Lo percibo con mayor claridad en el último poema, «Mi alma». En él algo propio quiere convertirse en palabra y melodía. Y en el hermoso poema «A Leopardi» tal vez esté brotando una especie de parentesco con aquel gran solitario. A pesar de todo, los poemas no son aún nada en sí mismos, nada independiente, ni siquiera el último, ni el de Leopardi. Su amable carta que los acompaña no deja de explicarme algunas carencias que he percibido al leer sus versos, sin poder, sin embargo, llamarlas por su nombre.

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me pregunta a mí. Antes ha preguntado ya a otros. Los envía usted a revistas. Los compara con otros poemas y se pone usted nervioso cuando algunas redacciones rechazan sus intentos. Ahora bien, dado que usted me ha permitido aconsejarle, le ruego que renuncie a todo eso. Mira usted hacia fuera y eso, sobre todo, es algo que no debería hacer ahora. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. No hay más que un único medio. Adéntrese en usted. Escrute el fundamento que para usted supone escribir; compruebe si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón, reconozca si se moriría usted si le prohibieran escribir. Pero, sobre todo, pregúntese en la hora más silenciosa de la noche: «¿Tengo que escribir?». Excave en su interior en busca de una respuesta profunda. Y si esta fuera afirmativa, si usted pudiera enfrentarse a esta grave cuestión con un enérgico y sencillo «tengo», entonces construya su vida en función de esa necesidad; hasta en la hora más nimia e indiferente su vida tendrá que ser señal y testimonio de ese impulso. Después acérquese a la naturaleza. Luego, como si fuera el primer hombre, trate de decir lo que ve y lo que experimenta, lo que ama y lo que pierde. No escriba usted poemas de amor; al principio evite esas formas que son demasiado corrientes y habituales: son las más difíciles, porque se necesita una fuerza grande y madurada para ofrecer algo propio allí donde han surgido cantidad de testimonios buenos y, en parte, brillantes. Por ello refúgiese de los motivos comunes en los que le ofrece su propia vida cotidiana; describa usted sus tristezas y sus deseos, los pensamientos fugaces y la fe en algo bello…, describa usted todo eso con íntima sinceridad, callada y humilde, y, para expresarse, utilice las cosas de su entorno, las imágenes de sus sueños y los objetos de sus recuerdos. Si su vida cotidiana le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted, dígase que no es usted lo bastante poeta como para conjurar sus riquezas; pues para el que crea no hay pobreza ni lugar pobre e indiferente. Y aunque estuviera usted en una prisión, cuyos muros no permitieran que llegara a sus sentidos ninguno de los rumores del mundo… ¿acaso no le quedaría siempre su infancia, esas riquezas preciosas y regias, ese tesoro de los recuerdos? Vuelva su atención hacia ella. Trate de hacer surgir las sensaciones sumergidas de aquel extenso pasado; su personalidad se fortalecerá, su soledad aumentará y se convertirá en una morada en penumbra, por la que el ruido de los otros pasa de largo. Y si de ese giro hacia dentro, de esa inmersión en el mundo propio, brotan versos, entonces no pensará usted en preguntar a nadie si son buenos versos. Tampoco intentará usted que las revistas se interesen por esos trabajos, pues usted verá en ellos su propiedad, querida y natural, un pedazo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando ha surgido de la necesidad. En esta forma en la que surge está su juicio: no hay otro posible. Por eso, mi apreciado señor, no sabría darle más consejo que este: meterse en sí mismo y examinar las profundidades de las que brota su vida; en su fuente encontrará la respuesta a la pregunta de si debe usted dar vida a algo. Tómela como suene, sin interpretarla. Tal vez se demuestre que está usted llamado a ser artista. Cargue entonces con esa suerte y llévelas, su carga y su grandeza, sin preguntar nunca por la recompensa que pudiera venir de fuera. Pues el que crea debe ser un mundo para sí mismo y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a la que se ha adherido.

Pero, tras ese descenso a su interior y a su soledad, tal vez deba usted renunciar a ser poeta (basta, como he dicho, con sentir que se podría vivir sin escribir para no tener que hacerlo en absoluto). Pero tampoco entonces ese giro que le pido habrá sido en vano. En todo caso, a partir de ahí su vida encontrará caminos propios y que sean buenos, ricos y amplios es algo que le deseo en mayor proporción de lo que soy capaz de expresar.

¿Qué más puedo decirle? Me parece que todo está subrayado en su justa medida; y, para terminar, solo querría aconsejarle que vaya viviendo tranquilo y sereno su evolución; no podría usted alterarla más que mirando hacia fuera y esperando de fuera la respuesta a preguntas que solo pueden responder sus sentimientos más íntimos en su hora más silenciosa.

Ha sido para mí una alegría encontrar en su carta el nombre del profesor Horaček; sigo sintiendo un gran respeto por ese afectuoso sabio y un agradecimiento que perdura a través de los años. Por favor, exprésele mis sentimientos; es muy amable por su parte que aún me recuerde y sé apreciarlo.

Los versos que amablemente me ha confiado, se los devuelvo también. Y una vez más le agradezco la magnitud y la cordialidad de su confianza, de la cual, con esta respuesta sincera, dada según mi mejor saber, he tratado de hacerme un poco más digno de lo que, cual desconocido, soy en realidad.

Con todo mi afecto y simpatía,

Rainer Maria Rilke

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Autor: Rainer Maria Rilke. Traductora: Isabel Hernández. Ilustrador: Ignasi Blanch. Título: Cartas a un joven poeta. Editorial: Nórdica. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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