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Charles Williams: El rey del suspense en los espacios abiertos

Charles Williams: El rey del suspense en los espacios abiertos

Muchas personas recordarán la historia de Calma total por la versión cinematográfica protagonizada por Nicole Kidman y Sam Neill en 1989, pero detrás de aquella película hay una novela escrita por un maestro del suspense que ahora regresa a las librerías.

En Zenda publicamos el prólogo que Hernán Migoya ha escrito a la nueva edición de Calma total (Bunker Books), de Charles Williams.

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A estas alturas, no sé si primero fue la obsesión particular o la tendencia de temperamento: si mi amor a los doce años por un escritor olvidado como Charles Williams (1909-1975) me predispuso a defender la cultura popular devenida impopular con el paso del tiempo o si ya en mi corazón de niño anidaba esa predisposición melancólica hacia las causas perdidas. Si se trata del segundo caso, no fue un impulso deliberado. De hecho, todavía recuerdo cómo comprobé con pasmo la absoluta ignorancia que reinaba en mi generación sobre la vida y obra del escritor texano, antaño superventas (hablamos de millones de ejemplares en la década de los 50) y en los años 80 casi borrado del olimpo de la novela negra.

EL PRIMER AMOR

En efecto, yo contaba doce años cuando el aburrimiento estival (unas soporíferas semanas pasadas con la sola compañía de mi abuela) me llevó a comprar, sin ninguna referencia previa sobre su autor, El arrecife del Escorpión (Scorpion Reef, 1955) en una papelería céntrica de Cangas de Onís. Su lectura provocó en mí el mayor arrebato de romanticismo púber que puedan concebir. La edición correspondía a la enclavada en la colección Libroamigo de Bruguera de 1977, con traducción de Beatriz Podestá; y la cubierta ofrecía como ilusa ilustración de su contenido un fotograma perteneciente a alguna película noir protagonizada por Lloyd Bridges. Semanas más tarde, ese ejemplar lo envié por correo postal a Galicia, a la que sería mi primera novia, subrayadísimo y con balbucientes declaraciones de amor garabateadas a tenue lápiz entre renglones, como un código secreto de pacotilla propuesto entre espías primerizos.

No era para menos: a algunos les pasa con La isla del tesoro de Stevenson; a otros con La princesa prometida de Goldman; y ojalá a muchos con Madre noche de Vonnegut… Para mí, a los doce, El arrecife del Escorpión era la historia perfecta. Lo tenía todo para juzgarla una ficción redonda: una aventura en alta mar, una atmósfera rezumante de suspense con elementos mínimos, un héroe reticente, una rubia magnífica, unos gángsters despiadados… y una historia de amor más grande que la vida. Y, para más inri, un final insuperable: aquel que juega con una doble mentira que te permite creer la que te conviene más (y todos escogemos la misma, claro). Aquel que a edad tan temprana me enseñó a desconfiar de las palabras y a amar a los escritores que también desconfían de ellas… así como a odiar a los que hacen colosal ostentación de que las aman.

Durante la adolescencia y juventud fui acumulando toda novela de Charles Williams publicada en España. Curiosamente, las mejores estaban editadas únicamente en catalán, en la indispensable colección La Cua de Palla (gracias a la selección de su director de entonces, Xavier Coma), como la desgarradora Parany als aiguamolls (River Girl/The Catfish Tangle, 1951) o la hilarante El biquini de diamants (The Diamond Bikini, 1956). Las que hoy considero más convencionales resultaban las más fáciles de obtener en español (y en edición española): el también Libroamigo Marcada por la sospecha (Talk of the Town/State of Suspicion, 1958), cuyo argumento daría base en 1971 al episodio piloto de Cannon, la célebre serie de TV; La larga noche del sábado (The Long Saturday Night/Confidentially Yours/Finally Sunday!, 1962), una de sus más conocidas incursiones en el motivo argumental de la «caza al inocente», localizable en sus ediciones de Península (1974) y Planeta (1986); o, tardíamente publicada en la bendita colección Crimen & Cia de Versal, La huida (Man on the Run/Man in Motion, 1958), un precedente claro del título anterior. Eventualmente también pude echar mis garras sobre la codiciada Mar calmo (Serie Negra, Editorial Tiempo Contemporáneo), la edición argentina de la novela que usted sostiene ahora en sus manos, lanzada el mismo año en que Williams se mató.

Ahora que caigo: hace medio siglo.

EL OASIS EN UN DESIERTO DE INDIFERENCIA

Digamos que durante los años 90 continué profesando mi particular culto a Williams y a su obra. El deber de manifestar mi entusiasmo devoto por esta parecía redoblarse al darme cuenta de que nadie más de mi edad o cercanías compartía dicho culto. Y entonces, a mediados de esa década, visité la Semana Negra de Gijón como invitado relacionado con mi trabajo en los cómics. Y allí ya sí, allí conocí a varias personas que sabían quién era Charles Williams y que también admiraban la pureza narrativa y la tensión arrolladora de El arrecife del Escorpión.

Esos admiradores de Williams me llevaban de diez a veinte años y solían ser otros escritores o especialistas en el género. Destacaré al erudito Jesús Palacios, mi único gurú en el proceloso sector cultural español, uno de los pocos críticos que, desde sus comienzos, integra la frivolidad y el divertimento como partes indispensables del placer lector, sin nuestro sentido de culpabilidad católico ni esa insoportable coartada social que casi todos los demás arrastran y/o exigen a la ficción autóctona; y Ángel de la Calle, por entonces subdirector del festival gijonés, artista de valía en el campo historietístico e incansable divulgador.

Fue Ángel quien hacia 1997 me propuso escribir un libro sobre Charles Williams. O tal vez se lo propuse yo: mi idea era viajar a Estados Unidos y visitar la tumba (en paradero desconocido para mí) del escritor, rastrear en lo posible su andadura terrena y recopilar la suficiente información para ofrecer una semblanza detallada de su vida y un estudio de su obra. Por aquel entonces pesaba mucho la declaración de François Truffaut sobre el destino infausto de Williams: según el cineasta francés, una buena mañana el autor texano había zarpado en un velero de su propiedad y, ya en alta mar, se había suicidado hundiendo su barquito al más puro estilo de sus héroes románticos. Quería comprobar si aquello era cierto.

Fiel a mi metodología antiacadémica y a mi confianza en el azar, antes de volar a los EE UU me molesté solamente en comprobar si allí podría contar con algún interlocutor que hubiese conocido a Williams o guardara un vasto conocimiento de su producción literaria. Tuve suerte: su agente literario todavía vivía y, tras contactarle sin mucha dificultad por correo electrónico, prometió recibirme y relatarme lo que supiera de su difunto representado.

En agosto de 1997, a mis 26 años y con una mochila cargada de ilusiones, volé a Nueva York y me entrevisté en persona con el venerable Don Congdon, por aquel entonces casi octogenario ya. De haber sabido que además había sido agente y colegón de Richard Matheson y Ray Bradbury (quien le dedica su Farenheit 451), hubiera ampliado el rango de mis preguntas y me hubiera sentido aún más privilegiado al sentarme en su oficina. Pero lo importante para mí era que había sido amigo íntimo de Charles Williams: de hecho, como averigüé más tarde, también su «descubridor».

Congdon fue muy generoso al transmitir su información, revelándome algunas claves de la vida de mi «biografiado»: con precisión me suministró detalles sobre sus diez años de radioperador en la marina mercante y sobre su éxito autoral durante la década de los 50, en especial dentro de la célebre línea de novelas originales en paperback Gold Medal Books para la editorial Fawcett Publications; también sobre su carácter noble, humilde y por momentos atormentado debido a su baja autoestima como escritor. Asimismo, me facilitó el contacto con Alison, única hija fruto del matrimonio que Williams formó con Lasca Foster, cuya muerte por cáncer supuso a buen seguro acicate fundamental para el posterior suicidio de su viudo.

Durante ese viaje tuve tiempo de visitar la ciudad natal de Williams: San Angelo, una simpática localidad texana regada por las aguas del mítico río Conchos; a sus orillas me emborraché de madrugada con varios peones mexicanos y por las calles angelinas evoqué la falsa calma de los pueblos sureños que enmarcaron tantas dramáticas intrigas surgidas de la pluma de mi autor fantasma. Seguidamente viajé a Austin y pude revisar en la oficina catastral su árbol genealógico: datos básicos sobre sus hermanos, padres y abuelos, gracias al padrón municipal. Incluso accedí a sus notas escolares. Semanas después regresaría satisfecho a España, si bien nunca me acordé de preguntarle a su amigo Congdon dónde estaban enterrados los restos de mi ídolo: a fin de cuentas, seguía pensando que su cadáver se había hundido en alta mar, junto con su velero.

Ya de vuelta en Barcelona, intercambié numerosa correspondencia virtual con Alison, quien no solamente contribuyó con un porrón de datos sobre la biografía de su padre, sino que además me proporcionó ejemplares o fotocopias de todas las novelas de Charles Williams que me quedaban por leer; incluso me envió de regalo dos tardíos guiones originales que él jamás logró vender a Hollywood. También me clarificó los pormenores verídicos de su muerte, desmintiendo el flagrante embuste de Truffaut al respecto: una patraña inventada probablemente para dotar de un aura romántica al artífice de la novela en que basaría su película póstuma, Vivamente el domingo (Vivement dimanche!, 1983). En la vida real, Charles Williams, deprimido por la muerte de su mujer y por su caída comercial en picado como escritor y guionista, terminó de solitario inquilino en un bungalow de Van Nuys, barrio costero de Los Ángeles: y fue allí donde una noche de abril, tendido en la cama de su dormitorio, agarró su escopeta y se descerrajó un tiro en la boca. Entre otros preparativos, había dejado una nota personal para Alison, pues sabía que su hija descubriría su cadáver durante una de sus habituales visitas. Ella me contó que, nada más plantarse frente a la entrada del bungalow al día siguiente, la asaltó un horrible presentimiento (o más bien una certeza nefasta) al advertir que el diario de la mañana continuaba tirado sobre el felpudo ante la puerta cerrada. No me imagino el trauma que debió de suponer para Alison entrar en aquella casa.

Con todo el material reunido, escribí la biografía-estudio Charles Williams: La tormenta y la calma (1998), en verdad el único ensayo o libro existente en el mundo dedicado a su figura. Alison Williams tuvo la amabilidad de aportar un sentido prólogo, además de proveerme con más de cien fotocopias de impagables cartas personales dirigidas por su padre a Congdon, documentos íntimos que abarcan desde la misiva con su reacción eufórica al conocer que, ya cuarentón, publicará por primera vez profesionalmente hasta sus últimas comunicaciones en plena depresión crepuscular. La Semana Negra no solo publicó el volumen, sino que además invitó a Alison al festival en su edición de 1998, donde protagonizó un hermoso acto de homenaje a su padre. Ella se emocionó mucho y yo también: de alguna manera, insólitamente reunidos en Gijón, invocamos juntos —y reivindicamos— la presencia y memoria de mi escritor favorito. Más tarde, en 2001, Ediciones Glénat España reeditaría mi libro en una versión expurgada de cualquier párrafo alusivo a los desenlaces de sus novelas.

Charles Williams: La tormenta y la calma continúa siendo un ensayo buscado y comentado entre los expertos estadounidenses, desconcertados ante el hecho singular de que el único volumen bibliográfico consagrado a este autor de culto provenga del otro lado del Atlántico.

NI EL CINE LO RESCATÓ DEL NAUFRAGIO

Una de las características desconcertantes del olvido al que sigue sujeto Charles Williams es que su obra, al contrario de lo que ocurre con otros autores contemporáneos de novela negra, ha sido profusamente adaptada a la gran pantalla, tanto en Hollywood como por parte de la industria cinematográfica francesa.

Si bien el auge profesional de Williams se dio en los años 50 (su debut, Hill Girl, vio la luz en 1951), tendría que esperar casi una década para que la fábrica de sueños se fijara en su talento: en 1960, Hubert Cornfield adaptaría All the Way/The Concrete Flamingo (1958) en la simpaticota Allo, le habla el asesino (The 3rd Voice), serie B realizada a mayor gloria del actor Edmond O’Brien donde, expurgado del jugo existencialista del original, se pone en escena un pegadizo enredo: una estafa mediante usurpación de la voz. Pronto, el interés del séptimo arte por la literatura de Williams se concentraría en Francia. Entre 1963 y 1965 se ruedan en el país galo cuatro filmes con presencia directa e indirecta del autor: tres versiones de sendas novelas suyas y una adaptación ajena guionizada por él. Me refiero a La estafadora (Peau de banane, 1963) de Marcel Ophüls, basada en Nothing in Her Way (1953), con una trama reconvertida en entretenimiento ligero y juguete frívolo al servicio de Jean Paul Belmondo y Jeanne Moreau; Le gros coup (1964) de Jean Valère, con Hardy Krüger y nuestro Paco Rabal, basada en la efectiva The Big Bite (1956); Los felinos (Les félins, 1964), peliculón de René Clément con unos jovencísimos e irresistibles Alain Delon y Jane Fonda, que toma como pretexto la novela Joy House de Dan Keene y que Charles Williams se encargó de adaptar a guion, presuntamente para su desgracia, según confiesa de lo más frustrado en algunas de sus cartas: en ellas, achaca a los directores franceses la manía de adscribirse a finales surrealistas y sin sentido, excentricidad que a sus ojos dio al traste con su propio cierre de la trama; y Armas para el Caribe (L’arme à gauche, 1965) de Claude Sautet, contundente serie B de acción protagonizada por Lino Ventura y Sylva Koscina: como anécdota, apuntaré que, si bien rebautizados con otros nombres, esta ficción conforma en realidad la primera aventura vivida por John y Rae Ingram —aquella en la que se conocen—, personajes que un cuarto de siglo después encarnarán Sam Neill y Nicole Kidman en la excelente traslación a celuloide de este Calma total, su segunda y última peripecia. Por cierto, la primera, Aground (1960), solamente goza de una edición ibérica, la incluida en La Cua de Palla con el título Encallat. Por tanto, sigue inédita en castellano.

Por fin es Hollywood quien parece volver a interesarse por Williams… Pero a mi juicio llega tarde, al optar por la etapa otoñal del autor, más paródica (y más floja) en el contexto de su carrera: así, tanto Don’t Just Stand There de Ron Winston como Fiebre de codicia (The Pink Jungle) de Delbert Mann, rodadas ambas en 1968, con Robert Wagner y Mary Tyler Moore encabezando el reparto de la primera y con James Garner y Eva Renzi (y el siempre eficaz George Kennedy) protagonizando la segunda, entran de lleno en ese subgénero de la comedia bufa donde los ingredientes de intriga y misterio no se toman muy en serio, supeditados a cierto despiporre tonal típico de los últimos años 60. Los resultados coinciden en desabridos.

En 1970, Orson Welles emprendió otro de sus rodajes inconclusos en un arrojado intento de adaptación de Calma total, en su caso con el título de The Deep: para cuando quiso reiniciar la filmación truncada, su protagonista, Laurence Harvey, ya había fallecido de un infarto. ¿Se imaginan si Welles termina su filme y este acaba siendo una de sus obras maestras?

La mala racha prosigue con El mayor liante (Fantasia chez les ploucs, 1971), extravagante y alocado alucinógeno dirigido por Gérard Pirès inspirándose en The Diamond Bikini, con (de nuevo) el carismático Lino Ventura, Mireille Darc y hasta un cameo de Delon. En 1975, año del deceso de Williams, se rueda la oscura Buscando la muerte (The Man Who Wouldn’t Die) de Robert Arkless, basada en otra intriga marítima, Una mortaja (título para la edición argentina de The Sailcloth Shroud, 1960; en España solo existe la edición catalana, Una vela per mortalla). En 1983, Truffaut adaptará La larga noche del sábado (The Long Saturday Night, 1962) en la ya citada Vivamente el domingo, con Jean-Louis Trintignant y Fanny Ardant al frente del elenco.

A finales de los años 80, la industria francesa persistía en apostar más tímidamente por Charles Williams merced al telefilme Mieux vaut courir (1989, basado en La huida) de Élisabeth Rappeneau, con Christian Clavier y ¡Carmen Maura!; y al largometraje La fille des collines (1990, basado en el debut literario de Williams, Hill Girl) de Robin Davis, con el gran Tchéky Karyo entre sus intérpretes. Mientras tanto, en paralelo, llegaba por fin la segunda oportunidad dorada de Williams en Hollywood. Y aunque no constituyeron grandes éxitos de taquilla, ambos proyectos han devenido en pequeños clásicos del neonoir: tanto Calma total (Dead Calm, 1989) de Philip Noyce como Labios ardientes (The Hot Spot, 1990, basada en la novela de 1953 Hell Hath No Fury) de Dennis Hopper son dos formidables películas. La primera supone probablemente la mejor traslación al lenguaje cinematográfico del suspense incomparable de las tramas de Williams, con una trepidante dirección que se beneficia de tres actores en estado de gracia (Sam Neill, Nicole Kidman y un extraordinario Billy Zane), un guion tan inteligente como emocionante de Terry Hayes, y una banda sonora de Graemme Revell que no deja respiro.

En cuanto a Labios ardientes, seguramente se trate de la mejor novela «no marítima» de Williams… y Hopper le sabe sacar el máximo partido. Juguetona y cínica, su ambientación retro/clasicista encaja a la perfección, por contraste, con el enfoque abiertamente sexual que la permisiva época de rodaje posibilitaba y que consigue que la cinta mejore con la edad: suspense y erotismo tejen una telaraña angustiosa para sus tres protagonistas, encarnados con convicción por Don Johnson, Jennifer Connelly y Virginia Madsen. Por cierto, Hopper toma como libreto de partida el mismo que Williams coescribió dos décadas antes junto a la guionista Nona Tyson.

La excelencia de ambos filmes —confirmada por lo memorable de su estela a más de treinta y cinco años vista— me hizo pensar en su momento que Charles Williams volvería a ponerse de moda, pero el revival cinematográfico quedó ahí y tampoco se tradujo en un mayor interés por la obra del escritor. Ni en Estados Unidos ni en España.

Por una vez, ambos mercados coincidieron en su desidia.

¿EL ALFRED HITCHCOCK DEL SUSPENSE?

Si mal no recuerdo, la última novela inédita de Williams traducida y publicada en España fue La huida ¡en 1987! Es decir, hace casi cuarenta años. Después, un erial. En 2016, la pequeña Medianoche Editorial lanzó una reedición de El arrecife del Escorpión, con la misma traducción de Beatriz Podestá y prólogo mío, pero desconozco qué distribución llegó a tener: desde luego, su repercusión fue casi nula, a excepción de cuatro viejos lobos solitarios como yo que se hicieron esforzado eco en sus respectivos blogs.

Para reavivar algún interés editorial, hace años me inventé la comparación de Williams con Alfred Hitchcock, como si aquel fuera el equivalente literario del mago del cine. No es exactamente así: lo que Charles Williams domina es el arte de la situación límite, los virajes de angustia y emoción extremas que van enredando a sus protagonistas, casi siempre personajes al margen de —o indiferentes a— la Ley, hasta llevarlos a la más empática desesperación. En ese sentido, su estilo me recuerda más al historietista Frank Miller: comparten visceralidad y brío narrativo.

¿Saldrá algún día Charles Williams del nicho de cuatro barbudos con un pie en la tumba, aquí y en los EE UU? Al menos sus novelas se encuentran ya disponibles en libro electrónico, lo que siempre alienta una segunda vida quizá no tan mediática pero, en ocasiones, más efectiva en cuanto a impacto lectoral.

JOYAS INÉDITAS

Lo atractivo (e insólito) de la obra de Williams es que, como he adelantado, gran parte de ella sigue inédita en lengua castellana, no digamos ya en edición española. De sus veintidós novelas publicadas en su país natal, fácilmente faltan más de la mitad en ser objeto de una versión en nuestro idioma y para el público lector de nuestro país. De toda su producción, creo indispensable que se edite ya Labios ardientes (publicada en Argentina por La Bestia Equilátera en el año 2016 con el título de Zona caliente), así como una traducción nueva de su otro clásico, El arrecife del Escorpión.

De entre sus trabajos menos conocidos, sería interesantísimo lanzar en España Hill Girl, su debut literario, un drama rural muy intenso, psicológicamente solvente y con otro de sus desenlaces tremendos, en puridad perteneciente al subgénero que yo suelo denominar «la hija del granjero»; River Girl, si bien está traducida al catalán, pide ya a gritos su vuelco al castellano: es un policíaco redondo que satisfará a los muy fans del género, un violento thriller pasional, reminiscente en atmósfera y carácter explosivo del filme La jauría humana de Arthur Penn, si no fuera porque la novela salió quince años antes; tampoco debería obviarse la brillante sátira The Diamond Bikini, ejemplo rutilante de la tradición picaresca situada en el Sur profundo; ni está nada mal Girl Out Back/Operator (1957), una suerte de lúdica revisitación de Labios ardientes; y, personalmente, siento debilidad por The Concrete Flamingo, vehemente caso de amor fou e himno de desesperanza en torno a una amena estafa, donde antes que su narrador destaca su antiheroína, Marian, truhana madura impulsada por un ánimo fatalista que desuela y conmueve: en suma, estamos ante otra de esas joyitas de Williams inalcanzables ¿por cuánto tiempo? para el público español.

Y, para no saturar, de su más deslustrada etapa postrera destacaría esta pequeña gema: And The Deep Blue Sea (1971), su penúltimo libro, sorprendente combinación entre la ambientación marítima que tan bien se le daba con un planteamiento criminal a lo Agatha Christie, rosario de sospechosos plausibles incluido. La premisa es deliciosa: un marino dispuesto a suicidarse con su bote en alta mar es recogido contra su voluntad por un buque mercante donde se cometerá un crimen que el suicida frustrado tendrá que (también a su pesar) investigar y resolver, aplicando para ello todas sus cualidades deductivas.

Se trata de una novela sencilla pero enormemente entretenida.

ANTE TODO, MUCHA CALMA

La mayoría de novelas de Williams se inscriben en ese subgénero de «suspense en espacios abiertos» que él dominó como nadie. Dentro del mismo, cultivaría dos vertientes: el relato de intriga localizado en pueblos sureños y en alta mar. Respecto de la primera ramificación, su obra maestra es Labios ardientes, es decir, Hell Hath No Fury/The Hot Spot; Calma total y El arrecife del Escorpión lo son respecto de la segunda.

En Calma total, Williams nos presenta con cuatro pinceladas certeras un universo que conocía a la perfección (la navegación, ya sea mercantil o recreativa) y plantea un conflicto básico de lucha por la supervivencia que nos llevará a los aledaños del infarto. Sus héroes, John y Rae, corresponden al mejor estereotipo de la tradición aventurera anglosajona: bucólico, reticente y expeditivo él; femenina, irónica e independiente ella. Ambos forman un tándem idóneo contra una de las primeras materializaciones del psicópata de manual en la ficción estadounidense. El juego está servido con maestría: creo que se divertirán sufriendo.

Mencionar que la traducción la realicé hace más de una década para una editorial cuyo propósito de publicarla no prosperó; la llevé a cabo a medias por placer y a medias por mi deuda emocional para con Williams. Me ayudó en esta empresa el almirante Benito Chereguini de Tapia, oficial retirado de la Armada española, y creo no mentir al afirmar que disfrutamos como niños desentrañando todos los términos náuticos de la trama, cuyas equivalencias en castellano él adjudicaba con una facilidad pasmosa. Procedimos a aquella actividad en su casa y yo le prometí una modesta remuneración en cuanto se publicara la obra: la obra ha tardado unos catorce años en publicarse y, desgraciadamente, el probo y generoso Benito ya no se encuentra con nosotros, tras una envidiable vida que se lo llevó nonagenario; en su lugar, tuve la satisfacción de enviar el dinero a su simpatiquísima viuda, Clementina Olmos, gracias a las gestiones de su encantadora hija Cristina Chereguini.

También deseo agradecer al agente Michael Congdon, hijo de Don y actual responsable de la agencia Don Congdon Associates, Inc., las facilidades prestadas en todo momento para la adquisición de los derechos de Calma total o de cualquier otra novela de Williams. Quiero dejar constancia asimismo de mi deuda con Jordi Canal i Artigas, legendario exdirector de la Biblioteca La Bòbila de L’Hospitalet de Llobregat y sabio de la novela negra, con quien en estos últimos años pude desahogar mi necesidad de hablar con alguien que supiera de lo que hablo: del género negro en general y de Charles Williams en particular. Y, obviamente, subrayo mi agradecimiento a Borja F. Caamaño y a todo el equipo integrante de la editorial Bunker Books que él dirige, por hacer realidad el rescate de este autor apasionante.

Finalmente, debo expresar mi gratitud a Alison Williams, por confiar en aquel jovenzuelo español que solo aspiraba a elevar la obra de su padre al lugar que merece. Ojalá algún día pueda visitar con ella la tumba de Charles Williams.

Disfruten de esta travesía con buen viento y atentos al paisaje: les prometo que será un viaje de placer extraordinario y que, pese a las nubes tormentosas que divisarán en lontananza y al riesgo de irse a pique, llegarán a puerto seguro.

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Autor: Charles Williams. Título: Calma total. Traducción: Hernán Migoya. Editorial: Bunker Books. Venta: Todos tus libros.

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