Con el tiempo comprendí que nos había unido algo más que unas fotos. El día que fui a su casa a retratarla por primera vez no nos conocíamos de nada, luego ya supe que su mente podía memorizar el oro rosado y el destello de esa piedra de Salamanca que al atardecer lo inunda todo desde las fachadas. También ella conocía los olores que, a esas mismas horas, se desprenden de las dehesas cuando sus púas doradas braman bajo la suela de una pisada.
Eso ocurría en los veranos en los que viajábamos desde el Norte, pasando por Pancorbo hacia Castilla, hacia la tierra de mis padres. Época en las que cambiaba los brezos o los tojos por esos rastrojos amarillos, los cantuesos y la jara. O el sonido de los mirlos o los carboneros por el de las alondras, o el ruido de la estampida de una becada desde los helechos por el de una perdiz roja sorprendida entre encinas.
Luego desde Bilbao me había ido a vivir a Madrid, y entre la infinidad de vericuetos y gentes también la había conocido a ella. Estaba en su atalaya, en su casa de Doctor Esquerdo, desde la terraza donde se veían las agujas de las iglesias clavarse en las nubes.
En La barca nevada (1947) y en Entre visillos (1958), su primer poema y su primera novela, es donde Carmen mejor describe su infancia y su juventud en Salamanca.
El Tormes y la niebla que hiela los huesos en invierno o te los refresca en verano. Conozco bien esos territorios.
Los describió ella mientras paseaba narrando ante una cámara de TVE los espacios que transitó.
Bajo un puñado de mis fotos pego ahora algunas de sus palabras.
Plaza Mayor: “Siempre está animada la Plaza Mayor, pero no solo ahora que son fiestas, siempre…Qué bonita es Dios mío, es la plaza más bonita del mundo, o no? (…) Yo no soy capaz de verla como un monumento. La veo como un espacio, el más grato que se pueda soñar. Era nuestra casa algo que estaba al uso que no me pareció nunca solemne”
“Ese es el ayuntamiento y en la punta encima del reloj y de la campana, entre esas estatuas que representan la agriculturas, la música, la industria y la poesía está la Mariseca, la veleta con el toro de chapa y la bandera que se pone siempre en estas fiestas…”
“En estos días de feria los ganaderos con sus mayorales dejan la finca y se vienen a la ciudad para mezclarse entre la multitud (..,) que llegan del pueblo en coche de línea y acaban siempre perdiéndose y buscándose unos a otros por las calles (…). Entre las gigantillas de careta grotesca y andares tambaleantes (…), el traje de charra confiere a las salmantinas una especie de lujoso hieratismo”
Sobre Fray Luis de León en el Patio de escuelas:
“Y ahí queda meditando perpetuamente nimbado por el halo de luz de oro, luz no usada como el diría el maestro Fray Luis tal vez soñando con volver a entrar en el aula de gruesos muros y carcomidos bancos donde daba sus lecciones soñando con subir de nuevo como un fantasma a su tribuna en forma de púlpito desde la que ninguna voz ha vuelto a escucharse y exclamar para un auditorio inexistente: decíamos ayer”
Dónde estudió:
“Al final de la calle de la Rua y frente a la Catedral y en la plaza de Anaya está el palacio que lleva este nombre donde yo estudié Filosofía y Letras, también se llama Colegio Mayor San Bartolomé y es modelo de la arquitectura pseudo clásica del siglo XVIII. Subiendo la escalinata está el busto de Unamuno… Aquí conocí la amistad de tantos compañeros que escribían sus primeros versos… Que me sacaron de la rutina de una ciudad mirada tan solo entre el tul de los visillos…”
Catedral:
“Ahí se ve el torreón bizantino de la catedral vieja cubierto de escamas como un animal antediluviano, la torre del Gayo, que así se llama por el gayo que luce en su veleta”
Sobre su casa: “Mi casa estaba en la Plaza de los Bandos. Aquí es donde yo nací y viví 24 años hasta que acabé la carrera y me marché a Madrid. Mi casa ya no existe. La tiraron hace poco sin que nadie me avisara (…)
Cuánto he jugado en esta Plaza de los Bandos, cuánto he soñado en aquel rincón desaparecido, donde cuchicheaban los niños y tomaban el sol los viejos. Lo más importante era el balcón desde el balcón veía la Iglesia del Carmen donde me bautizaron (…). Yo vivía en el primero era una casa de tres plantas con mirador plano”
“Por una de estas calles que yo recorría a veces en bicicleta se iba a la casa de Don Miguel de Unamuno: lo confinaron en ella y se murió sentado al brasero el último día del año de 1936 (…). Bajo los olmos añosos de esta callecita solitaria porque la que mucho paseó Don Miguel le llegó de puntillas la muerte que tanto temía, se le coló por el balcón (…) y él se adormecía ya cansado de tanto pensar, discutir y contradecirse”
El río Tormes:
“(…) Ha tenido la honra de reflejar a Salamanca en sus aguas…
Qué orgullosa y presumida con sus dos puentes para que el Tormes discurra por debajo (…). A pesar de su caudal, cuando yo era niña hubo inviernos tan rigurosos que se llegó a helar de parte a parte, y se podía cruzar patinando. Nunca he pasado tanto frío como en aquellos inviernos de posguerra. Se ha candado el río decía la gente…”
———
(Fuente: RTVE Play. Esta es mi tierra (1983). Juan Manuel Martín de Blas, Manuel Serrano)












Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: