Cernuda escribe «Soy español sin ganas» y, unas páginas después, reconoce una España que sigue necesitando. Las dos afirmaciones pertenecen al mismo poema. Entre ellas han aparecido los personajes de Galdós: Gabriel, Inés, Salvador, Fortunata, Mauricia. Son nombres propios, no argumentos para una reconciliación. En el Díptico español, la pertenencia acaba pasando por esas criaturas: el poeta conserva con ellas una relación que el desencuentro con su tierra no ha conseguido destruir.
Conviene escuchar su comienzo. Antes de formular su rechazo de España, Cernuda discute con quienes explican sus versos mediante la separación y la nostalgia. No acepta que se lea toda su poesía como la queja de un desterrado. Esa advertencia alcanza también al homenaje a Galdós. Convertirlo en el consuelo de un hombre que añora su país sería atribuirle precisamente la simplificación que acaba de rechazar. Aquí la nostalgia tiene que responder a preguntas: qué se echa de menos, desde cuándo y si eso que se necesita existió alguna vez fuera de los libros.
La segunda parte comienza con una palabra reveladora: amigo. «Su amigo, ¿desde cuándo lo fuiste?». La relación literaria aparece antes que la valoración crítica. A continuación llegan el estante de los libros paternos, las estampas y la curiosidad por averiguar la historia que representan. Cernuda recuerda un descubrimiento infantil, hacia los diez u once años. Las ilustraciones le abren el acceso a los Episodios nacionales. Antes de que Galdós sea una autoridad, ha sido una invitación a leer.
El detalle de las estampas evita que la evocación se vuelva solemne. Un niño no entra en una novela para reconocer su puesto en la historia literaria: quiere saber qué sucede. La imagen le hace una promesa que las palabras deben cumplir. A partir de ahí, las figuras del libro comienzan a ocupar una parte de su atención, de sus afectos y de sus expectativas. La futura patria narrativa nace de un acto bastante menos grandioso que una declaración de identidad: abrir un volumen porque algo ha despertado la curiosidad.
Los primeros nombres llegan juntos: Gabriel, Inés, Amaranta, Soledad, Salvador, Genara. El poema no los presenta como una colección de ejemplos edificantes. En esa compañía caben temperamentos y conductas distintos. La España que forman tiene habitantes, y por eso mismo tiene conflictos. Cernuda no pide a Galdós que invente un país donde todo merezca aprobación. Reconoce la fuerza con que unas vidas imaginadas entraron en la suya. Las recuerda como se recuerda a alguien, no como se enuncia una doctrina.
La elección de Salvador Monsalud precisa todavía más el vínculo. El protagonista de la segunda serie de los Episodios representa para el poeta la fidelidad a unos propósitos mantenidos entre dificultades y decepciones. Cernuda contempla al niño que deseaba parecerse a aquellas criaturas y advierte lo que esa aspiración dejó en él. El personaje participa en una educación del deseo: enseña a querer una vida, no solo a seguir un argumento. Por eso su importancia no se mide únicamente por lo que permite conocer del pasado español.
El vocabulario del pasaje estrecha la relación. Entre los propósitos de Salvador aparecen unas quimeras que el poema llama desoladas. La proximidad con el título Desolación de la Quimera permite leer ahí una resonancia del propio Cernuda. La criatura de Galdós no es su retrato, pero ofrece una figura en la que puede reconocer la persistencia de una aspiración. El recuerdo infantil y la escritura de madurez se alcanzan en esas palabras. El homenaje está hablando del novelista y, al mismo tiempo, de quien ha continuado leyéndolo.
Después cambia el repertorio. De los Episodios se pasa a las novelas, y comparecen Rosalía, Eloísa, Fortunata, Mauricia, Federico Viera, Martín Muriel y Moreno Isla. El descubrimiento ya no se formula principalmente como deseo de aventura, sino como acceso al «escondido drama de un vivir cotidiano». La expresión concentra una transformación del lector. Lo que parecía una existencia reconocible revela, bajo su continuidad, un tormento que no estaba a la vista. Cernuda encuentra en Galdós una profundidad que no necesita separarse de las costumbres ordinarias.
También la construcción del poema cambia con esa enumeración. Al nombrar a cada personaje, la pertenencia deja de ser un concepto indivisible. Se vuelve una suma de relaciones particulares. Nadie necesita sentir lo mismo por Fortunata que por Rosalía de Bringas; precisamente esa diferencia hace más convincente la compañía. Un elogio general de España podría pronunciarse sin haber leído una sola novela. Esta relación, en cambio, depende de reconocer nombres, voces y situaciones. Tiene el espesor de una experiencia y admite matices que una consigna no puede albergar.
La diversidad de los personajes explica algo que Cernuda había defendido en su ensayo «Galdós», fechado en 1954. Allí aproxima al novelista a Cervantes por la capacidad de comprender y respetar una actitud humana contraria a la propia. Ese criterio permite enlazar el juicio crítico con el poema. El país literario al que vuelve Cernuda no le exige que todos sus habitantes piensen como él. Su amplitud procede de que las diferencias tienen derecho a existir dentro de la obra. La generosidad se reconoce en la manera de escribir al otro.
El elogio tiene consecuencias formales. Cernuda atiende al diálogo y al monólogo, al procedimiento de dejar que las criaturas hablen mientras el autor evita explicarlas de continuo. La manera de expresarse contiene una inteligencia, una limitación, un deseo de justificarse. En Torquemada en la hoguera, una de sus preferencias más rotundas, le interesan especialmente los soliloquios del personaje ante la enfermedad y la muerte del hijo. El poeta reconoce trabajo de lenguaje donde una lectura apresurada podría percibir solo facilidad narrativa.
Ese Galdós resulta necesario para entender la patria del poema. La compañía nace de una forma de contar. Si el narrador resolviera de antemano la verdad de cada criatura, la lectura sería mucho menos hospitalaria: sabríamos a quién admirar, a quién condenar y cuándo dejar de escuchar. Las voces galdosianas prolongan la atención. Incluso una explicación interesada puede revelar una herida verdadera. En ese margen entre lo que alguien dice y lo que el lector llega a comprender se construye una relación que no depende de la obediencia.
La defensa de 1954 contiene, además, una advertencia contra la admiración rutinaria. Cernuda distingue entre ser un autor leído y ser un autor comprendido; de ahí su afirmación de que «aún no han nacido sus lectores verdaderos». No importa aceptar literalmente el pronóstico para reconocer su exigencia. El prestigio de Galdós no dispensa de examinarlo. El propio Cernuda mantiene reservas ante su teatro y establece preferencias entre las novelas. Su gratitud no le impide juzgar: es una gratitud ejercida leyendo.
En el poema, esa exigencia toma la forma de la relectura. Los libros acompañan al niño, al joven y al hombre, pero no les dicen exactamente lo mismo. Cambia aquello que el lector puede percibir. Una conversación que antes servía para avanzar en la historia puede revelar después una humillación; una conducta incomprensible puede adquirir razones, sin convertirse por ello en admirable. Cernuda vincula la renovación de los libros con la de su propia vida. La permanencia de Galdós consiste en soportar ese cambio, no en conservar intacta una emoción infantil.
Ahí reside una diferencia decisiva entre una biblioteca viva y un depósito de recuerdos. La segunda conserva pruebas de lo que fuimos; la primera todavía puede discutir con lo que somos. En la evocación de Cernuda, los personajes no permanecen al otro lado de una edad cerrada. Siguen disponibles para una relación nueva. El adulto no tiene que fingirse niño para reencontrarlos. Puede llevar a la novela su experiencia, sus decepciones y sus preguntas, y descubrir que el libro no ha terminado de responder.
También los lugares participan de esa intimidad. Portillo de Gilimón, Sal si Puedes, Cádiz, Toledo, Aranjuez, Gerona: el nombre leído conserva una capacidad de evocación que no depende siempre de haber visitado el lugar. La geografía del poema reúne lo contemplado y lo imaginado. Un espacio puede resultar próximo porque allí transcurrió una vida novelesca. Cernuda reconoce esa doble procedencia del afecto. Los libros no reproducen simplemente un mapa conocido; le han enseñado a habitar lugares a los que la experiencia directa no lo había llevado.
Pero el pasaje contiene una precisión que cambia el sentido de la nostalgia: el encanto conservado por Galdós podía faltar incluso cuando el poeta estaba en España. Por tanto, el regreso físico no habría bastado para recuperarlo. La «patria imposible» no es únicamente un país del que alguien se ha marchado. Es también una posibilidad de vida que la literatura ha hecho visible sin garantizar su existencia fuera de ella. Cernuda puede añorar algo que nunca llegó a poseer plenamente. El deseo no se limita a pedir la devolución del pasado.
El final mantiene juntas esa imposibilidad y esa necesidad. La España galdosiana es para él más real y, a la vez, soñada: lo afirma desde su experiencia de lector, no como una descripción histórica. Cuando declara que una España lo consuela de la otra, establece una diferencia entre el país que juzga y la obra que sigue reconociendo como propia. La herida no queda anulada por el homenaje. Tampoco obtiene el poder de invalidar todo vínculo. Galdós conserva una parte de la relación que el rechazo no consigue cancelar.
Por eso el último verso elige dos verbos tan precisos: «De aquélla nos consuela y cura ésta». No promete un retorno ni convierte la lectura en reconciliación obligatoria. Habla de lo que esa obra hace en quien la lee. El título del poema había pasado del mi al tu; ahora el nos deja lugar para otros lectores. La experiencia sigue siendo íntima, pero ya no está cerrada sobre una sola biografía. Una patria de personajes puede acoger a más de un desencantado sin pedirles que se desencanten de las mismas cosas.
Al comienzo de la segunda parte, Cernuda se había preguntado desde cuándo era amigo de Galdós. Al terminar, la respuesta no necesita una fecha exacta. La amistad ha atravesado las edades del lector, ha cambiado de significado y sigue activa. Es esa continuidad la que el poema defiende. No todo lo que llamamos patria se encuentra en el lugar donde nacimos, ni todo lo que perdemos se pierde de una vez. A Cernuda le quedaban unas criaturas a las que podía seguir llamando por su nombre.
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Referencias
Cernuda, Luis. «Díptico español», en Desolación de la Quimera (1962).
Cernuda, Luis. «Galdós» (1954), recogido en Poesía y literatura.
Granados Palomares, Vicente. «Galdós entre el 27», IV Congreso Internacional Galdosiano, pp. 57–66.
García Montero, Luis. «Lengua e identidades. Luis Cernuda lee a Benito Pérez Galdós», El español en el mundo. Anuario 2020, Instituto Cervantes.


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